El solo hecho de pensar que en este mundo exista otro con mismas características me resulta espeluznante. Ahí mismo una demoledora pasa sobre tu ego. Bien, pues la obra teatral Coanda arranca con esa primordial anécdota.
Ciudad de México, 28 de noviembre (MaremotoM).- Pensé en el ciego Borges. Es mi primera referencia. Aquel cuento donde Borges llega a visitar a Borges y amenaza con arrebatar la vida al Borges de casa. No recuerdo ahora si es por visita o por llamada telefónica y para el caso no importa. Sí tiene relevancia la duplicidad. Una de las marcas literarias más importantes en el autor argentino. Esa horrorosa multiplicación que ejecutan los espejos. Ese inasible espacio de reflejos. Contrario a lo que se pueda pensar no es el miedo lo que impulsa a Borges: es la extrañeza permanente de un mundo que nos resulta inasible, ahí donde uno alcanza a ser otro o miles según lo determinen las circunstancias narrativas, porque todos tenemos nuestra propia narrativa: la manera en que establecemos una conexión con el exterior y la manera en que ese exterior consigue sacudirnos.
Está lo del fenómeno alemán de la multiplicación, pero no pienso entretenerme ahí: casi lugar común como referente literario. No sé si a ustedes les ocurra, pero creo que la mayoría lo llegamos a pensar en algún momento: si tuviésemos un doble, una misma persona que es igual a nosotros y que parece hecha vía fotocopiadora, ¿cuál sería nuestra reacción? Es una pregunta de entrada; luego está, una vez asimilado el inexplicable fenómeno (que no dudo sea posible en unos cuantos años), ¿qué haríamos con esa doble que una buena tarde toca a la puerta de la casa, te levantas del sillón, abres la puerta y lo que ves es lo mismo que verías si te pusieras frente a un espejo? A ti mismo. El solo hecho de pensar que en este mundo exista otro con mismas características me resulta espeluznante. Ahí mismo una demoledora pasa sobre tu ego. Bien, pues la obra teatral Coanda arranca con esa primordial anécdota.
Hay un planteamiento en la obra teatral Coanda con el que no estoy tan de acuerdo: se presenta como “una comedia para intentar comprender quiénes somos”. Por supuesto, eso está en todo el desarrollo de la obra y aunque tiene momentos cómicos donde el público ríe, me ocurrió que el trasfondo de la obra es doloroso porque tiene que ver con los tiempos de vida, los instantes en que realmente somos y existimos, pero también con esos imprescindibles equívocos que hay en una vida por demás ordinaria: esas acciones que se ajustan a un tiempo que en realidad no nos pertenece.
Somos dueños de nuestras acciones, pero no del tiempo donde las acciones se dan: todo lo que ocurrió nos es ajeno más allá de tristes y cadavéricos recuerdos; todo lo que ocurrirá también nos es ajeno por más proyecciones y planes que tengamos para un ignoto futuro. Cuando vean Coanda, porque la tienen que ver, disfruten y rían con las anécdotas que así lo propician, pero intenten comprender lo que se oculta tras de bambalinas en una obra teatral que tiene mucho de texto, a mí parecer demasiado y no tanta acción.
Olga es un personaje del que cualquier escritor podría enamorarse tanto por la intensidad con que vive como por las experiencias que comparte. No es para nada anodina. Al contrario, se cuestiona, inicia y desarrolla esa necesaria búsqueda que ya arranca desde los primeros filósofos griegos: un cuestionar al mundo y a la realidad para entender o al menos morir en el intento, las palabras y preguntas existenciales básicas, esas que, de ignorarlas, un buen día cual granada te estallan en las manos.
Lo mejor de la obra teatral: hay una constante búsqueda por las esperanzas de la vida. No lo pongan como lugar común, por favor. En Coanda lo que más se propicia son las interrogaciones existenciales. Supongo que por eso se recurre a los momentos y anécdotas cómicas: si se hubiese planteado sin estos recursos dramatúrgicos la obra resultaría tremendamente aburrida. Pero no lo es. Hay que agregarlo: “Coanda” está escrita por Carlos Alfonso Nava, quien obtuvo con esta obra el Premio Bellas de Dramaturgia Luisa Josefina Hernández. No estamos frente a un novato, eso no solo nos queda claro con el reconocimiento, nos queda aún más claro luego de admirar la obra, su obra.
Voy a hacer una observación y espero ser cuidadoso: a mi juicio la obra tiene demasiado texto. Me explico: el teatro se compone primordialmente de acción, el público es lo que acude a ver, pongamos que entre más se muevan los personajes por el escenario más entretenida se califica a la obra. Y Coanda tiene diálogos que en su medida representan una excelente composición narrativa, pero que teatralmente se vuelven demasiado pesados, porque al teatro acudes a ver acción y Coanda no tiene los trazos escénicos con los que se hubiese potencializado más el increíble poder de la dramaturgia. Ese es un punto que me dejaría dejar claro no sin restarle mérito a la dirección de Angélica Rogel; creo, eso sí, que hay obras teatrales donde el principal trabajo está en ese espacio que se da entre el director y el autor para sincronizar las búsquedas y las propuestas: me parece que esto hizo falta, y si se hizo, entonces hizo falta hacerlo más.
Lo más importante: Coanda es una obra teatral que se atreve, que camina como malabarista de circo y en ningún momento se cae. Lo aclaro porque no es fácil cuando peloteas el humor y la comicidad: el silencio del público a una broma o a una situación adversa, pero cómica, pondría a temblar al repertorio: la apuesta por la risa no es fácil y se trata de uno de los géneros literarios más complicados de dominar. Y “Coanda” la libra: es un doble efecto, porque por una parte como espectador ríes, pero luego, cuando enmudece la risa, hay algo que se te queda y que se desarrolla en tus reflexiones, ya sea en el momento exacto en que se desarrolla la obra, o bien en el momento posterior a la obra, cuando la comentas con tu acompañante o cuando la comentas en esa compañía tuya.
Hay infinidad de similitudes en la vida de Olga con los demás, aquí hay una clave, sin embargo, la parte decisiva de la obra teatral comienza cuando su madre la busca tan solo para juzgar su vida, por lo que si les suena esta anécdota no crean que es magia o hechizos, es trabajo con el texto teatral.

Hemos llegado al final de este texto: no hay moraleja alguna en la obra teatral de Coanda. Hay un mensaje tácito que se oculta tras de lo que se presenta, que parte de un pronombre personal ajeno para llegar al nuestro, a nosotros mismos: ¿cuál es la vida que realmente vives? ¿Realmente es una vida que vives o todo lo que has conseguido hasta ahora no es sino el resultado perverso de complacer a los demás, de atender sus exigencias, de ceñirte a parámetros y medidas donde se concentra la fuerza de autoridad, tal y como lo representa la presencia maternal en la obra? A muchos de ustedes les parecerán preguntas viciadas, recurrentes y de muy fácil respuesta. No soy yo quien les asegura que no es así, es la obra teatral “Coanda”, pero, claro, tendrían que verla para demostrarse a ustedes mismos esto que les acabo de señalar. Y aquí es donde al final el público aplaude, se encienden las luces: no ha terminado la diversión; ha terminado la pesadilla. Se los aseguro: la pesadilla.
Coanda es una propuesta de la compañía teatral Repente Teatro. Como ya se señaló la dramaturgia está a cargo de Alfonso Nava y la dirección de Angélica Rogel. En la producción están Roberto Pichardo y en el elenco: Fátima Favela, adoro el nombre, lo apunté en una libreta, son de esos nombres que me gustaría tener en una novela de mi autoría, Montserrat Monzón, Pamela Ruíz, Minerva Valenzuela. Y el diseño escénico general está a cargo de Alberto Reyna. Estamos ya con el tiempo casi sobre nosotros porque “Coanda” se presenta hasta el 9 de diciembre (ahora corran al calendario) a las 20 hrs. en el Teatro La Capilla (Madrid 13, Del Carmen Coyoacán). El costo de los boletos es de 300, aunque hay promociones.











