Marta Llorente

CADA ÁRBOL ES UN MONUMENTO DE ESPERANZA

Llorente abre su libro con un poema de Jorge Guillén: un exiliado que entra a un jardín en una ciudad ajena y encuentra allí una pequeña paz. Ese gesto de cruzar la verja y bajar el volumen del mundo le interesa tanto como la contracara: el jardín no es un lugar para vivir.

Guadalajara, Jal, 3 de diciembre (MaremotoM).-En la conversación con Marta Llorente no hay teoría fría. La arquitecta y ensayista catalana habla de jardines y ciudades como quien habla de cuerpos vivos, de heridas abiertas y de pequeñas esperanzas que aún pueden crecer si se las deja respirar. Entre naturaleza y arquitectura, su libro publicado por Acantilado, parte de una idea contundente: el jardín es el espacio de mayor tensión entre lo natural y lo artificial. A partir de ahí levanta todo un modo de mirar el mundo.

“Es un espacio de tensión y lo es desde la naturaleza misma”, explica. “En el jardín imitamos la naturaleza, queremos domesticarla y dominarla, hacerla venir a nuestro gusto, mientras ella está siempre buscando recuperarlo todo”. Esa fricción atraviesa el libro y atraviesa también la época: crisis climática, sequías, ciudades selladas de cemento. Crear un jardín, dice Llorente, es siempre crear una contradicción hermosísima y problemática a la vez.

En Barcelona vivieron hace poco una sequía brutal. Se dejaron de regar los parterres, la imagen perfecta de lo que ella viene señalando: “Tenemos una idea de la naturaleza cultivada que ni siquiera concuerda con el clima mediterráneo”. Jardines que beben más agua que la gente que muere de sed. Espacios que exigen riego continuo en un tiempo que reclama ahorro, cuidado, renuncia. “El jardín es contradictorio y, aun así, amamos la contradicción. Sin vivir sin jardines no vamos a poder”.

Llorente abre su libro con un poema de Jorge Guillén: un exiliado que entra a un jardín en una ciudad ajena y encuentra allí una pequeña paz. Ese gesto de cruzar la verja y bajar el volumen del mundo le interesa tanto como la contracara: el jardín no es un lugar para vivir.

Marta Llorente
Editó Acantilado. Foto: Cortesía

“Descubrí que nadie vive en un jardín. No es habitable”, dice. “En el siglo XVIII contrataban eremitas en Inglaterra para que vivieran en un rincón del parque, casi como una escenografía, pero no es la norma. Entramos en el jardín, nos dejamos envolver por esa amabilidad, y después atravesamos el umbral de la casa y cambiamos de mundo”. El jardín protege y acecha al mismo tiempo, promete refugio frente a la intemperie y, sin embargo, nos expulsa de vuelta a lo construido.

Su imagen fundacional no viene de un plano técnico sino de la literatura. De niña, su madre le leía los cuentos de Jardín umbrío, de Valle-Inclán, y allí encontró los primeros jardines que la persiguieron: espacios inquietantes, escenarios de miedo y violencia. “En España el terror tiene que ver con la violencia”, recuerda. Más tarde llegarían los jardines de las cuatro sonatas del mismo autor, ese espacio que rodea la casa, la protege y al mismo tiempo advierte que sucederá algo tremendo dentro.

A partir de esa semilla literaria el libro se abre a otros paisajes: el jardín de Monet, pintado casi en la ceguera, convertido luego en las salas ovaladas de la Orangerie de París; el pabellón de la República Española, donde el Guernica compartía espacio con la Fuente de Mercurio de Calder y el estanque metálico se volvía también un jardín, un espejo líquido en medio del horror bélico. “Los libros se escriben para descubrir cosas, no por lo que ya sabes”, dice Llorente. Cada jardín que analiza le abre un desvío, una luz inesperada, una pregunta nueva.

Jardines en tiempos de colapso

La emergencia climática atraviesa cualquier reflexión sobre la naturaleza en la ciudad. La primera reacción lógica sería suprimir el jardín, dejar que la naturaleza se organice sola, sin diseño, sin intervención. Llorente sabe que esa solución radical no sirve, entre otras cosas, porque el jardín pertenece también al deseo humano.

En sus páginas dialoga con la obra del jardinero francés Gilles Clément propone formas extremas y provocadoras: jardines inaccesibles sobre escombros de barrios demolidos, espacios donde la naturaleza se inventa a sí misma y solo se visita una vez al año; pasarelas sobre suelos que purifican el agua del Sena sin que el visitante llegue a pisar la tierra. “En nuestra desesperación estamos creando jardines muy contradictorios”, admite.

Frente a esos gestos espectaculares, baja de escala y vuelve a lo pequeño: “Me interesa ese hombre que planta un arbolito con emoción y espera que crezca. O ese jardín donde alguien decide dejar la hierba libre en primavera. Ese lugar que se ama, aunque sea mínimo”. No se trata de resolver del todo la contradicción, sino de caminar al lado de ella, conscientes del problema, dejando un poco más de margen a la naturaleza sin renunciar al placer de habitarla.

Cada árbol, insiste, es un monumento de esperanza de futuro. Esa frase pesa más cuando recuerda las inundaciones recientes en Valencia. La tragedia no se explica solo por una dana más o menos intensa, sino por la tierra sellada, el suelo que dejó de drenar. “Se ha construido todo en el Mediterráneo, que por naturaleza es de lluvias torrenciales. Buscamos un político que cargue con toda la culpa, y desde luego hay comportamientos impresentables, aunque el problema va mucho más atrás: la hiperconstrucción del suelo”.

Leer un jardín, leer una ciudad

Llorente no solo escribe, también enseña. En la Escuela Superior de Arquitectura de Barcelona creó la asignatura de Antropología de la Ciudad, un laboratorio donde aprendió tanto como sus alumnos. Allí insiste en una idea simple y radical: antes de proyectar hay que observar.

“Los arquitectos somos demasiado arrogantes. No damos tiempo a la observación, no miramos antes de hacer”, admite sin rodeos. En su curso, los estudiantes pasan días sentados en una calle o en un espacio ajardinado, viendo qué ocurre, cómo se usa, quién se sienta, quién pasa, quién se queda. De esa observación paciente salen libros colectivos, hipótesis, modos más amables de pensar el hábitat.

Marta Llorente
Barcelona llena de abejas asiáticas. Foto: Cortesía

La ciudad, para Llorente, también se lee. La ciudad: huellas en el espacio habitado, su ensayo anterior en Acantilado, recorría la historia urbana hasta las bombas que arrasaron Europa en el siglo XX. No miraba el futuro, buscaba las raíces: caminos, escritura, miedo, guerra. Entre aquel libro y Entre naturaleza y arquitectura su mirada no se ha vuelto más optimista, sí más íntima. “Cada vez me permito más dejar emerger mi yo. Lo tenía muy discretamente cerrado y ahora lo dejo salir un poco más”.

Cuando habla de arquitectura lo hace con un respeto crítico. Defiende el oficio, pero no la mala arquitectura. Recuerda a una mujer que se rompió la mano por un solo escalón en medio de un pasillo. Piensa en las escaleras como uno de los grandes peligros de la vida diaria. “La arquitectura es fundamental, lo peor es la autoconstrucción sin normas. Lo que falla muchas veces no es la arquitectura en sí, sino la arquitectura que olvidó al cuerpo humano”.

Jardines del lugar, no de catálogo

En un mundo donde las ciudades tienden a parecerse, los jardines pueden devolver singularidad o reforzar el estereotipo global. Todo depende de cómo se conciban. Llorente mira con desconfianza los jardines verticales que se fotografían bien, pero no se recorren. Le preocupa sobre todo el jardín privado estándar: césped perfecto, piscina, maquinita cortando el pasto, sopladores que expulsan hojas e insectos en nombre de una limpieza televisiva.

“Todo el mundo quiere el mismo jardín, lo traen de las películas norteamericanas y lo plantan en el Pirineo, donde nieva y hay pendientes”, señala. Esa obsesión por el césped martiriza a las plantas, no permite que florezcan, expulsa a los insectos. Sin insectos no hay polinización y, sin polinización, peligra incluso la agricultura. El jardín deja de ser un umbral delicado entre la casa y el mundo para convertirse en una alfombra verde de plástico vivo.

Frente a esa uniformidad, propone una regla básica: el jardín ha de ser del lugar. Que responda al clima, al agua disponible, a la tierra que pisa. En Barcelona empiezan a aparecer jardines más mediterráneos, con romero y hierbas aromáticas, especies que soportan la sequía y que, a la vez, resultan bellas. La singularidad sensorial de un territorio pasa también por sus plantas, sus olores, sus sombras.

Jardines del siglo XXI: entre la globalización y el cuidado

El futuro del jardín no será puro ni perfecto. Llorente lo imagina como un espacio donde la belleza, el cuidado y la sostenibilidad tendrán que convivir con la globalización biológica que ya está en marcha. Especies, insectos, semillas viajan en aviones y contenedores, cruzan océanos a una velocidad que ninguna regulación alcanza.

Barcelona se ha llenado de abejas asiáticas. En el Retiro de Madrid matan loritos porque dificultan el crecimiento de otras aves. “Los loritos ganarán la partida, son más listos y no se irán. Es mejor trabajar con ellos”, dice. No se pueden poner puertas al campo, solo escuchar la realidad y trabajar con esa creatividad nueva de la naturaleza, sin perder de vista la sostenibilidad.

Marta Llorente
Barcelona llena de abejas asiáticas. Foto: Cortesía

La palabra sostenibilidad, en su boca, baja al terreno más prosaico. Piensa en los desayunos de hotel, en la comida que se tira cada mañana en los buffets libres. Piensa en los coches, en la dificultad para limitar su uso urbano aunque sepamos exactamente lo que supondría para el aire que respiramos. “No es tan difícil. Lo que pasa es que vivimos tan habituados a estas malas costumbres que ya no las cuestionamos”.

En ese paisaje de excesos, el jardín vuelve a aparecer como una pequeña escuela de ética cotidiana: no cortar el césped cada semana, dejar florecer, observar qué insectos llegan, plantar un árbol y cuidarlo durante décadas. Cada gesto, por mínimo que parezca, discute con la lógica del derroche.

Marta Llorente escribe despacio. Corrige mucho. No tiene prisa. Mientras habla de jardines, uno entiende que tampoco está hablando solo de plantas. Se refiere a un modo de estar en el mundo. Dejar de sellar la tierra, de sellar los cuerpos, de sellar las ciudades. Abrir grietas por donde vuelva a entrar la vida.