J. Junior tiene una intuición maravillosa para comprar libros que valen la pena y esta no fue la excepción. Al acercarme inmediatamente vi algunos libros de la emblemática editorial madrileña Aguilar, pues aún cuando tras la belleza de sus ediciones se esconde la barbarie del franquismo triunfante, cualquier librero sabe que es un buen día cuando encuentra en su camino un “aguilar” en la cacería de libros.
Ciudad de México, 24 de enero (MaremotoM).- Ayer en la mañana al llegar a Tepito vi a lo lejos un lote de libros que tenía J. Junior, un chacharero joven que vende a un costado de la parroquia de “La Concepción Tequipeuhcan (el lugar empezó la esclavitud)”.
J. Junior tiene una intuición maravillosa para comprar libros que valen la pena y esta no fue la excepción. Al acercarme inmediatamente vi algunos libros de la emblemática editorial madrileña Aguilar, pues aún cuando tras la belleza de sus ediciones se esconde la barbarie del franquismo triunfante, cualquier librero sabe que es un buen día cuando encuentra en su camino un “aguilar” en la cacería de libros.
Más aún, sentí una inmensa alegría cuando vi la Iglesia ortodoxa del “Salvador sobre la sangre derramada” de San Petersburgo, impresa a dos colores en el canto de un libro forrado con papel mantequilla con las siglas de la compañía de repuestos y plumas Pelikan.
Supe que se trataba de una de las primeras ediciones de la editorial madrileña de la obra completa de Fiódor Dostoievski y esos libros siempre son un muy maravilloso hallazgo.
La imagen impresa en el canto es la Catedral de san Petesburgo y no el Kremlin, como piensan algunos porque 1) La capital de la Rusia Imperial, época de Dostoievski era San Petesburgo; 2) Es la ciudad de la novela Crimen y Castigo, quizás la obra más famosa del más grande escritor ruso [aunque Vladimir Nabokov piense lo contrario] y 3) Porque la imagen grecada tiene “cruces patriarcales”, más parecidas a las “cruces de Salem” que tiene en sus cúpulas la catedral petersburguesa en la vida real.
En el lote había varios libros que me calentaron la sangre en el frío de la mañana: Poesía, de Guadalupe Amor, editorial Stylo, 1948; Enciclopedia popular mejicana [sic.] Manual de las señoritas o arte para aprender cuantas habilidades constituyen el verdadero mérito de las mujeres, de Doña Ana María Poveda, Paris, editorial Librería de Rosa y Bouret, 1859; Cuentos completos, Rubén Darío, México, Fondo de cultura económica, 1950…
Se trataba de un muy buen hallazgo. Por fortuna no había otro librero merodeando y pude elegir con libertad, pero al preguntar por el precio de unos treinta libros J. Junior me dijo implacable: “Vendo todo”. Tuve que traerme cuatro cajas de libros por una cantidad razonable a la casa. Me trajo un taxista tepiteño de mi edad, de la calle Matamoros, cuya conversación sobre el barrio bravo, la violencia criminal, el box y la nostalgia por los viejos tiempos, hizo del camino un ameno viaje al pasado de los barrios céntricos de la ciudad de México.
Al llegar lo primero que hice fue desnudar al libro de Dostoievski de su forro y admiré que la piel del encuadernado estaba impecable, con calma junté el otro tomo de esa edición, que resultó ser la tercera, que consta de dos tomos. Cuando abrí el primer tomo encontré una dedicatoria: “Para la srita. Ma. Asunción Paz, como mejor recuerdo de cariño y gratitud por su eficiencia y su lealtad. México D.F., nov.-23-948.” Inmediatamente mi mente infirió que su jefe le había dado un presente “por su eficiencia y su lealtad”. Imaginé, pensando en la fecha escrita en la dedicatoria, que se trataba de un hombre con oficina particular y su secretaria, tal vez un abogado, un empresario o el gerente de una compañía… Pero ¿Las obras completas de Dostoievski en Aguilar? ¡Qué buen regalo! -Pensé-.

Seguí revisando los libros y me encontré con una monstruosa situación: un libro encuadernado en piel de Poesías completas, de Enrique González Martínez, publicado por la Asociación de libreros y editores mexicanos, en 1944, “Obra galardonada con el premio Manuel Ávila Camacho”. La edición ganó ese premio por su belleza. tenía pegada deliberadamente la portada con la guarda. Por fortuna se pudo despegar con relativa facilidad sin mayor daño y me di cuenta que había otra dedicatoria:
“Agosto 17-948. Marica: Nunca pensé llegarme a enamorar tanto y tan pronto de ti”.
La dedicatoria tenía la misma rúbrica y la misma caligrafía que la dedicatoria a los libros de Dostoievski. Al parecer fue escrito con la misma pluma fuente, la misma la tinta azul.
Continué revisando los libros y de pronto me topé con otra salvajada, pues la portada de un libro de Obras completas de Gustavo Adolfo Bécquer también estaba pegada con la guarda deliberadamente con algún tipo de pegamento. Al despegarlo, cuando pensé que lo había logrado sin mayor daño, hice un movimiento muy fuerte que daño las hojas. Por supuesto que había una dedicatoria oculta:
“México, D.F., agosto 26-948. Con la gran esperanza de que me llegues a comprender y sobre todo… a amar. Te quiero mucho.”
La misma firma, la misma letra y la misma tinta.
Este trabajo me llevó toda la mañana. Y poco a poco se iba desvelando la verdad escondida en esos arrebatos caprichosos ¿A quién se le ocurre pegar las hojas de la portada y la guarda o los frontis solo para ocultar las dedicatorias?. Al despegar las hojas se fue armando un pequeño rompecabezas.
-En “La Divina Comedia”, México, editorial Gustavo S. López, 1949 (grabados de Doré):
“Agosto 12-949. Para Marica adorada por el gran amor que sabe le profeso.”.
-En “La güera Rodríguez”. Artemo de Valle-Arispe, México, editorial Porrúa, 1950:
“A Marica con el grande afecto que sabe le tengo. México, marzo-950.
Todo indicaba que se trató de una historia harto convencional: romance extramatrimonial entre un hombre, digamos, “ejecutivo” (un abogado, un hombre de negocios o un gerente de una empresa del floreciente capitalismo chilango) y su secretaria. Y aparecieron más libros pegados deliberadamente. Decidí no despegar más los libros de la editorial Aguilar porque al liberar la portada y desvelar el mensaje las hojas se maltrataban. Lo relevante no es la típica relación entre un hombre con poder y su subordinada, ejerciendo visiblemente violencia laboral, sino la sutil manera en que esta “violencia” se manifestó. No cualquiera regala libros y menos ediciones tan bellas de los clásicos: Dostoievski, Dante, Wilde, Ruben Darío, Artemio de Valle-Arispe, Enrique González Martínez (estos últimos contemporáneos de “Marica” y el amante que escribe las dedicatorias pero que nunca deja su nombre). Los indicios nos señalan que posiblemente la mujer era una mujer de clase media, culta y “moderna” (estamos hablando de una época en la que la mayoría de las mujeres eran amas de casa), muy probablemente hermosa porque en la fotografía del “enamorado” vemos a un hombre joven, elegante y apuesto.
Suponemos que solo una mujer hermosa pudo perturbarlo al grado de que al menos, durante cuatro años tuvo una complicada relación de amante que se rompía y se restablecía tal como lo indican las dedicatorias de amor y a veces de una ambigua “amistad”. Es posible que el susodicho fuera un abogado, porque en esa época si lo eras tenías que ser culto, leer, tener libros y, por supuesto una biblioteca. También es muy probable que él se percatara del interés de María Asunción Paz por la lectura y por ahí, gracias a ese gusto común por la lectura, naciera el pretexto para iniciar un romance. En la foto en la que vemos en el centro al hombre elegante, apuesto y visiblemente citadino en medio de una multitud de hombres y algunas mujeres de campo, unos muy humildes, otros no tanto, pero todos con sombrero de palma, con la excepción de nuestro Don Juan sin nombre. La dedicatoria de la foto dice:
“Tepexcuautla, Zacatlan, Puebla IX feria de la manzana. Domingo 14 de agosto de 1949. Para Marica: Como recuerdo de estimación y respeto. La firma”
En ese año al parecer la relación se enfrió y seguiría fría durante un tiempo, lo que no le impedía a nuestro Romeo seguir regalándole libros a “Marica” Asunción Paz.
Sin embargo, el año siguiente el libro de Obras Completas, de Oscar Wilde, al cual también le tuve que despegar las páginas para hacer visible la portada y el frontis y de paso arrancarle al libro un fragmento de esta historia de amor “cursi”, cuyas huellas quedaron registradas en estas dedicatorias silenciadas:
“Para mi vida linda: Marica: No sé como llegaste a meterte tanto en mi corazón y toda en mí… no me explico porque esos efluvios de luz y de cariño que tu emanas me seducen y me arrastran. María, te adoro y gozo y vivo, aunque no sea totalmente comprendido. Junio 11-951.”
En 1949 ese “amor cortés” se había enfriado, pero en 1951 al parecer volvió a renacer. Al margen de la ambigüedad, la imposibilidad y la toxicidad de esta historia de amor tejida a través de los libros como moneda de intercambio libidinoso, en algún punto terminó porque muy probablemente María Asunción Paz se cansó de ser la “casa chica” y rompió esta codependencia. Sin embargo era una mujer inteligente que no se desbordó por la pasión y prefirió silenciar el rastro de su romance pegando las páginas a deshacerse de ellos. Suponemos que probablemente cuando ella se relacionó con el elegante y apuesto “ejecutivo” era muy joven y decidió esconder el rastro de su antiguo amor a su nuevo novio y futuro marido (si fuera el caso seguro era un no-lector porque de lo contrario la hubiera descubierto al instante) o de sus hijos o de sí misma, pero no tiró los libros a la basura o los quemó en un arrebato pasional y gracias a ello llegaron a Tepito para contar esta historia de amor.
Ella siguió leyendo durante décadas: Gogol, Dickens, Sor Juana Ines de la Cruz, Fernando Benitez, Octavio Paz, Rosario Castellanos, John Womack…
En un libro de Elena Poniatowska, Fuerte es el silencio, apareció un mensaje como separador, escrito en un papelito con tinta roja que, supongo, por la manera de fechar y el tipo de caligrafía (un pulso que devela un trazo débil y titubeante, de anciano), era de “Marica”: “éste libro me lo prestó Aidé el domingo 13 agosto, 000.”
Andar pepenando libros implica también pepenar historias.
Lo que me cautivó de esta historia es que, lejos del melodrama típico de amor cortés de cualquier época, encierra un profundo y verdadero amor de María Asunción Paz que duró toda la vida: su amor por los libros.











