La televisión siempre ha sido un medio donde el productor es el mandamás, es quien tiene la primera y última palabra.
Ciudad de México, 14 de noviembre (MaremotoM).- Netflix es un punto intermedio entre la televisión y el cine. O es televisión hecha como cine o es cine realizado para televisión. En Frankenstein se hace evidente que el director, aun siendo su visión y decisión en los valores -impresionantes- de producción, dueño de un oficio impecable, con su virtuosismo realizó solo un ejercicio esteta -bellísimo y empalagoso directo para un coma diabético visual-; que opacó y frivolizó los profundos y complejos laberintos de cada personaje; en las adaptaciones todo se vale mientras enriquezca la obra original, pero no a golpes de clichés unidimensionales.
La tragedia de la también ensayista británica Mary Shelley se redujo, se endulzó, se convirtió en melodrama para con cada personaje empatizar con lo inaceptable o rechazar sin dilema.
Los conflictos morales se minimizaron a simples antagonismos del bueno vs el malo y como sabemos habrá mayor identificación si se desarrollan en el primer círculo familiar.
Guillermo del Toro, de principio a fin sienta y acomoda al espectador en la lectura de cada personaje en un único y mismo lugar, sin contradicciones, sin cuestionamientos, sin dilemas, sin claro oscuros que hagan dudar al observante. Se ama y se odia siempre a los mismos. De ahí el sentimiento masivo de aceptación.
En su lenguaje cinematográfico, tampoco hay el menor asomo de tomarse un riesgo con alguna mínima propuesta creativa; recordándonos que el cine a pesar de ser el “arte” más reciente, es el más anquilosado.

No tengo objeción -incluso si se le atribuye un valor simbólico, puede ser interesante- que el monstruo sea más bello que Elizabeth, primero pudorosamente desnudo que nos remite a los “Ingenieros” (creadores de los humanos) en Prometeus, de Ridley Scott, después cual modelo triple A, ataviado con la tendencia más cool, la llamada Distressed Fashion, de marcas como Balenciaga, con prendas rotas y sucias como parte de un statement estético, con la obligada capucha hoy usada por todo personaje marginal.

Este Frankenstein es un espectáculo para verse en una pantalla, mientras más grande mejor, es decir: asombro y estupor mejor que reflexión.
Bien para un momentáneo entretenimiento masivo de feria, que para Netflix habrá cumplido con su económica finalidad.
Esta plataforma sin dejar de ser TV (actualizada) gracias a su CEO se convirtió en un medio de recursos ilimitados que compite con Hollywood, ambos marcan los parámetros del cine industrial, donde es el piso financiero quien toma las decisiones.
En su Frankenstein Guillermo del Toro fue un excelente productor de TV por encima de él como director de cine.
Lo siento por ti, querido y entrañable Memo, pero también debo decir que tu zona de confort ya está harto vista: los monstruos son buenos-buenos, los humanos son malos-malos, con la historia de amor que hace la excepción redentora.
Tu película obtendrá más de un sobrevalorado Oscar, pero me pregunto ¿dónde quedó aquel comentario tuyo?
“… la tiranía de lo bonito me asfixia”; ¿como también aquel de Luis Buñuel?
“La cámara irremediablemente todo lo embellece”.
Los amigos para eso son, para decirse la neta.











