Mi abuelo Arnulfo, que nació un día del amor, murió al siguiente otoño llevándose al octubre más bonito junto con él.
Ciudad de México, 3 de agosto (MaremotoM).- Al abuelo Arnulfo le gustaba, de vez en vez, tomar una cervecita en la cantina de la esquina. “El Orión” abría después del cenit esperando a quienes, como mi viejo, acudían a tomar una cerveza “para abrir el hambre”. Retirado ya, décadas de trabajo arduo en la acerera de una Coahuila de otros días, al viejo hombre le gustaba invitarme diciéndome, con aquella voz de ángel sin alas, “Vente, acompáñame por un juguito”.
Recuerdo la emoción de estar entre adultos, escuchar conversaciones sobre la política local, béisbol y, al vivir en la frontera, la relación con los gringos. Me sentía que era parte de los grandes al opinar sobre la más reciente apertura del Toro Valenzuela o los mejores lugares para ir a pescar en el Río Bravo.
El lugar favorito del abuelo en aquella ocre cantina era la barra, junto a dos o tres parroquianos con quienes platicaba del todo y de la nada mientras otro hombre, más viejo aún, servía cervezas en un tarro frío y opaco como la niebla. Apenas si hablaba. Se limitaba a servir, escuchar y cobrar mientras yo le veía moverse con toda la paciencia que la una de la tarde en la canícula del noreste nos da a punta de golpe y porrazo.

, donde se vive y se respira la minería. Detrás estaba el mostrador de botellas escoltado por un espejo viejo: whisky barato, tequila con un gusano que sabía nadar, Don Pedro al lado del Presidente. Latas vacías de cervezas gabachas. Al centro, una imagen de San Judas Tadeo justo al lado de un calendario Pirelli que me voló la imaginación.
Mi tarea a encargo de mis amigos de la primaria era describir, con punto y coma, la modelo mensual en turno. Ser el único chiquillo en un lugar de adultos tenía su ventaja y esa era la de poder ver con ojos de inocencia lo que los viejitos miraban con ojos de un ayer que ya no volvería.
Miss octubre fue mi primer amor platónico. Aún recuerdo el día que la conocí. Como perro de Pávlov, cada fin de mes empezaba a babear deseando la llegada del día primero del mes, a sabiendas que entonces una nueva figura de formas infinitas adornaría la barra de El Orión. Para el día dos me volvía el narrador oficial del patio trasero de la Escuela Primaria Francisco P. Estrada.
Ya en el ocaso de su vida a don Arnulfo le empezó a fallar la mirada. Entonces rondaba ya los ochenta años y había que subir el volumen de la voz para que la conversación fluyera. Una joroba dio paso a la espalda del joven acerero y las líneas de la vida parecían carreteras sin fin. Una tarde fuimos a la nueva pescadería que abrieron donde antes estuvo El Orión y mi abuelo, que apenas veía, me pidió que le describiera el nuevo lugar.
Había fotografías de cuando Piedras Negras era la orgullosa puerta de entrada a México, la 57 y su carrera Panamericana. Había también recortes de los diarios de aquellos días y, justo en la mesa donde estábamos sentados, enmarcada a la pared estaba la nota periodística sobre el Campeonato Nacional de Basquetbol que se celebró en Monterrey y donde los chicos locales lograron traer a casa el subcampeonato. La selección de basket de Piedras estaba colmada de rostros llenos de ilusión. Mientras le describía la foto a mi abuelo y le leía el pie de página, una lágrima rodó por su mejilla. A mi lectura se sobrepusieron sus palabras. Era él quien capitaneó aquella selección y su rostro era el más sonriente y bello inmortalizado en tal fotografía. El destino nos regaló aquella mesa donde nos cobijó la foto de aquellos días cuando mi abuelo saltaba con piernas a las que no les dolía nada.
Extraño aquellos tiempos, Mhijo. ¿Te acuerdas cuando veníamos aquí a esa cantina a tomar un juguito? Me gustaba verte sentirte grandote y escucharte hablar con mis amigos. Me gustaba también platicar con los vecinos, no había malicia ni broncas como las hay ahora. Me gustaban los tarros y las chelas bieeen heladas. Me gustaba el calendario que ponián al centro de la barra, no te lo decía porque eras pequeñito aún pero, ay Señor, jaja, siempre venía el día primero para ver qué había de nuevo. Nunca olvidaré a la señorita de octubre del 85, ¡cómo me gustó!
Mi abuelo Arnulfo, que nació un día del amor, murió al siguiente otoño llevándose al octubre más bonito junto con él.











