Bataclán

13 N: DIEZ AÑOS DESPUÉS, POR JONATAN FRÍAS

El humanismo exige que en la conmemoración recordemos a las víctimas en su plenitud humana y, a la vez, exijamos las reformas sociales profundas que permitan arrancar el veneno de la radicalización desde su raíz. Recordar el 13N es, diez años después, seguir luchando por una Francia, por un mundo, donde la libertad, la igualdad y la fraternidad sean una promesa real para cada persona.

Ciudad de México, 22 de noviembre (MaremotoM).- Se cumplen diez años de la noche que se incrustó como una astilla oscura en el corazón de París: el viernes 13 de noviembre de 2015. Aquella noche, una serie de atentados coordinados, reivindicados por el Estado Islámico, golpearon el Estadio de Francia, cafés y restaurantes de los distritos 10 y 11 y, con especial brutalidad, la sala de conciertos Bataclán. El saldo fue de 130 vidas arrebatadas y cientos de heridos, una herida profunda que reabrió el debate sobre la seguridad, la identidad y el papel de Francia en el mundo.

La conmemoración de la fecha no debe ser sólo un ejercicio de luto nacionalista o de reafirmación de narrativas punitivistas; podemos verlo como una oportunidad para hacer una reflexión más compleja: la de la compasión sin ingenuidad, la de la justicia que busca comprender las raíces del mal, y la de una sociedad que se niega a responder al terrorismo con el miedo que disgrega y el odio que excluye.

Charlie Hebdo
Portada de Charlie Hebdo del 8 de febrero de 2006, con una caricatura de Mahoma lamentándose por los fundamentalistas. “Es difícil ser amado por imbéciles”. Fotografía: Cortesía

Los ataques del 13N no ocurrieron en un vacío. Francia ya había sido sacudida diez meses antes por los atentados contra la revista satírica Charlie Hebdo y un supermercado judío en enero de 2015. Estos hechos situaron al país en un estado de alerta y tensión social. Los atacantes del 13N eran, en su mayoría, ciudadanos franceses y belgas, jóvenes radicalizados, muchos de ellos provenientes de barrios desfavorecidos y con historiales de pequeña delincuencia.

Sus motivaciones, según el grupo terrorista que los instrumentalizó, incluían la participación francesa en los bombardeos contra el Estado Islámico en Siria e Irak. Sin embargo, el análisis no puede detenerse en la acción militar. Es imprescindible abordar las causas estructurales: la sensación de doble marginación que experimentan muchos jóvenes de origen inmigrante en las banlieues (suburbios) francesas —económica y socialmente excluidos, y a menudo estigmatizados cultural y religiosamente.

Esto no es justificar el terror, sino entender el caldo de cultivo que permitió que la ideología yihadista penetrara. Cuando un estado de bienestar falla en integrar y ofrecer perspectivas, y cuando el laicismo se percibe no como una garantía de neutralidad, sino como una herramienta de asimilación forzada o rechazo, el vacío puede ser ocupado por los discursos de odio más simplistas y violentos.

Michel Houellebecq
Editó Anagrama.

La novela Sumisión de Michel Houellebecq, publicada en enero de 2015, es una distopía que imagina a Francia en 2022 eligiendo democráticamente a un presidente de un partido musulmán moderado. El libro describe una rendición cultural y social del país a los valores islámicos conservadores.

La novela es una suerte de profecía cumplida no en su literalidad, sino en su timing y en el reflejo de la “ansiedad existencial francesa”. Sumisión fue lanzada el mismo día de los ataques a Charlie Hebdo en enero de 2015 y el clima de pánico y división que intensificó el 13N diez meses después pareció validar, para muchos, la tesis de Houellebecq: que Francia estaba al borde de una implosión cultural por la vía del islamismo.

El libro se inscribe en el marco de los diez años del 13N porque capta y exagera la “gran narrativa de la decadencia occidental” y el “miedo a la gran sustitución” (el reemplazo de la cultura nativa por la inmigrante), temas que el terrorismo del 13N catapultó al centro del debate político.

Aunque la novela idealiza una toma de poder “pacífica” y “democrática” por un islamismo moderado (alejado de la violencia yihadista), su éxito resonó con el pánico cultural que el 13N provocó. La novela no predijo los ataques, pero sí la vulnerabilidad psicológica y política de una Francia que, ante la violencia real, se mostró profundamente dividida y desesperada por encontrar una narrativa que explicara su malestar. Sumisión ofreció esa narrativa: la de la “auto-anulación” de una civilización.

Emmanuel Carrere
Editó Anagrama. Foto: Cortesía

Es en este contexto que emerge la monumental obra de Emmanuel Carrère, V13: Crónica judicial. El libro no es una novela ni un reportaje al uso; es la transcripción literaria y profundamente humana del macrojuicio que se celebró en París entre 2021 y 2022 contra el único terrorista superviviente, Salah Abdeslam, y sus colaboradores.

Carrère, con su estilo característico de autoficción y crónica descarnada, se sienta en la sala del tribunal y escucha. Escucha a los supervivientes y a los familiares de las víctimas, que durante meses reviven el horror en relatos de una crudeza insoportable, pero también de una dignidad admirable. El libro se convierte en un catálogo de la fragilidad humana, en el que se entrelazan el heroísmo fugaz y la pesadilla que perdura.

V13 es una obra fundamental porque nos obliga a mirar a los ojos a la víctima más allá del número y del titular. La crónica de Carrère desarma la abstracción de la tragedia; la víctima no es un dato, sino una persona con un gusto musical, una promesa truncada y una familia desgarrada.

Pero Carrère también se detiene en los acusados. La visión incluyente no puede obviar el imperativo de la comprensión, no para excusar, sino para trazar la genealogía de la deshumanización. El autor observa al principal acusado, el joven que se radicalizó en Bélgica y se pregunta por el “misterio del mal”. Sin caer en el romanticismo, el libro sugiere que la maldad real es a menudo “triste, monótona, desértica, aburrida” –como cita Carrère a Simone Weil–, despojada de la épica que le otorga la propaganda terrorista.

La lección de V13 es la del proceso judicial como catarsis social. Al obligar a la barbarie a ser examinada, pieza por pieza, por la fría pero necesaria maquinaria de la justicia republicana, se reafirma que la sociedad francesa es capaz de resistir la tentación de la venganza y el atajo autoritario. El juicio, tal como lo narra Carrère, es la victoria de la lentitud y la razón sobre la inmediatez y el fanatismo.

Diez años después, la respuesta que se dio desde las élites políticas se centró, de manera predecible, en el refuerzo de la seguridad y el estado de emergencia, medidas que la izquierda crítica suele ver como erosiones de las libertades civiles, a menudo enfocadas desproporcionadamente en las comunidades musulmanas.

Bataclán
A diez años de los atentados. Foto: Cortesía

Sin embargo, la respuesta más poderosa y duradera fue la de la solidaridad ciudadana. Los ataques se dirigieron a lugares que representaban la vida cultural y la juventud de París. La rápida reapertura de Bataclan y de los bares afectados fue un acto de resistencia popular contra la intención de silenciar el joie de vivre y la libertad. Pese a la retórica divisiva que surgió desde la extrema derecha y de ciertos sectores de la derecha, la gran mayoría de la sociedad parisina y francesa se negó a criminalizar a sus vecinos de fe musulmana. Las manifestaciones de unidad, aunque efímeras, fueron un testimonio de que la República, en sus mejores valores, sigue siendo un proyecto incluyente. La doble víctima del terrorismo es la libertad y la comunidad musulmana, falsamente señalada como cómplice o responsable por la extrema derecha. Una memoria fiel al 13N debe incluir la defensa activa de los derechos de los ciudadanos musulmanes en Francia.

Al llegar al décimo aniversario, el desafío para una reflexión progresista también es doble. Por un lado hay que mantener la complejidad causal, lo que implica no simplificar la tragedia a la narrativa de “la barbarie contra la civilización”. Reconocer la responsabilidad de las políticas exteriores (intervenciones militares), pero también la de las políticas internas (guetización social y económica, discriminación). Por el otro, reafirmar el proyecto inclusivo: Oponerse a cualquier intento de utilizar el 13N para atizar el miedo, justificar el racismo y/o expandir un Estado policial. La verdadera fortaleza de la República reside en su capacidad de integrar, dialogar y ofrecer justicia social a todos sus ciudadanos, independientemente de su origen o credo.

El legado de las víctimas, tal como lo honra la serena y dolorosa crónica judicial de V13, no es una llamada a la guerra o a la exclusión, sino un ruego silencioso por una sociedad más justa, más equitativa y, por ende, más segura y humana. La memoria del 13N no debe ser un arma, sino un espejo que nos fuerce a mirar no sólo el terror, sino la injusticia y el abandono que pueden crear las condiciones para su surgimiento.

El humanismo exige que en la conmemoración recordemos a las víctimas en su plenitud humana y, a la vez, exijamos las reformas sociales profundas que permitan arrancar el veneno de la radicalización desde su raíz. Recordar el 13N es, diez años después, seguir luchando por una Francia, por un mundo, donde la libertad, la igualdad y la fraternidad sean una promesa real para cada persona.