Sonia Hernández

SONIA HERNÁNDEZ Y LOS PISSIMBONI: EL EXILIO DENTRO DE LA CASA

En la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, Sònia Hernández se sienta a hablar de una familia a la que nadie quiere y que, a fuerza de estar aislada, se convierte en un espejo feroz de la sociedad que la rodea.

Guadalajara, Jal, 6 de diciembre (MaremotoM).- Los Pissimboni, protagonistas de su novela publicada por Acantilado, viven en una casa cubierta de hiedra, apartada del pueblo, exiliada sin salir del sitio. Desde ahí, la autora piensa el exilio, la familia, el silencio y la oscuridad como lugares desde donde todavía es posible seguir adelante.

Hernández no parte de grandes tramas, sino de una imagen insistente. En este caso, ese grupo de personas encerradas en una casa, apartadas del resto, surgió casi sin conciencia de estar hablando de exilio. “Me interesaba la idea del encierro y de un núcleo que tiene que relacionarse entre sí antes de salir al mundo”, explica.

La familia —esa primera estructura social que no elegimos— es su laboratorio narrativo: ahí se aprenden las jerarquías, los afectos, las violencias y las lealtades que luego se replican fuera. Ella proviene de una familia numerosa, pero insiste: no es un libro autobiográfico. Lo que le interesaba era esa fricción entre un grupo cerrado y una comunidad lejana, física y simbólicamente.

Sonia Hernández
Editó Acantilado. Foto: Cortesía

La frase que lo encendió todo le llegó una noche de insomnio: “Nadie quería a esta familia”. Primero tuvo un nombre más obvio, luego llegarían los Pissimboni, pero la semilla estaba ahí: ¿qué pasa con un grupo al que nadie quiere y que tampoco parece querer a nadie?

La autora no piensa tanto en individuos sueltos como en núcleos: le cuesta entender la vida de manera puramente individual y por eso su literatura pulsa siempre la franja donde la pertenencia se vuelve carga, refugio o ambas cosas a la vez.

A Los Pissimboni se les ha colgado la etiqueta de “kafkianos”. Hernández recibe la comparación con cierta distancia, pero también con un reconocimiento íntimo. Recuerda cuando su editor, Jaume Vallcorba, le explicó por qué su escritura le parecía kafkiana: una verdadera clase magistral para la que lamenta no haber llevado grabadora.

Kafka no es un modelo al que aspire de manera consciente, dice, pero sus figuras —el agrimensor perdido, el proceso inescrutable, el insecto incomprendido de La metamorfosis— siguen operando en su imaginación. Le fascinan esas escenas donde la familia participa casi como en un linchamiento, donde no se sabe si hay sacrificio o castigo.

Entre sus textos favoritos está “El artista del hambre”, una miniatura que la deslumbró y que sigue resonando en su propia forma de abordar el absurdo y la opacidad.

En su obra, lo invisible ocupa siempre un lugar central. La oscuridad y el silencio, lejos de ser un vacío, son para ella territorios llenos, espacios de conciencia. “La oscuridad no tiene por qué ser vacío, el silencio no tiene por qué ser vacío”, afirma.

Sonia Hernández
Vivimos, dice, en un mundo desbordado de estímulos. Foto: MM

Vivimos, dice, en un mundo desbordado de estímulos: ni siquiera una hora y media frente a un escenario teatral garantiza que no se nos escape un detalle. Si algo se pierde en un espacio acotado, ¿qué no se perderá ante la saturación diaria de imágenes, sonidos, pantallas?

Fui yo quien aportó una imagen involuntaria de este momento saturado: en el hotel donde estoy alojada en Guadalajara descubrí dos canales de televisión que emiten únicamente audio, sin imagen. En plena feria, rodeada de presentaciones, entrevistas y estímulos, esa rareza tecnológica se convirtió para mí en una confirmación práctica: el silencio y lo invisible siguen existiendo, aunque sea disfrazados de otra cosa.

Para ella, es otro síntoma de un capitalismo que lo ha explotado todo, incluso el ruido. Por eso la atrae la idea de un claro, de un prado al final de la novela: un espacio abierto que no es necesariamente idílico, que puede ser desierto o promesa, pero que al menos ofrece amplitud después del encierro.

El exilio recorre soterradamente Los Pissimboni y también su trayectoria académica: Sònia Hernández es miembro de GEXEL, el Grupo de Estudios del Exilio Literario. Sin embargo, puntualiza: ella no es hija de exiliados en el sentido estricto. Sus padres se desplazaron de Salamanca a Cataluña; migración interior, no destierro político. Aun así, las consecuencias de ese movimiento la marcaron. Y el exilio, como concepto, le interesa más allá de las fronteras administrativas: “Todos fuimos expulsados del paraíso, todos estamos destinados a morir. El exilio puede ser una categoría filosófica, histórica, íntima”, dice.

De ahí su fascinación por la herencia del trauma. Cita a los descendientes de los campos de concentración, a los hijos y nietos de exiliados republicanos, a quienes crecieron bajo cuarenta años de dictadura y un largo silencio. Hoy, apunta, en España hay una generación de escritores que se asoma a esos huecos, que interroga lo que no se contó en las familias. Aparecen novelas sobre la Guerra Civil, sobre la dictadura, sobre la memoria heredada. El trauma, más que un recuerdo, es un modo de estar en el mundo.

Sònia Hernández ha trabajado poesía, cuento, novela y ensayo. Para ella, la frontera entre géneros se define menos por normas formales que por la potencia de una imagen. De una misma semilla puede surgir un poema, un relato o una novela, según el tipo de preguntas que la imagen provoque.

La poesía, dice, es una escritura inmediata que parece venir “de otra zona del cuerpo”. Los cuentos le permiten algo parecido: condensar, jugar con imágenes cerradas que exigen una concentración casi poética. El ensayo y la narrativa, en cambio, le piden una mente más racional, un desplazamiento más reflexivo.

En 2010, la revista Granta la incluyó en su famosa selección de los mejores narradores jóvenes en español. Recuerda la alegría de entonces, los debates, las invitaciones puntuales, la proyección mediática, pero también reconoce la distancia: han pasado quince años. “Lo que queda es la escritura”, resume. Lo importante ya no es el reconocimiento, sino la forma en que se relaciona con el entorno y cómo esa relación se filtra en sus libros.

Cuando se le pregunta por el auge de escritoras de su generación, Hernández celebra la diversidad. No se siente especialmente cercana a una línea realista ni a un molde único; le entusiasman autores que se mueven entre lo fantástico, lo terrorífico y lo espiritual.

Menciona con entusiasmo a María Gainza, a Mariana Enriquez y observa cómo se han ido diluyendo las fronteras entre géneros, entre lo visible y lo invisible. Lo que antes podía ser un tabú —la espiritualidad, lo esotérico, lo “holístico”— hoy entra en la literatura sin pedir permiso, como un síntoma de que el progreso material no ha resuelto las grandes preguntas.

Al final de la conversación, la entrevista regresa a una pregunta íntima: ¿qué interrogante persigue su escritura y quizás está detrás de la familia Pissimboni? Hernández piensa un momento. Su obsesión de otros años fue la identidad, esa exploración hacia adentro que marcó buena parte de su obra. Hoy, en cambio, siente que esa pregunta ha perdido centralidad. No sabe todavía cuál será la nueva, pero intuye que mira más hacia afuera. A las puertas de los cincuenta, le interesa menos mirarse al espejo que preguntarse qué está ocurriendo alrededor.

En Los Pissimboni, esa mirada se condensa en una imagen simple y brutal: una familia a la que nadie quiere, encerrada en una casa cubierta de hiedra, obligada a definirse frente a una comunidad que la rechaza. Desde esa casa imaginaria,

Sònia Hernández vuelve a pensar el exilio, la pertenencia y el silencio. No promete redención, pero deja abierta una puerta: la posibilidad de que, en plena oscuridad, una voz aún pueda decir que es posible seguir adelante.