Habiendo chela y norteña inicia el ritual de lo habitual. Una tradición de hace ya muchas generaciones atrás donde hombres, mujeres y niños nos reunimos alrededor de un fuego perpetuo que muy pocas culturas logran comprender.
Ciudad de México, 28 de marzo (MaremotoM).- Hay ciertos requisitos previos a iniciar el fuego. El primero de ellos es que alguna música norteña inunde el ambiente. Nada de los nuevos morros de Sinaloa que sólo hablan del sicariato que nos mata, sino que más bien de los de más de nantes, de esos que le cantaban al amor, al caballo, al pisto y al rancho.
Lalo Mora y sus Invasores resuenan hablando de una casa nueva en la que un hombre desolado le llora a un amor traicionero. Solo hasta el final de la canción uno se da cuenta que tal nuevo hogar es una cantina. Fregonada de cuento corto y ora sí vamos a arrancar, ¡ámonos recio!, diría aquél; El primer trago a la Carta Blanca ha de ser generoso, sin miedo. La cuacha blanca debe estar bien helodía, casi muerta en una nevera atiborrada de hielo, gratuito, del que conseguimos en el Oxxo de la esquina.
Habiendo chela y norteña inicia el ritual de lo habitual. Una tradición de hace ya muchas generaciones atrás donde hombres, mujeres y niños nos reunimos alrededor de un fuego perpetuo que muy pocas culturas logran comprender.
Una bola de papel sanitario bañada en aceite ocupa el centro del asador. Alrededor se construye una pirámide de carbón de leña de mezquite en donde los trozos más grandes ocupan el primer círculo de dicha pirámide. Luego se inicia el fuego bajo la presencia de todos, nadie debe de faltar, no se inicia la lumbre hasta que ya hayan llegado todos los miembros esperados. Aquí todos semos familia, todos somos primos o tíos, todos somos jauría, manada, todos somos raza alrededor del asador.
En el centro del país se acostumbra tender una delgada sabana de carne de res cuando el fuego aún está en llamas. Error garrafal –similar al de las quesadillas sin queso– del que no podremos ponernos de acuerdo nunca. Dicho esto, llegar al momento exacto en que la brasa ya está lista requiere de muchos años de ver a los más antiguos lograrlo, escucharlos y atestiguar con paciencia el tiempo justo en que ora sí puede poner la carne al asador.
Parecería fácil, pero no lo es. Se requieren de muchos aquelarres en que uno mismo se lo pasa alrededor de un asador para refinar tal conocimiento generacional. La prueba de fuego viene cuando al pasar la mano por encima de la parrilla debe sentirse que sí que está caliente más no que quema, es decir, quema pero no quema. Difícil de explicar, sencillo de sentir.
Una vez lista la brasa viene lo bueno. Primero hay que limpiar la parrilla y para eso necesitamos una cebolla común que lo limpia todo. El juguito que suelta la cebolla al pasarla por la candente parrilla mata todo mal que le haíga caído entre semana y toda grasa de las carnitas anteriores. Huelga decir que el olor es celestial y que es el momento en que más y más se acercan y hacen bola alrededor del asador. Dice mi hermana Edna que si lográsemos encapsular tal olor para luego venderlo ya seríamos millonarios.
La brasa está lista. Allí estamos, los más, alrededor del fuego como lo han hecho por siglos diversos grupos humanos.
Unos güercos corretean por todos lados pero desde bien morros saben que está prohibido correr alrededor de donde se arma el asado/
Alguien chapotea en la alberca mientras la tía Micaela platica hasta por los codos sobre unas historias antiguas que su abuela le contó/

Los gatonejos sí existen, viene el abuelo a contarme, así nomás y de la nada, se la baña el ruco/
Más pa`allá están unos vatos sobre el zacate hablando a toda madre y bien recio sobre beisbol/
Nadie mete mano al asador más que el que inició el fuego, mismo que es responsable de asar y servir la carne. Unos cortes color carmesí bien gruesos nos esperan. Ta` bien curao el ambiente/
Luis habla sobre su nuevo mueble de doble tracción y no sé qué más, una trocona bruta al parecer/
Papas en papel aluminio, cebollitas, cebolla asada, chile/tomate/ajo/cebolla pa la salsa molcajeteada. Las gordas de harina no pueden faltar. ¿cuáles cubiertos si pa` eso tenemos manos?/
La luna está bien grandota y viene saliendo de detrás del cerro/
Huele al mismo humo que ya se olía desde que era un morrito y veía a los más grandes asar. Me doy cuenta que ahora yo soy ese grande. Volteo a ver a mi apá y nomás atino a pensar que chingón que es mi Jefe. Mi mamá está más bonita que nunca. Mi amada Daniela, mis hijos y hermanas construimos una nueva generación de gente del noreste que se reúne alrededor de una carne asada, estemos donde estemos y que no es más que una excusa pa` decirnos cuánto nos queremos y cuidamos/
Pienso que ¡arriba el norte! y el que no me crea, que mire un mapa.











