Rivera Garza escuchaba esas palabras de Mayra González Olvera con una mezcla de pudor y gratitud. Respondió al micrófono con algo que suele repetir: el verdadero regalo para una escritora es la lectura atenta. Un premio llena un currículum. Los lectores son quienes le dan vida a un libro.
Guadalajara, Jal, 6 de diciembre (MaremotoM).– La Feria Internacional del Libro de Guadalajara decidió este año hacerle una fiesta a Cristina Rivera Garza. No sólo el homenaje, no sólo el reconocimiento oficial, no sólo el eco del Premio Pulitzer por El invencible verano de Liliana.
El corazón de esa celebración ocurrió cuando la mejor escritora mexicana del presente se sentó frente a mil estudiantes de preparatoria para hablar de escritura, exilio, archivo, duelo y deseo. El programa se llama “Mil jóvenes con…”. En esta edición tuvo la forma de una clase de literatura, de política y de vida, a cargo de una autora que ya pertenece al cielo de los grandes escritores, pero que no ha perdido el tono directo de quien siempre estuvo al margen.

La editora de Alfaguara México, Mayra González Olvera, abrió el encuentro con una carta de amor leída en voz alta. Había pasado el día anterior encerrada “con” Cristina en la habitación del hotel, releyéndola y desarmándola, para volver a armarla en un texto que describió lo que su obra produce: una escritura que habita fronteras y las convierte en puentes. Frontera geográfica, la de Tamaulipas y la línea con Estados Unidos. Frontera de lengua, con un doctorado de escritura creativa en español en la Universidad de Houston, fundado y dirigido por ella, en un país que insiste en borrarnos del mapa lingüístico. Frontera de géneros, con libros que se mueven entre ensayo, novela, autobiografía, poesía, crónica, infre–ensayo y archivo sin pedir permiso.
La presentación recordó algo que los jóvenes ya sabían por intuición o por TikTok: El invencible verano de Liliana se convirtió en un acto colectivo. Novela testimonial, búsqueda de justicia, archivo familiar y manifiesto feminista, el libro no se queda en el duelo. Se vuelve caminata, lectura en voz alta, club de lectura barrial, edición escolar para preparatorias públicas de Jalisco, obra de teatro, intervención en museos, monólogo en la voz de Cecilia Suárez, futuro documental. La historia personal de una joven asesinada por su exnovio se volvió un lenguaje para nombrar la violencia y, al mismo tiempo, una pregunta permanente sobre el amor y sus trampas.
Rivera Garza escuchaba esas palabras con una mezcla de pudor y gratitud. Respondió al micrófono con algo que suele repetir: el verdadero regalo para una escritora es la lectura atenta. Un premio llena un currículum. Los lectores son quienes le dan vida a un libro.
“Soy escritora”: la primera vez
Mayra pidió que levantaran la mano quienes escriben. Al principio se alzaron unas cuantas manos tímidas. Luego, más. El gesto le dio pie a una pregunta clave: cuándo fue la primera vez que Cristina dijo en voz alta “soy escritora”.
La respuesta llegó en modo relato fronterizo. Año 2006 o 2008, un taller de escritura binacional entre Tijuana y San Diego, una camioneta llena de jóvenes que cruzaban la línea todos los días para escribir en el Fondo de Cultura Económica de San Diego. Los oficiales migratorios desconfiaban de ese grupo que no iba a trabajar en fábricas ni en campos, sino a un “taller de escritura”. Pidieron hablar con la responsable.

“Soy yo, y soy escritora”, respondió. Fue la primera vez que se nombró así de frente, como quien se juega algo en la respuesta. Antes se había escondido detrás de otra profesión: profesora. Es una vocación que sigue ejerciendo y a la que debe su sustento, pero ese día la frontera geopolítica la obligó a salir del clóset literario.
A la joven que preguntó cómo decir con menos dificultad “soy escritora”, Rivera Garza le aconsejó dos cosas: creérsela un poco más y compartir el deseo con los demás. Escribir, sostuvo, se vuelve menos temible cuando se practica acompañado, no como un secreto vergonzante.
Archivos que hablan y vidas que regresan
La conversación giró una y otra vez hacia los archivos. No de manera abstracta, sino material: cajas, expedientes, letras torcidas, papeles de otra época. Cristina recordó que su formación universitaria no fue en literatura, sino en sociología en la UNAM y en historia en Estados Unidos. Quiso una carrera “seria” que le permitiera ganarse la vida y terminó en dos disciplinas que no dan precisamente estabilidad, aunque le dieron algo más importante: una manera de leer el mundo.
La primera vez que entró al Archivo General de la Nación, en Lecumberri, buscaba documentos para entender la vida cotidiana en la Ciudad de México durante la Revolución, no desde la mirada de los generales, sino desde los anónimos. No encontraba nada. Confesó su desesperación a un funcionario que la miró, calculó algo en silencio y le dijo: “Acabamos de liberar los expedientes del Manicomio General de La Castañeda. Eso a usted le va a interesar”.

Tenía razón. En el pequeño archivo histórico de la Secretaría de Salud, sobre la calle de Donsel, encontró el expediente de una interna, trabajadora sexual, epiléptica, pobre entre los pobres: Modesta Burgos. Ese encuentro cambió su vida y su literatura. De esas páginas nació Nadie me verá llorar, la novela con la que muchos lectores entraron por primera vez en su universo. Desde entonces, Modesta la acompaña como una interlocutora viva. El archivo, dijo, “siempre sabe más que uno”, como la escritura misma.
Esa relación con los documentos encendió preguntas éticas que en su momento no eran parte del debate en talleres literarios. ¿Cómo escribir sobre una vida ajena sin convertirla en materia prima para la gloria de la autora? ¿Hasta dónde se puede llegar? ¿Qué significa no traicionar a alguien que no puede defenderse? En el lenguaje de hoy, se preguntaba cómo evitar una relación extractivista con la experiencia de otros.
A partir de ahí empezó su “relación complicada” con la ficción hegemónica, esa que se jacta de poder entrar en cualquier lugar en nombre de la imaginación soberana. La imaginación también tiene cuerpo y contexto, dijo. Se moldea por las mismas fuerzas que atraviesan a quienes escriben. Es política, igual que el cuerpo.

En El invencible verano de Liliana esa tensión alcanza un punto extremo. El libro se apoya en cartas, diarios, apuntes, fotografías, el archivo íntimo de su hermana. El reto no fue sólo contar la historia, sino lograr que el lenguaje produjera cercanía en otros cuerpos: en una joven de Guadalajara que lee en su cama, en un grupo de mujeres en un pueblo de Córdoba, en un club de lectura mixto que discute el feminicidio y el amor romántico. El libro debía permitir que quienes lo abrieran sintieran a Liliana presente, no convertida en cifra ni en víctima abstracta, sino en estudiante, amiga, escritora en ciernes, hija, hermana.
También hubo decisiones de silencio. No todo entra en un libro. Hay escenas, detalles y dolores que, por respeto, se quedan en el archivo. La ética, subrayó, también consiste en saber dónde cerrar la puerta.
Español, exilio y resistencia
Otra línea central de la charla tuvo que ver con la lengua. Rivera Garza recordó que en México el español es una lengua dominante que ha desplazado y violentado a lenguas indígenas. Basta cruzar la frontera para que ese mismo español se vuelva una lengua sin Estado ni ejército, en boca de trabajadores migrantes y sus descendientes en Estados Unidos.
Insistir en escribir y enseñar en español en Houston, en pleno clima xenófobo, se vuelve un gesto político. El doctorado que dirige comenzó en 2017, año en que la administración de la Casa Blanca borró el español de su página oficial. Hoy, con un inglés declarado lengua oficial, esa insistencia adquiere otra capa de sentido. No se trata de nostalgia ni de pureza idiomática, sino de una comunidad real que piensa, trabaja y crea en esta lengua.
La propia escritura de El invencible verano de Liliana abrió una sorpresa íntima: hubo momentos en los que Cristina ya no pudo seguir en español. Pasó al inglés casi sin darse cuenta. Lo hizo en las zonas más dolorosas, aquellas donde la memoria pesaba demasiado. El inglés, lengua imperial y herramienta de discriminación, se convirtió en refugio inesperado. Era una lengua que no tenía memoria de lo ocurrido, que no traía consigo los mismos golpes. Gracias a ese doble registro, el libro existe ahora en dos versiones que no son meras traducciones entre sí, sino dos maneras distintas de acompañar a Liliana.
Ficción, deseo y personajes que vuelven
Una parte importante del encuentro se dedicó a los personajes que atraviesan sus libros. Xian, por ejemplo, apareció en sus primeros cuentos universitarios, cuando alternaba seminarios sobre El capital con relatos contra el amor romántico. Aquella joven huidiza, extranjera en México, rodeada de militantes y activistas, dio origen a La guerra no importa, ganó el premio San Luis Potosí, se convirtió en Verde Shanghai y vuelve a asomar en el primer relato de Terrestre. Décadas después de sus primeras apariciones, sigue hablándole a la autora y obligándola a reescribirla.
Rivera Garza reconoció su fascinación por dobles, siameses, personajes que se espejean y se contradicen, como en La cresta de Ilión con la doble Amparo Dávila, o en Nadie me verá llorar con los pliegues de Diamantina. La literatura, sostuvo, permite reventar el estatuto de lo real desde múltiples ángulos: la mesa es una, pero cada quien la ve desde un lugar distinto. Ese desconcierto abre espacio para otras preguntas y, con suerte, para otras realidades.
¿Cura la literatura?
Una de las últimas intervenciones tocó el tema más delicado. En alguna entrevista, Rivera Garza había dicho que desconfiaba de la idea de la literatura como terapia. Una lectora que encontró alivio y lenguaje en El invencible verano de Liliana quiso saber si esa postura sigue en pie, ahora que el libro se ha vuelto acompañamiento para tantas personas.
La escritora matizó sin renunciar a su escepticismo. El verdadero alivio, dijo, debería ser la justicia: el fin de la impunidad, la garantía de que no habrá “ni una más”, la responsabilidad del Estado y de la sociedad. Ningún libro puede sustituir una investigación seria o una sentencia justa. Al mismo tiempo, reconoció que la dimensión colectiva de la lectura sí tiene algo sanador. Su propio duelo y el de su familia se transformaron. De ser una carga silenciada, se volvió parte de un abrazo público.
Los libros no resuelven crímenes, pero dan vocabulario, cambian la manera de caminar, alteran la percepción de lo tolerable. Ayudan a desmontar narrativas patriarcales, erigen otras versiones de la memoria, crean comunidad alrededor del dolor y de la rabia. En ese sentido, la literatura participa de una justicia restaurativa hecha de verdad, memoria y compañía.
La tarde terminó con aplausos largos y jóvenes en fila para hacer una última pregunta o levantar un libro como si fuera una ofrenda. Cristina Rivera Garza, que ya habita el cielo de los grandes, bajó un rato al piso de la FIL Guadalajara para recordar que la escritura, antes que nada, es un trabajo con cuerpos, con archivos y con otros. También con una frase que cuesta pronunciar la primera vez y que a partir de cierto punto ya no se puede evitar: soy escritora.











