A pesar de que el franquismo estaba cerca de su fin -o al menos el fin del caudillo-, la represión que se había vivido durante tantos años no cedía. Pero en aquel mes de agosto del 75 era imposible saber que la muerte del dictador llegaría apenas 3 meses después. Y entonces las cosas empezaron a cambiar.
Guadalajara, Jal, 29 de noviembre (MaremotoM).- El 20 de noviembre de 2025 se cumplieron cincuenta de la muerte de Francisco Franco, dictador que ejerció ese poco honroso cargo durante cerca de cuarenta años.
En el verano de aquel 1975 viajé por primera vez a España. Tenía diecisiete de edad, recién había terminado la preparatoria -o estaba por terminarla, no recuerdo bien- y mis abuelos paternos, españoles ambos, me invitaron ese viaje para que conociera el pueblito de don Alfonso, padre de mi padre, cerca de la andaluza Córdoba.
Seguramente el caudillo ya estaba muy enfermo por entonces pero de eso no se hablaba, al menos no en voz alta. En aquella adolescencia mía ya tenía ciertas nociones de lo que significaba una figura como la de Franco: el dictador intransigente que ejercía el poder con mano férrea desde que venció a los rojos en la cruenta guerra civil. Mi abuela contribuyó a ese conocimiento: era admiradora del caudillo, contaba con frecuencia que los republicanos habían asesinado a sangre fría a sus dos jóvenes hermanos en Santander, y por ello siempre había estado del lado del franquismo. Yo escuchaba su historia con interés pero la verdad es que la figura de aquel caudillo me repugnaba desde entonces. Había tenido noticias de la represión en México contra estudiantes en 1968 y en 1971 a manos de gobiernos autoritarios, y en mi fuero interno desconfiaba del poder, de los soldados, de los policías y de cualquiera que ejerciera la mano dura contra la población.
En el pueblo de mi abuelo pronto hice amistad con algunos jóvenes que, como yo, se interesaban en la música. Alguno tocaba flamenco en la guitarra pero al mismo tiempo gustaba de las canciones de los Beatles, Cat Stevens o James Taylor, que eran parte de mi repertorio de entonces. Hablábamos de música, nos reuníamos en las noches a tocar y cantar un poco. Pero cuando los adultos se enteraban de que entonábamos aquellas canciones nos prevenían: mejor evitarlo, no se sabía quién podría escuchar y acusarnos de subversivos. Ahí fue donde me percaté del horror que aquellos jóvenes -y también los adultos- tenían a la guardia civil.
Uno de ellos me contó: unos meses atrás existió en el pueblo un grupo de rock bautizado imprudentemente como España Negra. Al final de una de sus primeras presentaciones llegaron aquellos sujetos armados y uniformados con el ridículo tricornio en la cabeza. Los detuvieron e interrogaron, les hicieron la atenta sugerencia de cambiar de nombre porque “España no puede ser negra”. Los jóvenes no cambiaron de nombre al grupo, más bien lo disolvieron, aterrados, y se olvidaron de sus deseos de estrellato rockero.
A pesar de que el franquismo estaba cerca de su fin -o al menos el fin del caudillo-, la represión que se había vivido durante tantos años no cedía. Pero en aquel mes de agosto del 75 era imposible saber que la muerte del dictador llegaría apenas 3 meses después. Y entonces las cosas empezaron a cambiar.

2.
Hay un escritor joven -treinta y cinco años- originario de Úbeda, David Uclés, -en realidad también es músico y dibujante- que se dio a la desmesurada tarea de escribir “la novela total” de la guerra civil española. El resultado fue un muy elogiado volumen de más de 700 páginas que se publicó en 2024, La península de las casas vacías. A pesar de sus 35 años de edad Uclés es un caso raro en la juventud española: tiene genuino interés por esa época en la historia de su país y ello lo llevó a recorrer la península para recuperar historias y testimonios de lo ocurrido de 1936 a 1939.
Ahí no termina la cosa: en complicidad con la cadena radiofónica SER realizó un podcast a propósito de los cincuenta años de la muerte de Franco. El resultado son cuatro episodios escritos y narrados por Uclés, quien ha nombrado a la serie, parafraseando el famoso verso de Miguel Hernández, Las Cuatro Heridas. Contado de un modo muy original, el podcast incluye entrevistas, testimonios, debates, canciones, paisajes sonoros, reflexiones, puntos de vista diversos sobre esa gran herida que aún no sana y que a decir de Uclés no es solo una sino cuatro. Si para Miguel Hernández eran “la de la vida, la de la muerte, la del amor”, para Uclés son: la discordia, la traición, el fratricidio y la esclavitud.

No es una celebración por el aniversario luctuoso de Franco -el autor afirma que no hay ahí nada qué celebrar- sino una conmemoración por los cincuenta años del inicio de la democracia en España -una democracia peculiar, y sin duda imperfecta pues sigue siendo un país monárquico y, en mi opinión, lleno de símbolos ajenos a los ideales democráticos, pero indudablemente mucho más aireado que en aquellos oscuros años dictatoriales-.
3.
Las derechas -y ultraderechas- avanzan en el mundo. No son pocas las que, enarbolando “la libertad”, se acercan a los ideales franquistas, dictatoriales, represores, casi siempre de la mano de la religión. Ejemplos abundan. La historia que nos cuenta David Uclés, tanto en su novela como en este novedoso podcast con todo y su acento andaluz que se come la mitad de las letras, nos lleva a reflexionar sobre el autoritarismo, la guerra entre hermanos o paisanos y el verdadero significado de la palabra libertad.











