Ignacio Solares

Ignacio Solares da paso a la inmortalidad: Minucias, ya disponible en librerías

Grijalbo presenta un ejercicio de esencialización. Ignacio Solares sigue presente en las bibliotecas con el libro póstumo Minucias, que recopila más de siete años de trabajo en El Universal. Este libro nos hace vibrar y reconocer aquellos relámpagos verbales que consagraron al autor como un experto en el aforismo, el relato breve y la reflexión de las pequeñas cosas y los grandes temas de la vida.

Ciudad de México, 24 de abril (MaremotoM).- Minucias compila el trabajo de un orfebre de la palabra; Ignacio Solares lo mismo podía hablar sobre lo bello y lo ácido del amor, de Dios, de la vida, la muerte, la felicidad, o la ironía.

Esta novedad del autor, que también fue novelista, periodista, dramaturgo, cuentista, demuestra que gran parte de su genio estriba en captar lo simbólicamente importante. Servía cada semana imágenes intensas, fosforescentes que conmovían al lector.

“Para darle sentido a la vida necesitamos nutrirnos de ‘significados’ tanto como de cualquier alimento”, dijo en vida el autor originario de Chihuahua.

“Cuántas realidades cotidianas pueden ser resultado de fantasías”.

Ignacio Solares
“Cuántas realidades cotidianas pueden ser resultado de fantasías”. Foto: Cortesía

Ignacio Solares (Ciudad Juárez, Chihuahua, 1945 – Ciudad de México, 2023) fue un destacado narrador, ensayista, dramaturgo, editor y periodista cultural. Su obra literaria abordó con profundidad tanto el universo de lo fantástico como la novela histórica, dos ejes que marcaron su particular mirada del mundo.

Entre sus títulos más reconocidos se encuentran Anónimo, Columbus, Madero, el otro, La noche de Ángeles, La invasión, El sitio, El gran elector, El Jefe Máximo, No hay tal lugar y Serafín, así como varios volúmenes de cuentos.

Ignacio Solares
Editó Grijalbo. Foto: Cortesía

Su inquietud por los temas trascendentes y por aquello que escapar a la lógica de lo visible lo llevó a explorar el reportaje novelado con Delirium tremens, así como la reflexión ensayística en obras como Cartas a una joven psicóloga, Cartas a un joven sin Dios, Imagen sobre Julio Cortázar, Presencia de lo invisible y Novelista de lo invisible, este último en colaboración con José Gordon.

A lo largo de su trayectoria recibió numerosos reconocimientos, entre ellos el Premio Nacional de Periodismo, el José Fuentes Mares, el Mazatlán de Literatura, el Xavier Villaurrutia y el Premio Nacional de Ciencias y Artes en Lingüística y Literatura. En su honor, se instituyó el Premio Chihuahuense de Narrativa Histórica Ignacio Solares.

Entre 2015 y 2022, compartió su mirada aguda y sensible del mundo en la columna semanal Minucias, publicada en el periódico El Universal.

Prólogo a cargo de José Gordon, con autorización de Grijalbo

Relámpagos verbales

Hay una lengua antigua en donde todos los libros comienzan con la palabra Ahora. Esa minucia, ese detalle, nos dice que, cada vez que se abren las páginas de un libro, el relato encarna en el presente, en el aquí y ahora. Volvemos a sentir la presencia de un mundo, sus colores y texturas. En este caso, reaparece la voz y la mirada de Ignacio Solares en el presente de su literatura. Lo veo en el momento en que leemos juntos este prólogo unos días antes de su fallecimiento. Nacho tiene puesta una chamarra negra que contrasta con su barba y cabellos blancos. La luz de la tarde suaviza los rasgos. Está un poco cansado, pero a la vez tiene un aire jovial y sereno. Su mirada se enciende progresivamente con una entrañable sonrisa al escuchar este prólogo:

Empecemos con una minucia que se aplica a este libro de minucias que abraza las paradojas: Solar es poesía lunar; Solares, poesía lunar. Y, en efecto, el escritor Ignacio Solares es un narrador nocturno. Así construye sus novelas, sus obras de teatro y sus minucias, aforismos que lo asaltan como relámpagos verbales, esquirlas del sol en medio de la noche oscura. Solar es poesía lunar. Como veremos en estas páginas, Solares trata de atrapar en frases breves, precisas, contundentes, el núcleo mismo de nuestras experiencias que podrían contarse en largos relatos y novelas. Ese ejercicio ya lo ha hecho de manera apasionada, pero ahora es el tiempo de esencializar, de explorar las semillas que están detrás del árbol frondoso de las historias que ha vivido y contado. Justamente una de sus minucias anuncia con exactitud su pretensión: “En los haikus, la poesía se encoge bellamente”.

Y podemos imaginar a Ignacio Solares sentado a solas, observando la noche líquida que se filtra por una ventana de su casa y se desliza lentamente por su cuarto hasta inundarlo todo. El escritor está a sus anchas: “Hay quienes escriben con reloj de sol; otros lo hacemos con reloj de luna”. El narrador conoce las bondades de ese espacio negro en donde se funden todos los objetos. Desde ahí se puede desembocar en cualquier parte, ya que: “El día es tímido, la noche es atrevida”. Desde ahí: “La imaginación revela lo que la realidad esconde”; porque: “Te veo mejor en la oscuridad; con la luz me confundes”. Y paradójicamente la noche se ilumina: “En las azoteas, los gatos beben leche de luna”. Desde ese espacio, Solares sueña con los ojos abiertos para tratar de esclarecer las paradojas de la vida cotidiana, de nuestras tragedias, de nuestros encuentros y desencuentros, de la comunicación en donde a veces: “En el amor manda el que menos ama”. Estamos hablando de una búsqueda por entender el sentido de la vida y de la muerte, del absurdo y la trascendencia, preñada de literatura, arte, poesía, sicología, filosofía, misticismo, humor e ironía, que circulan en los breves textos de Ignacio Solares y nos hacen poner la atención en los detalles, en minucias que parecen ser nada, pero que lo revelan todo.

Para entender la dimensión de la tarea de atrapar la esencia de lo que vivimos, podemos rastrear un interesante ejercicio desarrollado por el guionista Jean-Claude Carrière, destacado colaborador de Luis Buñuel. El director de teatro Peter Brook le pidió escribir un libreto para montar en escena el Mahabharata, uno de los textos más antiguos y hermosos de la literatura universal, considerado el más grande poema jamás escrito. Carrière se enfrentó con el problema de adaptar 19 volúmenes con 13 000 páginas. ¿Cómo hacerlo?

Primeramente, se tenía que entender el contexto cultural de ese relato. Brook y Carrière viajaron a la India, se adentraron en sus mitologías y formas de vida. Ya en París, Jean-Claude Carrière se dedicó a estudiar sánscrito y hacer lecturas del Mahabharata durante cinco años. Al terminar estos estudios invitó a un amigo a tomar un té. Le contó de su proyecto y durante dos horas le platicó de qué trataba el Mahabharata. En ese proceso se hacía un ejercicio no de resumen, sino de esencialización. Carrière, con su poderoso sentido narrativo, desgranaba de manera espontánea lo que le parecía memorable en esa historia. Pero la cosa no se quedó ahí. A la semana siguiente volvió a invitar a su amigo a tomar el té. Y entonces le pidió que ahora este le contara lo que le contó. El Mahabharata se encogió bellamente.

¿A cuántos libros equivalen las horas de toda una vida? Si suponemos que vivimos 70 años, se estima que estamos despiertos unas 430 080 horas. En este marco, cabe señalar que una película de 2 horas equivale a 120 páginas. ¿Cuántas historias y libros podrían describir lo que experimentamos cotidianamente? ¿En cuánto tiempo las contamos? ¿Cómo identificar lo importante de lo que hemos vivido, lo que hemos conversado y lo que hemos leído? (Habría que agregar lo que hemos soñado).

La ventaja de un escritor como Ignacio Solares es que está pacientemente pescando ideas —lo que David Lynch llama peces dorados—, tratando de atrapar lo simbólicamente importante, en imágenes intensas, fosforescentes, que nos conmueven. Por eso señala que: “Para darle sentido a la vida necesitamos nutrirnos de ‘significados’ tanto como de cualquier alimento”. Esto implica depuración, economía del lenguaje, precisión. Uno de los principios que guían la escritura de sus relatos es utilizar solamente las palabras necesarias, quitar lo superfluo. Este era un ejercicio que Solares hacía con sus estudiantes de redacción de textos literarios, quitar adjetivos, hacer carpintería para que las piezas encajen con musicalidad de manera exacta. Para retratar esta obsesión, le contaba a sus alumnos de un escritor que, cuando estuvo en Veracruz, se encontró en un restaurante con un letrero que decía: “Se vende pescado fresco aquí”. Se acercó al dependiente y le dijo que, ya que los pescados estaban a la vista, era obvio que se vendía pescado, ¿por qué no quitar las palabras “se vende”? Por otra parte, la palabra “fresco” también estaba sobrando: era evidente que eran pescados frescos. ¿Y la palabra “aquí”? Si no, ¿en dónde? El letrero terminó diciendo simplemente “pescado”. No se requería nada más.

Ahora imaginemos ese ejercicio de esencialización en sus novelas, en sus pláticas, en sus lecturas, en sus intuiciones, en sus reflexiones lunares, y nos daremos cuenta de que se ha preparado toda su vida para pescar minucias y compartirlas en esta selección de breves textos que fueron publicados semanalmente en el periódico El Universal, en donde resonó ampliamente con lectores que comparten sus sueños y búsquedas mediante palabras que rozan el silencio y el hallazgo compartido en nuestra interioridad. Y podemos ver la risa de Ignacio cuando de pronto se da cuenta de que ha dado en el blanco y de que en su mente colisionan ideas, saltan chispas y se expresa algo único y sabio, pero que a la vez es de todos. Con humor lo formula así: “Hay sueños que, creo, me robé de alguien; otros, es muy probable que me los hayan robado a mí”. Estamos en el lugar en donde la oscuridad nocturna nos hace indistinguibles, nos entrelaza de maneras extrañas: “Tuve un sueño con personajes tan ajenos a mí, que bien podría ser el sueño de otra persona”.

Y si queremos llegar a la quintaesencia (lo más puro, fino y acendrado de algo), detrás de la risa de Ignacio Solares está un niño curioso, lleno de asombro que nos abre un detalle, una minucia que nos invita generosamente a leer sus minucias: “Nuestras emociones más profundas tienen la misma edad de cuando éramos niños”.

Media docena de loros de vivos colores dibujados contra una nube blanca repite una minucia de Aldous Huxley: “Aquí y ahora. Aquí y Ahora”. Y Nacho Solares sonríe desde el tiempo fuera del tiempo de su poesía lunar

 

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