Nacida el 30 de agosto de 1945 en Bnei Brak, cuando Palestina aún estaba bajo el Mandato Británico, Weiss creció en el seno de una familia judía religiosa marcada por el trauma del Holocausto y el fervor sionista.
Ciudad de México, 29 de agosto (MaremotoM).- En el vasto y complejo tablero político de Israel, el nombre de Daniella Weiss resuena como uno de los más controvertidos y perturbadores.
Nacida el 30 de agosto de 1945 en Bnei Brak, cuando Palestina aún estaba bajo el Mandato Británico, Weiss creció en el seno de una familia judía religiosa marcada por el trauma del Holocausto y el fervor sionista.
Su padre, inmigrante estadounidense y su madre, originaria de Europa del Este, le transmitieron una educación impregnada de la idea de que la tierra bíblica debía pertenecer por completo al pueblo judío. Desde la infancia, la convicción mesiánica fue el eje de su formación.
En su juventud se trasladó a Jerusalén para estudiar literatura y educación en la Universidad Hebrea, pero pronto sus intereses académicos se entrelazaron con el activismo político.
En los setenta, tras la Guerra de Yom Kipur, se convirtió en una de las voces más visibles de Gush Emunim, el movimiento religioso-nacionalista que promovió la colonización de Cisjordania y Gaza bajo la premisa de que no se trataba de una cuestión política, sino de un mandato divino. Esa idea marcaría para siempre su vida y su discurso.
Weiss no solo habló: actuó. En 1996 fue elegida alcaldesa del asentamiento de Kedumim, en Cisjordania, cargo que ocupó por más de una década. Desde allí tejió redes con militares, rabinos y políticos, consolidando una posición de liderazgo que la convirtió en referente para generaciones enteras de colonos. En 2010 fundó el movimiento Nachala, que se dedica a crear nuevos asentamientos —muchos de ellos ilegales bajo la legislación internacional—, con el propósito de expandir la presencia judía más allá de cualquier frontera reconocida.
En lo personal, se casó con Yaakov Weiss y formó una familia dentro de los asentamientos. Crió a sus hijos en un ambiente de religiosidad y vida comunitaria, donde la agricultura, la disciplina y el fervor nacionalista eran parte cotidiana. Esa vida le permitió encarnar la imagen de “madre del movimiento colono”, una figura que mezcla lo familiar con lo ideológico y que la proyecta como matriarca y estratega de una causa que considera sagrada.
Sin embargo, lo que la ha hecho famosa más allá de Israel son sus declaraciones incendiarias, que suenan más a villanía cinematográfica que a política real. “Todos los árabes estarán fuera de Gaza y Gaza será un área judía”, dijo en una entrevista.
“Que se vayan a África, Turquía o Escocia”. En otras ocasiones, ha justificado la violencia de colonos contra palestinos con un tono de frialdad absoluta. No sorprende que tanto Canadá como el Reino Unido la hayan sancionado recientemente, acusándola de promover ataques y de incitar a la expulsión de comunidades enteras.
¿Tiene poder real Daniella Weiss? La respuesta es sí, aunque no figure en cargos de gobierno. Su influencia se mide en su cercanía ideológica con figuras clave del gabinete de Benjamin Netanyahu, como Bezalel Smotrich e Itamar Ben-Gvir, ministros del ala ultraderechista religiosa que sostienen la coalición en el poder. Netanyahu, pragmático, sabe que líderes como Weiss son imprescindibles para mantener la cohesión interna de su gobierno.
Ella no está en la mesa del Consejo de Ministros, pero su agenda y su capacidad de movilización marcan el ritmo de las políticas de asentamiento en Cisjordania y, más recientemente, en Gaza.
Durante la ofensiva israelí en la Franja en 2024, Weiss apareció en el norte de Gaza, supervisando terrenos devastados y hablando abiertamente de la instalación de colonos en esas áreas, con la venia del ejército.
Su sola presencia allí fue un símbolo del cambio político en Israel: lo que antes parecía impensable —volver a colonizar Gaza después de la retirada de 2005— hoy es discutido como una posibilidad tangible.
A sus casi 80 años, Daniella Weiss no se ha suavizado con el tiempo. Por el contrario, su discurso se ha endurecido, como si el paso de las décadas le hubiera dado la libertad de hablar sin filtros.
Para unos, es la pionera indomable que defiende la identidad judía con coraje. Para otros, la encarnación más cruda del colonialismo moderno, una “bruja mala” cuya retórica deshumaniza al pueblo palestino y normaliza la limpieza étnica.
Su biografía explica parte de esa radicalidad: una infancia en un hogar religioso nacionalista, una formación académica que pronto derivó en militancia, una vida entera dentro de asentamientos, y un activismo que mezcla convicción religiosa con desafío político.
Daniella Weiss es, en definitiva, la matriarca de un proyecto que ha desbordado la política israelí y que hoy influye directamente en el rumbo del conflicto. Una figura incómoda, temida y admirada en igual medida, cuyo nombre se ha convertido en sinónimo de la pulsión más extrema del Israel contemporáneo.











