Soy un soñante activo. Es decir. Sí suelo recordar lo que sueño. E incluso, puedo mantener en distintos sueños, los mismos espacios recorridos que se revelan de maneras aleatorias en otros sueños.
Ciudad de México, 8 de agosto (MaremotoM).- Hace tiempo leí que una persona, en promedio, tiene alrededor de una hora de sueño si el acto de dormir cumple con varias características de calidad, como un espacio sin interrupciones, una mente tranquila al momento de dormir, respiraciones rítmicas, estómago ligero, etcétera, que permiten que el soñante pueda llegar a la fase REM sin mayores complicaciones.
Esa hora real de sueño ocurre en distintas etapas de la duermevela, pero sólo solemos recordar aquellos que están casi al final del ciclo y que, de alguna manera, se vienen con nosotros al momento de despertar, como un libro del que despegamos ligeramente los ojos y, aunque vemos ya la realidad, los personajes y la trama aún flotan a nuestro alrededor.
¿Por qué algunas personas recuerdan más sus sueños que otros? Eso no lo sé, pero la pregunta igual tiene que ver con el ¿por qué algunos recuerdan más lo que han leído que otros? Supongo que tiene que ver con la ensoñación y la importancia del sueño en la vida cotidiana de quien lo sueña. Si éste viene en etapas de claridad o convulsa existencia. Y con el apego de nuestras cosas, de nuestro recorrido.
Si bien no soy un soñador lúcido, aunque en una pequeña etapa de mi vida intenté dirigir mis sueños mediante ciertas prácticas sencillas, cuando descubrí que podía tener la capacidad para manipularlos, la verdad es lo que dejé, pero cada cierto tiempo esta lucidez regresa.
En mi caso, suelo viajar-soñar a la misma ciudad. Le he puesto el nombre de Madrid, aunque en ella, si bien existe un Museo del Prado, no es el museo del Prado en realidad y, aunque tiene un parque de El Retiro, éste no es el parque real del Retiro. Mi Madrid del sueño tiene un centro en el que conviven grandes torres de apartamentos estilo las torres Petronas, pero también callejuelas que después vi, eran parecidas al Trástevere. En una de ellas, asistí hace tiempo a un teatro que cortaba la calle. Es decir. Uno andaba por la acera y, para llegar a la otra esquina, tenía que atravesar el teatro y discurrir al lado del escenario donde se montaba una obra.
No crean que mi Madrid del sueño es un sueño elitista. En ciertas colinas suyas, he estado en calles que me recuerdan las colonias en las orillas de los cerros justo en el centro de Pachuca y cierta zona industrial que me recuerdan la salida de Saltillo. He andado en esos metros del sueño, con largas escaleras eléctricas y andenes que se superponen que se parecen más a Pantitlán que a otra cosa, pero en líneas de transporte que sé descifrar. Mi Madrid del sueño es una ciudad continuada, de pasajes difusos, sí, pero con una identidad firme.
Anoche, que volví a soñar con Madrid, iba con una amiga y la llevaba al Prado. Madrid estaba nevado. Un hombre leía a Marx y, una familia de gitanos, se arremolinaba como una parvada de tela y cabellos junto a una banca en una plaza -que lleva a una tienda de antigüedades a la que he entrado.
-Mira -le dije a mi amiga-, tenemos que ir al parque de El retiro y andar entre sus canales para que veas las ruinas de los palacios italianos que hay.
Ella había olvidado algo y salía de escena y no volvía. Mi sueño, en ese Madrid, terminó cuando algo aleteó y tiró la nieve que pendía, frágil de las ramas de un árbol pequeño. Lo grabé al instante y pensé: “nunca había grabado un árbol desnudo”.

Me gusta soñar con ciudades. Sueño con ellas desde que leí Las ciudades invisibles, de Italo Calvino o cuando vi películas que contenían ciudades que se construyen en la imaginación, como en el caso de La Célula e Inception o cuando descubrí las ciudades metafísicas de Giorgio de Chirico.
Será que también soñamos con los espacios. Lo que nos contiene. Cada ciudad debe ser reinterpretada y las de los sueños nos permiten además una geografía, un deambular simbólico por nuestras pesadillas, ensoñación y la materialidad de nuestras emociones y esperanzas. Y también porque, cada ciudad contiene todas. Como hace días que, al andar por cierta calle de Querétaro, me dije: “esta calle es parecida a cierta calle en Guadalajara que tomaba para ir a…”
Somos una ciudad que alguien recorre. El otro es una ciudad que en ocasiones nos deja recorrer hasta que, cancelado el pasaporte, se cierra. Y sólo entonces, accedemos a ellos o ellas y sus ciudades, como el turista que hace tiempo visitó sus fuentes, sus plazas, sus bibliotecas, que leyó sus libros sagrados, que ahora, como otros libros y otra ciudades, ya solo puede ir mediante los sueños, donde todo habita siempre, en presente. Como ese ligero temblor y sueño de Bilbo, cuando le pregunta a Frodo: “recuerdas ese anillo que tenía”. Así nosotros: “recuerdas esa ciudad que visité, ese sueño que tuve, ese beso que di”.











