Vengan los merecidos homenajes, todos. Después, estudiemos, aprendamos, reflexionemos sobre su enorme legado. Exijamos su presencia, nos hace falta. Cristina Pacheco no debe morir.
Ciudad de México, 26 de diciembre (MaremotoM).- Pasan los días y viene ese silencio después de la muerte que en el caso de Cristina Pacheco no debemos permitir. Ni el Canal Once donde trabajó por más de 45 años con sus programas “Aquí nos tocó vivir”, que se ha convertido en frase cotidiana frente a nuestros problemas y desde luego “Conversaciones con Cristina Pacheco” que inició en 1997.
Tampoco debe olvidarla el diario La Jornada donde publicó su “Mar de historias”, columna dominical semanal que inició en 1986. Ella decía de ambos espacios que eran su “casa de trabajo”. Y lo eran, su segunda casa. Porque parte fundamental de su tiempo estaba dedicada a estos espacios.
Los directivos de Canal Once y La Jornada tendrán que recuperar para sus auditorios y lectores de las nuevas generaciones esa manera de hacer periodismo, de escribir de Cristina. Atenta y cercana a la gente que menos tiene, a los que sostienen nuestra identidad con su trabajo y su arte, a quienes tienen mucho que contar pero nadie les pregunta, solo Cristina Pacheco.
No pueden olvidarse sus lecciones de congruencia, su hábil e informada manera de conversar y escuchar esas historias extraordinarias y dolorosas muchas veces de la vida y experiencias diarias de un mundo borrado que Pacheco vio y nos hizo ver con respeto y profundidad.
La Universidad Nacional Autónoma de México, la Universidad Autónoma Metropolitana y la de la Ciudad de México tendrán muy pronto que organizar cátedras en sus carreras de comunicación del trabajo periodístico de Cristina, única en darle voz a los silenciados. Por la contundencia de su periodismo, la implacable persistencia de buscar seres humanos y sus historias perdidas en la vorágine de las declaraciones vacías y las noticias huecas. Por sus textos originales y críticos.
Cristina Pacheco era imparable, parecía no cansarse nunca. Imaginaba, construía, daba contenido a tres espacios semanales: buscar, ubicar, visitar, investigar, grabar y escribir una y otra vez, sin descanso. Siempre ella con esa sensualidad que mantuvo hasta su último programa, bien vestida en la televisión. Mujer mexicana hermosa que llevaba ese orgullo de su raza, de su raíz de Torre Mochas en cada movimiento y gesto. Discreta y cómoda en sus entrevistas de calle en “Aquí nos tocó vivir”. Toda la atención a sus interlocutores a ellos y ellas todo el respeto por sus palabras y vidas.
Deja escuela, deja su presencia, sus propuestas, su aguda mirada de ese mundo sobreviviente, negado e invisible para otros medios. Nos hereda su inmensa vocación de mujer periodista y escritora, de amorosa madre y amiga, de compañera fiel de otro grande, José Emilio Pacheco.
Vengan los merecidos homenajes, todos. Después, estudiemos, aprendamos, reflexionemos sobre su enorme legado. Exijamos su presencia, nos hace falta. Cristina Pacheco no debe morir.











