“Algunos eran bebés que estaban amamantando”, dice Isabel Allende. “Cuando el clamor público acabó con esa política, no pudieron reunir a todas las familias. El resultado es que tenemos 1000 niños que no podemos reunir con sus madres. Decidí escribir sobre eso y me acordé que no es la primera vez en la historia que los niños son separados de sus padres”, afirma.
Ciudad de México, 22 de junio (MaremotoM).- Esta semana se hizo la conferencia de prensa para presentar El viento conoce mi nombre. Fue un encuentro de casi una hora con su autora, Isabel Allende, que celebró la salida en español de la novela, acompañada por David Frías, el editor de todas sus obras a nuestro idioma.
Frente a periodistas de todo el continente y de España, se habló de la novela como un trabajo relacionado con la migración, que toca también el nazismo y que fue motivada por la política de Trump de separar a las familias de sus hijos.
“Algunos eran bebés que estaban amamantando”, dice Isabel Allende. “Cuando el clamor público acabó con esa política, no pudieron reunir a todas las familias. El resultado es que tenemos 1000 niños que no podemos reunir con sus madres. Decidí escribir sobre eso y me acordé que no es la primera vez en la historia que los niños son separados de sus padres”, afirma.
Viena, 1938. Samuel Adler es un niño judío de seis años cuyo padre desaparece durante la Noche de los Cristales Rotos, en la que su familia lo pierde todo. Su madre, desesperada, le consigue una plaza en un tren que le llevará desde la Austria nazi hasta Inglaterra. Samuel emprende una nueva etapa con su fiel violín y con el peso de la soledad y la incertidumbre, que lo acompañarán siempre en su dilatada vida.
Arizona, 2019. Ocho décadas más tarde, Anita Díaz, de siete años, sube con su madre a bordo de otro tren para escapar de un inminente peligro en El Salvador y exiliarse en Estados Unidos. Su llegada coincide con una nueva e implacable política gubernamental que la separa de su madre en la frontera. Sola y asustada, lejos de todo lo que le es familiar, Anita se refugia en Azabahar, el mundo mágico que solo existe en su imaginación. Mientras tanto, Selena Durán, una joven trabajadora social y Frank Angileri, un exitoso abogado, luchan por reunir a la niña con su madre y por ofrecerle un futuro mejor.
“Cuando se termine el patriarcado el hombre dejará de ser el lobo del hombre y de las mujeres”, es la firme convicción de la autora de La casa de los espíritus, ante la primera pregunta de un periodista.
“Tenemos que reemplazar al patriarcado por un sistema mucho más humano que el que tenemos”, agrega.
“Yo viví de chica en un mundo imaginario, donde tenía mi propio universo y mi abuela, que se había muerto, me acompañaba. Entiendo muy bien el mecanismo de Anita, mi personaje. Los niños entran en un silencio y creo que ese silencio es un trauma que lo acompañará toda la vida”, afirma.
En El viento conoce mi nombre pasado y presente se entrelazan para relatar el drama del desarraigo y la redención de la solidaridad, la compasión y el amor. Una novela actual sobre los sacrificios que a veces los padres deben hacer por sus hijos, sobre la sorprendente capacidad de algunos niños para sobrevivir a la violencia sin dejar de soñar, y sobre la tenacidad de la esperanza, que puede brillar incluso en los momentos más oscuros.
Isabel Allende nació en 1942, en Lima, Perú, aunque es reconocida como chilena, país al que regresó a los tres años, tras la separación de sus padres. Con la dictadura militar en Chile, auspiciada por el dictador Augusto Pinochet, con su tío muerto en la Casa de Gobierno, Salvador Allende, en 1975, la escritora decidió abandonar el país junto a su familia rumbo a Venezuela, nación donde residió por trece años.
“Me crié con este señor metido en política. La única persona que se mantuvo cerca de nosotros fue Salvador Allende, junto a sus hijas y su mujer. Era un hombre con mucho sentido del humor, carismático, decían que él tenía muñeca, porque podía manejar cualquier situación. Salvador Allende iba a morir con las botas puestas, como pasó y creo que fue un político magistral”, le dijo a Risto Mejide, en una entrevista para Antena 3.
En Venezuela sacó en 1982, La casa de los espíritus, su novela más exitosa de la que se hizo una película con Jeremy Irons y Meryl Streep y ahora se está haciendo la “versión latina” en una miniserie de esta historia que narra las vivencias de cuatro generaciones de una familia y la forma en la que esta se ve afectada por las transformaciones que vive Chile, el país donde se desarrolla la obra.
Desde entonces, su carrera de escritora se asentó con la salida de De amor y de sombra (1984) y Eva Luna (1987).
En 1988 la autora emigró a Estados Unidos, donde publicó Cuentos de Eva Luna (1989) y El Plan Infinito (1991). En homenaje a su hija, que falleció a los 28 años de edad víctima de porfiria, escribió el libro autobiográfico Paula (1994).
“Mis novelas son como semillas que tengo en el vientre y que poco a poco crecen y me ahogan”, dice frente a los periodistas, a sus 80 años, muy guapa, muy lúcida y en otro tramo afirma que tiene nueva pareja y se explaya sobre el feminismo, que “ahora es parte de la sociedad. Vamos avanzando, lentamente, aunque hay retrocesos tremendos, como el caso de Afganistán o Estados Unidos, desde que se suspendió el derecho al aborto”, afirma.

En 1997, con Afrodita, se inauguró la fase más prolífica de Allende, quien desde entonces ha publicado un libro al año en promedio, cuya escritura inicia cada 8 de enero.
“Para mí es muy fácil equilibrar lo bueno con lo malo, porque yo me relaciono con la gente que hace cosas, casi todas mujeres, porque en esa acción no está el éxito social, hay muchas abogadas que trabajan Pro bono en los Estados Unidos y este libro es un homenaje a ellas”, afirma.
Dice que en la situación de los migrantes entre México y Estados Unidos “hay una crisis humanitaria. En Nueva Laredo hay un crimen organizado que maneja a los migrantes y los gobiernos lo saben y no han puesto final a este estado.
“El arte conecta a los seres humanos de una manera íntima y en mis novelas no estoy tratando de dejar un mensaje, pues no trato de predicar”, dijo Isabel Allende.

Fragmento de El viento conoce mi nombre, de Isabel Allende, con autorización de Plaza & Janés
Los Adler
Viena, noviembre-diciembre de 1938
Había en el aire un anticipo de desgracia. Desde temprano, un viento de incertidumbre barría las calles, silbando entre los edificios, introduciéndose por los resquicios de puertas y ventanas. «Es el invierno que ya está aquí», murmuró Rudolf Adler para darse ánimo, pero no podía atribuirle al clima o al calendario la opresión que sentía en el pecho desde hacía varios meses.
El miedo era una pestilencia de óxido y basura que Adler llevaba pegado en las narices; ni el tabaco de su pipa ni la fragancia cítrica de su loción de afeitar lograban atenuarla. Esa tarde el olor del miedo agitado por la ventisca le impedía respirar, se sentía mareado y con náuseas. Decidió despachar a los pacientes que esperaban su turno y cerrar la consulta temprano. Sorprendida, su asistente le preguntó si estaba enfermo. Trabajaba con él desde hacía once años y en todo ese tiempo el médico nunca había descuidado sus obligaciones; era un hombre metódico y puntual. «Nada serio, sólo un resfrío, frau Goldberg. Me iré a casa», replicó él. Terminaron de ordenar el consultorio y de desinfectar el instrumental y se despidieron en la puerta, como cada día, sin sospechar que no volverían a verse. Frau Goldberg se dirigió a la parada del tranvía y Rudolf Adler se fue caminando a paso rápido las pocas cuadras que lo separaban de la farmacia, con la cabeza enterrada entre los hombros, sujetándose el sombrero con una mano y su maletín con la otra. El pavimento estaba húmedo y el cielo encapotado; calculó que había lloviznado y que más tarde caería uno de esos chaparrones de otoño que siempre lo pillaban sin paraguas. Había recorrido esas calles miles de veces, las conocía de memoria y nunca dejaba de apreciar su ciudad, una de las más hermosas del mundo, la armonía de los edificios barrocos y art nouveau, los árboles majestuosos en los que ya empezaban a caer las hojas, la plaza de su barrio, la estatua ecuestre, la vitrina de la pastelería con su despliegue de dulces y la del anticuario, llena de curiosidades; pero en esa ocasión no levantó la vista del suelo. Llevaba el peso del mundo en los hombros.
Ese día los rumores amenazantes empezaron con la noticia de un atentado en París: un diplomático alemán asesinado de cinco tiros por un muchacho judío polaco. Los altavoces del Tercer Reich clamaban venganza.
Desde marzo, cuando Alemania había anexado a Austria y la Wehrmacht desfiló con su soberbia militar por el centro de Viena, entre los vítores de una multitud entusiasta, Rudolf Adler vivía angustiado. Sus temores habían comenzado unos años antes y aumentaron en la medida en que el poder de los nazis se fortaleció con el financiamiento y las armas de Hitler. Recurrían al terrorismo como arma política, aprovechando el descontento, especialmente de la juventud, por los problemas económicos, que se arrastraban desde la Gran Depresión de 1929, y el sentimiento de humillación que produjo la derrota de la Primera Guerra Mundial. En 1934 asesinaron al jefe de Gobierno, Dollfuss, en un fallido golpe de Estado, y desde entonces habían matado a ochocientas personas en diversos atentados. Amedrentaban a sus opositores, provocaban disturbios y amenazaban con una guerra civil. A comienzos de 1938 la situación de violencia interna era insostenible, mientras al otro lado de la frontera Alemania presionaba para convertir a Austria en una de sus provincias. A pesar de las concesiones que hizo el Gobierno ante las demandas alemanas, Hitler ordenó la invasión. El partido nazi austríaco había preparado el terreno y las tropas invasoras no sólo no encontraron ninguna resistencia, sino que fueron aclamadas por la mayor parte de la población. El Gobierno claudicó y dos días más tarde el mismo Hitler entró triunfante en Viena. Los nazis establecieron un control absoluto en el territorio. Toda oposición fue declarada ilegal. Las leyes germanas, el aparato de represión de la Gestapo y las SS, y el fanatismo antisemita entraron en vigor de inmediato.
Rudolf sabía que también Rachel, su mujer, quien antes había sido racional y práctica, sin la menor tendencia a imaginar desgracias, ahora estaba casi paralizada por la ansiedad y sólo funcionaba con ayuda de drogas. Ambos procuraban proteger la inocencia de su hijo Samuel, pero el niño, que iba a cumplir seis años, tenía la madurez de un adulto; observaba, escuchaba y entendía sin hacer preguntas. Al principio Rudolf medicaba a su mujer con los mismos tranquilizantes que les recetaba a algunos de sus pacientes, pero como le hacían cada vez menos efecto, reforzó el tratamiento con unas gotas poderosas, que conseguía en frascos oscuros sin etiqueta. Él las necesitaba tanto como ella, pero no podía tomarlas porque habrían interferido en su habilidad profesional.

Las gotas se las entregaba sigilosamente Peter Steiner, el dueño de la farmacia, que era su amigo desde hacía muchos años. Adler era el único médico a quien Steiner confiaba su salud y la de su familia; ningún decreto de las autoridades que prohibía las relaciones entre arios y judíos podía alterar la estima que los unía. En los últimos meses, sin embargo, Steiner debía evitarlo en público, porque no se podía permitir líos con el comité nazi del barrio. En el pasado habían jugado miles de partidas de póker y ajedrez, compartían libros y periódicos y solían ir de excursión a las montañas o a pescar para huir de las esposas, como decían entre risotadas, y en el caso de Steiner, escapar de su manada de hijos. Ahora Adler no participaba en los juegos de póker en la trastienda de Steiner. El farmacéutico recibía a Adler por la puerta trasera y le daba la droga sin anotarla en su contabilidad.
Antes de la anexión Peter Steiner jamás había cuestionado el origen de los Adler, los suponía tan austríacos como él. No ignoraba que eran judíos, como otros ciento noventa mil habitantes del país, pero eso nada significaba. Era agnóstico; el cristianismo en que se había formado le parecía tan irracional como todas las demás religiones, y sabía que Rudolf Adler también lo era, aunque practicaba algunos rituales por consideración a su mujer. Para Rachel era importante que su hijo Samuel tuviera el sostén de la tradición y de la comunidad judía. Los viernes por la tarde los Steiner solían ser invitados al shabat en casa de los Adler. Rachel y Leah, su cuñada, se esmeraban en los detalles: el mejor mantel, las velas nuevas, la receta de pescado heredada de la abuela, las hogazas de pan y el vino. Rachel y su cuñada estaban muy unidas. Leah había enviudado joven y no tenía hijos, de modo que se había apegado a la pequeña familia de su hermano Rudolf. Insistía en vivir sola, aunque Rachel le había rogado que se mudara con ellos, pero los visitaba a menudo. Era muy sociable, y colaboraba en varios programas de la sinagoga para ayudar a los miembros más necesitados de la comunidad. Rudolf era el único hermano que le quedaba, desde que el menor había emigrado a un kibutz en Palestina, y Samuel era su único sobrino. Rudolf presidía la mesa del shabat, como se espera del padre de familia. Con las manos sobre la cabeza de Samuel pedía que Dios lo bendijera y protegiera, que le diera gracia y le concediera la paz. En más de una ocasión Rachel sorprendió un guiño entre su marido y Peter Steiner. Lo dejaba pasar pensando que no se trataba de un gesto de burla, sino sólo de complicidad entre ese par de descreídos.
Los Adler pertenecían a la burguesía secular y culta que caracterizaba a la buena sociedad vienesa en general y a la judía en particular. Rudolf le había explicado a Peter que su gente había sido discriminada, perseguida y expulsada de todas partes durante siglos, por eso le daba mucho más valor a la educación que a los bienes materiales. Podían ser despojados de todas sus posesiones, como había ocurrido constantemente a lo largo de la historia, pero nadie podía quitarles la preparación intelectual. Un título de doctor era mucho más respetado que una fortuna en el banco. Rudolf provenía de una familia de artesanos orgullosa de que uno de ellos fuera médico. La profesión otorgaba prestigio y autoridad, pero en su caso no se traducía en dinero. Rudolf Adler no era uno de los cirujanos de moda ni profesor en la antigua Universität Wien, era un médico de barrio, estudioso y desprendido, que atendía gratis a la mitad de sus pacientes.
La amistad de Adler y Steiner se basaba en profundas afinidades y valores: ambos tenían la misma curiosidad voraz por la ciencia, eran amantes de la música clásica, lectores impenitentes y simpatizantes clandestinos del partido comunista, que estaba prohibido desde 1933. También los unía una repulsión visceral por el nacionalsocialismo. Desde que Adolf Hitler había pasado de ser canciller a proclamarse dictador con poderes absolutos, se juntaban en la trastienda de la farmacia a lamentarse por el mundo y el siglo en que les tocaba vivir y a consolarse con un brandi capaz de corroer metales, que el farmacéutico destilaba en el sótano, un socavón de múltiples usos, donde guardaba en perfecto orden lo necesario para preparar y envasar muchos de los medicamentos que vendía. A veces Adler llevaba a su hijo Samuel a ese sótano a «trabajar» con Steiner. El niño se entretenía durante horas mezclando y embotellando polvos y líquidos de colores que el farmacéutico le daba. Ninguno de sus propios hijos gozaba de ese privilegio.
A Steiner le dolía en la propia alma cada ley destinada a aplastar la dignidad de su amigo. Le había comprado nominalmente el local del consultorio y su apartamento, para impedir que se los confiscaran. El consultorio se hallaba muy bien ubicado en la planta baja de un edificio señorial y Adler vivía con su familia en el primer piso; en esas propiedades estaba invertido todo el capital del médico, traspasarlas a nombre de otro, aunque fuera su amigo Peter, fue una medida extrema que tomó sin consultarlo con su mujer. Rachel jamás lo hubiera aceptado.
Rudolf Adler procuraba convencerse a sí mismo de que la histeria antisemita se calmaría pronto, ya que no tenía cabida en Viena, la ciudad más refinada de Europa, cuna de grandes músicos, filósofos y científicos, muchos de ellos judíos. La retórica incendiaria de Hitler, que había ido subiendo de tono en los últimos años, era una manifestación más del racismo que sus antepasados habían soportado, pero que no les impidió convivir y prosperar. Por precaución había retirado su nombre de la puerta del consultorio, lo cual era un inconveniente menor, ya que había ocupado ese local durante muchos años y era bien conocido. Su clientela se redujo, porque los pacientes arios tuvieron que abandonarlo, pero suponía que cuando se enfriaran los ánimos en la ciudad, volverían. Confiaba en su habilidad profesional y su reputación bien ganada; sin embargo, a medida que pasaban los días y el clima de tensión empeoraba, Adler comenzó a sopesar la idea de emigrar a otra parte para escapar del temporal desatado por los nazis.
Rachel Adler se metió una pastilla en la boca y la tragó sin agua, mientras aguardaba que le dieran el cambio en la panadería. Iba vestida a la moda, en tonos de beige y burdeos, con chaqueta ajustada en la cintura, sombrero ladeado, medias de seda y tacones altos; era bonita y todavía no había cumplido los treinta, pero su expresión severa le echaba varios años encima. Trató de ocultar el temblor de sus manos en las mangas y responder en tono liviano a los comentarios del panadero sobre el atentado en París.
—¿Qué pretendía ese muchacho idiota que mató al diplomático? ¡Polaco tenía que ser! —exclamó el hombre.
Ella venía de darle la última clase a su mejor alumno, un chico de quince años que estudiaba piano con Rachel desde los siete, uno de los pocos que tomaban la música en serio. «Perdone, frau Adler, usted comprende…», le había dicho la madre al despedirla. Le pagó tres veces el valor de la clase y estuvo a punto de darle un abrazo, pero se contuvo por temor a ofenderla. Sí, Rachel lo comprendía. Estaba agradecida, porque esa mujer le dio empleo durante varios meses más de los debidos. Hizo un esfuerzo por contener las lágrimas y retirarse con la cabeza en alto; le tenía cariño a ese chico y no lo juzgaba por llevar con orgullo el pantalón corto de color negro y la camisa parda del uniforme de las Juventudes Hitlerianas, bajo el lema de «sangre y honor». Todos los jóvenes pertenecían al movimiento, era prácticamente obligatorio.
—¡Mire usted el peligro en que ese polaco nos ha puesto a todos! ¿Ha oído lo que dicen por la radio, frau Adler? —siguió pontificando el panadero.
—Esperemos que esto no pase de las amenazas —dijo ella.
—Váyase pronto a su casa, frau Adler. Andan grupos de muchachos alborotados por las calles. Usted no debe andar sola. Enseguida va a oscurecer.
—Buenas tardes y hasta mañana —balbuceó Rachel, colocando el pan en su bolsa y el cambio en su monedero.
Una vez afuera aspiró el aire frío a pleno pulmón y trató de desprenderse de los oscuros presagios que la asaltaban desde el amanecer, mucho antes de escuchar la radio y los rumores alarmantes que circulaban por el barrio. Pensó que las nubes oscuras anunciaban lluvia y se concentró en lo que le faltaba por hacer. Debía pasar a comprar vino y velas para el viernes, su cuñada vendría a su casa para el shabat, como hacía todas las semanas, y también los Steiner con sus hijos. Sintió que a pesar del medicamento que acababa de tomar, los nervios podían traicionarla en plena calle —necesitaba sus gotas—, y decidió dejar las compras para el día siguiente. Dos cuadras más adelante vio el edificio donde vivía, uno de los primeros de puro estilo art nouveau, construido a fines del siglo XIX. Cuando Rudolf Adler compró un local a pie de calle para su consultorio, y un apartamento para su familia, las líneas orgánicas, las ventanas y balcones curvos y los vitrales de flores estilizadas habían escandalizado a la conservadora sociedad vienesa, acostumbrada a la elegancia barroca, pero el art nouveau se impuso y en poco tiempo el edificio se convirtió en un punto de referencia en la ciudad.
Rachel tuvo la tentación de pasar un momento por el consultorio a saludar a su marido, pero la descartó de inmediato. Rudolf tenía bastantes problemas propios y ella no podía agobiarlo con sus aprensiones. Además, Samuel la estaba esperando desde la mañana en casa de su tía. Leah Adler era maestra y se había ofrecido para darles clases a varios niños. Samuel era un par de años menor que los otros, pero no se quedaba atrás en el aprendizaje. Muchos niños judíos habían sido maltratados en la escuela y algunas madres de la comunidad se habían organizado para enseñarles privadamente a los menores, mientras los mayores recibían escolaridad en la sinagoga. Se trataba de una medida de emergencia, pensaban. Rachel siguió de largo a buscar a su hijo y no se fijó en que la consulta de su marido estaba cerrada a esa hora inusitada. Por lo general Rudolf atendía pacientes hasta las seis de la tarde, excepto los viernes, en que llegaba a cenar antes de la puesta de sol.
El apartamento de Leah, modesto pero bien ubicado, consistía en dos cuartos con muebles de segunda mano y decorado con fotografías enmarcadas del marido prematuramente fallecido y recuerdos de los viajes que alcanzó a hacer con él antes de enviudar. En los días en que recibía a sus alumnos, el aire olía a galletas recién horneadas. Rachel Adler encontró a otras tres madres, que habían ido a buscar a sus hijos, pero se habían quedado tomando té y escuchando a Samuel tocar el Himno a la alegría. El niño resultaba conmovedor, tan pequeño y delgado, con sus rodillas arañadas, su melena indómita y su concentración de sabio, meciéndose con la música de su violín, ajeno por completo a la sensación que causaba. Un coro de exclamaciones y aplausos estalló con las últimas notas. Samuel demoró unos segundos en despertar del trance y volver a ese círculo de mujeres y niños. Saludó con una breve reverencia y, mientras la tía corría a besarlo, su madre disimuló una sonrisa de satisfacción. Era una pieza relativamente fácil, que el niño aprendió en menos de una semana, pero Beethoven siempre resultaba impresionante. Rachel sabía que su hijo era un prodigio, pero sentía horror por cualquier forma de jactancia y nunca lo mencionaba, esperaba que otros lo hicieran. Ayudó a Samuel a ponerse el abrigo y a guardar el instrumento en su estuche, se despidió deprisa de su cuñada y las otras mujeres y partió de regreso a su casa, calculando que tendría el tiempo justo para poner el asado al horno antes de la cena. Desde hacía un par de meses no contaba con ayuda doméstica, porque su empleada húngara, que tuvo durante varios años, fue deportada y ella no tenía ánimo para buscar otra.
Madre e hijo pasaron frente a la puerta del consultorio sin detenerse y entraron en el amplio vestíbulo del edificio. Las lámparas de vidrio pintado con motivos de nenúfares estaban encendidas, iluminando el ambiente en tonos de verde y azul. Subieron al primer piso por la amplia escalera doble, saludando al pasar a la portera, quien a todas horas vigilaba desde su cubículo. La mujer no respondió. Rara vez lo hacía.
El apartamento de los Adler era espacioso, cómodo, con muebles pesados de caoba, destinados a durar la vida entera, que no calzaban en esa arquitectura de líneas livianas y simples. El abuelo de Rachel había sido anticuario y sus descendientes heredaron cuadros, alfombras y adornos de excepcional calidad, aunque pasados de moda. Rachel, criada con refinamiento, procuraba vivir con distinción, aunque los ingresos de su marido y de sus clases de música no podían compararse con los de sus abuelos. Su elegancia era discreta, porque la ostentación le repugnaba tanto como la jactancia. Le habían inculcado en la infancia el riesgo de provocar envidia en el prójimo.
En un rincón de la sala, cerca de la ventana que daba a la calle, estaba el piano de cola, un Blüthner que había pertenecido a su familia a lo largo de tres generaciones. Era su instrumento de trabajo, ya que lo usaba con la mayoría de sus alumnos, y era también su único disfrute en las horas de soledad. Lo tocaba desde chica con maestría, pero en la adolescencia, al comprender que carecía del talento necesario para convertirse en concertista, se resignó a enseñar. Era una buena maestra. Su hijo, en cambio, poseía el genio musical que se da muy rara vez. Samuel se había sentado al piano desde los tres años y tocaba de oído cualquier melodía que hubiera escuchado una sola vez, pero prefería su violín, porque podía llevarlo consigo a todas partes, como decía. Rachel no pudo tener más hijos y había volcado en Samuel todo su amor de madre. Lo adoraba y no podía evitar mimarlo, porque el niño no daba problemas, era amable, obediente y estudioso.
Media hora más tarde Rachel oyó un tumulto en la calle y se asomó a la ventana. Estaba oscureciendo. Vio pasar a una media docena de jóvenes que parecían ebrios, gritando consignas del partido nazi e improperios contra los judíos —¡chupasangres!, ¡malditos!, ¡asesinos!—, los mismos epítetos que había escuchado otras veces y había leído en la prensa y en los panfletos alemanes. Uno de ellos llevaba una antorcha y otros iban armados de palos, martillos y trozos de cañerías metálicas. Apartó a Samuel de la ventana, cerró las cortinas y se dispuso a bajar a llamar a su marido, pero el niño se aferró a sus faldas. Samuel estaba acostumbrado a quedarse solo, pero parecía tan asustado que su madre decidió esperar. Afuera el bullicio disminuyó y ella supuso que la turba se había alejado. Sacó el asado del horno y empezó a poner la mesa. No quiso encender la radio. Las noticias eran siempre muy malas.
Peter Steiner recibió a su amigo en la trastienda de la farmacia, donde los esperaban el juego de ajedrez, que habían comenzado la tarde anterior, y la botella de brandi, que ya iba por la mitad. El local de la célebre Farmacia Steiner había pertenecido a la misma familia desde los tiempos del bisabuelo, en 1830, y cada generación se había preocupado de mantenerlo en perfecto estado. Aún conservaba las estanterías y mesones de caoba tallada, los accesorios de bronce traídos de Francia y una docena de antiguos frascos de cristal, que más de un coleccionista había pretendido comprar y que según su dueño valían una fortuna. Los escaparates que daban a la calle estaban enmarcados en guirnaldas de flores pintadas, el suelo era de baldosas portuguesas, algo gastadas por más de un siglo de uso, y los clientes se anunciaban con un repique de campanillas de plata, que colgaban sobre la puerta. La Farmacia Steiner resultaba tan pintoresca que era visitada por turistas y había aparecido en artículos de prensa y en un libro de fotografías, como símbolo de la ciudad.
A Peter le llamó la atención que Rudolf Adler llegara tan temprano en un día de trabajo.
—¿Te pasa algo? —le preguntó.
—No sé, me estoy ahogando. Creo que me va a dar un ataque.
—No, hombre, aún eres muy joven para eso. Son nervios, estás estresado. Tómate una copa, eso lo cura todo —replicó Steiner sirviéndole una medida doble.
—Ya no es posible vivir en este país, Peter. Los nazis nos tienen cercados. La represión se va imponiendo en círculos cada vez más estrechos y precisos. No podemos entrar en ciertos restaurantes y tiendas, amenazan a nuestros hijos en las escuelas, nos quitan los empleos en oficinas públicas, confiscan nuestros comercios y propiedades, nos prohíben ejercer nuestra profesión o amar a alguien de otra etnia.
—Esta situación es insostenible, pronto tendrá que mejorar —dijo Peter sin mucha convicción.
—Estás equivocado. La situación será cada vez peor. Se requiere ceguera selectiva para pensar que los judíos podemos seguir existiendo con cierta normalidad. Es imposible evitar la violencia que nos amenaza. Cada día promulgan nuevos edictos.
—¡Lo lamento tanto, amigo mío! ¿Cómo te puedo ayudar?
—Ya has hecho mucho por mí, pero no puedes protegerme. Los nazis nos consideran un tumor maligno que debe ser extirpado de la nación. ¡Mi familia ha vivido en Austria durante seis generaciones! Las humillaciones van sumándose. ¿Qué más nos pueden quitar? La vida, no nos queda otra cosa.
—Nadie puede quitarte tu título de médico ni tus bienes. Fue buena idea poner tu consultorio y tu apartamento a mi nombre.
—Gracias, Peter. Eres el hermano que nunca tuve. Estoy muy preocupado. Los instintos más bajos andan desbocados. Hitler tiene para rato en el poder y tratará de adueñarse de Europa. Creo que nos llevará a la guerra. ¿Te imaginas lo que eso sería?
—¡Otra guerra! —exclamó Steiner—. No, eso sería un suicidio colectivo. Aprendimos la lección con la guerra anterior. Acuérdate del horror… la derrota…
—Los judíos somos los chivos expiatorios. La mitad de la gente que conozco está tratando de escapar. Tengo que convencer a Rachel de que nos vayamos.
—¿Irte? ¿Adónde? —preguntó Steiner, alarmado.
—Es casi imposible conseguir visa para Inglaterra o Estados Unidos, esas serían las mejores opciones, pero sé de varias personas que se han ido a Sudamérica…
—¡Cómo te vas a ir! ¿Qué voy a hacer sin ti?
—Supongo que sería sólo por un tiempo. Además, todavía no lo he decidido, primero debo convencer a Rachel. Será difícil que acepte dejar esta vida que hemos formado con años de trabajo, dejar incluso a su padre y su hermano. Tampoco será fácil convencer a mi hermana Leah, pero no podría dejarla aquí.
—Es una decisión muy drástica, Rudy.
—Debo pensar en Samuel. Mi hijo no puede crecer como un paria.
—Espero que no te vayas, pero si lo haces, cuidaré de lo tuyo, Rudy. Cuando vuelvas, todo estará intacto, aguardándote.
Iban por la segunda copa de licor cuando oyeron un alboroto afuera. Se asomaron a la puerta y vieron a una horda que invadía la calle, hombres, muchachos y algunas mujeres vociferando amenazas y consignas del partido y enarbolando martillos, garrotes y otros objetos contundentes. «¡A la sinagoga! ¡A la judería!», gritaban los que iban delante. Volaron algunas piedras y oyeron el ruido inconfundible de cristales rotos, que fue acogido por un clamor de celebración. La turba era un solo animal enardecido actuando al unísono con una alegría asesina.
—¡Ayúdame a cerrar la farmacia! —exclamó Steiner, pero Adler ya estaba en la calle corriendo en dirección a su casa.
El terror invadió la noche. Rachel Adler tardó diez minutos en calcular la gravedad de lo que ocurría, porque tenía las cortinas cerradas y la estridencia de afuera le llegaba en sordina. Pensó que había vuelto la pandilla de muchachos que había visto antes. Para distraer a Samuel, le pidió que tocara algo, pero el niño parecía paralizado, como si presintiera la tragedia que ella todavía se negaba a admitir. De pronto algo se estrelló contra la ventana y el vidrio cayó al suelo en mil pedazos. Su primer impulso fue calcular cuán costoso iba a ser reponer esa ventana curva de cristal biselado. De inmediato un segundo peñasco rompió otro vidrio y la cortina se desprendió del riel y quedó colgando de una esquina. Por la ventana destrozada vislumbró un fragmento de cielo anaranjado y le llegó una bocanada de olor a humo y a chamusquina. Un clamor salvaje entró como un ventarrón en el apartamento y entonces comprendió que se trataba de algo mucho más peligroso que un grupo de chicos ebrios. Oyó gritos furiosos y otros de pánico en medio del estrépito continuo de vidrios hechos trizas. «¡Rudolf!», exclamó aterrorizada. Tomó a Samuel de un brazo y lo arrastró hacia la puerta. El niño logró coger el estuche de su violín.
Sólo la ancha escalera de mármol con su pasamano de madera y bronce separaba el apartamento del consultorio, pero Rachel no la alcanzó. Theobald Volker, su vecino de un apartamento en el segundo piso, un militar retirado con quien rara vez había cruzado más de dos palabras, ya estaba en el pasillo y se le puso por delante, sujetándola con firmeza. Rachel se vio aplastada contra el ancho pecho de ese viejo gruñón, que le decía algo incomprensible, mientras ella se debatía llamando a su marido. Le tomó más de un minuto darse cuenta de que Volker trataba de impedirle que bajara, porque un grupo había destrozado a golpes la puerta de madera tallada y vitrales del edificio y ya estaba en el vestíbulo.
—¡Venga conmigo, frau Adler! —le ordenó su vecino con el vozarrón de quien sabe mandar.
—¡Mi marido!
—¡No puede bajar! ¡Piense en su hijo! —Y la empujó escalera arriba hacia su propio apartamento, donde ella nunca había puesto los pies.
La vivienda de Volker era idéntica a la de los Adler, pero nada tenía de su claridad y elegancia, resultaba sombría y helada, con muy pocos muebles, sin más adornos que un par de fotografías sobre una repisa. El hombre la condujo a la fuerza hacia la cocina, mientras Samuel, aferrado al violín, los seguía, mudo. Volker abrió una puertecita angosta que daba a una alacena y les indicó que se ocultaran allí sin chistar hasta que él viniera por ellos. Después de que cerrara el gabinete, Rachel y Samuel quedaron de pie, abrazados en un espacio muy estrecho, sumidos en una total oscuridad. Oyeron que Volker arrastraba un mueble pesado.
—¿Qué pasa, mamá?
—No sé, mi amor, quédate quieto y calladito… —susurró su madre.
—Aquí no nos va a encontrar papá cuando llegue —dijo Samuel en el mismo tono.
—Es sólo un rato. Hay unos hombres violentos en el edificio, pero se van a ir pronto.
—Son nazis, ¿verdad, mamá?
—Sí.
—¿Todos los nazis son malos, mamá?
—No sé, hijito. Debe de haber buenos y malos.
—Pero los malos son más, creo —dijo el niño.
Theobald Volker ya era un militar de carrera cuando le tocó defender al Imperio austro-húngaro en 1914. Provenía de una familia de campesinos sin ninguna tradición militar, pero se destacó en el ejército. Medía casi un metro noventa, tenía la fortaleza física y el carácter disciplinado de alguien nacido para esa profesión, pero en secreto escribía poesías y añoraba una existencia apacible en el campo, plantando y criando animales, acompañado de la mujer que había amado desde la adolescencia. En los cuatro años de la guerra perdió todo lo que le daba sentido a su vida: su único hijo, que pereció en el campo de batalla a los diecinueve años, su mujer adorada, que se suicidó de pena, y su fe en la patria, que a fin de cuentas no era más que una idea y una bandera.
Cuando terminó la guerra tenía cincuenta y dos años, grado de coronel y el corazón roto. No recordaba por qué había luchado. Enfrentó la derrota atormentado por los fantasmas de veinte millones de muertos. No había lugar para él en esa Europa en ruinas, donde se pudrían en fosas comunes los despojos mezclados de soldados, mujeres, niños, mulas y caballos. Durante algunos años se mantuvo mediante diversos empleos indignos, soportando la mala suerte de los vencidos, hasta que la edad y los achaques lo obligaron a retirarse. Desde entonces vivía solo, ocupado en leer, escuchar la radio y componer versos. Salía sólo una vez al día a comprar el periódico y lo necesario para preparar su comida. Sus medallas de héroe todavía estaban prendidas en su viejo uniforme, que se ponía cada año para el aniversario del armisticio, que selló la disolución del imperio por el cual había peleado durante cuatro años terribles. Ese día sacudía y planchaba el uniforme, les sacaba brillo a las medallas y limpiaba sus armas; después abría una botella de aquavit y se emborrachaba metódicamente maldiciendo su soledad. Era uno de los pocos vieneses que no salieron a vitorear a las tropas alemanas el día de la anexión, porque no se identificaba con esos hombres que marchaban con paso de ganso. Por experiencia, desconfiaba del fervor patriótico.
En el edificio los adultos evitaban al coronel, que ni siquiera respondía a un saludo, y los niños le tenían miedo. La excepción era Samuel. Rachel y Rudolf permanecían ocupados gran parte del día en sus respectivos trabajos y la mujer, que antes acudía a diario a hacer las labores domésticas de los Adler, se retiraba a las tres de la tarde. Si no estaba con su tía Leah, el chico pasaba algunas horas solo, ocupado en sus tareas escolares y su música. Pronto se dio cuenta de que cuando él practicaba el violín o el piano, su vecino bajaba discretamente al primer piso con una silla y se sentaba en el pasillo a escucharlo. Sin que nadie se lo pidiera, Samuel comenzó a dejar su puerta abierta. Se esmeraba en tocar lo mejor posible para esa audiencia de una sola persona, que lo escuchaba en respetuoso silencio. Nunca hablaban, pero al cruzarse en el edificio o en la calle intercambiaban una inclinación de cabeza tan leve que Rachel no se había enterado de la delicada relación de su hijo con Volker.
Después de encerrar a su vecina y al niño y de disimular la puerta de la alacena con la mesa de la cocina, el coronel se vistió deprisa con su uniforme gris de charreteras doradas y su colección de medallas, se colocó la cartuchera con su Luger, anticuada pero en perfecto funcionamiento, y esperó en la puerta de su apartamento.
Peter Steiner demoró varios minutos en proteger el escaparate de la farmacia con la persiana de madera y bajar la cortina metálica de la puerta. Se puso el abrigo y salió apurado por la puerta de atrás, dispuesto a seguir a su amigo Rudolf, pero incluso en esa angosta calle lateral pasaban revoltosos profiriendo amenazas. Se aplastó en el rellano de una casa para ocultarse de un grupo de asaltantes y allí esperó a que desaparecieran al doblar la esquina antes de asomarse. Era un hombre corpulento, con la piel colorada, el pelo rubio, corto y tieso como un cepillo, los ojos tan claros que parecían nublados, y brazos de levantador de pesas, que le permitían ganarle a cualquiera en una prueba de fuerza. Excepto su mujer, nadie podía intimidarlo, pero decidió evitar a aquella incontrolable horda de bárbaros y dar un amplio rodeo, rogando que Rudolf Adler hubiera hecho lo mismo. A los pocos minutos el farmacéutico comprendió que el vecindario estaba invadido y no había forma de eludir el tumulto para acercarse al consultorio de su amigo. No lo pensó dos veces. Se unió a la muchedumbre. De un empujón le arrebató un estandarte del partido a un muchacho, que no se atrevió a protestar, y se dejó llevar por la marea humana enarbolando la bandera.
En esas pocas cuadras Peter Steiner tuvo una idea cabal del caos que se había desatado en ese barrio tranquilo, donde tradicionalmente vivía y trabajaba una parte de la numerosa comunidad judía de la ciudad. No quedaba un solo vidrio intacto en las tiendas; ardían hogueras donde los amotinados tiraban lo que sacaban de casas y oficinas, desde libros hasta muebles; la sinagoga ardía por los cuatro costados ante la mirada impasible de los bomberos, dispuestos a intervenir solamente si las llamas amenazaban con extenderse a otros edificios. Vio cómo arrastraban a un rabino por los pies, la cabeza ensangrentada rebotando contra el empedrado; vio cómo golpeaban a los hombres, cómo les arrancaban la ropa y mechones de pelo a las mujeres, cómo abofeteaban a los niños y pisoteaban y empapaban de orina a los ancianos. Desde algunos balcones los mirones avivaban a los agresores y en una ventana alguien saludaba con el brazo derecho en alto y una botella de champán en la mano izquierda, pero la mayoría de las casas y edificios de apartamentos estaban cerrados y con las cortinas corridas.
El farmacéutico se dio cuenta, espantado de su propia reacción, de que la energía bestial de la multitud era contagiosa y liberadora, de que él también sentía el impulso de destrozar y quemar y gritar hasta ahogarse, que se estaba transformando en un monstruo. Jadeando, cubierto de sudor, con la boca seca y la piel erizada por la descarga de adrenalina, se acuclilló agazapado detrás de un árbol tratando de recuperar el aliento y la cordura. «Rudy… Rudy…», musitó y siguió repitiendo en voz alta hasta que el nombre de su amigo lo ayudó a volver a sus cabales. Debía encontrarlo antes de que cayera en manos de la turba. Se puso de pie y continuó avanzando protegido por el estandarte y por su aspecto de ario puro.
Tal como Steiner temía, el consultorio de Adler había sido destrozado, las paredes estaban pintarrajeadas de insultos y signos del partido, la puerta arrancada de cuajo y todos los vidrios rotos. Muebles, estanterías, lámparas, instrumentos médicos, frascos, todo el contenido de la consulta yacía desparramado en la calle. No encontró señales de su amigo.
El coronel Theobald Volker recibió a los primeros asaltantes plantado de brazos cruzados en el umbral de su apartamento. Habían pasado menos de quince minutos desde que rompieron la puerta de entrada y se repartieron como ratas por los pisos. Volker supuso que la portera o alguno de los inquilinos había denunciado a los judíos, tal vez incluso había marcado sus apartamentos, porque más tarde, al recorrer el edificio, se dio cuenta de que los asaltantes echaron abajo algunas puertas y dejaron otras intactas. La de los Adler no fue destrozada porque había quedado entreabierta.
Una media docena de hombres y muchachos borrachos de violencia, con brazaletes del partido, apareció en el rellano de la escalera vociferando insultos y consignas. Uno de ellos, que parecía dirigir a los otros, se encontró de cara al coronel en el pasillo. Llevaba un tubo de hierro y ya lo había alzado, dispuesto a golpear, pero se quedó momentáneamente paralizado ante ese anciano gigantesco en un uniforme anticuado, que lo miraba desde arriba con aire autoritario.
—¿Judío? —ladró.
—No —replicó Volker sin alzar la voz.
En eso oyeron los gritos de los otros, frustrados porque no encontraron a los habitantes del apartamento de los Adler. Dos hombres, algo mayores, aparecieron en la escalera y se enfrentaron a Volker.
—¿Cuántos judíos viven aquí? —le preguntó uno de ellos.
—No sabría decirle.
—¡Hágase a un lado, vamos a revisar su apartamento!
—¿Con qué autoridad? —replicó el coronel llevándose la mano a la cartuchera de su Luger.
Los hombres se consultaron brevemente entre ellos y decidieron que no valía la pena molestarse con ese viejo. Era tan ario como ellos y estaba armado. Bajaron al apartamento de los Adler y ayudaron a los demás a destrozar todo lo que pudieron, desde la loza hasta los muebles, y tirar por las ventanas lo que se les antojó. Entre varios arrastraron el piano al balcón con la intención de lanzarlo a la calle, pero resultó más pesado de lo esperado y optaron por destriparlo.
El vandalismo duró escasos minutos y el efecto fue como si hubiera estallado una granada. Antes de retirarse vaciaron el cubo de basura sobre las camas, acuchillaron los tapices de los muebles, robaron los objetos de plata, que Rachel Adler atesoraba, echaron gasolina en la alfombra y le prendieron fuego. Bajaron en tropel y se mezclaron con la muchedumbre feroz de la calle.
El coronel esperó apenas lo suficiente para asegurarse de que se habían ido y bajó a la vivienda saqueada de los Adler. Comprobó que el fuego todavía se limitaba a la alfombra y, con la precisión y calma que lo caracterizaban, la tomó por una punta y la dobló, sofocando las llamas. Enseguida cogió las frazadas de un dormitorio y las aplastó encima de la alfombra para cerciorarse de que no seguiría ardiendo. Enderezó un sillón, que estaba volteado en el suelo, y se sentó, luchando por respirar. «Ya no soy el de antes», murmuró lamentando el paso de los años.
Se quedó allí, esperando a que se tranquilizara el tambor que retumbaba en su pecho y tomándole el peso a la situación. Era mucho peor de lo que había imaginado unas horas antes, cuando oyó por la radio que llamaban a la gente a manifestarse contra la conspiración de los judíos. El ministro de Propaganda de Alemania, hablando en nombre de Hitler, había anunciado que las manifestaciones en represalia por el asesinato del diplomático en París no serían organizadas por el partido, pero serían permitidas. La indignación del pueblo alemán y austríaco estaba plenamente justificada, dijo. Era una invitación al saqueo, la destrucción y la matanza. El coronel dedujo que la multitud enloquecida, que a primera vista parecía una horda sin otro propósito que la violencia, no actuaba por un súbito impulso, sino que estaba preparada, tenía identificado al blanco y contaba con impunidad. Los asaltantes debían de tener instrucciones de no tocar la propiedad de quienes no eran judíos, eso explicaría que en el edificio sólo saquearon el apartamento de los Adler, los Epstein y los Rosenberg. Volker no se dejó engañar por la ropa de civil de la canalla. Sabía que eran grupos de jóvenes milicianos nazis, los mismos que habían impuesto la violencia como estrategia política en los años recientes y el terror como forma de gobierno desde la anexión.
Estaba recuperando sus fuerzas cuando oyó pasos en el pasillo, y un instante después se encontró frente a un energúmeno armado de un estandarte nazi, que blandía como una lanza. «¡Adler!, ¡Adler!», llamaba a voz en cuello. El coronel se levantó con alguna dificultad y desenfundó la Luger.
—¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? ¡Este es el apartamento de Rudolf Adler! —lo increpó el desconocido.
Volker no respondió. Tampoco se movió cuando el otro lo amenazó con el asta del estandarte a dos centímetros de su nariz.
—¿Dónde está? ¿Dónde está Adler? —repitió el hombre.
—¿Se puede saber quién lo busca? —preguntó Volker, apartando el palo con el revés de la mano, como si fuera una mosca.
Recién entonces Peter Steiner se fijó en la edad del coronel y en el uniforme de la Gran Guerra, y entendió que no se trataba de un oficial nazi. A su vez Volker vio que el otro soltaba el estandarte y se llevaba ambas manos a la cabeza en un gesto de desesperación.
—Busco a mi amigo, mi amigo Rudolf. ¿Lo ha visto? —preguntó Steiner con la voz ronca de tanto gritar.
—No estaba aquí cuando asaltaron el apartamento. Supongo que tampoco estaba en su consultorio —replicó Volker.
—¿Y Rachel? ¿Samuel? ¿Sabe de su familia?
—Están a salvo. Si encuentra al doctor Adler, avíseme. Vivo en el apartamento número veinte del segundo piso. Soy el coronel en retiro Theobald Volker.
—Peter Steiner. Si viene Adler, dígale que lo estoy buscando, que me espere aquí. Volveré. Acuérdese de mi nombre, Peter Steiner.











