El nombre de Emma Gabriela Molina sigue siendo una herida abierta en la memoria colectiva de México. Su historia es, al mismo tiempo, un retrato de la violencia feminicida, de la impunidad institucional y de la resiliencia de las mujeres que, como su madre, Ligia Canto, se han transformado en activistas para buscar justicia.
Ciudad de México, 8 de septiembre (MaremotoM).- Este lunes, el cuerpo sin vida de Martín Alberto Medina Sonda, empresario tabasqueño ligado al PRI y exesposo de Emma Gabriela, fue hallado en su celda del Centro de Reinserción Social (CRESET) de Tabasco. Cumplía una condena de 50 años por el feminicidio de Emma y otra de más de 12 años por desvío de recursos públicos. El gobernador Javier May informó que “todo parece que fue suicidio”, aunque la investigación apenas comienza.
Para Ligia Canto, madre de Emma, la noticia significó un respiro en medio de años de persecución y amenazas: “Siento que hay uno menos en ese ajedrez de maldad y perversidad. Sin embargo, todavía faltan muchos”.

Una vida marcada por la violencia
Emma Gabriela vivió 16 años de matrimonio con Medina Sonda, con quien tuvo tres hijos. Desde 2007 denunció violencia física, psicológica y económica. Tras separarse, sufrió una cadena de represalias orquestadas por su expareja, quien utilizó sus conexiones políticas —en especial con el entonces gobernador de Tabasco, Andrés Granier— para hostigarla judicialmente.
En 2012 fue secuestrada por agentes judiciales de Tabasco y encarcelada bajo cargos falsos de robo de autos. Pasó cuatro meses en prisión. Ese mismo año, Medina Sonda secuestró a sus hijos y los mantuvo ocultos durante dos años. Gabi, como le llamaban sus familiares, se convirtió en activista pública para exigir la restitución de sus derechos como madre.
En 2015 logró recuperar a sus hijos, pero las amenazas crecieron. El 27 de marzo de 2017, dos sicarios enviados por Medina Sonda —ya preso por desvío de recursos— la asesinaron con 11 puñaladas afuera de su casa en Mérida, Yucatán.
En 2019, un tribunal lo declaró autor intelectual del feminicidio y lo condenó a 50 años. Sin embargo, para la familia de Emma Gabriela, la sentencia no reparó el abandono institucional. La Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) había emitido en 2014 una recomendación a las autoridades federales y estatales para proteger a Gabi y a su familia. Nunca se cumplió.
Incluso antes de su asesinato, Emma y su madre lograron confrontar en persona al entonces presidente Enrique Peña Nieto, a quien entregaron el expediente del caso. La respuesta oficial fue que lo turnarían al Instituto Nacional de las Mujeres, sin medidas de protección inmediatas.

Ligia Canto también padeció la maquinaria de hostigamiento: en 2014 fue detenida y trasladada al penal de Puente Grande bajo acusaciones falsas de clonación de tarjetas. Pasó 10 días presa hasta que las pruebas se desmoronaron.
La historia de Emma Gabriela quedó registrada en el libro Cuando el cielo se pinta de anaranjado. Ser mujer en México (Casa Universitaria del Libro UANL, 2016), de la periodista Irma Gallo, donde se narran distintos casos de violencia feminicida y de impunidad estructural en el país. Ahí, la voz de Gabi se une a la de miles de mujeres que denuncian, que resisten y que muchas veces pagan con su vida el costo de atreverse a romper el silencio.
Hoy, con la muerte de Medina Sonda en prisión, se cierra un capítulo doloroso pero no se clausura la deuda de justicia. Ligia Canto lo sintetiza con claridad: “Nunca nos dejaron tranquilos. Siempre teníamos gente que nos vigilaba. La de Emma fue una muerte anunciada”.

La reparación del daño aún no llega. Los tres hijos de Emma, criados por su abuela, crecieron en un entorno de asedio y abandono institucional. La memoria de su madre y el reclamo de justicia se sostienen gracias a la tenacidad de Ligia y a las voces que insisten en no olvidar que en México, ser mujer, es todavía un riesgo mortal.











