Alex Karp

EL NEGOCIO DE MATAR, UNA SONRISA PERMANENTE, LA GUERRA DE LAS NUEVAS GENERACIONES

Slavoj Žižek, desde su habitual tono provocador, ha escrito: “El mayor horror de nuestra época no es que la tecnología mate, sino que lo haga sin odio, sin pasión, sin rostro humano. Esa es la verdadera obscenidad: un algoritmo que convierte la masacre en un cálculo frío, limpio, perfectamente racional”.

Ciudad de México, 5 de septiembre (MaremotoM).- Alex Karp no dispara un fusil ni pilota un dron. No hace falta. Desde el despacho de su empresa, Palantir, convierte la guerra en un negocio redondo. Su software decide a quién seguir, a quién señalar y, al final, a quién enterrar.

Cuando le preguntaron por Gaza, respondió con desprecio: “La mayoría son terroristas”. Palabras fáciles para quien nunca ha visto cómo una bomba arrasa un hospital o un colegio. Palantir vende tecnología, pero lo que compra el ejército israelí es impunidad: un algoritmo que legitima la masacre. Cada contrato firmado es un misil que despega. Cada sonrisa de Karp es una fosa abierta.

Alexander Caedmon Karp nació en 1967 en Nueva York, hijo de un pediatra judío y de una artista afroamericana. Superó la dislexia en su infancia y se formó en Haverford College, en Stanford y en la Universidad Goethe de Frankfurt, donde se doctoró en teoría social. No es un ingeniero ni un militar: es un filósofo que se convirtió en el rostro invisible del capitalismo bélico.

Tras dirigir una firma de inversiones en Londres, fundó en 2003 Palantir junto con Peter Thiel y otros socios de Silicon Valley. Hoy, como director ejecutivo, es uno de los empresarios más influyentes en el cruce de la tecnología con la seguridad nacional. Se define a sí mismo como un “socialista progresista”, pero es el CEO mejor pagado de la historia reciente: en 2020 recibió más de mil millones de dólares en compensación.

La empresa que dirige se especializa en extraer patrones de millones de datos. Su software Gotham, Foundry o Apollo son piezas claves para agencias de inteligencia, ejércitos y corporaciones. Palantir analiza, predice y recomienda: desde la persecución de migrantes en la frontera estadounidense hasta la coordinación de drones en Ucrania o la identificación de objetivos en Gaza.

Con una capitalización bursátil que ronda los 370 mil millones de dólares, Palantir se ha convertido en la niña mimada de Wall Street y en un actor central de la geopolítica contemporánea. Su producto estrella ya no es solo la minería de datos: es la legitimación algorítmica de decisiones letales.

Un algoritmo que legitima la masacre

Karp asegura que su misión es “proteger a Occidente” y que “nuestro software a veces se usa para matar gente”. Detrás de su retórica de salvación se esconde la maquinaria que vuelve rentable la guerra. Cada línea de código escrita en sus oficinas de Denver puede significar la muerte de un niño, de una familia, de un pueblo entero.

El filósofo italiano Franco “Bifo” Berardi advierte: “El algoritmo no solo calcula: impone un orden de verdad. Cuando el cálculo se usa para decidir la vida o la muerte, deja de ser un instrumento y se convierte en una sentencia disfrazada de objetividad”.

Rita Segato, antropóloga, ha señalado en varias ocasiones que la guerra contemporánea “se administra como una empresa: con balances, con cifras, con eficiencias, pero sin ningún lugar para la compasión humana”.

Alex Karp
Mata sin odio, sin pasión, dice Zizek. Foto: Cortesía

Slavoj Žižek, desde su habitual tono provocador, ha escrito: “El mayor horror de nuestra época no es que la tecnología mate, sino que lo haga sin odio, sin pasión, sin rostro humano. Esa es la verdadera obscenidad: un algoritmo que convierte la masacre en un cálculo frío, limpio, perfectamente racional”.

Así funciona el nuevo rostro de la guerra: no en trincheras, sino en salas de juntas, donde se decide que la muerte de miles de inocentes es un negocio viable. Donde el cálculo de probabilidad sustituye a la conciencia, y la estadística reemplaza al derecho humanitario.

El negocio de matar no necesita balas, solo algoritmos. Alex Karp, el filósofo convertido en magnate, sonríe mientras su empresa convierte la tragedia en dividendos.

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