BRÚJULA 2: Una pausa cromática

Al volver, no despertemos; Apenas cambiamos de escenario y el telón se cierra sin aplausos. Que quizás no todo se trataba de escapar en colores superpuestos en capas, lo que vimos dentro ahora también está afuera.

Ciudad de México, 26 de mayo (maremotoM).- En el sueño, la luz no obedece al sol. Allí, los colores no son tintes, ni partículas, sino emociones expandidas. Son estados del alma disfrazados de formas. No siguen leyes ópticas: siguen deseos.

Goethe entendía que el color nace del drama entre la claridad y la sombra. El color, decía, es la herida luminosa del mundo. ¿Y qué son los sueños sino una galería de colores sin paredes que se quedan adheridos a los huesos?

Al cerrar los ojos, entramos a un teatro sin cortinas:

Soñar es habitar un mundo pintado con pinceles que nadie sostiene. Y sin embargo, hay diseño. Paletas de heno. Hay zonas frías de la mente donde habitan los AZULES , de cartas escritas en el aire, de soledad hecha perfume. Hay incendios que solo existen en tonos carmesí.

Hay VERDES pero no son de pasto. Hijo de consuelo. Son la infancia que regresa sin palabras. Son la textura del perdón, una manta invisible que cubre la desnudez del miedo.

ROJOS no románticos, sino urgentes, de pasión, sin rostro ya la distancia.

SEPIA como si el tiempo les pesara, y buscaran un pasado imposible.

Algunos que llegan después como los NARANJAS , no del fruto, sino del barro; húmedos, moveizos.

CAFÉS , de regreso, donde el cuerpo con su abrigo sedimentado, se reconoce mortal.

AMARILLOS , de bombilla que no alcanzó el dorado, de vitral viejo en una iglesia cerrada.

ROSAS , no siempre ternuras. Adioses maquillados que raspan, caricias oníricas.

MORADOS , de vino derramado ante plegarias de terciopelo.

Todos esos monocromáticos, no son por falta, son por enfoque. Sin pérdidas de claridad, adquisiciones de la profundidad. Como si todo el universo cupiera en un solo color, en una sola noche. Eclipse entre el ser visto y el ser comprendido.

NEGROS de protección, de cueva, no de sombra, pero sí de un vientre.

BLANCOS de la hoja que espera, que no promete paz, pero sí espacio.

Las imágenes llegan como el aviso, el preludio, el telón. Como diciéndonos: “Lo que verás viene en esta frecuencia”. Son torrentes sensoriales que no encuentran cauce, señales que si regresan, es porque tienen algo que decir.

No soñamos en en hexadecimales, en realidad es en alquimia, es en densidades. Dormimos para recordar y crear espacios, escuchar viejas y nuevas voces.

Todos —aunque no lo sepamos— somos sinestésicos al cruzar al otro lado del tiempo. Porque se borra el borde entre órgano y emoción. Todo se traduce, se mezcla, se funde.

Colores
Colores

Quizás por eso despertamos perturbados de vez en cuando. No por lo que pasó, sino por los colores que nos tocaron. Porque el inconsciente también tiene paladar:

Hay colores que amargan desde la ceniza emocional y también fábrica de pigmentos para equilibrar la memoria.

Estrellas de plástico fluorescentes en el techo, que son como semillas, germinan con la penumbra y en la noche se atreven a brillar, autorretratos líquidos y paisajes de humo.

Momentos donde uno cae dentro de sí con una lentitud que no lastima, porque sabemos que algo nos acompañó, algo nos cuidó estructurado en símbolos.

Una pausa palpitante que nos contiene, respiramos dentro de ella, y ella dentro de nosotros. Lo absurdo pierde su máscara y se vuelve necesario, ante una intimidad que en el día se vuelve imposible.

La teoría cobra cuerpo. No se ve el color, se siente bajo la piel, como si la vista hubiera migrado al pecho, y ante él; un tono, un matiz o una impresión suspendida, todo moviéndose en distintas velocidades. Lo onírico no se construye con reglas, sino con resonancias. La calma puede cambiar amablemente de temperatura y la ansiedad puede tener forma de pájaro atrapado en una habitación sin ventanas.

Todo habla sin hablar, traducido en una versión alternativa de la propia vida.

Recicla historias de una casa que no tuvimos y no hablo de ladrillos, hablo de pertenencias, de un amor al que llegamos tarde por temor a quebrar algo que creíamos más hondo, de una meta que se sentó frente a nosotros, con todos sus años en la espalda, una promesa que se descompuso en el pecho, una oración que se volvió catedral y dejó de percibirse en el aire.

Al volver, no despertemos; Apenas cambiamos de escenario y el telón se cierra sin aplausos. Que quizás no todo se trataba de escapar en colores superpuestos en capas, lo que vimos dentro ahora también está afuera.

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