El mundo sí puede ser bueno, como en esa premiación donde compartimos lágrimas silenciosas con el hacedor de Fitzcarraldo y Aguirre, la ira de Dios, entre otros.
Ciudad de México, 29 de agosto (MaremotoM).- Desde el icónico Gran Teatro del Lido de Venecia, en la apertura del 82º Festival Internacional de Cine, se vivió uno de esos momentos que reconcilian al arte con lo humano: el legendario director Werner Herzog recibió el León de Oro a la Trayectoria de manos de un amigo entrañable—y otro titán del cine—Francis Ford Coppola.
El mundo sí puede ser bueno, como en esa premiación donde compartimos lágrimas silenciosas con el hacedor de Fitzcarraldo y Aguirre, la ira de Dios, entre otros.
Werner Herzog, nacido en Múnich en 1942, creció en un valle remoto de las montañas bávaras. Hasta los 11 años, desconoció la existencia del cine. Empezó a desarrollar proyectos cinematográficos a los 15 años y, como nadie quería financiarlos, trabajó en el turno de noche como soldador en una acería durante los últimos años del instituto.

También empezó a viajar a pie. Hizo su primera llamada telefónica a los 17 y su primera película a los 19. Abandonó la universidad, donde estudió brevemente historia y literatura. Desde entonces, ha escrito, producido y dirigido unas 70 películas, entre ellas Aguirre, la ira de Dios, Fitzcarraldo (para la que dirigió un barco de vapor por una montaña en la selva), Grizzly Man y Cave of Forgotten Dreams.
Ha publicado poesía y libros de prosa, entre ellos Of Walking in Ice, Conquest of the Useless y, recientemente, The Twilight World, una novela. Presentó una docena de óperas, en Bayreuth y en La Scala de Milán, y en otros teatros de ópera de todo el mundo. Actuó en películas, entre ellas Jack Reacher, The Mandalorian y papeles como artista invitado en Los Simpson.
Creó una instalación artística, Hearsay of the Soul, para la Bienal del Museo Whitney de Nueva York y el Museo Getty de Los Ángeles. Fundó su propia Rogue Film School, como contrapunto a lo que se enseña en la mayoría de las escuelas de cine del mundo.
La organización del festival ya había anunciado meses atrás que Herzog ganaría este honor el 27 de agosto, en reconocimiento a su arriesgada y fecunda carrera, que incluye joyas como Aguirre, Grizzly Man y Nosferatu the Vampyre.
A sus 81 años sigue trabajando sin pausa: recientemente concluyó el documental Ghost Elephants en África, está filmando Bucking Fastard en Irlanda, desarrolla una película animada basada en su novela The Twilight World y hasta pone voz a una criatura en un proyecto animado de Bong Joon-ho.

En la ceremonia, Coppola hizo una aparición emocionante tras recuperarse de una intervención cardíaca, reafirmando que el cine sigue siendo su motor vital. El elogio que dedicó a Herzog fue sincero y conmovedor:
“Werner Herzog es una enciclopedia. Es un fenómeno ilimitado que trabaja en cada rincón del cine. Si Werner tiene límites, yo no los conozco… Su existencia desafía a todos: ¡háganlo mejor, si pueden! Yo me comeré mi sombrero si alguien llega y puede igualarlo.”
Esas palabras pusieron en relieve su amistad: recordó cómo, cuando Herzog escribía el guion de Fitzcarraldo sin un centavo para un hotel, Coppola lo acogió en su casa de San Francisco.
Visiblemente emocionado, Herzog respondió con gratitud y un sello muy suyo: “Siempre he intentado ser un buen soldado del cine. Esto se siente como una medalla por mi trabajo, pero no me he retirado. Hace semanas terminé un documental en África y ahora estoy filmando otra película en Irlanda. No he terminado aún”, afirmó.
Este homenaje no fue solo un premio, sino el encuentro de dos espíritus cinefílicos que encontraron en sus proyectos un territorio compartido de pasión y riesgo. Ambos, supervivientes del cine en su forma más intensa, se reconocieron mutuamente como compañeros de vertiginosa odisea.
En un mundo donde la prisa y el olvido suelen imponerse, la premiación a Werner Herzog fue una pausa monumental: un momento de reconocimiento, de emociones compartidas—como las lágrimas contenidas al hablar de Fitzcarraldo— y, sobre todo, un recordatorio de que el cine puede ser un acto de fe y amistad.











