Diez años después, Taula per Mèxic no se presenta como proyecto heroico, sino como red. Barcelona —esa ciudad con memoria de exilio y retorno— eligió escuchar a quienes estaban al borde del silencio definitivo. El resultado no es perfecto ni masivo, pero ha construido algo medible: 33 historias contadas por personas que todavía pueden escribir.
Guadalajara, 6 de diciembre (MaremotoM).- Dentro de la FIL Guadalajara, Barcelona no se presentó solo como ciudad invitada. Trajo una historia urgente, hecha de nombres, amenazas, mudanzas y una palabra tan frágil como necesaria: refugio. La organización Taula per Mèxic, nacida hace una década en Cataluña, llegó a la feria con un libro y una certeza: hay vidas que cambiar señalado una página a tiempo.
En 2013, cuando la violencia contra reporteros mexicanos comenzaba a ocupar titulares internacionales, un puñado de ciudadanos catalanes decidió actuar. No esperaron instituciones, subvenciones ni comunicados oficiales. Buscaron departamentos, camas, refrigeradores llenos y una red mínima de acompañamiento. Esa fue la primera semilla de Barcelona, ciudad de acogida de periodistas mexicanos refugiados, una iniciativa civil que luego encontró apoyo municipal, pero que sigue dependiendo de un gesto antiguo: abrir la puerta.
Diez años después, presentaron en Guadalajara el volumen Seguir contándolo, un libro que reúne 33 historias de reporteros mexicanos que, en algún punto de su trayectoria, tuvieron que abandonar el país para no abandonarse a sí mismos. El acto se celebró en el Pabellón de Barcelona y no sobró una silla. Hubo lágrimas discretas, agradecimientos torpes, silencios de reconocimiento. Hubo también algo poco frecuente en estas mesas: testigos vivos de aquello que se narra.

Juanjo Arranz explicó el origen del libro. No querían hacer un documento técnico ni un expediente judicial. Pidieron a Sandra Vicente y Majo Siscar que construyeran relatos que respiraran como crónicas, no como informes. El prólogo lo escribió Cristina Rivera Garza y su tono evita la grandilocuencia. Recordó el gesto mexicano de acoger a los exiliados republicanos tras el triunfo de Franco. Entonces, dijo, esto es un gesto de reciprocidad, aunque distinto en escala y contexto.
La reciprocidad necesita nombres propios. Uno de ellos es Celia Espinoza, periodista de Lagos de Moreno. Investigó desapariciones en Jalisco y sufrió el acoso de autoridades locales. Taula per Mèxic le dio techo y tiempo en Barcelona. En la FIL confesó algo simple: “Encontré paz para tomar decisiones”. Descubrió que mirar desde lejos también es una forma de seguir mirando. Volvió a México sin miedo y con una pregunta resuelta: continuar escribiendo sobre derechos humanos.
Otro nombre: Rodolfo “el Negro” Montes, reportero que destapó historias sobre fentanilo en Tamaulipas y recibió amenazas directas. El programa le permitió desaparecer de un mapa y reaparecer en otro, con terapia, vivienda y, sobre todo, descanso. Desde el fondo del salón agradeció haber salvado no solo su vida, sino su oficio: “Volví con fuerza”, dijo. Hay quienes no pueden decir lo mismo.
El caso de Mariana Morales, periodista chiapaneca, ofrece otro matiz: encontró retribución. En Barcelona no solo recibió, también compartió. Dio charlas, participó en talleres, habló frente a estudiantes que desconocían el tamaño de la violencia cotidiana en México. Esos intercambios son parte del programa. No hay salvadores ni salvados, solo comunidades que se afectan mutuamente.
El libro hilvana esas historias sin esconder ninguna fisura. Sandra Vicente advirtió que no hay pretendida objetividad. Ella y Majo se saben parte del relato: “Fue un ejercicio de amor”, dijeron. Amor entendido como trabajo paciente: buscar rentas justas, coordinar psicólogos, conseguir boletos de avión, encontrar traducciones urgentes de trámites. A veces amor significa conseguir un médico que atienda a alguien que lleva meses sin dormir.
Seguir contándolo es un título literal. En México, la estadística circula como sentencia: ocho periodistas asesinados entre enero y julio de este año, según Reporteros Sin Fronteras. Las cifras cambian. La tendencia permanece. Barcelona eligió una manera distinta de responder: dar hogar. Para quienes coordinan el programa, la palabra hogar implica atender la salud mental, ubicar la parada de autobús, entregar una tarjeta del metro, invitar a un almuerzo, explicar cómo funciona el padrón municipal y recordar que nadie está solo.
La mesa de presentación cerró con una advertencia. Majo Siscar pidió a los periodistas presentes que se acerquen a organizaciones como Artículo 19 y SEPAT, que pueden interceder, acompañar o incluso salvar. Luego se alzó una pregunta que nadie formuló, pero quedó flotando: ¿cuántos nombres mexicanos llegarán a las próximas ediciones del libro?
Diez años después, Taula per Mèxic no se presenta como proyecto heroico, sino como red. Barcelona —esa ciudad con memoria de exilio y retorno— eligió escuchar a quienes estaban al borde del silencio definitivo. El resultado no es perfecto ni masivo, pero ha construido algo medible: 33 historias contadas por personas que todavía pueden escribir.











