He empezado a pensar que no es solo un problema mío, sino algo que pasa también con los mayores en las empresas. Tenemos más experiencia, más capacidad de análisis, pero el mercado nos margina porque todo apunta a un público joven. Los ejecutivos suponen que ahí está el tiempo, la fidelidad y el ruido en redes. Sin embargo, sospecho que ni siquiera los jóvenes encuentran tantas joyas entre tanta producción de consumo rápido.
Ciudad de México, 13 de agosto (MaremotoM).- Me hago la pregunta que no quiero contestar: ¿ya tengo gustos de vieja? Terminé La edad dorada (HBO), una serie que tuve que dosificar a la fuerza, capítulo por capítulo, semana a semana, como en los viejos tiempos, y al llegar el último episodio me encontré en el limbo. Prendo la tele, paso de plataforma en plataforma —todas contratadas, porque la idea es que nada me falte— y no encuentro nada.
Zombis, ciencia ficción, terror: el tridente que parece gobernar la oferta actual no me interesa. Las tramas corren, gritan, disparan, explotan y sigo con el control remoto en la mano, yendo de un lado a otro, sin hallar esa historia que me atrape. Es como si la industria hubiese decidido que mi mirada, mis ritmos y mis intereses ya no cuentan.
He empezado a pensar que no es solo un problema mío, sino algo que pasa también con los mayores en las empresas. Tenemos más experiencia, más capacidad de análisis, pero el mercado nos margina porque todo apunta a un público joven. Los ejecutivos suponen que ahí está el tiempo, la fidelidad y el ruido en redes. Sin embargo, sospecho que ni siquiera los jóvenes encuentran tantas joyas entre tanta producción de consumo rápido.
Antes, una serie buena era un evento. Nos obligaba a esperar, a reflexionar, a comentarla con otros. Ahora, muchas se diseñan para maratonear, con temporadas que se consumen en un fin de semana y se olvidan el lunes. El drama de época, la ficción de personajes, los diálogos que respiran, parecen arrinconados en un rincón polvoriento del catálogo, tapados por los algoritmos que empujan siempre lo mismo.
No digo que todo pasado fue mejor, pero sí que antes la diversidad de propuestas era más visible. Hoy siento que debo excavar en catálogos olvidados, buscar en plataformas que casi nadie menciona, o en producciones independientes que no tienen presupuesto para anunciarse. Ahí, a veces, aparecen esas historias que me devuelven la fe.
No, no creo que mi gusto haya envejecido. Lo que sí creo es que el mercado se ha encogido en cuanto a riesgo creativo. Aquí estoy, control remoto en mano, dispuesta a seguir buscando entre mares de zombis y explosiones, con la esperanza de que, en algún rincón, alguien todavía esté escribiendo para mí.











