Eduardo Antonio Parra

¿CORRECCIÓN POLÍTICA COMO SISTEMA? EL DEBATE QUE CRUZA LA LITERATURA MEXICANA

Que la literatura no sea catecismo no implica renunciar al debate —al contrario—: exige mejores lectores, mejores editores y mejores jurados. La corrección política puede ampliar miradas cuando es lectura crítica; se vuelve asfixia cuando muta en reglamento previo. Ahí es donde Parra y Harwicz piden la alarma.

Ciudad de México, 23 de agosto (MaremotoM).- La discusión sobre los límites de lo decible en la ficción volvió a encenderse esta semana. El narrador mexicano Eduardo Antonio Parra advirtió que “la literatura está siendo invadida por la ideología” y que hay libros “muy celebrados” que “no son literatura, son más ideología”.

Le preocupa, sobre todo, que instituciones pongan límites temáticos en concursos —por ejemplo, vetar textos sobre racismo o violencia contra las mujeres— porque “la literatura no es catecismo para educar”. “Si desde el principio quieres meter cierta censura, estamos mal”, dijo en entrevista en El Universal.

Esta no es la primera vez que se apunta contra la corrección política e incluso una vista sobre los escritores que tienen que tener determinadas características para publicar (ser jóvenes, ser guapos, tener muchos seguidores en las redes sociales).

Ariana Harwicz
Ariana Harwicz. Foto: Cortesía FIL en Guadalajara

Desde Europa, la escritora argentina Ariana Harwicz empuja la misma alarma con palabras filosas: “La corrección política engendra arte infame” y “es la gangrena del arte”; escribir “sin ofender a nadie” es un “oxímoron”. Su libro de ensayos El ruido de una época discute la autocensura y la cultura de la cancelación como trampas para la creación.

De qué hablamos cuando hablamos de “corrección política”

El término suele referirse a lenguajes o políticas que buscan evitar ofensas hacia grupos históricamente discriminados; en el uso público se carga muchas veces de tono peyorativo, asociado a excesos o purismos morales.

Parra apunta a bases de concursos con vetos temáticos; su crítica se suma a un clima editorial que, fuera de México, ya mostró casos sonados: las nuevas ediciones de Roald Dahl y de Ian Fleming fueron “sensibilizadas” con cambios de lenguaje para adecuarlas a criterios de inclusión, decisiones que provocaron reproches de autores y lectores por considerarlas reescrituras anacrónicas.

El caso de Amélie Wen Zhao (Blood Heir) es paradigmático
El caso de Amélie Wen Zhao (Blood Heir) es paradigmático. Foto: Cortesía

En el segmento juvenil anglosajón, varios debuts se frenaron por tormentas en redes (y luego volvieron a publicarse revisados). El caso de Amélie Wen Zhao (Blood Heir) es paradigmático del choque entre crítica, activismo y edición.

Amélie Wen Zhao es una autora chino-estadounidense de juvenil. Su debut, Blood Heir, desató una polémica en enero de 2019 —lectores con copias anticipadas acusaron al libro de insensibilidad racial por su tratamiento de la esclavitud— y ella misma pidió posponer/cancelar la salida y ofreció disculpas públicas.

Meses después, tras revisiones y lecturas de sensibilidad, su editorial anunció que publicaría una versión revisada el 19 de noviembre de 2019 (tiraje inicial de 150 mil). La propia Zhao explicó que su inspiración eran formas contemporáneas de trata en Asia, no la historia de la esclavitud en EE. UU.

El libro sí salió en 2019 y abrió una trilogía (continuada por Red Tigress y Crimson Reign); existe edición en español como La princesa roja.

Mayor escrutinio: Jeanine Cummins, con American Dirt, enfrentó un alud de cuestionamientos por apropiación cultural y estereotipos; la polémica escaló a tal punto que la editorial canceló la gira de presentación y el caso abrió un debate industrial sobre “quién puede contar qué historias”.

Jeanine Cummins
Jeanine Cummins, autora de American Dirt. Foto: Cortesía

El libro, que cuenta la historia de una familia que huye de México hacia EE.UU., fue reseñado y recomendado por la presentadora Oprah Winfrey y por las actrices mexicanas Salma Hayek y Yalitza Aparicio, entre otras personalidades.

Tanto Hayek como Aparicio recibieron el texto como parte del “club de lectura” que organiza Winfrey, en el que invita a otros famosos a leer diferentes títulos en el año, lo que es visto como una oportunidad para que aumenten las ventas de los libros, cuenta la BBC.

Los aplausos, sin embargo, fueron seguidos por la indignación de lectores y autores latinos e hispanos, que argumentaron que la novela tergiversa la experiencia latinoamericana y exhibe estereotipos.

Resistencia frontal: Ariana Harwicz defiende que la ficción no debe subordinarse a causas —ni siquiera a las que ella apoya como ciudadana— y reivindica el derecho a incomodar.

En México y América Latina, muchas escritoras trabajan temas ásperos sin filtros, prueba de que la vitalidad literaria no desaparece aunque el contexto imponga miradas “correctas”.

Lo que está en juego

El fondo del desacuerdo no es si hay que leer con sensibilidad, sino quién fija las reglas y cuándo la prudencia se vuelve guion moral. Parra recela de marcos institucionales que condicionen la ficción desde la convocatoria; Harwicz alerta contra la autocensura del taller, la sala de edición o la red social. Ninguno niega la realidad de los agravios; discuten el lugar de la literatura: ¿espejo incómodo o manual de urbanidad?

Eduardo Antonio Parra (León, 1965) es narrador y ensayista; ganó el Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo (2000) y el Antonin Artaud (2010). Autor, entre otros, de Los límites de la noche y Nostalgias de la sombra.

Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977) vive en Francia desde 2007. Es autora de la Trilogía de la pasión (Mátate, amor; La débil mental; Precoz) y de Degenerado; finalista del International Booker por la traducción al inglés de Mátate, amor.

Que la literatura no sea catecismo no implica renunciar al debate —al contrario—: exige mejores lectores, mejores editores y mejores jurados. La corrección política puede ampliar miradas cuando es lectura crítica; se vuelve asfixia cuando muta en reglamento previo. Ahí es donde Parra y Harwicz piden la alarma.

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