Cristina Rivera Garza

Hubo un tiempo en el que pronunciar la palabra feminismo te volvía sospechosa: Cristina Rivera Garza

La ganadora del Premio Xavier Villaurrutia 2022 presentó el volumen de su poesía reunida titulado Me llamo cuerpo que no está, en el Paraninfo del Edificio Carolino de la BUAP.

Ciudad de México, 11 de agosto (MaremotoM).- La ganadora del Premio Xavier Villaurrutia 2022 presentó el volumen de su poesía reunida titulado Me llamo cuerpo que no está, en el Paraninfo del Edificio Carolino de la BUAP.

Me llamo cuerpo que no está acaba de publicarse y “tiene una genealogía larga y delicada”, así lo definió Cristina Rivera Garza, ya que la escritura de poesía la ha realizado de forma discreta, pues su trayectoria literaria apunta más al cuento, novela y ensayo. Los poemas que integran el volumen fueron publicados en editoriales pequeñas e independientes.

Acompañada por la poeta Andrea Rivas y del poeta Alejandro Palma, docentes de la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP, comentó que la idea de publicar un libro con su poesía completa surge a partir de una iniciativa de Gladys González, escritora chilena, quien tuvo la idea de publicar todo su trabajo poético. Después, Andrés Ramírez, editor de Random House y la misma Rivera Garza decidieron editar el volumen.

El 21 de julio de 2023, Cristina Rivera Garza ingresó al Colegio Nacional, fecha en la que Juan Villoro dio respuesta a su Lección Inaugural.

La autora de El invencible verano de Liliana, comentó que éste es un libro que le ha dado varias experiencias personales. En cuanto a lo colectivo, le permitió trabajar el duelo con su familia, a partir de la figura del abrazo.

Cristina Rivera Garza
El invencible verano de Liliana, una edición de Literatura Random House. Foto: Cortesía

Me llamo cuerpo que no está es el libro ideal que debería de seguirle en publicación a un libro a que retrató una parte oscura y dolorosa, como fue el feminicidio de Liliana Rivera Garza. La reunión de su poesía le permitió revisitar lo que escribió cuando tenía 19 años y hacer un recorrido por su obra narrativa, en una suerte de radiografía:

“Lo interesante para mí es que este recorrido tuvo como consecuencia una serie de enfrentamientos teóricos, estéticos y políticos con el lenguaje, porque el tratar de contar una historia en el lenguaje que te está impidiendo contar la historia implica una serie de retruécanos y de ejercicios distintos. Una manera muy distinta de aproximarse al lenguaje y a la escritura en particular”, señaló la autora de Nadie me verá llorar.

Cristina Rivera Garza
Me llamo cuerpo que no está. Foto: Cortesía

“Este libro me ha dado muchas sorpresas porque las conversaciones en torno a él han permitido formar un lugar en común en donde nos encontramos, no sólo a nivel de mi anécdota personal sino como participantes de una comunidad en la que hemos pasado por un sufrimiento enorme, en donde las cifras de feminicidio han seguido aumentando, en donde vemos una indiferencia, indolencia, por este tipo de sufrimiento.

Y esto no lo digo sólo por parte del estado –que ahí está la impunidad para hablar por sí mismo– sino también por parte de la sociedad civil, de la comunidad en donde muchas de estas narrativas patriarcales, autoritarias, verticales sobre el sufrimiento, especialmente de las mujeres, aunque en general las heridas de género han formado parte de una experiencia fundamental de la sociedad mexicana y mundial, si a eso nos vamos en lo que llevamos del siglo XXI.”

Cristina Rivera Garza
Cristina Rivera Garza. Foto por cortesía de la DGP BUAP

La charla fue promovida por la Vicerrectoría de Extensión y Difusión de la Cultura y por la Dirección General de Publicaciones de la BUAP, en la que se mencionaron a Sara Uribe –autora del prólogo a Me llamo cuerpo que no está–, Alaíde Ventura, Gabriela Damián, Mónica Nepote, Yasnaya Aguilar y Raquel Gutiérrez como autoras que hay que leer.La presentación cerró con la lectura del poema “Las feministas”, que a continuación reproducimos:

Pronunciaban la palabra. La escupían. La celebraban.

Corrían.

(Atrás de este vocablo debe oírse el pasar del viento.)

Hablaban a contrapelo. Interrumpiéndose.

Ah, tan descaradamente.

Vivían a la intemperie, que es el mismo lugar donde sentían.

Supongo que así nacieron.

No sabían de refugios, de techos, de amparos,

de patrocinios.

Estaban heridas de todo (y todo aquí quiere decir

la historia, el aire, el presente, el subjuntivo,

el contexto, la fuga).

Agnósticas más que ateas. Impactantes más

que hermosas. Vulnerables más que endebles. Vivas

más que tú. Más que yo. Estoicas más que fuertes.

Dichosas más que dichas.

Intolerantes. Sí. A veces.

¿Mencioné ya que eran brutales?

Caminaban en días de iracunda claridad como musas

de sí mismas

(eso ocurría sobre todo en el invierno cuando

los vientos del Santa Ana iban y venían

por los bulevares de Tijuana, arrastrando envolturas

de plástico y el polvo que obliga a cerrar los ojos

y negar la realidad)

a la orilla de todo, bamboleándose

eran la última gota que cuelga de la botella

(la mítica de la felicidad o la aún más mítica

que derrama el vaso o el sexo

impenetrable en la mismidad de su orificio)

y caían.

El colmo.

La epítome.

El acabose.

(Por debajo de estas frases debe olerse el tufo que deja

tras de sí el viento horizontal.)

Supongo que solo con el tiempo se volvieron así.

Con hombres o, a veces, sin ellos, besaban

labiodentalmente.

Y se mudaban de casa y se cambiaban los calcetines

y preparaban arroz.

Y bajaban las escaleras y tomaban taxis y no sentían

compasión.

Decían: Este es el viento que todo lo limpia.

Y pronunciaban la palabra. Enfáticas. Tenaces.

Prehumanas.

Tajantes. Sí. Con frecuencia.

Conmovedoras más que alucinadas. Sibilinas más

que conscientes. Subrepticias más que críticas.

Hipertextuales. Claridosas.

Estoy segura de que ya mencioné que eran brutales.

Fumaban de manera inequívoca.

Cambiaban de página con la devoción y el cuidado

minimalista de las enamoradas.

Siempre andaban enamoradas.

En los días sequísimos del Santa Ana elevaban

los rostros y se dedicaban a ver (podían pasar horas

así) esas aves que, sobre sus cabezas, remontaban

lúcidamente el antagonismo del aire.

Y el Santa Ana (y aquí debe oírse una y otra vez

la palabra) (una y otra vez) despeinaba entonces

sus vastas cabelleras ariscas. Sus cruentas pestañas

(una y otra vez).

Fuente: NeoTraba / Original aquí.

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