El gran narrador español atraviesa una depresión que lo ha llevado a refugiarse en el campo, junto a su esposa, la escritora Elvira Lindo. Desde ese silencio fértil ha vuelto a escribir sobre el amor, la memoria y la belleza del tiempo. Booket acaba de reeditar su novela más nostálgica, El viento de la luna, una historia de iniciación que hoy suena más luminosa que nunca.
Ciudad de México, 6 de octubre (MaremotoM).- En su huerta de Ademuz, Antonio Muñoz Molina ha encontrado un modo distinto de estar en el mundo. Cultiva tomates, observa los árboles, escucha el rumor del viento como quien vuelve a aprender a respirar.
“Nos hemos acostumbrado a vivir tan encerrados en nosotros mismos que nadie te recuerda ni te reconoce. Y eso, a la larga, es muy dañino”, confesó recientemente en el programa Salvados, junto a Elvira Lindo, su compañera desde hace 35 años.
Fue ella quien lo empujó hacia el campo, hacia ese contacto con la tierra que hoy lo mantiene a salvo del abismo. “Esto es muy curativo”, dijo Elvira. “La cordialidad de la gente y el cariño que te manifiestan también curan.”
El autor de Sefarad y Plenilunio padece depresión desde hace más de un año. Lo dice sin dramatismo, con esa lucidez que lo ha caracterizado siempre. “La depresión no tiene que ver con el estado de ánimo —explica—, es una sombra que te acompaña.”

En su caso, la literatura ha sido remedio y herida: “Escribir me salva y me destruye”, ha dicho.
Su refugio rural, donde trabaja la tierra y conversa con los vecinos, le ha devuelto algo que creía perdido: la sensación de comunidad. “Necesitamos el tacto, la presencia física del otro”, afirma. “Lo que enferma no es la tristeza, sino la soledad.”

El autor andaluz, que ha ganado el Premio Nacional de Narrativa, el Planeta, y ha sido director del Instituto Cervantes de Nueva York, vuelve a escribir desde esa quietud renovada. Su nueva novela, El verano de Cervantes, publicada recientemente, es prueba de ello.
En El verano de Cervantes, Muñoz Molina regresa a sus obsesiones más íntimas: el tiempo, la pérdida, el deseo y la memoria. Ambientada en un verano de sosiego y revelación, la novela construye un paisaje de encuentros y reencuentros donde la literatura y la vida se entrelazan.
La historia gira en torno a un hombre que, tras una larga ausencia, vuelve al lugar donde su juventud quedó suspendida. Allí, entre el rumor del campo y las sombras del pasado, descubre que la nostalgia puede ser también una forma de esperanza.
Con una prosa sobria y melancólica, el escritor de Úbeda logra una novela profundamente emocional, que dialoga con sus lectores de siempre y abre nuevas rutas para entender el amor como persistencia. En su escritura, lo íntimo se vuelve colectivo: la memoria como patria, el verano como refugio, la palabra como salvación.
El viento de la luna: una historia que vuelve
Booket acaba de rescatar una de sus novelas más entrañables: El viento de la luna, una historia conmovedora y asombrosa sobre un niño que, en la España de 1969, contempla el aterrizaje en la Luna.
El joven protagonista observa el futuro desde la inocencia, y ese futuro —que para él es ciencia ficción— hoy se vuelve recuerdo para el lector.
La imagen de un mundo nuevo vista por un muchacho de provincia, convertido ahora en un eco nostálgico, es uno de los grandes aciertos de esta novela cautivadora. Con la precisión poética que lo distingue, Muñoz Molina transforma el asombro por la modernidad en un descubrimiento íntimo, donde la infancia se confunde con la melancolía.

Contra la soledad digital
Desde su retiro entre huertos, el escritor observa el presente con una mezcla de ironía y alarma. “Las redes sociales enferman colectivamente. Nos aíslan. Estoy en guerra contra todo eso. Me enorgullezco de no haber entrado nunca en Twitter”, asegura.
Para él, el individualismo radical del capitalismo es la gran mentira de nuestra época. “El índice de mortalidad de la gente que no tiene relaciones sociales es mucho más alto. No basta con la presencia virtual. Necesitamos al otro.”
Y junto a Elvira Lindo, reafirma su fe en lo simple: “No tienes que tener tantos amigos, sino una comunidad que funcione. Eso es fundamental.”
La belleza marcada por el tiempo
A sus 69 años, Muñoz Molina sigue escribiendo cada día. Sabe que el tiempo puede curar, pero también desgastar. “Incluso la belleza —dice— me gusta marcada por el tiempo. No es una belleza a pesar del tiempo, sino gracias a él.”
Sus novelas recientes confirman a un autor que ha hecho de la fragilidad una forma de resistencia.
Desde su huerto, con las manos manchadas de tierra, el escritor andaluz vuelve a recordarnos lo esencial: que la literatura, como el amor o el trabajo del campo, puede salvarnos del ruido y del olvido.











