En Ríos la acompañan Roberto Blanco (piano), Israel Cupich (contrabajo) y Tavo Nandayapa (batería). “Con ellos hay un código compartido. Nos conocemos de años, viajamos juntos, hemos acampado, festejado, tocado en todo tipo de escenarios. Son mis hermanos. El trío ya tiene su propio lenguaje y cuando entramos juntos como cuarteto se genera un espacio de generosidad y elasticidad. Ellos albergan mi voz y yo me entrego a su sonido. Es una relación entrañable”.
Ciudad de México, 19 de septiembre (MaremotoM).– Iraida Noriega está de regreso con Ríos, un disco que navega entre sus raíces mexicanas y cubanas, acompañado de un cuarteto que ella describe con cariño como “hermanos”. Con más de tres décadas de trayectoria, la cantante ha encontrado en este proyecto una manera de honrar a su familia, explorar la emocionalidad en los arreglos y reivindicar la autogestión como camino para sostener la música independiente en México.
—¿Cómo nació este disco que llamaste Ríos?
–Fue un proceso muy curioso porque me di cuenta de que llevaba años armando arreglos de música mexicana y cubana. De repente me invitaron al Festival Jazz Plaza, en La Habana y aunque al final no pudimos ir, me quedé pensando: es la primera vez que voy a cantar en Cuba, ¿qué me gustaría llevarles? Entonces armé una narrativa con canciones mexicanas, cubanas y las mías, porque eso es lo que soy. Un milagro que mi madre cubana y mi padre mexicano se encontraran y aquí estamos. Me di cuenta de que el inconsciente me había preparado para cantarle a mis raíces.
La madre de Iraida, que vive en Acapulco, fue la primera en escuchar el disco. “Es tremenda. Siempre me pone calificación. Me dijo: Oye, pero “Capullito de Alhelí” no es cubano, es puertorriqueño. “Tiene razón, pero también crecimos con la música puertorriqueña, dominicana, caribeña. Todo eso está en mí”.
—Tus versiones no suenan a covers tradicionales. ¿Qué buscaste en los arreglos?
–Siempre me empecino en que, si voy a cantar algo que no es mío, tengo que rascarle hasta personalizarlo muchísimo. No se trata de ponerle un acorde nuevo, sino de dejar que la emoción guíe el arreglo. Por ejemplo, en “Palabras”, de Marta Valdés, la letra te va diciendo: ‘aguantaste mentiras, ahora te vas liberando’. El arreglo va creciendo con esa emoción. No es un ejercicio intelectual, sino visceral. Eso es lo que más me gusta hacer.
En Ríos la acompañan Roberto Blanco (piano), Israel Cupich (contrabajo) y Tavo Nandayapa (batería). “Con ellos hay un código compartido. Nos conocemos de años, viajamos juntos, hemos acampado, festejado, tocado en todo tipo de escenarios. Son mis hermanos. El trío ya tiene su propio lenguaje y cuando entramos juntos como cuarteto se genera un espacio de generosidad y elasticidad. Ellos albergan mi voz y yo me entrego a su sonido. Es una relación entrañable”.
Sobre Nandayapa, Iraida sonríe: “Tavo trae consigo toda la tradición de su familia de marimbistas de Chiapas, pero al mismo tiempo tiene una energía muy fresca en la batería, una capacidad de sostener y liberar los arreglos con enorme libertad. Eso le da al disco un pulso muy especial”.

En tiempos en los que los discos físicos parecen reliquias, Noriega decidió editar Ríos en formato de bucle con fotos y créditos, una pieza de colección para los conciertos. “Hoy no se trata de vender miles de copias, sino de generar comunidad alrededor de la música. Este disco se armó gracias a Cubeta Records, a Juan Sosa Rosel en la masterización, a Fonarte, que sigue sosteniendo la escena independiente. Es un tejido colectivo, más que un producto de mercado”.
La cantante está preparando una gira por foros independientes de Ciudad de México, Puebla, Querétaro, Colima y Aguascalientes. “Es muy bonito ver cómo la autogestión funciona cuando hay comunidad. Platicas con el foro, acuerdas lo posible y lo que haya se reparte de manera justa. No es mucho, pero deja una sensación de equidad que hoy vale más que cualquier cheque institucional. Esa red es la que mantiene viva la música alternativa en este país”.
—¿Qué significa Ríos para ti?
–Es un viaje de regreso y de agradecimiento. A mi madre, a mi padre, a mis músicos, a los amigos que siempre nos acompañan. Un río no se detiene, fluye, cambia, se alimenta de muchos afluentes. Así siento mi música ahora: un cauce abierto, ligero, que me conecta con quienes estuvieron antes y con quienes vendrán. Ojalá que la gente lo escuche como lo vivimos: como un río que nos atraviesa y nos transforma.











