Mariana Enriquez

El cuento es lo primero que leemos en Argentina: Mariana Enriquez

Hay una parte que es sentarse, dejar de dar vueltas por la casa, dejar el servicio de café, dejar de mirar Instagram, o sea, como toda esa parte de decir, bueno, me siento, no voy a chequear cómo salió tal partido, no voy a chequear si ya salió el disco que me gusta, no voy a mirar Reddit, o sea, no, nada, de eso no voy a hablar con mi chico. Esa es la parte más difícil de todas. Alejarse.

Ciudad de México, 18 de octubre (MaremotoM).- Ayer, en un día muy peronista (aunque eso no le afecto a Mariana Enríquez) se llevó a cabo la presentación del libro Un lugar soleado para gente sombría (Anagrama). La presentación la hizo Ezra Alcázar y no debe de haber sido nada fácil, no precisamente por la autora, que es encantadora, sino por la cantidad de gente que estaba a la expectativa para conseguir una foto o un autógrafo de Mariana Enriquez, la autora más célebre de estos momentos en Latinoamérica y por qué no del mundo. Esta es la charla.

–Para mí es un honor que me hayan invitado a presentar a Mariana Enríquez, yo sé que no necesita presentación, que ya aquí hay muchas y muchos fans, pero pues sí me gustaría como plantear un poquito cómo ha sido el escenario para mí como lector de Mariana. Debo decir que hubo un tiempo en donde pues no la leí por largo rato, sobre todo los libros que iba sacando, el primer libro que leí fue el de La hermana menor, porque hablaba de una autora que a mí me gusta muchísimo, que creo que está muy infravalorada en nuestro país. Leer a Silvina Ocampo en México es prácticamente imposible, si acaso uno puede leer un cuento suyo en la antología del cuento fantástico, pero fuera de eso leer a Silvina Ocampo es prácticamente imposible, entonces cuando salió el libro de Mariana estaba encantadísimo y dije que seguramente ya van a publicar a Silvina acá, bueno se tardaron un montón en que saliera este libro, lo tuve que conseguir en España y quedé maravillado. Me encantó la historia y después empezaron a salir un montón de libros. Mariana Enriquez se hizo muy muy famosa y hacía libros como de terror, ese no es mi tema, no sé si me va a gustar, entonces bueno me quise aguantar un poquito. El libro que estamos presentando hoy se llama Un lugar soleado para gente sombría, son 12 cuentos y a mí me gustaría que empezáramos a hablar de una vez de este libro. ¿Por qué decidiste volver al cuento, que no es el género favorito de la industria editorial, qué te ofrece a ti este género?

Mariana Enriquez
Editó Anagrama. Foto: Cortesía

–Bueno, gracias a todos por venir, gracias Ezra por charlar conmigo, a ver, yo soy Argentina y en Argentina el cuento es el género. Nuestros escritores, Silvina Ocampo, que acabas de nombrar, ella publicó una sola novela en toda su vida; Borges, ninguna, de hecho no le gustaban las novelas, creía que eran redundantes, le parecían mal; Cortázar escribía las dos cosas, pero era sobre todo creo que cuentista, en todo caso era mejor cuentista que novelista y después en Uruguay, que yo creo que la tradición es bien rioplatense ahí, Horacio Quiroga, cuentista, Felisberto Hernández, cuentista, con esto quiero decir, el cuento y la novela corta también, es lo primero que leemos, lo que leemos en la escuela y además es cuento fantástico, cosa que es una rareza total. Incluso en el caso de Cortázar algunos cuentos de terror y Silvina también, más realistas, pero tiene esos cuentos bien sencillos de una chica que se va a casar y hay otra que está celosa, entonces cuando se está haciendo el pelo le tira una araña y la mata y ahí se terminó el cuento. Yo no me planteé, la verdad, estoy escribiendo una novela, pero no me planteé la situación de, tengo que satisfacer ni al mercado, ni a los lectores, ni a la editorial con lo que quieran, sino yo tengo que escribir lo que pueda, lo que tengo ganas de escribir y lo que sea mejor para mí. A la novela (Nuestra parte de noche, Premio Herralde de Novela) le fue muy bien, pero fue una cosa muy rara, porque ganó un premio en el 2019, en el 2020 estábamos todos encerrados en la pandemia y ahí es donde empezó a crecer la novela.  Yo no estaba ni enterada, o sea hacía cosas que se hacían en la pandemia, estar encerrada, lavarse las manos, presentaciones de zoom, no sé y de repente las presentaciones de zoom pasaron de 50 personas a 100 y aparecía la novela pirateada, que a mí todo eso me parece bien, y yo digo, qué cosa rara, entonces cuando salgo de mi casa en el 2021 era todo diferente y había muchos lectores de todo tipo,  había jóvenes de mi generación, adultos, académicos, gente que leía por género, lo que sea, entonces una vez que me acostumbré eso, también me tuve que acostumbrar a la idea de, bueno, ahora van a querer algo específico de mí y está en mí si se los quiero dar o si tengo ganas de escribir lo que yo quiero. La verdad es que me salieron cuentos, no me salió, la novela la estoy escribiendo, pero terminaré cuando tenga ganas y hay que ver si les gusta a la gente, dejé de preocuparme.

– Cuando publicaste Bajar es lo peor, no tuvo ese éxito, es más, estaba vista medio rara, tenía tus fans de culto

–Tenía muchos fans de culto, pero en el 95 había muy pocas mujeres que estaban publicando ese tipo de texto; era un texto muy juvenil, sexo, drogas, rock and roll, terror, vampiros, mundo queer, cosas de las que no se escribía tanto, salvo fuera del under y en los fanzines y cosas así. Más que éxito, lo que lo que pasó es que llamó la atención. Yo tenía 21 años, lo había escrito a los 17, era una chica con una remera de Los Stooges, con el pelo revuelto, totalmente malhumorada. Todo era bastante confrontativo. Me hacían entrevistas y me preguntaban ¿cómo sabés tanto de drogas? Y no es una cosa que tenía ganas de decir en público o ¿Cómo sabés tanto de sexo gay? Tampoco. Supongo que en el 95 era más difícil. Uno, siendo tan joven, a veces piensa, voy a ir preso, que va a decir mi madre, mi amigo con el que vemos películas de sexo gay, tiene ganas de que esto se sepa, son cuestiones un poco que no tienen que ver con lo literario, a nadie le importaba lo literario, todo el mundo quería saber de dónde venía, yo no estudiaba literatura, nada, entonces fue una experiencia de mucha visibilidad, no de una recepción linda, como puede pasar ahora, en ese momento era más como un insecto, el que estudiaban y decían, ¿cómo este insecto raro puede escribir un libro? Pero en esa época ya hacías periodismo, un periodismo que pueden leer en este libro azul, que es extraordinario, vale muchísimo la pena, yo creo que ya no se hace tanto periodismo cultural como nos gustaría y por eso a mí me gusta rescatarlo.

–Ahora bien, ¿qué tan útil es el oficio del periodismo, digamos para hacer ficción o si sirve más para hacer novela o si más para hacer cuento? Yo siempre encuentro muy cercano el periodismo, el ejercicio periodístico, a la creación del cuento.

–Lo que ocurre con la enorme diferencia, que es una diferencia muy importante, es que el periodismo trabaja con, no digamos la verdad, porque eso es un problema filosófico, pero sí con los datos, con los hechos, con lo más cercano a la realidad. La ficción no necesita eso, la ficción la puede distorsionar, si yo estoy entrevistando a un señor que tiene cinco hijos y tengo que escribir su vida, tengo que poner que tiene cinco hijos y lamentablemente tengo que nombrar a los cinco y es una pesadilla larga y tediosa. Me gustaría más que tuviese uno solo, con el que se lleva, con el que tuviera una relación mala, entonces se puede crear un cuento, pero no, tengo que escribir que son cinco y que, y que bueno, en fin, y es, y con el periodismo hay una responsabilidad, porque es comunicación y es comunicación social y vos le estás contando a la gente qué está pasando y qué considerás que son los hechos. La literatura es una operación y la ficción es una operación muchísimo más simple en algún sentido, o sea, uno tiene la historia, la idea, las ganas, el tema, el estilo para contarlo y ese estilo, el lector no tiene por qué entenderlo. La historia, o sea, puede producir un lenguaje poético, que en periodismo no, podés mentir, distorsionar la realidad, no tener una responsabilidad y ser completamente gratuito, cosa que no es tan, no, que el periodismo tiene sus límites en ese sentido y para lo que sí sirve es como disciplina.

Mariana Enriquez
Editó Anagrama. Foto: Cortesía

El periodismo es algo que primero te obliga a estar atento, te obliga a estar con una antena con la actualidad y con lo que está pasando, o sea, vos no podés ser un periodista cultural y que te nombren a un artista importante, el que sea, un artista popular, supongamos, no sé, Juan Gabriel, y que vos no sepas quién es, no puede pasar eso, o sea, eso es mal periodismo cultural. El periodismo además la disciplina que te da es que para mí no existe la página en blanco, o sea, si yo me pongo en on de escribir, escribo, puedo escribir algo malo y que al día siguiente lo tiro, pero no tengo ese, esa concepción de la literatura como una cosa que es una especie de conexión con una torre de marfil de donde baja el lenguaje. El periodismo es un trabajo para el que, claro, hay alguna gente que tiene más facilidad, más talento, como lo quieras llamar, mejor gusto, no, tantas cosas, pero es un trabajo.

–¿Y te sale natural? Porque, no sé, hay a lo mejor gente que sí se pone sus horarios y en el momento en el que hay que escribir pues ya se pone a escribir o necesitas como entrar en un punto, no sé si leer, no sé si escuchar música, que hay mucha música en tus libros.

–Hay una parte que es sentarse, dejar de dar vueltas por la casa, dejar el servicio de café, dejar de mirar Instagram, o sea, como toda esa parte de decir, bueno, me siento, no voy a chequear cómo salió tal partido, no voy a chequear si ya salió el disco que me gusta, no voy a mirar Reddit, o sea, no, nada, de eso no voy a hablar con mi chico. Esa es la parte más difícil de todas. Alejarse. Una vez que estoy ahí, al principio no pasa mucho, hay que por ahí leer un poco, ver qué escribiste antes, por dónde andás y para mí la música es lo que te hace entrar en algo que yo le digo, a mí personalmente, digo la zona. Entrás como en una zona, que es una zona donde la sensación que tenés es que la historia o lo que quieras escribir, te la están dictando. De hecho, yo vi escribir a escritores muchas veces que están en ese momento y escriben tan rápido cosas que no existen, o sea, que están existiendo mientras escriben, le están dictando a esta persona. Y entrar ahí, o sea, llegar hasta ese lugar, a mí me lo da la música. A otros escritores les pasa con otras cosas, con lecturas, con estar solos solamente, con cierta tranquilidad, algunos con fumarse un cigarrillo, algunos con tomarse un trago, depende, o nada, o simplemente les sucede, pero a mí eso me lo provoca la música.

Mariana Enríquez
Editó Anagrama. Foto: Cortesía

–Bueno, como los escribientes con la oscuridad en Nuestra parte de la noche, ¿no? Nadie sabe qué están diciendo, nadie entiende, pero ellos van anotando algo.

–Es bien raro, pero con la música para mí tiene mucho sentido, porque la música tiene algo de trance y entonces me parece bastante normal que ocurra eso.

Un lugar soleado para gente sombría. Es un título que ya habías usado, lo habías usado en una en una nota sobre los Rolling por ahí en 2010. ¿Qué te ofrecía ese título como para volver a utilizarlo en algo que me parece muy distinto?

–Unas cuantas cosas. Primero, es una cita de un escritor que ya nadie lee, que es un escritor británico que se llama William Somerset Maugham, que nadie lee, pero es buenísimo y también es un olvidado, así como lo que estaba diciendo, de la industria total, incomprensiblemente, porque es divertidísimo. Y él llamaba así a la Costa Azul, al sur de Francia, porque en el sur de Francia, todavía, pero más en esa época, había un montón de gente que traficaba opio, iba mucha gente a escaparse al sol, digamos, era un lugar un poco complicado. Entonces, un periodista lo usó para contar cuando los Rolling Stones se fueron a la Costa Azul, alquilaron una mansión que era preciosa, se fueron ahí con sus esposas, sus amigos, sus dealers, sus hijos y grabaron un disco ahí muy bueno, en el 72 y compraban heroína en el puerto. Hay un libro famoso de fotos sobre ese lugar que se llama así.

Y yo lo uso para la ciudad de Los Ángeles, que me parece también un lugar así. O sea, un lugar de playa, pero profundamente oscuro, en muchos sentidos, incluso con el fenómeno del cine. El fenómeno del cine tiene algo fantasmal, primero está la industria del cine, que es una cosa voraz y violenta y luego está el cine como dispositivo que es algo fantasmal, o sea, uno está viendo en la pantalla proyectada gente que está muerta y que va a ser joven para siempre, en algunos casos. Ahí ocurre algo bien extraño. Por eso las películas, creo, de David Lynch, son tan inquietantes, porque hablan de eso, de la noción fantasmal de ese lugar. Pero además quería hablar un poco de hacer terror en mi país y en nuestros países en general. A mí no me gusta mucho hablar de literatura latinoamericana, porque son todas distintas, pero sí es verdad que la idea y la tradición del terror y de la ficción oscura y eso es más bien europea, es del hielo, es de Estados Unidos, es de paisajes que poco tienen que ver con el estereotipo de Latinoamérica. Entonces era como para decir de alguna manera, bueno, este género lo estoy haciendo desde esta región, o sea, no es un género que por supuesto toma y mis cuentos toman cosas de todas partes, porque yo estoy estimulada culturalmente por el mundo entero, pero, porque estamos globalizados y es así, pero se hace desde acá. Y a mí me parecía como una manera de decirlo sin ser demasiado obvia y tomándolo de, que se vea todo ese camino sinuoso, ¿no? O sea, un escritor inglés hablando de esto, luego los Rolling Stones en Francia, luego yo en mi casa escuchando ese disco doble que busqué durante años porque era carísimo y luego este disco. O sea, como que se vea cómo se va haciendo la cultura en los márgenes y no de una manera tan institucional, como salía a ser en otro tiempo, como es para otros escritores, pero no para mí.

–Yo decía hace rato que le había entrado a tu obra periodística y me gustaba mucho y que cuando la ficción empieza a tomar mucho vuelo, pues me dijeron, no, pues es que son de terror, ¿no? Las novelas, los cuentos, yo decía, pues es que eso no es para mí, no me gusta. Pero en estos meses que me puse a leer tu ficción, descubrí que no es que no fuera para mí, sino que me convencí yo de que no era para mí porque soy un miedoso, ¿no? O sea, tantos años de que mi prima quería ver películas de terror y yo, no, no me gusta eso, lo repetí tantas veces que yo creí que no me gustaba. La cosa es que sí me gusta, pero me da mucho miedo. Y me gustaría que nos dijeras o que me dijeras qué es para ti el terror.

– A mí siempre me pareció muy divertido. Y además de parecerme divertido, fue algo que me acompañó de diferentes maneras siempre. O sea, desde la cuestión familiar, desde mi abuelo, esto lo conté muchas veces, pero mi abuela contaba muchos cuentos. Y no solamente de aparecidos, yo siempre cuento uno en el que está basado un cuento, que es el desentierro de la Angelita. Pero el otro día, hablando con mi madre, me acordé de uno peor. Y te lo cuento para que veas la psicología de mi abuela y cómo me traumatizó. Mi abuela me cuenta que yo tengo un tío abuelo o un tío, bueno, no importa, lo que sea, una persona adulta de la familia, que había nacido con una capacidad diferente, era microcefálico, o sea, tenía la cabeza muy pequeñita, tenía un retraso muy importante y que estaba internado, pero como era muy amable y se llevaba bien con todo el mundo, le habían dado un trabajo en la morgue. Entonces, que mi tío, este muchacho con la cabeza pequeñita, de lo que se encargaba era de ayudar a los estudiantes de anatomía o a las especialidades de patología y tal, con los cuerpos, para poder abrirlos y no sé qué. Y no me olvido más el detalle que mi abuela me dijo en un momento, el problema es que pobrecito, como tiene un retraso, no se lava las manos. Entonces los médicos tienen que hacer que se laven las manos, no me olvido más de eso, era muy morbosa mi abuela, yo era muy chica, o sea, no eran cosas que uno le puede contar a una criatura, eso por un lado. Después estaba, a mí me gustaba mucho, había literatura infantil, pero no como ahora, ahora la literatura infantil es un género, lo mismo que la literatura juvenil. Antes había libros para chicos, que era otra cosa, en Argentina había una autora bellísima de literatura infantil, que era María Elena Walsh o Elsa Bornemann, pero María Elena Walsh era una autora, no sacaba libros industrialmente. María Elena sacaba un libro cada dos años, cada tres años, sacaba sus discos con sus canciones, pero era una autora, no era una autora industrial de literatura infantil. Entonces no era que vos tenías 600 libros de María Elena, tenías tus libritos. Y como a mí me gustaba leer, lo que había más o menos parecido eran mitologías, entonces leía mitología griega, mitología azteca, mitología, etcétera, mitología argentina, muchísimo, entonces ese mundo a mí me resultaba fascinante y es un mundo de género fantástico y muchas veces de terror. Y después cuando entré en la Biblia, fue a una escuela católica y dije, ah, ya está, esto es una maravilla. Acá caminan los muertos, hay demonios, hay gente viviendo en vientres de ballenas, hay reyes que matan bebés, hay reyes que matan bebés en una noche todos, no queda ni uno. Estatuas de sal. Era una cosa maravillosa, yo dije, esto es mejor que todo. Y ahí empezó mi relación con lo fantástico y con la parte más oscura de lo fantástico. Y luego en los 80, yo nací en el 73, así que en el 84, cuando se estrena Pesadilla de Freddy, yo tenía 10 años. Me acuerdo que le estrenaron uno o dos años después en Argentina y yo me escapé de mi casa para verla, porque veía los pósters y lo veía a Freddy con la mano y el gorro y decía, ah. Y en esa época, lo lindo de esa época, esa época tenía cosas horribles, yo creo que en muchos sentidos ahora hay más cuidado con los chicos y es mejor, pero era lindo que no se les prestaba atención a los chicos. Entonces yo me escapaba al cine y decía que estaba en la casa de alguien y todo el mundo te creía, no había teléfonos, no pasaba nada. Y nos fuimos al cine un grupo de niños y el señor del cine nos miró y dijo, bueno, pasen. Y vimos Freddy a los 11, 12 años, quedé absolutamente traumatizada, pero fascinada, porque me provocaba algo físico y bueno y por supuesto la dictadura, o sea, crecer en la dictadura y crecer con un miedo real y luego igualmente morboso, porque la dictadura termina y empiezan los detalles de las torturas, de los vuelos de la muerte, de los centros clandestinos y saber que tu cuerpo de niño atravesó ese horror, bueno, era todo un conjunto que terminó formando mi sensibilidad.

Mariana Enríquez
Mariana Enríquez, una gran novela de terror. Foto: Cortesía

–Pienso en uno de los cuentos de la antología, “El cementerio de heladeras”, que justamente te da esa imagen en donde los padres o los adultos viven en un universo y los niños van por la libre, en un lugar que, digamos, ya se tenía historias de que era terrible, por así decirlo.

–Sí, ese cuento es, para los que no lo leyeron, ahí había, hay todavía, pero hubo sobre todo en Argentina, Argentina fue un país industrial muy pocos años, yo que tenía 15, en serio, porque rápidamente empezaron las políticas neoliberales a desmantelar toda la industria.

Entonces cuando se destruyen las industrias, que fue casi coincidente un poco más grande que yo y eso, muchas fábricas abandonan lo producido nacional, o sea, se compraba todo importado. Y había una fábrica muy grande que hacía electrodomésticos y entre los que hacía heladerasy quedaba cerca de mi casa; cerca de mi casa había cuando se fuese, parkings enormes llenos de heladeras y los llamábamos así, cementerios de heladeras, porque era lo que eran. Y los chicos jugaban ahí, yo nunca supe de una historia así, había mitos, pero no eran reales, después buscaban a gente y no había nada, pero siempre me pareció muy terrorífico. Y de hecho ahora mueren, sobre todo chicos, adentro de heladeras por una razón muy sencilla y muy morbosa que es la siguiente, en los 50 se dejan de hacer las heladeras que no se pueden abrir desde adentro así, porque cuando un niño se mete no tiene fuerza, pero un niño de dos o tres años sigue no teniendo fuerza, pero sí la puede abrir. Entonces ahora quedan cementerios de heladeras por ahí con pocas y a veces aparecen niños ahogados adentro, es un espanto lo que estoy diciendo, pero es la base de ese cuento. Es un cuento gótico sobre el capitalismo, es como la cuestión postindustrial, donde ya quedan los restos de algo que no funciona y es un cementerio.

–El capitalismo gótico y terrorífico, quería preguntarte de esto, porque creo que hay una crítica social en todos los relatos que leí, en Nuestra parte de noche siempre hay algo político, pero yo no sé si es algo que tú planes a la hora de estar escribiendo el cuento o si es que así es la realidad, entonces sale y ya después te das cuenta de que existe este reclamo, esta marca de un problema político o social

– Creo que lo que a mí me pasa es que yo, como persona, soy una persona que le interesa lo social y que le interesa lo político, profundamente, y que además, siendo argentina, es una cosa que casi no puedo evitarlo en la vida cotidiana; o sea, hay países con más complejos política y socialmente que Argentina, pero Argentina es un país obsesionado por la política, que eso es una característica nacional que tengo. Entonces, lo que me ocurrió a mí fue que quería escribir terror y no sabía bien cómo, cómo hacer, porque el terror, esto es lo que estamos hablando, viene de los relatos de fantasmas anglosajones, nosotros, cuando digo nosotros, digo los hablantes del español y las lenguas relacionadas en nuestros países. Los países donde el español es la lengua oficial y después están las otras lenguas originarias, en el caso de Argentina se hablan pocas, pero se hablan tres o cuatro, pero tanto en las mitologías y en esas lenguas como en el español, nosotros tenemos cantidad de relatos de fantasmas y fantásticos y de aparecidos y de lo que sea, pero no están tanto en la literatura. Alguien te puede decir, bueno, pero en México está Juan Rulfo, pero Pedro Páramo no es un cuento de fantasmas. El fantasma representa otra cosa, es un cuento sobre el padre, sobre el abandono, sobre lo que quieras, pero no son fantasmas como son los fantasmas o como son los vampiros en Drácula. Drácula es un vampiro, además representa la sociedad victoriana y la revolución industrial, sí, pero es un vampiro, esa es la operación del terror, o sea, la operación del terror es como, existe, es un vampiro, pero además representa otra cosa, yo decía, ¿cómo hago esto? Entonces, cuando empecé a leer seriamente Stephen King, me di cuenta que una novela y una película como El resplandor, por ejemplo, de lo que se trata es de un hombre que es un violento con su mujer, es violento con su hijo, le rompió el brazo a su hijo, así empieza la novela, consigue este trabajo en un hotel donde está solo con ellos, ese hotel, el fantasma de ese hotel es otro hombre que mató a su familia, entonces, de alguna manera es, el fantasma que está ahí, representa, no sé, la violencia machista, el feminicidio o es él mismo una metáfora de su propia violencia que la pone ahí o que la ve ahí. Hay muchas escenas, sobre todo en la película, donde habla con el tipo, habla con el asesino en el baño, da mucho miedo todo eso y el asesino le dice, dale, hacelo, pues parece su inconsciente también que le está diciendo, dale, matala. Es insoportable, además, esa actriz es una genia, era fabulosa, Shelley Duvall y es insoportable en la película. Lo que hermoso es que la película también te perturba a vos, vos decís, bueno, basta, basta de gritar. Te pone en un lugar muy ambiguo moralmente, que es una cosa que hace el terror, porque el terror lo que te dice es, todo esto oscuro que te pasa, potencialmente está con vos, no le pasa a monstruos, le pasa a personas, y cuando entendí ese mecanismo de Stephen King, dije, ah, claro, Stephen King habla de cosas universales, como estas, humanas, y si no, habla de cosas de su país. Matanzas escolares en Carrie, pueblos chicos y con temas de violencia, de armas y tal, o sea, siempre habla de problemas de los Estados Unidos, es un hombre comprometido políticamente, uno puede decir es un poco ingenuo, es verdad, suele pasar en Estados Unidos eso, pero no me parece una cosa grave, me parece muy interesante que un hombre tan famoso sea un hombre comprometido políticamente y que haga terror. Yo no lo puedo hacer con cosas que no pasan en Argentina o en América Latina, lo tengo que hacer con cosas mías y ahí destrabé algo, como si hubiese pasado un juego, viste en un juego decir, ah, entendí cómo un nivel y así pude empezar a escribir terror, que me tuve que enseñar a escribir terror y lo social y lo político está porque es lo que a mí me interesa. A mí nunca me interesó escribir el género fuera de la realidad. Nací en el conurbano, en un suburbio industrial, crecí en la dictadura, crecí de adolescente en la hiperinflación argentina, luego en el súper neoliberalismo de Menem y luego en la crisis del 2001 que fue una locura y ahora de mujer grande transitando al presidente Javier Milei.

Silvina Ocampo
El texto de Mariana Enriquez lo publicó Anagrama. Foto: Cortesía

–Algo que me parece muy interesante, hay muchos cuentos sobrenaturales, hay modificaciones en el cuerpo que te incomodan, te ponen tenso, pero digamos, hasta allí, no es la maldad, pero los malos de tus cuentos son malos, no están justificados y eso me interesa, ¿cómo ves la maldad? ¿Es blanco y negro, no hay grises? Y eso me hacía pensar mucho, por ejemplo, en los cuentos de Roald Dahl, en donde los malos de Roald Dahl son malos malísimos, él los detesta. Tus malos son muy malos, pienso en los diferentes colores hechos de lágrimas, un tipo horroroso, en los ojos negros, son demonios, la maldad es mala. Sí, son demonios.

–Creo que, por supuesto, la maldad en la vida cotidiana tiene matices, esta cosa de que siempre sea el mismo ejemplo de, no sé, un criminal de guerra que volvía a su casa y era amable con sus hijos, bueno, por supuesto, porque al otro no lo veía como una persona, así que él no sentía que estaba asesinando gente, sino mosquitos. Esa es la maldad para mí, no ver al otro como un ser humano, para nada. Y mis malos suelen estar en ese lugar, están casi deshumanizados, quiero decir; porque ya dejaron tanto de poder reflejarse en el otro que es humano, que ellos mismos perdieron humanidad. Ahora, ¿para mí qué es el mal? Es raro, yo no soy creyente, entonces ahí hay un grave problema, pero a veces yo pienso que la maldad tiene que ver con, hoy lo estábamos hablando por otra cosa, con unas amigas, pero tiene que ver con algo relacionado con la estética, quiero decir lo siguiente, a veces uno lee sobre un crimen, ¿no? X, o sobre una masacre o sobre un gobierno y uno ve cierta estética, o sea, a mí lo que me perturba profundamente es el tiempo. Suponte, en Argentina, por dar un ejemplo mío y no un ejemplo de un lugar que no me pertenece, hacerme cargo de lo propio. En Argentina, durante la dictadura se tiró gente al mar desde los aviones. Yo lo que pienso es lo siguiente, a ver, secuestro a una persona, la llevo a un campo de concentración o un centro clandestino, tenían muchos de detención, etcétera. Están ahí durante muchos meses, la duermo, no la mato, la subo a un avión y la tiro al mar. Todo ese tiempo, esos meses de preparación de esto, ahí es donde transcurre el mal, porque en todo ese tiempo pudo haber un momento que decís, bueno, esto no, vamos, no sé, vamos a fusilarlo, vamos a devolverlo, vamos a entregarlo a la justicia, no sé, vamos a ponerlo a trabajar para nosotros. Pero esa especie de refinamiento, sostener en el tiempo esa crueldad fría y eficiente, eso me parece que es el mal, porque ahí realmente no estás en el campo de lo humano, o sea, no podés empatizar más con lo humano.

Comments are closed.