BRÚJULA 1: La arquitectura de lo invisible

Seguimos porque alguien nos espera, porque hay algo que duele menos si estamos presentes. Porque aunque no sepamos si importamos, queremos pensar que sí. Y quizá en eso esté el misterio: que lo que hacemos, lo que no hacemos, lo que callamos, lo que gritamos, siempre encuentra eco en algún lugar. Aunque nunca lo escuchemos.

Ciudad de México, 18 de mayo (MaremotoM).- Un susurro puede alterar el curso de una vida si ocurre en el instante exacto. No por lo que dice, sino porque interrumpe el vértigo. No hace falta una tormenta para cambiar el cielo; alcanza con una variación en el aire.

Cada quien lleva un tiempo distinto. Hay quienes viven en el presente como si fuera un campo abierto, y otros que caminan con el pasado como una segunda sombra. El reloj interno no obedece al calendario. Su ritmo es íntimo, secreto, ajeno al resto del mundo.

Algunos vacíos no llegan: se instalan por goteo, hasta que uno se vuelve contenedor de lo que nunca debió ser suyo. No invaden: se infiltran. No irrumpen: permanecen. Son la forma más sutil de la renuncia: ruinas anónimas.

Lo más difícil no es lo que duele, sino lo que no se puede nombrar. La experiencia sin lenguaje que queda atrapada. Se convierte en gesto inconcluso, en pensamiento recurrente, en insomnio que no sabe a qué responde. Lo innombrable pesa como un idioma no aprendido, los cometas son ríos de fuego en el cielo.

La belleza no siempre consuela. Un atardecer puede doler si te encuentra solo. Una canción puede regarte el alma si llega justo después del silencio. Buscamos fórmulas para redimirnos, porque nos cuesta ejecutar el verbo “sanar”.

 

Algunas vivencias no se explican, no por complejas, sino porque nacen fuera del lenguaje y pertenecen a otro orden: el de lo sensitivo, lo simbólico, lo profundamente humano que no se deja atrapar por conceptos. Y el cuerpo, cuerpo que no olvida nada. Cada roce, cada ausencia, cada sobresalto se guarda en alguna parte. No como recuerdo, sino como reacción. Un movimiento reflejo, una rigidez repentina, una extraña ternura en la palma. Somos archivo táctil de lo vivido.

Hay encuentros que son relámpagos: deslumbran, y luego la oscuridad ya no es la misma, bordamos con cuidado la lógica para poder atravesar el miedo y la distancia no siempre es geográfica. Puede abrirse entre dos cuerpos acostados en la misma cama, entre dos voces que ya no encuentran el punto medio, solo intentan borrar el olor a tabaco de sus dedos.

Surge una gramática en las coincidencias que no entendemos, y sin embargo, algo nos empuja a seguir. No por promesa ni por convicción. Sino por ese impulso primordial que nos hace sostener la mirada un segundo más, tender la mano incluso en la duda, tomar el pincel como si el amor no fuera un ritmo que conservas por voluntariado, pensar que cuando alguien que amas muere, el mundo se hace más pequeño.

Somos una coreografía de coincidencias y consecuencias. Y aunque nos creamos autores de nuestros pasos, a veces somos solo parte del fondo, del decorado, de esa escena más grande que nunca entendemos del todo. Y aun así, con todo lo incierto, lo absurdo, lo injusto, seguimos. No por valentía ni por fe, sino porque hay una inercia más grande que nosotros. Seguimos porque alguien nos espera, porque hay algo que duele menos si estamos presentes. Porque aunque no sepamos si importamos, queremos pensar que sí. Y quizá en eso esté el misterio: que lo que hacemos, lo que no hacemos, lo que callamos, lo que gritamos, siempre encuentra eco en algún lugar. Aunque nunca lo escuchemos.

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