Si a los adultos nos derrota cada día la realidad, cuando comprobamos que no hay esfuerzo humano que pueda detener este retroceso civilizatorio -el mundo en manos de psicópatas negacionistas de la ciencia, genocidas, tiranos que buscan vivir 150 años- no puedo imaginar qué representa para los adolescentes vivir en esta época tan distópica.
Ciudad de México, 25 de septiembre (MaremotoM).- Como en una escena de ficción, un chico de 19 años que ha sido identificado como Lex Ashton, atacó y asesinó con un arma blanca a un compañero de escuela y logró herir a un trabajador que intentó detenerlo. En seguida, el atacante se tiró de un segundo piso y se rompió las dos piernas. Ahora está hospitalizado bajo custodia policial.
Ojalá fuera ficción, pero es terriblemente real y ocurrió en el plantel sur del CCH de la UNAM. Jesús Israel, un jovencito inocente de 16 años, está muerto. Cuánta tristeza, caray, y qué trauma para los alumnos que vivieron esto.
Independientemente de que la tragedia toque a la Universidad Nacional -que debe revisar sus medidas de vigilancia y control, además de ampliar su cobertura de atención a los padecimientos mentales de los jóvenes- este es un acto de violencia que pudo haber ocurrido en cualquier otra escuela secundaria o del bachillerato del país.
Quiero decir que el tema va más allá de la responsabilidad institucional. Es un tema que nos compete a todos.

Si a los adultos nos derrota cada día la realidad, cuando comprobamos que no hay esfuerzo humano que pueda detener este retroceso civilizatorio -el mundo en manos de psicópatas negacionistas de la ciencia, genocidas, tiranos que buscan vivir 150 años- no puedo imaginar qué representa para los adolescentes vivir en esta época tan distópica.
Muchos jóvenes viven en la desesperanza, sumergidos en la ficción de las pantallas que se han convertido en los únicos soportes que los acompañan, los contienen y los acogen. Sus amigos están en otros sitios, quizá nunca los han visto en persona. Su alimento emocional es un menú de emoticones. Descubren su identidad en las redes sociales, en grupos que se unen a partir de “filosofías absurdas” para esparcir el odio, la violencia, el racismo o la misoginia.
Hace rato que la familia dejó de ser una institución que contribuya a la armonía social. Dicen los medios que Lex Ashton participaba en estos foros de Incels (ver la serie Adolescencia en Netflix). La mamá de Lex se declaró derrotada ante la psicopatía del asesino segúramente años antes de que tuviera que llamar al 911 para avisar que su hijo iba armado a la escuela y que temía que se hiciera daño o dañara a otros. ¿Pero por qué no hizo nada antes? ¿Acaso no sabía que tenía armas? ¿No hablaba con su hijo, no lo conocía?
He visto a niños de primaria y secundaria absortos en sus teléfonos. No quieren hablar con los adultos, no los necesitan, lo saben todo y lo que no saben se lo preguntan a Google o al chat GPT. ¿Cómo se hicieron de esos celulares? ¿Quién se los compró? ¿Cómo es posible que los padres hayan renunciado a sus hijos y no sepan qué mundos ficticios alimentan su imaginario?
Es un tema urgente de la salud pública -otro más- atender los padecimientos mentales de los jóvenes y es necesario también que las familias -como quiera que estén conformadas- retomen sus responsabilidades fundamentales: proveer cuidados, escucha, valores, contención emocional y amor.
Qué difícil suena todo esto, pero podemos comenzar por dejar a un lado los celulares y hablar con nuestros cercanos.











