Antonio Calera Grobet

ANTES DEL FIN DEL MUNDO ESCRIBIREMOS OTRO: ANTONIO CALERA GROBET

Antonio Calera me enseñó que la literatura está más cercana, más viva, más humana que la maniquea publicidad de altos vuelos de muchos escritores arribistas. Es uno de los pocos amigos honestos con lo que siempre conté y lamento que ya no esté más. Pero como decía “Antes del fin de este mundo escribiremos otro”: el mundo de él está escrito, pero el de muchos de nosotros sigue pendiendo de un hilo, por cobardes, porque no tenemos tatuado el “Ni pena ni miedo” para escribir otro mundo antes del fin de éste.

Ciudad de México, 18 de agosto (MaremotoM).- Cuando entré a la licenciatura en Letras Hispánicas en la UAM-Iztapalapa tenía muy claro que quería escribir sobre Pedro Páramo, de Juan Rulfo, un autor que admiraba, pero lamentablemente no llegué a conocer en vida. Después admiré y me sentí orgulloso de todos los maestros que me dieron clases como Laura Cázares, María José Rodilla León, Evodio Escalante o Alejandro Higashi, sólo por mencionar algunos.

Siempre sentí que la farándula literaria estaba lejos de un incipiente ensayista en ciernes, pues había que hacer hasta lo imposible por contactar a escritores vivos. Las redes sociales no estaban en boga —como ahora— a principios del siglo XXI, por lo tanto uno estaba pendiente de las cátedras en la UNAM en Filosofía y Letras o las presentaciones en Gandhi o el Fondo de Cultura Económica para escuchar a Mónica Lavín, Juan Villoro, Jorge Volpi, José Emilio Pacheco o Enrique Serna, por ejemplo.

Sin embargo, un venturoso azar me llevó a trabajar en el 2006 como becario en la Fundación del Centro Histórico, A. C., en el área Social, por un cuento que escribí cuyo título era “Aquel día” y se desarrollaba, claro, en un ambiente rulfiano. La publicación llegó a manos de Guadalupe Márquez Márquez y vio la posibilidad de que dirigiera un folletín bimestral cuyo nombre fue Re-imagina-T. Ese trabajo me llevó a Casa Vecina. Espacio Cultural, en la calle de Regina, que dirigía Antonio Calera Grobet a finales del 2007.

Hostería La Bota
Antonio Calera Grobert sirviendo una paella negra en La Bota. Foto: Cortesía

Ese fue mi primer acercamiento, digamos, con escritores de altos vuelos, pues a las juntas semanales asistían Luis Felipe Fabre (escritor y poeta), Erik Castillo (ensayista y curador) y Antonio Calera (poeta y promotor cultural). Cada lunes el director nos pedía que comentáramos alguna noticia antes de arrancar con la minuta semanal, con la intención de enterarnos qué sucedía en el mundo, en nuestro mundo. Todo aquello era enriquecedor, nos llenaba de entusiasmo y nuevos bríos para realizar el trabajo con los colonos del Centro Histórico en materia artística.

Por esas fechas Antonio ya había abierto la Hostería La Bota en la misma calle de Regina, junto a la Casa Vecina y las charlas allí eran mucho más apasionantes en materia poética y plástica entre tragos y cigarros. Me fui haciendo más cercano a él y llegué a ser su asistente luego de que dejó la dirección de la Casa Vecina, por asuntos que no vienen a cuento.

Cada tarde iba a su casa en la calle de Tlaxcala y lo ayudaba en las diligencias que hicieran falta: una revisión de un manuscrito (Gula. De sesos y lengua), impresiones de poemas para Poesía y Combate, transcripciones, búsqueda de nuevo local para La Bota 2 o simplemente preparar algún guisado para la hora de la comida.

Antonio Calera Grobet
Se recibe con ese talante a Constelar, tercera lanzada al ruedo de la poesía del también músico y chef, Diego Rodríguez. El prólogo a cargo de Antonio Calera Grobet. Foto: Cortesía

Era amante de los gatos que siempre lo acompañaban y en la azotea tenía una pequeña oficina y un taller donde elaboraba intervenciones a diversos objetos que más tarde llevaría al bar. Se encerraba por días a escribir sin parar y durante ese tiempo no lo visitaba, decía que era desgastante, tanto como una pelea de box. Yo lo entendía y me limitaba a esperar a que me llamara para continuar con los trabajos pendientes.

Un día me enteré de que ya no viviría más ahí. Su matrimonio con la curadora Jessica Berlanga había llegado a su fin y las cosas se disgregaron. Me propuso trabajar en La Bota los domingos y accedí sin reparo alguno.

Trabajar en el bar era un sueño, no sólo porque iban amigos de él a mirar todas las cosas que estaban en cada uno de los rincones decorando el lugar, sino porque todo era un ambiente de gozo y festividad. No había paseante por el corredor cultural de Regina que no quisiera entrar a mirar qué era aquello con una cabeza de toro iluminada por un letrero que decía Hostería La Bota. Probaban la Mega Queca, las Tapas, las pastas, la Chinampa o sencillamente bebían una cerveza para conversar.

Antonio Calera Grobet
Antonio Calera presenta su libro Xajays. Foto: Cortesía

Un día, a punto de cerrar, llegó Antonio muy contento y nos propuso ponernos los guantes para darnos un quienvive entre los meseros: Genaro Riancho, Arturo Ocampo, Hugo y yo, no nos podíamos negar, era un ring callejero versificado, como todo lo que tocaba Calera. Todo lo que caía en las manos de él lo hacía poesía. Todo lo que brotaba de él era poético. Era apasionado, iracundo, pero sobre todo bondadoso. Todo lo que recibí de él fue generosidad. Nunca se limitaba con los pesos, no negaba un libro y mucho menos las charlas sobre su trabajo. Admiraba a Juan Gabriel, pues en él veía el periplo que había de cumplirse para lograr la cercanía al pueblo con la poesía.

Escribió mucho e impulsó más a jóvenes escritores en su editorial Mantarraya Ediciones. Lo mismo celebraba con Demián Flores y Daniel Lezama que con Rocío Cerón y Eduardo Milán. Admirador confeso del poeta chileno Raúl Zurita, tanto así que tenía tatuado en el brazo el poema de tres kilómetros excavado en Atacama: Ni pena ni miedo.

Antonio Calera no tuvo pena ni miedo en nada de lo que hizo: Dirigió proyectos en el Museo de la Ciudad de México, la Casa del Lago, Poesía por primavera en el Centro Histórico, un foro cultural que llamó La Chula Foro Móvil, promocionaba la cultura periférica desde su Cultubar La Bota que ahora tiene vida en la calle de San Jerónimo 40. Sin contar las múltiples publicaciones en los principales diarios de circulación nacional como Reforma, La Jornada, Excélsior o en maremotom.com y otras tantas que dieron cabida a su pluma y pensamiento crítico-poético como columnista.

Antonio Calera Grobet
Sed Jaguar, por Bonobos Editores. Foto: Cortesía

En sus libros deja testimonio de lo que anhelaba, pero considero que el más ambicioso de todos fue Sed Jaguar, con las ilustraciones de Demián Flores.

El poemario en prosa con 50 poemas resulta premonitorio con “El natural” y dice a la letra de su nacimiento: “Nací el día del entrecruzamiento entre vivos y muertos, en que ambos se acurrucan entre flores y cantos, en un entrecerrado páramo de la realidad. Escorpión de noviembre dos, ruinas que veis pruebas a las que me remito, abrí los ojos cuando otros los sellaban para su boleto de magnánima gloria”. Y sobre la futura muerte expresa: “cuando regrese a la tierra alimentaré las milpas con la grasa de mis viajes, mis propias páginas con erratas, mis cáusticas y será mi cadáver unto fresco para los humus del inframundo”. Ese día ha llegado un sábado 16 de agosto del 2025 en Puerto Progreso, Yucatán: se ahogó el poeta, el hombre de los viajes, el taurófilo, el de las grandes comilonas y los tragos.

Antonio Calera me enseñó que la literatura está más cercana, más viva, más humana que la maniquea publicidad de altos vuelos de muchos escritores arribistas. Es uno de los pocos amigos honestos con lo que siempre conté y lamento que ya no esté más. Pero como decía “Antes del fin de este mundo escribiremos otro”: el mundo de él está escrito, pero el de muchos de nosotros sigue pendiendo de un hilo, por cobardes, porque no tenemos tatuado el “Ni pena ni miedo” para escribir otro mundo antes del fin de éste.

Descansa en paz, Toño Calera, llevas tu lápiz como fusil para seguir escribiendo en el Cielo o en el Infierno.

 

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