Corona Capital

¿Es Corona Capital un buen festival?

Terminó el festival, los asistentes escucharon, cantaron, se emocionaron, lloraron y celebraron cuando sus grupos subieron a los escenarios. Si las trece ediciones del Corona Capital forman un mapa, la edición de este año es su Everest.

Ciudad de México, 23 de noviembre (MaremotoM).- ¿Es Corona Capital un buen festival? Casi no viene al caso, es como preguntar si el Atlántico es un buen océano. Ahí está el Corona Capital y siempre estará, por lo menos mientras a la gente le siga gustando escuchar música en México, y no hay nada más que añadir.

Si las trece ediciones del Corona Capital forman un mapa, la edición de este año es su Everest.

Pulp. Arcade Fire. Metronomy. Alanis Morrisette. The Hives. Hot Chip. Blur. Noel Gallagher. The Cure. Pet Shop Boys. The Chemical Brothers. Feist. Fleet Foxes. Estas bandas son muchas cosas: clásicas, vanguardias, alegría, nostalgia, exageración, mesura; pero también conmoción, cercanía e intimidad, melodrama, quizás; trilladas, por supuesto.

Es un festival para llenar grandes superficies, para gente sensible y los músicos ofrecen energía sin ser rebuscada, relatan sentimientos que están presente en la música —y, si me lo preguntan, también en la literatura— la angustia, la soledad, el desconcierto,  el amor, la alegría. Su poder radica en que también parecen espirituales, debido en gran medida, a los cantantes.

Fleet Floxes
Fleet Foxes. Foto: Santiago Covarrubias-OCESA

Aquí va un ejemplo: Fleet Foxes. A quien más se parece el grupo de folk nacido en Seattle es a una extraña mezcla de Bob Dylan con Neil Young y los Beach Boys (si hubieran continuado por el camino que estaban recorriendo en su álbum de 1968 de himnos idiosincrásicos y música religiosa no religiosa). Como muchos grupos que se presentaron este año, cada banda buscó con timidez el éxito: son grupos de estilos y carreras distintas que marcaron (o signarán) la historia del rock y cambió (o trasformarán) la vida de millones de jóvenes.

Contemos un poco de historia. Cada época tiene sus propios artistas que no forman parte del sistema y esos músicos son los que más atraen a los jóvenes. En el verano de 1972 (año en que Nixon ordenó el bloqueo de los puertos de Vietnam y en México se estrenó El Chavo del Ocho), David Bowie se presentó en el programa de la BBC Top of the Pops.

Unos de los afectados fueron un par de jóvenes de trece años, Laurence Tolhurst y Robert James Smith, después conocidos como Lol Tolhurst y Robert Smith. “Me causó un impacto tan profundo que transtornó toda mi personalidad. Y estoy seguro que tuvo el mismo efecto en Robert… en el momento en que Bowie cantó la parte que dice I had to phone someone so I picked on you (tenía que llamar a alguien y te elegí a tí), señalando directamente a la cámara, supe que estaba cantando eso para mí”, cuenta Laurence  y quizá ahí germinó The Cure.

Blur
Blur en el Corona Capital. Foto: Cortesía

No están solos. En el libro Una luz abrasadora, el sol y todo lo demas, de Jon Savage, Pete Shelley, guitarrista de Buzzcocks, Bernard Sumner y Peter Hook, de New Order, comentan sus recuerdos acerca del mítico concierto de los Sex Pistols en el Free Trade Hall:

Peter: Despues de los Sex Pistols, como allí había poca gente, lo que sucedió es que terminamos hablando los unos con los otros, porque cuando sucede algo tremendo, vas y hablas con quien tienes a lado, ¿no? Si ves un accidente, entonces lo que dices es: “Oh, Dios mío, esto tiene mala pinta, ¿no? Pero por lo general no hablas con nadie, pero como acabas de ser testigo de algo tremendo, que en este caso serían los Sex Pistols, hablabas con la gente de a lado”.

Pete: Creo que fue aquella noche cuando les escuché tocar por primera vez Anarchy in the UK, y en el momento en que empezaron sentí la emoción de esta escuchando algo que iba a dejar huella. Era como abrir una puerta y que entrara una manada de elefantes en estampida.

Bernard: Los músicos eran como una especie de dioses… cuando aparecieron los Sex Pistols, se cargaron con todo eso. Era en plan: no necesitas toda esa basura, lo más que necesitas son tres acordes, ¿no? apréndete tres acordes, compon una canción, monta una banda y ya está.

Y eso fue lo que hicimos, Hook y yo. Yo me compré Cómo tocar la guitarra, él se compró Cómo tocar el bajo. Y, a lo mejor, así nació Joy Division.

The Cure
The Cure, Foto: Cortesía Santiago Covarrubias / OCESA

Me gusta pensar que lo que genera El Corona Capital, o un festival similar, tiene su mérito. Los coros, los escenarios, la presencia de humor, el culto a la personalidad, en punto de encuentro con amigos que no se ven todos los días (vaya que lo sé). En México, entre ciertos círculos (críticos, periodistas, influencers, músicos y pedantes afines) el Corona Capital, como otros festivales, es un evento del que se puede hablar en público, y solo con ironía podría decirse, son como un trending topic al que siempre hay algo se puede aportar.

En una época dominada por grandes festivales de música como Glastonbury, Tomorrowland, Sónar, Sziget, Coachella, muchos no quieren reivindicar el Corona Capital con la misma pasión que otros festivales. Lo acepto sin rechistar y, aún así, cuando veo el cartel de cada edición, sudo de la emoción. Lo que quiero decir es que entiendo a la gente que tiene una observación que aportar: trato de comprender por qué el Corona Capital puede ser tan importante en la vida de muchas personas y, que al mismo tiempo, yo me pueda sentir orgulloso como fan o cuando estoy en medio de uno de los conciertos.

Noel Gallagher
Noel Gallagher. Foto: Cortesía Santiago Covarrubias / OCESA

No sé si se puede abordar la crónica de un festival con esa intensidad y sentir apuro, o cierta ambivalencia o incluso complejo de culpa; no sé si puedo ser objetivo con un festival con el que pasé de la juventud a la adultez y con el que miles de jóvenes están creciendo o si estamos condenados a permanecer fieles a los formatos de la música en vivo de nuestros años mosos en el que un artista ofrece un set completo en un estadio o teatro, aunque con el tiempo el formato comienza a ser obsoleto.

Una vez, el crítico musical Paul Nelson dijo acerca de los New York Dolls, su grupo favorito:

“No digo que fuera mejor, pero New York Dolls era mi grupo favorito de rock. Aunque respeto a quienes no les gusta. Los respeto, pero en el fondo no quiero saber nada de ellos”, pienso, comparto y suscribo las palabras del periodista. Ya va siendo hora de reconocer un hecho incontestable: el Corona Capital es un festival plural en sus manifestaciones artísticas, incluso un evento en una época musicalmente fértil.

Regresemos a los ’70 del siglo pasado, en aquél tiempo en México el rock pasó por una etapa oscura de represión que atrofió su desarrollo como expresión cultural por lo menos una década. El supuesto degenere de “sexo y drogas”, como quiso hacerse aparecer el festival de Avándaro, sirvió de pretexto para cancelar reuniones alrededor del rock. La censura alcanzó a los estudios de grabación, las disqueras, los teatros y otros foros cerraron sus puertas al rock mexicano. Lo que sucedió después fue que el rock se volvió periférico, huyó hacia los llamados hoyos fonquis y así, sumergido en la semiclandestinidad, encontró salida para sobrevivir en lugares totalmente insalubres, sórdidos. En tugurios oscuros, bodegas abandonadas y cines en desuso el rock se proletarizó, para subsistir, la música en México se tuvo que refugiar en las colonias populares. Escuchar música se volvió una actividad prácticamente clandestina. En Argentina se vivió una situación similar. La escritora Mariana Enríquez cuenta que en los ochentas la policía irrumpía en las salas clandestinas, encendían las luces y los asistentes debían correr. Varias veces, Mariana huyó de los ataques sorpresas aunque también fue pescada de los cabellos por la milicia, arrastrada y metida en vehículos de la policía junto con otros jovencitos. En las últimas décadas del siglo pasado, por ir a escuchar a Todos tus muertos los apasionados de la música podían ir presos.

Pet Shop Boys
Pet Shop Boys. Foto: Lulú Urdapilleta / Ocesa

Esta es una crónica sobre el Corona Capital que trata sobre un evento celebrado desde el 2010 por una comunidad, que en menos de quince años se planteó la posibilidad de traer un desmesurado número de bandas (todas ellas excepcionales), siguen juntos y así llevan trece años. Sin embargo también es el termómetro de una cultura, una generación, unos valores y una época, de cuando no tenemos que asistir con miedo a un recital.

Una crónica sobre el Corona Capital de este año es una crónica sobre Blur y Damon Albarn improvisando Ella baila sola en el piano, Pulp y Jarvis Cocker regalando pulparindos a mitad de su set; Noel Gallagher tocando Little by Little mientras dos jóvenes abrazados y con la camiseta del City levantaban bien alto su cerveza; también es la extraordinaria nostalgia de la música inglesa de principios de los años 90. Popscene, Parklife, Live Forever, Disco 2000, Underwear, Common People, Babies, Do You Remember the First Time?, End of a Century, To the End, Girls & Boys, entre otros temas. Por fortuna, también trata sobre Arcade Fire dedicándole The Suburbs a David Bowie; Alanis Morissette rindiendo homenaje a Taylor Hawkins, Alvvays y su Archie, Marry Me, Hot Chip armando el rave en el Autódromo con And I Was a Boy From School y Over and Over; Phoenix subiendo a León Larregui al escenario; The Hives y su energía; The Black Keys y su ritmo violento; Thirty Seconds to Mars con Jared Leto y su monumental entrada; Jungle, Atarashii Gakko! y sus sombreros de mariachi, Metronomy y la sonrisa de Anna Prior que duró todo el set; Parcels y el éxtasis que trasmitó a los asistentes, Patrick Watson, Pet Shop Boys, The Happy Fits, pero tambien sobre Ticketmaster, los precios de las entradas, los patrocinadores y también una crónica que habla de cómo los asistentes llegamos hasta hoy.

Corona Capital es uno de los festivales más famosos influyentes e imitados de la última década. Pocos lo niegan. Con todo, es uno de los que reciben las críticas más duras. Aquí va una: uno es rockero siempre y cuando pueda pagar los varios miles del abono para los tres días en última fase, no pude evitar pensar en los fans de The Cure de Iztapalapa, Satélite o Neza que no pudieron pagar sus entradas. Otra: los horarios de diferentes bandas quedaron empalmados, como The Chemical Brothers, show que se dio al tiempo que Pet Shop Boys salieron al escenario y al mismo tiempo con el The Cure, que inició su concierto a la mitad del dueto británico. Otra más: desde 2013 se le cuestiona no incluir artistas locales o de habla hispana en su cartel.

Kasabian
Kasabian. Foto: Lulú Urdapilleta / Ocesa

Sin embargo, cualquier asistente amante de la música conoce al Corona Capital, su origen y su ascenso fulgurante a la historia de la cultura popular mexicana. Lo resumo rápidamente. En 2010 Corona Capital lanzó un primer festival con Pixies, Echo & the Bunnymen, Interpol, James y Regina Spektor en su cartel. El siguiente presentó a The Strokes, Moby, The Rapture y en el 2013 trajo a Suede, Franz Ferdinand, The Hives, Basement Jaxx y Die Antwoord. Y, acontinuación, se posicionó en la mente de los escuchas. En cada uno de los festivales, fusionan el estilo de los grandes grupos de rock con las futuras estrellas de la música, por ejemplo, en 2019 Billie Eilish fue headliner contando con menos de un año de carrera y 17 años de edad. Dos fuerzas chocan en el volumen: el poder de lo antiguo y de lo contemporáneo.

 

Corona Capital no se sitúa en ningún movimiento concreto, musical ni de otro tipo, el festival vuela por su cuenta y según sus normas, con un proyecto poco convencional, que se convirtió en el primer festival mexicano cien por ciento internacional al conformar su cartel únicamente con bandas anglosajonas. El éxito del Corona Capital es un caso aparte, un fenómeno, una historia ciertamente insólita.

Vivimos en una época en la que se nos recuerda hasta el cansancio que la ambición individual sirve al bien común. En este sentido, se piensa que el mejor resultado es producto de que cada uno haga lo mejor para sí mismo en el grupo. Quizá esta manera de pensar está desencadenando una crisis que lleva a la desaparición del otro, a la incapacidad de escuchar. Como crónica sobre el Corona Capital de este año me gustaría rescatar una imagen que comienza a ser recurrente: un hueco en la práctica tribal en la que los miembros de un grupo seleccionan la información —sus gustos— y la utilizan para su política de identidad. Hace varios años, alrededor de la música y otros productos culturales, se construyó un relato creador de identidad que Eli Pariser denominó filtro burbuja, se construyó una visión del mundo ajustada a las preferencias de cada usuario.

Cada escucha hace una selección personalizada de información —gustos musicales— y la introduce en una burbuja adaptada a él para que se encuentre cómodo, pero que está aislada de lade los demás. Si te gusta Nirvana, Green River, Pearl Jam o Soundgarden, entonces odias a Oasis, Suede, The Verve, Pulp, Supergrass o Blur. La consecuencia de todo esto es la atomización y narcisificación de la sociedad que nos hace sordos a la voz del otro, ¿se acuerdan de la batalla de Emos vs Punks en la Glorieta Insurgentes?

Arcade Fire
Arcade Fire OCESA_CESAR VICUÑA

Lo que permeó este año fue un ejercicio de comunicación un poco más discursivo, puesto que recuperó un poco la dimensión del otro. Lo que sucedió en el Autodrómo fue una integración de indentidades con alteridad. En lugar de guerra de identidades hubo discursos, los asistentes no perdieron de vista lo que tienen en común ni su sentido comunitario. Todos nos escuchamos y escuchar es un acto político en la medida que integra a las personas en una comunidad y las capacita para el discurso. Los fans de The Black Keys se dieron el espacio para llegar a Thirty Seconds to Mars y alcanzaron el final de Blur, hubo a los que saliendo de Major Lazer entraron al final de The Cure. Este año en el Corona Capital —con sus excepciones— se pudo percibir un ejercicio colectivo que el conjunto de los asistentes logró domesticar las dimensiones de oposición y hostilidad que acompaña toda construcción de identidades colectivas, apostando por una estrategia que pasó del antagonismo al agonismo: un ejercicio que favoreció el respeto del pluralismo.

El fin de semana todo el mundo se entregó al culto de la música. El Corona Capital encarnó una suerte de diálogo, se convirtió en una especie de ritual que generó comunidad y que evitó que nos convirtiéramos en individuos perdidos en una sociedad enferma y cruel, y eso es importante porque las grandes citas musicales están cada vez más concientizadas con la importancia de encontrar un espacio donde la gente más joven —los Lols, Roberts, Bernards y Peters— encuentren un lugar seguro para escuchar música, porque, como dijo Thomas Wolfe: “los jóvenes de esta tierra no son, como se les llama a menudo, <<una raza pérdida>>, sino una raza que está por descubrir”.

The Hives
The Hives. Foto: Ocesa/César Vicuña

El público se acomodaba mientras se desvanecía la luz del sol. Llegué a el Autódromo Hermanos Rodríguez para ver a los Fleet Foxes que resultó un set impresionante, un tanto emotivo, con canciones de sus cinco discos y un repertorio un poco corto (tocaron catorce temas de los dieciocho a veinti tantos que acostumbran tocar). Parecía que que todos se preparaban para ver a The Hives (un festín majestuoso, cuyo vocalista, Pelle Almqvist —dice mi amigo Jorge Caballero— es un “dínamo en conjunción con su música”) y la pregunta que estaba en mi mente era si la actuación que yo vería, estaría a la altura. No me defraudó.

 

Busqué mi lugar en la parte más cerca del escenario (mi pareja estaba muy emocionada y se acercó un poco más adelante) y aparecieron un par de jóvenes delgados y altos, de aspecto amable y que estaban conmovidos, que se colocaron a un lado de nosotros. Por la manera en que hablaban y se acoplaron tratando de encontrar un lugar mejor, deteniéndose a mirar a los escuchas de los lados para no molestar, quedó claro que llevaban años esperando ese momento: un pecado que yo también cometí al enterarme de llegada del grupo por primera vez a México. En cuanto comenzaron a platicar (el cariñoso y tradicional Fleet Foxes, que alternaban con: “van a cantar Blue Ridge Mountains y Helplessness Blues y tienes que escuchar Mykonos) me quedó claro el tipo de compañeros que iba a tener durante la siguiente hora.

Al instante nos saludaron con una sonrisa resplandeciente. Eran un ejemplo de manual de lo que yo calificaria de fans respetuosos: escuchas que están ahí por la música, que no hablan durante el concierto, que entiende que el resto del público no pagó para verlos a ellos, así que tratan de no tapar la visión de los demas y cantar más fuerte que el intérprete, que no mira el concierto a través de la pantalla del móvil y que trata de pasarla genial. Dicho de otro modo, la clase de gente que tratas de encontrarte a montones en los festivales de música.

Los jóvenes escucharon el concierto, cantaron, se emocionaron con Ragged Wood, lloraron al empezar Your Protector y celebraron cuando Robin Pecknold subió a un fan al escenario para tocar White Winter Hymnal, pero no sin antes abrazarnos para animarnos a seguir escuchando a los Fleet.

Es difícil encontrar a estas personas, son muy profundas y con un alto valor por los demás. Y eso me dio en qué pensar.

Como explicar que, con todas nuestras diferencias en todo lo que tiene que ver con la música, sabíamos que estamos asistiendo a un festival memorable desde que empezó con Hannah Storm y pasaron a The Cure. Al terminar el CC, volveriamos a no tener nada en común, pero en ese momento, en el Autodrómo Hermanos Rodríguez, con la única ayuda de las presentaciones, y quizá una cerveza, estábamos unidos por la música.

¿Es Corona Capital un buen festival? La respuesta es sencilla: lo que ocurrió  el fin de semana no ocurre en cualquier sitio.

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