El faro

El amor, el arte y la reflexión en El faro, de Carlos Oroná

El teatro, sin temor a equivocarme, continúa siendo ese pequeño remanso que nos hace vibrar de una manera distinta la literatura, no sólo por la dramaturgia (que ya es mucho decir), sino por la actuación de los actores sobre el tablado, la escenografía, las luces y la utilería. Y es que presenciamos a través de los ojos del director una representación que invariablemente nos mimetiza con el momento teatral donde cualquier cosa puede suceder para fortuna nuestra.

Ciudad de México, 14 de febrero (MaremotoM).- En Guadalajara existen pocos espacios independientes que inviten a sus habitantes a vivir la experiencia dramática; sin embargo, El forito (fundado hace 12 años por Carlos Oroná) es un lugar propicio para el buen teatro: en el 2485-B de Lerdo de Tejada, en la Colonia Arcos Vallarta, se erige un pequeño espacio que más bien parece la sala de una casa que se adaptó para el arte dramático, sin soslayar la armoniosa intimidad con sus asistentes que pueden acompañar el momento con una tabla de quesos y una copa de vino mientras disfrutan de La casa de las emociones. Un largo sillón frente al escenario donde bien caben 12 personas cómodamente y 12 más a la orilla hacen de este “forito” un lugar más que ideal para sentir y vibrar el teatro.

Hace unos días tuve la fortuna de presenciar El faro, de Carlos Oroná, una obra que pertenece a la trilogía Dos lunas (El faro, El rascacielos y El portal) y versa sobre la posibilidad de que el mundo colapse a causa de un meteorito de oro que mide 20 kilómetros y se dirige directamente a la tierra; sin embargo, este fenómeno traerá consecuencias colaterales entre las Naciones por los diversos intereses políticos, económicos y militares que ello implica. Asimismo, el amor hará acto de presencia como bastión entre una periodista, Elena (Carolina Cermeño), y Joel Valmer (Carlos Oroná), un escritor y astrónomo que vive recluido en un faro erigido en el desierto de Atacama, en Chile, a 850 metros de altura. Elena es enviada por su jefe, Darío (Edwin Navarro), como reportera del diario El Centinela para entrevistar a Joel Valmer sobre su labor literaria y astronómica, sin saber que ese encuentro terminará seduciéndolos a ambos.

El faro
El faro, de Carlos Oroná, una obra que pertenece a la trilogía Dos lunas (El faro, El rascacielos y El portal). Foto: Cortesía

Gracias una serie de flashbacks y anotaciones de la periodista nos vamos enterando de que Valmer nació en Guadalajara a finales de los 50`s, hijo de una alemana adinerada y una abuela que comercializaba armamento y secretos de estado en la Segunda Guerra Mundial; sabemos también que quedó huérfano a los 18 años y heredó una parte de la fortuna familiar; la otra fue incautada por el gobierno alemán alegando malos manejos por parte de la abuela. Elena va intercalando los datos que tiene sobre el entrevistado como una estrategia para revelar qué se esconde en ese faro alejado del mundo. Es tal el alejamiento de Valmer que no hay fotografías ni otros datos que sean del dominio público, de tal suerte que se refiere a él como un “viejito loco y excéntrico”; el ermitaño del faro tampoco necesita de televisión porque es dueño de un telescopio con el que puede ver el mundo entero y (re)conocerlo. Elena va en aras de una nota que impulse su carrera como periodista sin presagiar que ese encuentro le cambiará la vida de una manera insospechada. Los discursos de Joel se entreveran magistralmente entre la poesía, el arte y la historia desde su perspectiva de intelectual-científico a tal grado de que nos descubre datos aparentemente olvidados, como el de que hace dos millones de años la humanidad se peleaba por el fuego, ahora, ese fuego es el petróleo, haciéndonos conscientes de que el papel que ha representado el hombre en la historia se ha trocado algunas veces en ser lobos unos y corderos los otros, mas pasado un tiempo cambian los roles de acuerdo a la nueva ambición que los mueva, subrayando que la riqueza es “efímera” en tanto que un día se terminará el petróleo y nosotros seguiremos sin aprender de los niños la “alegría por existir”. Cada discurso de Joel Valmer es una invitación a reflexionar no ya en el simple presente que nos abraza con sus tragedias lastimosas, sino que nos lleva a repensar el origen de aquello que parecía olvidado por la memoria.

Es por esta y otras razones por las que Elena logra ver en sus palabras algo más que una locura quijotesca, ve y entiende que Valmer es un humanista que se ha alejado de los reflectores no por excentricidad, sino porque le resulta aberrante la lucha descarnada por el poder entre naciones: Israel, Estados Unidos, Siria, Rusia, Japón, Alemania, China, sólo por mencionar algunos, y sobre eso gira el discurso de él a lo largo de la obra.

El regreso a la realidad será trágico para todo el mundo por el meteorito que se avecina, mas en particular para El Centinela, pues debido a la nota que publican sin censura aparece el Gobierno enmascarado para silenciar a los periodistas que revelaron la nota. ¡Cómo nos recuerda El castillo, de Franz Kafka, donde la autoridad sin rostro va apoderándose de la tranquilidad de K hasta hacerlo desaparecer en lontananza! Que vigente sigue siendo aquella novela en nuestra política mexicana donde todo es “transparencia” hasta que se ponen en tela de juico sus manejos o se les increpan cifras de muertos que no son las que “ellos” tienen. Ese es el periplo que deben sortear Elena y Darío por su labor periodística que no es bien vista por “algunas autoridades” y los emboscan arteramente.

El mundo está por colapsar, tienen poco tiempo porque un meteorito acabará con él. Sin embargo hay un regreso vertiginoso al inicio, una especie de déjà vu que no nos esperamos… el impacto del asteroide no ocurre, pero sí el impacto amoroso entre Elena y Joel que se enmarca entre la poesía, el arte y una serie de discursos que los llevan a una sola realidad referida por Valmer: la seguridad de perderse en los ojos de Elena cueste lo que cueste.

El faro
El faro lleva más de 200 representaciones desde su estreno hace 7 años. Foto: Cortesía

El trabajo de Edwin Navarro (Darío) merece mención aparte, pues no sólo representa el papel del director del periódico El Centinela, sino que sobre él recaen otros tantos personajes que hacen de esta obra polifónica un engranaje perfecto, porque puede ser un argentino infumable o un agente ruso malencarado o un soldado insípido o un homosexual bromista que interactúa con el público y que en cada situación se adapta perfectamente al respiro que requiere la obra. Lo multifacético de este actor no deja de recordarnos el Misterio bufo, de Darío Fo (Premio Nobel de Literatura en 1997), por la variedad de personajes que encarna un solo actor y lo logra de una manera más que decorosa. La seriedad por un lado, lo cómico por otro, el gag o el giro dramático, son vitales para sostener una perfecta simetría entre los tres actores en escena.

El faro lleva más de 200 representaciones desde su estreno hace 7 años, es una obra tan vigente que nos invita a la reflexión absoluta sobre dónde estamos y hacia dónde vamos como humanidad. Esos conflictos entre las naciones seguirán ocurriendo, no cabe la menor duda; sin embargo, siempre habrá lugar para la poesía y el arte para lograr descubrir que lo verdaderamente importante es el amor así nos encontremos en lo más recóndito de la tierra a 850 metros de altura, como Joel Valmer que impactó en los ojos de Elena y es capaz de volar al espacio. “¿Habrá otra manera de vivir que no sea destruyéndonos?”, se pregunta el director y dramaturgo Carlos Oroná al final de la función, y responde “sí, debe haber otra manera de vivir”.

Próximamente en El forito inicia la temporada Cosas del cajón el 16 y 23 de febrero y el 1, 8, 15 y 22 de marzo. Asimismo el 21 de febrero se presenta un clásico: Anastasia Sherlok. No te las puedes perder si vives o visitas Guadalajara, para informes y venta de boletos puedes seguirlos en sus redes El forito en Instagram y Facebook o en el WhatsApp 3319044238.

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