Rita Segato

RITA SEGATO EN LA FIL: LAS AGRESIONES A LAS MUJERES SON UN MANDATO DE PODER, DE MASCULINIDAD

Queda una sensación extraña cuando termina. La teoría feminista no aparece como refugio identitario, ni como territorio puro, ni como recetario moral. Aparece como una forma incómoda de leer la historia entera: revoluciones, Estados, partidos, Iglesias, universidades, guerras lejanas que se vuelven cercanas.

Guadalajara, Jal, 3 de diciembre (MaremotoM).- La sala de prensa desborda. Periodistas con grabadora en alto, estudiantes con libreta en mano, algunas fans que lograron colarse después de la conferencia magistral. Rita Segato entra, se sienta, mira las cámaras, respira hondo. Advierte que está cansada, que habló más de lo previsto, que se extiende demasiado. Promete ser sintética. A los pocos minutos vuelve a estar en trance teórico, interrumpida una y otra vez por aplausos largos, casi de mitin.

El punto de partida es la lengua. No la teoría, no el programa político, no la consigna. “El uso suelto, libre de la lengua quizás sea la única forma de desestabilizar la historia”, dice. En las dedicatorias de la víspera escribió una frase que repite ahora, como consigna íntima: “Vayamos hacia la poesía, siempre insurgente y agramatical, aunque sea un poema de amor”. Frente a una historia “controlada por dueños de la vida y de la muerte”, la apuesta pasa por esa escritura que sacude la gramática y, con ella, el orden de las cosas.

La conversación toma pronto un rumbo incómodo. Segato enumera revoluciones fallidas sin pestañear: la francesa que terminó en tres reinados, la china que devino capitalismo, la rusa, la cubana convertida en dolor, la sandinista convertida en régimen personal. “Todas fracasaron”, afirma. No por falta de épica, sino porque ninguna tocó “el suelo profundo de todas las jerarquías, que es el patriarcado”.

La historia de Zoilamérica –“Soy la América”, subraya, como si el nombre fuera ya una tesis– irrumpe en la sala como bofetada. Recuerda haber escuchado la denuncia contra Daniel Ortega y haberla desestimado durante una década. “Dije: la compró Estados Unidos. No quise leer su carta, fue un gran error”. Pide que se busque en Google la denuncia completa. La narra en bloques, casi con rabia, como si todavía se reprochara a sí misma la incredulidad. Violada desde los diez hasta los veinticuatro años por el mismo hombre que, al hablar ante una plaza colmada en Managua, se proclamaba heredero de Sandino y dueño del futuro de un país.

“Quien toma un cuerpo de la mujer de esa manera también se apropia de una nación. Está todo junto. Esa codicia de poder masculino va del cuerpo de la mujer a un país”, dice. El silencio que se hace en la sala dura apenas unos segundos, roto por un aplauso incómodo.

Rita Segato
La ética de un país hay que analizar, dice Segato. Foto. Cortesía

Segato insiste en sacar los crímenes contra las mujeres del terreno de la moral y del deseo individual. “No son un problema moral. No es que algunos hombres sean malos o desviados. El patriarcado es un orden de poder y, por lo tanto, un orden político. Las agresiones a las mujeres son un mandato de poder, un mandato de masculinidad”. Nombrar eso como “crímenes políticos” descoloca al feminismo que se quedó atrapado en el lenguaje del vicio privado, el defecto de carácter, el descontrol sexual.

Un jefe de policía en El Salvador le dejó una frase que hoy repite como advertencia: “La mujer del mañana no será el hombre que estamos dejando atrás”. La cita casi con ternura. Se ríe. Luego baja la voz: “El feminismo no debe buscar las metas históricas del patriarca. No tenemos que tomar el poder para repetir las mismas formas de dominación. No vamos a ser el hombre con pollera, el hombre que se pinta los labios. Tenemos que generar otra idea del mundo”.

Una estudiante de la Universidad de Guadalajara le pregunta cómo desnombrar el poder, cómo construir una politicidad distinta en medio del avance conservador, del retroceso de derechos en América Latina, de la guerra en Medio Oriente. Segato no ofrece atajos. Piensa en voz alta, delante de todos. Apuesta por la conversación como método. “Pensar conversando. No abandonar el arte de la conversación. Cuando tengo que contestarte, tengo que pensar algo que todavía no he pensado”. El gesto importa tanto como la respuesta.

Rita Segato
La ídola de la feria. Foto: Cortesía

Define una carencia: el feminismo, a diferencia de los movimientos negros, no ha elaborado todavía una “conciencia de género” sólida. “Sabemos poco de qué es ser mujer en términos históricos. No basta un cuerpo. Margaret Thatcher tenía un cuerpo de mujer, Giorgia Meloni también, Condoleezza Rice también. No hay ahí conciencia de procedencia, de historia de las mujeres, de metas propias”. Falta imaginar esa politicidad femenina capaz de llevar la historia hacia “un horizonte más benigno para más gente”.

Otra idea se instala en la sala: los cargos también tienen género y raza. No sólo los cuerpos. Cualquier mujer que llega a cierto nivel de decisión se ve empujada a “blanquearse y masculinizarse” para ocuparlo. “En Derecho lo vemos clarísimo. Lo primero que aprende una estudiante de Derecho es a vestirse. A vestirse de una forma que la distancia de lo que va a juzgar, de lo que va a administrar”. La institución captura a la persona, no al revés.

El diagnóstico se amplía al Estado latinoamericano, heredero directo de la administración colonial. No se trata, dice, del mismo origen que el Estado norteamericano nacido de la migración de puritanos a otro territorio. En América Latina, “un grupo que venía de allá, de una península recién conquistada, se traslada aquí para capturar lo que encuentra”. De esa continuidad –Granada 1492, conquista de América el mismo año– nace un Estado exterior a la vida de la gente, especialmente a la vida de las mujeres.

Una voz desde las primeras filas le pregunta, casi a modo de reclamo, hasta dónde debería llegar la identidad femenina, si no hay nada rescatable del patriarcado, si no existe una “parte positiva”. Segato no concede demasiado margen: “Ese orden corporativo está envenenando la democracia. La academia, el derecho, la medicina, la policía, el ejército, los cárteles. Todo funciona como corporación que se ayuda a sí misma. El primer orden corporativo es la masculinidad”. Lo que viene después –el caso Pelicó en Guatemala, el caso Epstein en Estados Unidos– serían variaciones de lo mismo: la fraternidad masculina sellando sus pactos sobre cuerpos sacrificiales de mujeres y niñas.

Alguien menciona Gaza. Alguien habla de poemas, de marchas, de canciones, de décadas de protesta feminista y pacifista que no han logrado detener un genocidio transmitido en tiempo real. La pregunta es casi una confesión de derrota. Segato no ofrece optimismo fácil. Habla de una “esperanza muy difícil después de Gaza”. Menciona la única vía que todavía le parece posible: una micropolítica diaria, a pie de calle. “Ser cada vez más buenos entre nosotros y nosotras. La política transita por el cuerpo a cuerpo, la palabra a palabra. No se agota en las leyes ni en el Estado”.

Maternar una nación, dice, es eso: tejer todos los días la piel ética de un país. El verbo maternar lo extiende a hombres y mujeres, como si se tratara de una tarea compartida de cuidado, de sensibilidad, de atención al otro. No propone un modelo cerrado de futuro. Se distancia de la utopía como cuadrito perfecto dibujado de antemano por las izquierdas de los sesenta y setenta. “La vida es tránsito incierto, se aprende en el camino. Esa utopía prefabricada fue un desastre, abrió la puerta al autoritarismo”.

La conferencia de prensa se parece cada vez menos a una rueda de preguntas y respuestas. Segato lo sabe. Sonríe. Reconoce que la han invitado a hablar con periodistas y que terminó dando otra conferencia. Pide disculpas por la extensión. La sala vuelve a aplaudirla.

Queda una sensación extraña cuando termina. La teoría feminista no aparece como refugio identitario, ni como territorio puro, ni como recetario moral. Aparece como una forma incómoda de leer la historia entera: revoluciones, Estados, partidos, Iglesias, universidades, guerras lejanas que se vuelven cercanas. Todo bajo la misma luz cruda de una frase que se le escapa a mitad de camino, casi como resumen de tarde: “El patriarcado no es un problema de buenos y malos. Es el suelo político sobre el que todavía caminamos”.