Por ahora, el premio Colima confirma algo que Umbral ya había insinuado: hay voces fantásticas, discretas, obstinadas, que regresan para decir lo que no tiene nombre. Al abrir el libro, no hay promesa de solución; sólo una invitación a cruzar el umbral. Allí empiezan las historias. Allí empiezan los espíritus.
Guadalajara, Jal, 3 de diciembre (MaremotoM).- El escritor mexicano Roberto Abad camina estos días con una mezcla de incredulidad y fortuna. Su libro Umbral acaba de recibir el Premio Colima, uno de los reconocimientos literarios más prestigiosos del país, otorgado antes a nombres tan rotundos como José Agustín, Elena Garro o Antonio Ortuño. Abad, que sonríe con pudor cuando repasa esa lista, sabe que entrar ahí implica un peso simbólico y una satisfacción íntima difícil de formular: “Para mí es un honor enorme, porque son autores que leí, que forman parte de mi educación sentimental y literaria. Es muy difícil que le den este premio a un libro de cuentos, y todavía más a un libro de cuentos fantásticos. Y encima publicado por una universidad.”
Umbral nació como una apuesta casi artesanal. Abad quiso que el diseño material del libro tuviera guiños al tablero de la ouija: “Me interesaba que la lectura simulara una sesión espiritista. En lugar de recibir respuestas, recibes cuentos.” En cada historia hay un llamado insistente a lo oculto, a lo que vive detrás del espejo. El lector entra a oscuras, guiado sólo por la sugestión y la disciplina de una prosa contenida que avanza por terrenos donde lo fantástico no es un género, sino un estado de conciencia.

“Siempre vas a tener rechazos editoriales —dice—, eso ayuda a construir carácter. Cuando llega un sí, lo aprecias de verdad.” El consejo no es pose de ganador reciente, sino la constatación de un oficio ejercido con paciencia. Abad no concibe la escritura como un camino subordinado a los concursos. “Un premio no garantiza nada. Hay libros que ganan algo importante y se olvidan a los seis meses. Lo que importa es lo que tienes para decir.”
Umbral ya encontró su puerto. Los lectores le devuelven preguntas, símbolos, ecos. Ese “regreso” cierra el ciclo. Lo demás —el diploma, la ceremonia, el cheque— son consecuencias laterales que maneja con prudencia (“¿Te gastaste el premio? —No todavía. Hay que ser precavido”).
Ahora corrige otro libro de relatos. “Son historias extrañas, ligadas a los cuerpos amorfos, a los sueños, a los duelos.” Lo que le interesa es ese desplazamiento de la conciencia cuando ocurre una pérdida: “En un duelo la realidad se trastoca. Todo se vuelve oscuro y confuso, como en un cuento fantástico. Reconoces lo que pasa, pero no puedes ver más allá porque estás hundido en otra lógica.”

También empieza a trabajar un proyecto de largo aliento —esa palabra que muchos evitan pronunciar hasta tener algo sólido entre las manos—, una historia que lo persigue por su capacidad de permanecer. “Si una historia es buena, insiste. Se queda. Pasa la prueba de la memoria. Algo se queda, un perfume, una pátina.”
Lo dice con cautela, como quien no quiere romper el hechizo. Sabe que la novela es otra cosa: “Conlleva una preparación psicológica. No sé si lo voy a lograr. Es un azar.” En esa duda está el motor. Persistencia, disciplina, memoria: los tres elementos que ya trazan la cartografía literaria de Roberto Abad.
Por ahora, el premio Colima confirma algo que Umbral ya había insinuado: hay voces fantásticas, discretas, obstinadas, que regresan para decir lo que no tiene nombre. Al abrir el libro, no hay promesa de solución; sólo una invitación a cruzar el umbral. Allí empiezan las historias. Allí empiezan los espíritus.











