Caetano no se aferra a etiquetas: lo mismo dialoga con el rock que se sienta en una mesa de carnaval bahiano; lo mismo canta con Maria Bethânia, su hermana y cómplice, que se presenta con jóvenes músicos como Moreno Veloso, Domênico y Kassin.
Ciudad de México, 10 de agosto (MaremotoM).- El pasado 7 de agosto, Caetano Veloso cumplió 83 años. Con o sin ceremonia oficial, el bahiano nacido en Santo Amaro da Purificação ha sido, de hecho, canonizado en buena parte del planeta.
Admirado por músicos angloparlantes como Beck y Nelly Furtado —que confiesan su devoción y sueñan con grabar a su lado—, incluido por Pedro Almodóvar en bandas sonoras y hasta en sus películas, invitado a tocar en la ceremonia de los Oscar, Caetano es una figura que trasciende fronteras y generaciones.
Su participación en Lágrimas negras —el celebrado disco de Bebo Valdés y Diego El Cigala— y su capacidad de estar siempre en el sitio justo en el momento indicado, lo mantienen vigente.
UN ARTISTA GLOBAL CON RAÍZ BRASILEÑA
Desde que irrumpió con el tropicalismo en los años 60, Veloso ha transitado todos los climas: exilio en Londres, homenajes a Federico Fellini, diálogos con el flamenco, el jazz, la bossa nova y el rock. Su imagen, entre sofisticada y despreocupada y su timidez que se desmiente cuando toma un micrófono, le han dado un aura de artista “global” que, sin embargo, nunca renunció a su acento bahiano.

En España, donde la cultura pop lo adoptó como hijo pródigo desde Fina Estampa (1994), su voz es venerada. En el mundo anglosajón, ha ganado la admiración de figuras que, como Beck o Nelly Furtado, reconocen en él una brújula estética.
FARO Y SOMBRA EN BRASIL
En su propio país, Caetano es referente indiscutible, aunque nuevas generaciones —como Zeca Baleiro— han querido crecer lejos de su sombra. Él, que alguna vez se mostró crítico con ciertas canciones ajenas, no deja de ser un interlocutor obligado para la música popular brasileña.
Lejos de enojarse con el paso del tiempo, Veloso parece disfrutarlo. Su lucidez y talento siguen siendo su pasaporte. “Espero, por su bien, que no quieran ser como yo”, dice con ironía cuando le recuerdan cuántos lo consideran un modelo.
Su obra se mantiene viva no solo por su calidad musical sino por su capacidad de leer la política y la cultura. En “Haití”, compuesta años atrás, trazó un paralelismo entre la isla caribeña y los males estructurales de América Latina. Su reflexión sobre Brasil, mezcla de desencanto y esperanza, muestra que la poesía y la música pueden ser, también, diagnósticos.
Caetano no se aferra a etiquetas: lo mismo dialoga con el rock que se sienta en una mesa de carnaval bahiano; lo mismo canta con Maria Bethânia, su hermana y cómplice, que se presenta con jóvenes músicos como Moreno Veloso, Domênico y Kassin.
83 AÑOS Y SIEMPRE JOVEN
A sus 83, Caetano sigue subiendo al escenario sin nervios y con la concentración de quien sabe que ahí está su lugar. No cree que sus discos recopilatorios contengan “lo mejor” de su obra, pero cada álbum nuevo demuestra que su vigencia es más que estadística: es una forma de estar en el mundo.
Brasil, América Latina y el mundo celebran la vida y la obra de un artista que, como él mismo admite, ha hecho de la lucidez su última moneda de cambio. Caetano Veloso, eterno y múltiple, sigue navegando.











