Por considerarlo un trabajo literario valiente, profundo y consecuente con las convicciones, creencias y los valores que se plantean como parte fundamental de la trama, la obra Los apóstatas, de Gonzalo Celorio, ganó el Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares 2023.
Ciudad de México, 26 de octubre (MaremotoM).- El escritor mexicano Gonzalo Celorio recibirá el próximo 27 de octubre el Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares 2023, que le fue concedido por su obra Los apóstatas (Tusquets, 2020), una indagación dolorosa sobre los secretos de los seres queridos. Un retrato desgarrador de una familia, de un tiempo, de un país.
Los apóstatas, una novela que en su propio proceso de escritura va descubriendo las historias secretas y atroces de los dos protagonistas: sus hermanos Eduardo y Miguel, personajes que se ven compelidos a abrigar una vocación religiosa en la que ambos fracasan, pero que, de diferentes modos, los marca de por vida. Tras su apostasía, se enfrentan a dos destinos contrapuestos: uno se orienta por los caminos de la teología de la liberación, trabaja en las comunidades indígenas de México y participa en el proceso político que acabó con la dictadura somocista de Nicaragua; otro se dedica al estudio de la arquitectura barroca mexicana y acaba poseído por una obsesión satánica que lo obnubila en sus últimos días. Novela dolorosa, crítica, denunciatoria, admirablemente escrita.

El Premio José Fuentes Mares fue instituido en 1985 por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, fue nombrado así en honor al escritor del mismo nombre, originario de Chihuahua, Chihuahua. El premio es de carácter anual y se otorga a un escritor que presente un libro publicado en la modalidad de cuento, ensayo, novela o poesía. Entre los autores que han sido reconocidos se encuentran Daniel Sada, Ignacio Solares, Carlos Montemayor, Jaime Labastida, Alberto Ruy Sánchez, Juan Villoro, José Emilio Pacheco, Javier Sicilia, Carlos Martin Briceño, Hernán Lara Zavala y Élmer Mendoza.
La premiación será en una ceremonia que se llevará a cabo el 27 de octubre, a las 19:00 horas en la Biblioteca Central de la UACJ Carlos Montemayor.
Fragmento de Los Apóstatas, de Gonzalo Celorio, con autorización de Tusquets.
El doctor Gonzalo Casas Alemán murió en 1971, cuando mi hermano Eduardo ya se había ido a vivir a Oaxaca.
Mi madre me esperaba en la puerta de su departamento, vestida de luto riguroso, traje sastre, tacones altos, mantilla negra, camafeo al pecho. Su porte elegante y distinguido hubiera sido más digno de un Mercedes Benz que de mi modesto Volkswagen, que sustituyó a aquel otro vochito color mierda que Eduardo me había convertido en chatarra dos años atrás.
Nos estacionamos en la calle de Artistas, a espaldas de la casona del doctor Casas. La ayudé a salir del diminuto coche. Caminamos, ella del lado de la pared, yo del lado de la calle, la cuadra y media que nos separaba de la mansión.
La puerta peatonal del enorme zaguán estaba abierta, vigilada por dos agentes funerarios. No necesitamos presentarnos para que nos dejaran entrar. Atravesamos el patio de mosaicos rojos, traspasamos el arco de cantera del portón de la casa, pasamos al vestíbulo, en el que dos espejos encontrados multiplicaban el florero de azucenas que esa mañana descansaba sobre la alta y redonda mesa, y por fin desembocamos en el salón.
Mi madre nunca había estado ahí. La magnificencia del hall, como siempre lo llamaron en la familia Casas, le arrancó una interjección de estupor que apenas pudo refrenar.
En el centro preciso del salón, al pie de la escalera cinematográfica, se encontraba el ataúd. Parecía que las lágrimas del monumental candil se derramaran una a una, gota a gota, prisma a prisma, sobre el féretro del doctor Casas.
Habían enrollado el gigantesco tapete, quizá para que las coronas y los arreglos florales que rodeaban la caja, etiquetados en listones cuaresmales con los nombres dorados de sus remitentes, no lo humedecieran. El piso de mármol, tantos años cobijado bajo la alfombra, lucía resplandeciente. Y frío.
Había menos gente de la que podría caber en la desmesura del salón: la viuda; las hijas del doctor, acompañadas de sus respectivos maridos; algunos primos de Córdoba, Veracruz, y un número no demasiado grande de políticos de la vieja guardia: uno que otro exfuncionario del régimen presidencial de Miguel Alemán, algunos compañeros de Legislatura de cuando el difunto fue diputado, ciertos colegas o subordinados que trabajaron con él en el Instituto Mexicano del Seguro Social… Poco más. De vez en cuando, alguna sirvienta enlutada transitaba por el corredor alto y se asomaba, curiosa, al hall convertido esa mañana en velatorio.
Les dimos el pésame a la mamá y a las hermanas de Gonzalo. Saludamos a sus cuñados. Pero a Gonzalo, mi amigo, mi compañero, mi tocayo, no lo divisábamos entre la concurrencia. Nos enteramos de que estaba recluido en la sala del piano, acompañado de su amigo Carlos Pintos. Conduje a mi madre hasta ahí. Lo abrazamos prolongadamente. Mamá, como si se tratara de un hijo más; yo, no como si se tratara de un hermano, sino como al amigo entrañable que durante tantos años había sido mi mejor amigo. Gonzalo recibió nuestros abrazos sin palabras. Cualquier voz que hubiera querido resonar en el aire no lograba pasar la aduana de su garganta. Los gestos, encontrados y revueltos, de dolor y tranquilidad, de tristeza y liberación, de rencor y comprensión, suplieron la palabra. Tuve la impresión de que, mientras abrazaba a mi tocayo, Carlos Pintos nos miró con un dejo de celos retroactivos que se le asomaron sutilmente por las comisuras de la boca.
Tras semejantes salutaciones de rigor, mi madre se hincó sobre los mosaicos desnudos del piso, a un costado del féretro. Permaneció ahí, concentrada en sus cavilaciones, por un tiempo que a mí me pareció demasiado largo para la ocasión. Era la única persona que estaba arrodillada, y el suelo duro y seguramente helado no era lo más cómodo para una mujer de sesenta y cinco años que había parido doce hijos. Al cabo de un rato, me acerqué y le ofrecí mi brazo para que se levantara, pero ella lo rechazó como si espantara una avispa, y permaneció de rodillas, absorta.
Además de mi decisión y mi deseo de acudir al velorio, mi madre me había pedido que la llevara. Me parecía justificable que se sintiera compelida a asistir a los funerales del padre de quien era amigo mío y también amigo de mi hermano Eduardo, y de toda la familia. La presencia de Gonzalo había sido constante en mi casa durante más de una década. Era uno más de nosotros. Entre tantos hermanos, pasaba desapercibido cuando lo invitábamos a comer. Mi madre lo adoraba, y una sobrina mía que vivía en Matehuala, cuando pasó una temporada en México, se enamoró de él porque era idéntico, en su apreciación adolescente, al Pat Boone de la película El viaje al centro de la Tierra, que milagrosamente se había proyectado en el cine de su pueblo.
Para entonces, mi amistad con Gonzalo, único hijo varón del doctor Casas, ya había perdido el pulso cotidiano que habíamos sostenido durante la primaria, la secundaria y la preparatoria. Al terminar los estudios de bachillerato, mi tocayo y yo tomamos rumbos diferentes. Cuando yo me inscribí en la Universidad Nacional Autónoma de México para cursar la carrera de Lengua y Literatura Españolas, él ingresó en la Universidad Iberoamericana para estudiar Contaduría y Administración. A pesar de la amistad que nos había unido durante más de una década —esos años larguísimos que van de los siete a los dieciocho en la carrera de la edad y en cuyo transcurso suceden casi todas las cosas importantes de la vida—, la universidad nos separó. Nada tenían en común sus números y mis letras, ni las características de nuestras respectivas universidades —privada y confesional la suya, pública y laica la mía—. Las condiciones económicas privilegiadas de los alumnos de la Ibero contrastaban notablemente con la extracción modesta, de clase media y hasta proletaria, de la mayoría de los estudiantes de la UNAM. Además, el Movimiento estudiantil del 68, que propició un cisma generacional, nos modificó de manera diferente. Gonzalo empezó a tener confrontaciones cada vez más frecuentes y ásperas con su padre. Se rodeó de amigos, como Carlos Pintos, que a mí, acaso porque ya me sentía un intelectual «comprometido» por haber leído tres o cuatro libros iconoclastas, me parecieron superficiales, frívolos o arrogantes las contadas veces que los traté. E hizo frecuentes viajes a Acapulco, donde su familia tenía propiedades y él mismo invirtió dinero en algunos negocios que a la postre no fueron exitosos. Yo, por mi parte, me independicé tan pronto pude de la casa materna. Me involucré en un proyecto de enseñanza de español a hablantes de lenguas indígenas que tenía sede en El Colegio de México. Me casé por lo civil (y no por la Iglesia como lo hicieron sin excepción mis once hermanos) a la temprana edad de veintiún años, y fui padre a los veintidós, con el secreto anhelo de contrarrestar la provecta edad que el mío tenía cuando me engendró. No obstante nuestras diferencias y nuestros caminos disyuntivos, Gonzalo y yo nos seguimos queriendo, aunque las pocas veces que nos veíamos desde que la universidad nos apartó hablábamos más del pasado que del presente; y del futuro apenas articulábamos palabra. Nuestra amistad se nos fue haciendo vieja en plena juventud.
Es decir que, a pesar de nuestras divergencias, pero gracias a un cariño inveterado, tan pronto me enteré de la muerte de su padre, no vacilé en asistir al velorio, que tendría lugar en la opulenta mansión de la familia, ubicada entonces en la esquina de la avenida Insurgentes y la calle de los Cedros, hoy Vito Alessio Robles, en San Ángel.
Sabía que la relación de Gonzalo con su padre había continuado deteriorándose durante los últimos años. Pero también sabía lo que significaba la pérdida del padre, y no podía menos que corresponder, con mi asistencia, a la amistad que mi tocayo me había manifestado nueve años atrás, cuando acudió al velorio de mi papá. Entonces me acompañó y me consoló hasta donde un muchachito de escasos trece años puede consolar a otro de la misma edad que se queda huérfano. Pero además, con independencia de los problemas que Gonzalo tuviera con él, yo quería al doctor Casas. Recordaba los juegos que organizaba para todos los compañeros de su hijo mientras esperábamos el transporte escolar a las puertas de su residencia y agradecía las muchas deferencias que tuvo con mis hermanos y conmigo cuando éramos niños: nos regalaba las estampillas que tenía repetidas en su colección filatélica; nos llevaba a la matiné del Vanguardias de la calle de Frontera en la colonia Roma a ver las películas de vaqueros del lejano Oeste, de Tarzán, de heroicos y justicieros caballeros legendarios como El Cid Campeador, Ivanhoe o Robin Hood, de marcianos, de apaches, de submarinos; nos recibía domingo a domingo para asistir, a las siete y media de la tarde, a la función del Teatro Fantástico de Enrique Alonso Cachirulo transmitida en vivo en la flamante televisión de su casa, que tenía cuarto propio.
Lo único que empañaba mi aprecio por el doctor Casas era el trato preferencial que siempre le dispensó a mi hermano Eduardo. A despecho mío.
Más de media hora después de mi frustrado intento, mamá me hizo una seña para que la ayudara a incorporarse. Se levantó con dificultad, pero con alivio. Me pidió que nos fuéramos de inmediato.
No cruzamos ni media palabra durante el trayecto de regreso a su casa.
—No pensarás escribir otra novela sobre tu familia, ¿verdad? —me espetó mi amiga Rosa Seco.
—No, Rosita, cómo crees.
Después de haber publicado Tres lindas cubanas y, siete años después, El metal y la escoria, pensé que la saga se había agotado. El ciclo estaba completo.
En ambas novelas había querido contar la historia de mis ancestros para conocer mis orígenes y saber un poco más de mí mismo. Y también para que mis hijos algo supieran, si bien transfiguradas por la literatura, de las tres o cuatro generaciones que los habían precedido en el reino de este mundo.
Desde los inicios de mi carrera literaria intuí, por lo poco que conocía de mis antepasados próximos —y sobre todo por lo mucho que de sus historias me habían ocultado en casa—, que sus vidas eran novelables, como, bien mirada, cualquier vida lo es. Pero las suyas quizá todavía más. Tan pronto empecé a averiguar por mi propia cuenta los pasajes más determinantes de sus biografías, comprendí que casi todos ellos habían desempeñado, sin siquiera sospecharlo, un papel épico en el transcurso de sus días. Y esa condición épica, que habían asumido con una naturalidad doméstica, era susceptible de ser contada en clave novelística. Pensé que aquellas personas, con vertidas en personajes merced al artificio de la literatura, podrían ser interesantes no sólo para mí y los míos por tratarse de nuestra propia estirpe, sino para cualquier lector capaz de vivir como suyas sus convulsivas historias: historias de amor y desencuentro; de migración y exilio; de engaños y latrocinios; de pérdidas irrecuperables, bonanzas ubérrimas y miserias fatídicas; de vicios inconfesables, muertes prematuras y heroísmos impostados.
Durante largos años me di a la tarea de indagar sobre aquellas ramas que por razones puritanas —«la nuestra es una familia ejemplar»— habían sido podadas de nuestro árbol genealógico y por las que mi curiosidad infantil, que persistió incólume en la juventud, hubiera querido encaramarse. Rastreé documentos de todo tipo —actas, testamentos, fotografías, recortes de periódicos y hasta recetarios de cocina—, consulté hemerotecas y archivos históricos, realicé viajes de estudio a varios países, entrevisté a decenas de testigos supervivientes, profané diarios íntimos que habían fungido como confesionarios de sus redactores, leí intrusivamente cientos de cartas que no estaban dirigidas a mí…
Al mismo tiempo que realizaba mis pesquisas, publiqué un par de novelas, Amor propio e Y retiemble en sus centros la tierra, cuya escritura no interfirió con mi ambicioso propósito de relatar la saga de mi familia, que avanzaba soterradamente. Como si depositara día con día monedas menudas en una gigantesca alcancía que algún día reventaría con una fortuna en su seno, pergeñaba pasajes sueltos de la que al final sería, según creía entonces, una sola novela, de larguísima extensión, en la que cupiera absolutamente todo lo que había investigado. No fue así, claro. Acaso la madurez literaria no consista en otra cosa que en morigerar la ambición de los desmesurados proyectos juveniles, que pretenden abarcar la totalidad.
A través de los años, la historia ancestral no dio origen, pues, a una novela total, como lo habían anhelado mis ensoñaciones de escritor en ciernes, sino a dos novelas bastante acotadas, referidas a la familia materna la primera, y a la paterna la segunda: Tres lindas cubanas y El metal y la escoria.











