La escritora nigeriana apareció con un vestido naranja encendido, sonrió, saludó con la mano y, antes de entrar en materia, hizo algo que no siempre ocurre: le devolvió a Guadalajara un lugar en su propia historia. Contó que había estado en la ciudad casi veinte años atrás, que en ese entonces aún no existía la célebre charla TED que la haría conocida en todo el mundo, The Danger of a Single Story y que fue precisamente esa primera visita la que la obligó a mirarse al espejo.
Guadalajara, Jal, 7 de diciembre (MaremotoM).- La sala Juan Rulfo de la FIL Guadalajara estaba llena hasta el último asiento cuando Marisol Schulz, directora de la feria, tomó el micrófono. Habló de “una de las voces más importantes de nuestra lengua en la actualidad”, recordó la emoción de leer Americanah casi por azar y de descubrir, desde esa novela, una literatura que hasta entonces le había sido ajena. Luego pronunció el nombre que el auditorio llevaba rato esperando: Chimamanda Ngozi Adichie.
La escritora nigeriana apareció con un vestido naranja encendido, sonrió, saludó con la mano y, antes de entrar en materia, hizo algo que no siempre ocurre: le devolvió a Guadalajara un lugar en su propia historia. Contó que había estado en la ciudad casi veinte años atrás, que en ese entonces aún no existía la célebre charla TED que la haría conocida en todo el mundo, The Danger of a Single Story y que fue precisamente esa primera visita la que la obligó a mirarse al espejo.
Recordó cómo llegó desde Estados Unidos, en un momento en que el discurso político reducía toda conversación sobre migración a una sola palabra: “mexicanos”. Repitió la cantaleta que escuchaba entonces: gente que “invadía” el país, detenida en la frontera, culpable de saturar el sistema de salud. Luego se vio a sí misma caminando por Guadalajara, observando la arquitectura, el mercado, la gente que fuma, que ríe, que va y viene. Sintió primero sorpresa y enseguida vergüenza: había dejado que los medios construyeran en su cabeza “una sola historia” de México.
Ese día, dijo, comprendió que nadie está a salvo de esa trampa. Ni siquiera una escritora africana acostumbrada a denunciar la imagen plana de su continente como lugar de pobreza y violencia. Guadalajara le enseñó que ella también llevaba dentro historias únicas y empobrecidas sobre los otros.
“Cuando mostramos a las personas como una sola cosa, una y otra vez, eso se vuelven”, dijo. A partir de ahí, la conferencia se convirtió en una defensa apasionada de la literatura como antídoto contra esa simplificación.
Historias contra la ceguera
Chimamanda volvió a una escena de infancia: una niña sentada en el asiento trasero del coche de su madre, saliendo del campus universitario tranquilo y arbolado donde creció para entrar en la ciudad caótica, llena de gente, coches, ruido. De pronto la melancolía: entendió que todo lo que veía eran historias y que nunca alcanzaría la vida para contarlas todas.
No presentó la literatura como un lujo, sino como una forma de conocimiento. Aseguró que todas las historias humanas ya se han contado, aunque cada generación aporta un matiz, un detalle, una perspectiva nueva. Lo esencial, insistió, es que esos relatos sigan circulando porque permiten que nos veamos y que seamos vistos en la plenitud de lo que somos, no sólo en pedazos.
La escritora habló entonces de Nigeria y de una escena que conoce bien: reuniones donde todo el mundo se queja del gobierno, de la corrupción, de la precariedad. Cuando un extranjero dice lo mismo, los nigerianos se enfadan. No porque la crítica sea falsa, sino porque intuyen que para ese otro país África es sólo eso: corrupción, fracaso, desastre. Ellos, en cambio, conocen la otra cara.
La lección era clara: lo que molesta no es el señalamiento, sino la falta de contexto. La sospecha de que el otro sólo maneja una historia. Un país, una persona, nunca son una sola cosa.
En ese punto apareció la frase que sostuvo toda la tarde: la literatura nos ayuda a ver y a ser vistos. Leer nos permite habitar, aunque sea por un instante, cuerpos que no son los nuestros. No se trata de “convertirse” en otro, sino de mirar el mundo desde sus ojos. Ese ejercicio de imaginación radical, afirmó, no se puede medir, pero sí se reconoce: al salir de un buen libro se camina distinto, se habla distinto, se piensa distinto.
Identidad, poder y la trampa de las etiquetas
Llegado el turno de las preguntas, una de las primeras cuestiones se detuvo en la etiqueta que la persigue desde hace años: “escritora feminista”. Chimamanda sonrió, respiró hondo y se tomó su tiempo. Contó que se supo feminista antes de conocer la palabra. De niña se dio cuenta, simplemente observando, de que el mundo no trataba del mismo modo a hombres y a mujeres. Un amigo, en plena discusión adolescente, la llamó “feminista” como insulto. Ella siguió discutiendo, fue a casa, buscó el término y se reconoció en esa definición sencilla: creer que las mujeres son igualmente humanas y no deberían ser excluidas por serlo.
Dijo que mira el mundo con lentes feministas y que su literatura está llena de mujeres, de cuerpos femeninos, de injusticias de género. Aun así, no le gusta que la reduzcan a “escritora feminista”. Prefiere una fórmula más exacta: escritora que es feminista. La diferencia no es menor. La primera etiqueta instala de inmediato una expectativa de corrección ideológica, como si cada escena tuviera que obedecer un manual de conducta. La segunda le permite conservar lo que considera esencial: la libertad de la ficción para explorar zonas contradictorias, ambiguas, incluso incómodas.
El feminismo, insistió, no es una guerra contra los hombres ni un odio al otro sexo. Es un movimiento por la justicia que parte de una constatación histórica: en todas las culturas, sin excepción, las mujeres han sido oprimidas por ser mujeres. Los ejemplos no salieron de manuales, sino de recuerdos concretos: aquella profesora nigeriana que se comportaba igual que sus colegas hombres y sin embargo era llamada “arrogante”, mientras a ellos se les celebraba la “confianza” o el liderazgo. El comportamiento era idéntico, la lectura cambiaba por una sola razón: la identidad.
Esa anécdota le sirvió para precisar algo que atraviesa toda su obra: la identidad no es un capricho ni un accesorio. Forma la manera en que miramos el mundo y, sobre todo, la manera en que el mundo nos mira. Un cambio de acento, un tipo de cabello, un cuerpo femenino en un despacho, una piel negra en un barrio blanco pueden volverse verdaderas barreras para acceder a ese deseo universal que ella coloca en el centro: sentir que la vida tiene sentido, ser amado, importar.
Polarización, redes y la defensa de las palabras antiguas
Una de las preguntas más incisivas vino desde las últimas filas y habló de algo que atraviesa México, Nigeria, Estados Unidos y casi cualquier país: la polarización. La persona que preguntaba quería saber qué hacer con un mundo donde cada diferencia se vuelve gasolina para el odio. Chimamanda, que lleva años observando el clima político en distintos lugares, reconoció sin rodeos que vivimos tiempos oscuros.
Recordó que está leyendo sobre la Alemania de los años treinta, no para buscar comparaciones fáciles, sino para intentar entender cómo se vive dentro de un proceso autoritario que avanza paso a paso. Qué se sentía estar en 1937 sin saber que el desastre vendría dos años después. En su diagnóstico, el autoritarismo actual se reconoce menos por los golpes de Estado que por gestos concretos: tribunales que dejan de ser independientes, universidades asfixiadas, palabras prohibidas en la administración pública, fuerzas armadas de facto que actúan sin controles legales.
No cayó en la falsa equidistancia. Señaló responsabilidades de los gobiernos y al mismo tiempo invitó a mirar la propia responsabilidad. Habló de amigos que critican la polarización mientras reproducen la misma lógica en redes sociales, contestando estupidez con otra estupidez equivalente. Planteó una respuesta sencilla y radical a la vez: leer más libros y depender menos de las redes. Recuperar la profundidad de los argumentos antes de opinar sobre cualquier tema.
Defendió lo que llamó “palabras antiguas”: bien, honor, honestidad, justicia. No como consignas vacías, sino como principios que deben volver al centro de la conversación pública. No pidió neutralidad ni moderación; pidió rigor, lectura, memoria.
Cuerpos, color y la mitad de la humanidad
Hacia el final de la charla, Adichie se permitió una confesión poco habitual en este tipo de escenarios: habló de su cuerpo. Contó, entre risas y gestos de incomodidad, que atraviesa la perimenopausia, que a veces el calor la abruma en medio de un escenario, que la memoria falla, que ha tenido que subrayar libros para recordar lo que antes retenía sin ayuda. El auditorio, lleno de mujeres que asentían en silencio, entendió de inmediato.
A partir de ahí tomó otro giro: denunció lo poco que se habla del cuerpo femenino en la conversación pública y lo poco que importan sus necesidades frente a la rapidez con que se atienden otras demandas. Comparó la facilidad con que se recetan medicamentos para la disfunción eréctil con las dificultades que enfrentan mujeres incluso privilegiadas para acceder a atención especializada sobre la menopausia.
Dijo que si tuviera que reescribir su famosa charla TED hoy añadiría un capítulo sobre eso: la urgencia de nombrar lo que viven los cuerpos de las mujeres, no sólo en términos de violencia, sino de salud, de cuidados, de cansancio. Y volvió a ese recurso que maneja tan bien: el argumento económico. Un mundo que se toma en serio la salud de las mujeres, afirmó, no es sólo más justo, también es más productivo. Las empresas ganarían más si se preocuparan por las trabajadoras que son la mitad de la humanidad.
En otro momento, cuando alguien elogió el color de su vestido naranja en un mundo cada vez más gris, dijo que el color forma parte de su vida desde siempre. En Nigeria nadie se sorprende por la intensidad de los estampados. Sólo cuando llegó a Estados Unidos le dijeron que sus prendas eran “demasiado brillantes”. El comentario le sirvió para otra mini declaración de principios: la vida es corta, hace falta color. En la ropa, en las casas, en las páginas.

Una conversación que sigue
Antes de despedirse, Chimamanda escuchó una última petición: un mensaje para las niñas y adolescentes afromexicanas, recién reconocidas en el censo y en las leyes. Respondió que cualquier persona descendiente de África no tiene por qué pedir disculpas por ocupar espacio en un país. Dijo que la marginación no es culpa del marginado, que no hay nada en esa identidad que valga menos. Que, si acaso, le añade belleza al mundo.
Prometió que la próxima vez que venga a México quiere conocer de cerca esas comunidades. Volvió a agradecer el cariño del público hispanohablante, recordó que se toma muy en serio la lectura en español de sus libros y que por eso le emociona tanto estar en la feria más importante de este idioma.
La directora de la FIL volvió al escenario para cerrar la actividad. El auditorio se puso de pie. Afuera, una fila larguísima esperaba una firma, una foto, un saludo. Adichie suele repetir que las historias ya se han contado todas, aunque haya que narrarlas una y otra vez desde otros lugares. Esa tarde en Guadalajara demostró que también las conferencias pueden repetirse sin repetirse: la vieja defensa de la literatura, la denuncia de la “historia única”, la palabra “feminismo” vuelta a discutir, se volvieron otra cosa bajo la luz oblicua de un país donde las mujeres siguen siendo asesinadas y los libros siguen convocando multitudes.
En la FIL, durante una hora larga, la verdad de las historias no fue una consigna, sino una posibilidad concreta: leer mejor para ver mejor, ver mejor para vivir de otra manera.











