La persistencia en la venta de novedades, los cálculos electorales, la realpolitik, la noticia del día, los acomodes individualistas y la moderación permanente nos han traído hasta acá.
Ciudad de México, 9 de agosto (MaremotoM).- Es un momento político calamitoso, entre la profundización de la desigualdad socioeconómica, la destrucción de regulaciones al sector patronal, la entrega de recursos y la coordinación del sector punitivo del Estado (policía, fuerzas federales, servicios, infiltrados, jueces y también periodistas bajo contrato) para criminalizar y perseguir la protesta, pasando por encima de derechos, libertades y garantías democráticas fundamentales. Se confirman los costos a largo plazo de la elección de diciembre. La libertad es solo económica e incluso en ese rubro, facilita únicamente la acumulación de los grandes grupos empresarios. Por esperable, no deja de ser terrible.
Lo impactante es que el momento actual requiere de mucha gestación, de mucha impavidez, de mucho jugar alrededor del monstruo, de mucho incentivar, de mucho aprovechar y, hoy, de mucho negociar, arreglar y entregar. El sistema de partidos tradicionales cruje, pero no por la derrota electoral ni por el gobierno en sí, sino por su propia incapacidad de contener a sus actores dentro de algún andarivel ideológico que, por bueno o malo que fuera, no resulte inmediatamente traicionado por un pragmatismo electoral o individualista —de diputados, senadores y gobernadores—. Los sectores legislativos de izquierda y centro-izquierda son la excepción a esa regla, pero, a la vez, están imposibilitados de imponer demandas e incluso de la fortaleza suficiente para vetar o inhabilitar.

La capacidad aglutinante de la identidad peronista, que en algunos momentos históricos ha logrado agrupar a amplios sectores bajo una agenda —a veces sólo una retórica— reformista o redistributiva, hoy deja a sus actores mejor intencionados inermes, pues las disputas internas no permiten que la población mayoritaria los distinga de los efectos bien concretos de la política económica del último gobierno. El desenlace es que deben enfrentarse al descrédito político y a compartir un espacio que, ideológicamente, está más alejado de su propia orientación que otros ámbitos a los que, por cuestiones identitarias, no se alían siquiera tácticamente.
Esto genera, en un momento crítico, una dispersión significativa de los ámbitos políticos que van desde el centro hasta la izquierda marxista. La calle y la protesta civil siguen ahí siempre, como los organismos de derechos humanos respaldándola y protegiendo a quienes marchan, pero no hay por ahora coordinación suficiente de las instituciones políticas y sindicales que permita frenar o mitigar el plan económico —gravitando, por ejemplo, sobre los representantes legislativos o sobre el propio gobierno, afectando su imagen, su gobernabilidad o sus planes a futuro—.
Así y todo, se lograron retrasos, marchas atrás, tambaleos y nuevos cálculos del oficialismo. Quizás el gran tema del momento sea la forma en que el gobierno sigue pudiendo extraer rédito simbólico de su presunta distancia de los partidos tradicionales mientras logra afianzarse gracias a ellos, teniendo a muchos de sus representantes históricos en sus propias filas y apelando a las prácticas usuales de aprietes, negociados y arreglos mezquinos. ¿Cómo un gobierno conformado por funcionarios menemistas, procesistas, delarruistas, especuladores, pejotistas, ex-macristas y algunos ex-todo, mantiene en la población la sensación de ir contra “la política” y los partidos?
Es el gran interrogante actual: el de una radical disociación entre el discurso público, que construye la sensación de “novedad” y “ajenidad” del gobierno tanto respecto del Estado como del pasado político argentino, mientras persiste en la práctica un sostenido avance hacia los mismos planes llevados adelante con las mismas herramientas estatales y por los mismos actores políticos que ya han diezmado varias veces al país y su población. Esa disociación, similar a la conseguida por el trumpismo en Estados Unidos, no ha sido solamente autogestada por los miembros del partido gobernante o los seguidores del Jefe de Estado, sino el principal marco de sentido producido a nivel interaccional, virtual, comercial, laboral, mediático, académico y de representatividad política.

La modesta tarea intelectual de revisar esas transformaciones en el pasado reciente, esquivando la eficacia mediática de los pronósticos oraculares, podría ayudar a reconocer lo que hay que modificar en la práctica política para que, con suerte y mucho trabajo, podamos salir en algún momento de este estado de cosas. La persistencia en la venta de novedades, los cálculos electorales, la realpolitik, la noticia del día, los acomodes individualistas y la moderación permanente nos han traído hasta acá.











