José Ignacio Valenzuela

JOSÉ IGNACIO VALENZUELA: LA CASA, LA CULPA Y EL TERCER ERROR

En Lo poco que recuerdo, José Ignacio Valenzuela lleva el suspense a un terreno íntimo y perturbador: una casa convertida en memoria, una mujer atrapada entre tres errores y una verdad que se esconde detrás de recuerdos que tal vez nunca ocurrieron. Con técnica audiovisual y un pulso narrativo afilado, el autor construye un thriller sobre la culpa, la perfección que estalla y el peligro de dejar que otros reescriban nuestra historia.

“Para mí la casa es el pasado”, dice. Esa fue la primera imagen de Lo poco que recuerdo, un thriller en el que la memoria es un arma y la culpa una maquinaria letal. El escritor mira hacia dentro, hacia una fachada con escaleras y cocina, estancias imaginadas que funcionan como examen de conciencia. No hay metáfora ni nostalgia: la casa es la imagen concreta de algo abstracto. “Yo la veo. La veo completamente. Es la representación física de la memoria de Elena.”

La novela, reconoce, fue un parto con forceps. Valenzuela, acostumbrado a escribir “como estornudando”, tuvo que enfrentarse a un desafío técnico poco habitual en su trabajo. “Fue el libro donde más trabajo literario hice. Hablo sobre la mente del personaje, sobre lo que piensa, y además hay un narrador mentiroso. No sabemos si Elena nos dice la verdad.” El Chascas, que viene del mundo audiovisual, trabajó la historia casi como si fuera una serie: capítulos cortos, golpes de efecto, cambios de dirección. “No hay ninguna diferencia —dice— entre este libro y una serie de Netflix en términos de técnica.”

José Ignacio Valenzuela
Editó Ediciones B. Foto: Cortesía

Elena Hauser vive atrapada entre tres errores que funcionan como anclas: culpa, memoria, identidad. Valenzuela sonríe cuando habla de la culpa como motor narrativo. “Me encanta la culpa, no sentirla, la detesto, pero como motor convierte en gelatinita hasta al dictador más terrible.” En esta historia, la culpa aparece antes que el recuerdo. Elena se siente responsable de algo que no sabe, que desconoce. Una infancia idealizada que se vuelve grieta, una familia perfecta que empieza a oler mal. “Me genera inquietud la perfección. Esas personas que alardean de lo perfecto esconden una herida bestial. Yo les levanto la alfombra.”

El paisaje idílico —Pinomar, un pueblo de postal— se convierte en escenario de pesadilla. La belleza, dice Chascas, siempre tiene un trasfondo siniestro. “Yo le tengo miedo a la perfección. Eso me genera pánico. Tengo personajes que esconden un refrigerador con tres cabezas.” La frase, dicha como un estallido de humor, revela una convicción: en el thriller contemporáneo la amenaza no viene de lo monstruoso, sino de lo cotidiano.

La novela dialoga con Agatha Christie, con La asistenta y Big Little Lies. Valenzuela sostiene su técnica sin solemnidad: iluminar un personaje para distraer al lector mientras el verdadero culpable vive en la sombra. “La teoría del doble farol”, la llama, recordando a Christie. Ese truco aparece cuando el libro dobla el tiempo y el segundo error revela su estructura. Saltos temporales, perspectivas divergentes, un pasado que se filtra hacia el presente: “Oficio”, dice él, sin falsa modestia. Treinta años de circo narrativo.

La memoria fallida es un terreno político. “Me aterra ver cómo nos reescriben la historia frente a nuestros ojos”, afirma. Sin mencionar nombres, evoca a gobernantes capaces de llamar “acto de amor” a la violencia, dictaduras higienizadas, nostalgias sin mérito. “Este libro no tiene nada que ver con política, pero uso esa inquietud. Me sacudo el horror escribiendo ficción.”

José Ignacio Valenzuela
José Ignacio Valenzuela vuelve con Lo poco que recuerdo. Foto: Cortesía

En el tercer error —el más grave— está la verdadera apuesta del libro: no volver a confiar en los recuerdos. Allí reside el desafío para su protagonista y para el autor. “Elena empieza de una manera y termina de otra. Ese arco era difícil. No quería que se sintiera falso.” En su relato, los personajes tienen capas, rostros múltiples, decisiones improbables que, sin embargo, parecen naturales al llegar a la última página.

Al final, cuando el libro deja de ser manuscrito y se vuelve objeto, Valenzuela reconoce algo íntimo: “Presiento que esta novela me va a acompañar un tiempo largo.” Hay derechos audiovisuales en disputa, un interés creciente por adaptarla, una técnica que pide pantalla. Él no sabe cómo lo harán. “Compadezco a quien tenga que adaptarla, yo supervisaré desde atrás.” Su risa es inmediata, descarada, como quien sabe que la literatura a veces se defiende sola.

En Lo poco que recuerdo la memoria, la casa y los secretos construyen un thriller que no busca complacer, sino inquietar. En la narrativa del Chascas no hay territorio seguro: sólo una pregunta constante sobre lo que olvidamos y lo que preferimos no recordar. Y, sin embargo, la emoción dura. Se queda, como la casa, como la culpa, como ese tercer error que se comete sin saber y que ya no puede deshacerse.