Alejandro Cárdenas

DIONISIO SIN MALETAS | Crónica de unos días que fueron o de cómo Mérida se transformó en Meriland

Pasamos del Centro Histórico al Centro Histérico: la vecina Williams que no permite a la gente esperar en la sombra de su casa mientras llega el camión. El Señor González de la Gran Ciudad que quiere “enseñar” a los yucatecos el valor del tiempo. La Cuquis Saldívar que se la pasa quejándose del calor, el ruido y los mayitas, así, en diminutivo, la muy cabrona.

Ciudad de México, 28 de abril (MaremotoM).- Una tarde como hoy, pero de hace once años, terminábamos de filmar una aventura que se tragó parte de mi vida. Durante casi cuatro años, por temporadas, estuvimos siguiendo, hablando, narrando, escuchando, respetando y documentando la vida de varias compañeras travestis de Yucatán que encontraron en la prostitución su única puerta de salida.

Era una tarde calurosa y quisimos ir al puerto de Chicxulub a despedir al sol. Cerveza en mano, hay un momento en que el astro rey, al caer, aprovecha que estamos en la tierra más plana del país para consentir verlo directo y decirnos, casi amenazar, ‘mañana vuelvo’.

Sentado en la arena, pies descalzos mientras los dedos se entretienen dibujando cualquier cosa en la humedad, el ocaso a la izquierda es de un naranja que se puede tocar. En medio, el sonido de la inmensa mar mientras que a la derecha la luna llena está saliendo y, al recibir los últimos rayos del sol, se asemejaba a una inmensa pelota color carmesí, tanto así que, los gallos, confundidos, cantaban el amanecer.

Sé que quizá el filtro de la edad, los golpes de la vida -los dados, y los recibidos- me hacen ver con nostalgia aquellos días. Recuerdo aún, o por lo menos mi memoria así lo dicta, esa misma noche fuimos a escuchar a Los Músicos de José a una vieja casona colonial que albergaba, desde aquél entonces, al Sindicato Único de Filarmónicos de Yucatán.

En aquellos días, 2012, nos dimos cuenta que los mayas no habían vaticinado el final del mundo, como tanto se pregonó en prensa y en churros hollywoodenses, sino que más bien significaba el fin de una época. Pocos imaginábamos que esas noches eran el ocaso de una Mérida que ya no volvería. Eran días de una ciudad con aroma a pueblo en donde todos y todas nos conocíamos, donde todos y todas cabíamos.

Vivir y convivir en el Centro Histórico era cosa de bohemios locos, hippies vagos y viejitos yucatecos quienes habían heredado esas bellas casonas coloniales donde habían nacido, crecido, y que ahora las ocupaban junto a su también anciana pareja. Antiguos retratos de familia colgados en las paredes hablaban de tiempos mejores. Historias de familia que no se animaban a abandonar en aras de la nueva vida moderna que se expandía por el norte de la ciudad, donde hoy sólo vemos malls al más puro estilo regio, edificios departamentales uno igual al otro hasta el infinito y que es la zona en la que se mueve don Dinero, poderoso caballero.

Hoy, las casonas del centro de Mérida han sido abandonadas por los Chan para darle paso a los White y cambiar así no sólo la fisonomía  de Mérida, sino también empezar una nueva historia, la cual, te confieso, aún no capto su lenguaje.

Pasamos del Centro Histórico al Centro Histérico: la vecina Williams que no permite a la gente esperar en la sombra de su casa mientras llega el camión. El Señor González de la Gran Ciudad que quiere “enseñar” a los yucatecos el valor del tiempo. La Cuquis Saldívar que se la pasa quejándose del calor, el ruido y los mayitas, así, en diminutivo, la muy cabrona.

Alejandro Cárdenas
Soy de Mérida, soy de Yucatán. Foto: Cortesía Lorenzo Hernández

La yogui flatulenta comercio justo free gluten vibra alto green everything y su robótico hare krishna. Los hay quienes han hecho de la cultura maya una caricatura, que vienen acá en afán de conquistar una tierra porque creen que no es de nadie. Traer la modernidad. El desarrollo. Trabajo. Agandallar la tierra bajo el concepto de desarrollo inmobiliario. Consumismo disfrazado de comodidad. Tax por paz…

Empero, también los hay quienes han llegado aquí sabiendo escuchar, respetando la historia de esta sagrada tierra y que empiezan a construir sobre lo que se estaba cayendo, pero, ¿quiénes son los más?

Esa noche de Los Músicos de José había un cuadrilátero en el que unos enmascarados luchaban al ritmo de la música en vivo. Olía a sudor de todos, a yerba, a una risa que era una sola. Sabíamos que éramos comunidad y no nos dimos cuenta.

De Mérida, soy de Yucatán, aunque no nací aquí, nos decíamos algunos pocos foráneos mientras en el firmamento las estrellas nos miraban brillar.

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