Leonardo Padura

IRSE O QUEDARSE: LEONARDO PADURA ABRE LA FIL CON UNA CONVERSACIÓN SOBRE CUBA, MEMORIA Y EXILIO

Leonardo Padura inauguró la Feria Internacional del Libro de Guadalajara entre reflexiones sobre el exilio, la vejez de una generación cubana y la presentación de su nuevo libro Ir a La Habana; una charla donde el escritor defendió el valor de partir, mientras la memoria —y la literatura— volvieron a preguntarse qué significa quedarse.

Ciudad de Guadalajara, 28 de noviembre (MaremotoM).- Feria Internacional del Libro. Una cola interminable para conseguir los gafetes de prensa. El aire espeso, la espera larga, la impaciencia como un murmullo que no cesa. A un costado, casi como si la realidad se abriera para dejar pasar otro ritmo, inicia la conferencia de prensa de Leonardo Padura, Premio Princesa de Asturias, escritor que este año recibirá el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Guadalajara y que viene, también, a presentar su nuevo libro Ir a La Habana (Tusquets).

Empieza la FIL y empieza Padura. Habla sereno, con esa cadencia cubana que hace del pensamiento una narración y de la narración una vida entera. Entre reporteros, estudiantes, académicos y curiosos, el autor reflexiona sobre su país, sobre la migración, sobre la memoria que se vuelve herida y aprendizaje. No es casual que su obra vuelva, una y otra vez, al desgarro del exilio, a la pregunta que persigue a toda generación cubana: ¿qué significa quedarse? ¿Qué significa irse?

Leonardo Padura
Editó Tusquets. Foto: Cortesía

La conversación arranca en tono cordial. Padura recuerda sus recorridos por América Latina, la relación larga con México, el cariño que dice sentir y el que recibe. Evoca sus primeras visitas, aquellas que lo llevaron a la casa de Trotsky en Coyoacán, el descubrimiento de un silencio bibliográfico en Cuba que más tarde detonaría El hombre que amaba a los perros. Habla de sus novelas como quien vuelve a una casa ansiada: Mario Conde nacido literariamente en Guadalajara, Regreso a Ítaca como reflejo del exilio, La novela de mi vida y esa luz que dialoga con Heredia, con la historia literaria, con el desarraigo.

Cuando toma el micrófono, la pregunta se abre de manera directa. ¿Tiene más valor irse o quedarse? Esa disputa íntima, personal, irrebatible. Padura responde con firmeza. Cree que es más valiente quien deja la tierra propia. Cree que partir implica una violencia espiritual, un desprendimiento de códigos, lenguas e historias. Yo creo lo contrario, le digo. Él cree que quien parte se enfrenta a la intemperie. Yo creo que quedarse, cuando todo hiere, exige coraje. Y esa divergencia queda flotando como si la literatura no estuviera hecha también para sostener tensiones y no resolverlas.

Padura vuelve entonces al hilo que lo ha perseguido toda la vida: la migración como destino humano y dolor político. Habla de gobiernos que criminalizan el movimiento, de fronteras convertidas en amenaza, del miedo como forma de existencia para miles. Recuerda la pobreza como motor, la violencia como empuje, la ruptura como origen. Nadie se va porque quiere, dice. Se va quien ya no puede quedarse.

Leonardo Padura
Nadie se va porque quiere, dice. Se va quien ya no puede quedarse. Foto: mm

Luego expone lo que será el corazón de su novela más reciente. Una generación que nació con la Revolución, que la defendió, que trabajó durante décadas creyendo en un porvenir, y que hoy —ya jubilada— descubre la precariedad, la pobreza, la desesperanza. El ejemplo es duro, evidente: una pensión de 2,500 pesos cubanos frente a un cartón de 30 huevos de 3,000. Un túnel sin luz. Un país que envejece con dignidad rota, dependiendo de los hijos que sí tuvieron el valor —o la necesidad— de irse y enviar remesas. Entre esos personajes, dice, encontró una historia real de un parricidio que convirtió en motor dramático. La violencia íntima como espejo del derrumbe colectivo.

El escritor habla de la ficción como crónica. Sus novelas —policiales, históricas, híbridas— son la cartografía emocional de Cuba en los últimos cincuenta años. Su literatura observa lo cotidiano, la caída del Muro de Berlín, la Guerra de Angola, el Mariel del 80, la represión cultural del 70 y ese periodo especial que marcó a una nación entera. No escribe sobre Cuba desde la distancia: la escribe desde adentro, como quien intenta explicar una herida que todavía sangra.

Le preguntan por México. Prefiere no opinar sobre la libertad de expresión en un país que no habita. Dice que es fácil errar desde afuera. Habla entonces del riesgo universal de callar, de controlar, de domesticar la palabra, del derecho humano que la censura vuelve trinchera.

A lo lejos, la cola para los gafetes sigue avanzando como si la literatura y la burocracia fueran dos velocidades irreconciliables. Adentro, Padura cierra con humor. México me quiere, dice. México me ve cara de doctor. Y ríe. Habrá ceremonia, habrá doctorado, habrá celebración, aunque él hubiera querido compartir escenario con Serrat o con Caparrós para mezclar discursos con canciones. Yo también lo imagino: un auditorio lleno y una voz que escribe cantando lo que allá, en la isla, cuesta todavía nombrar.

Empieza la FIL. Empieza Padura. Afuera, el mundo espera. Dentro, la palabra insiste. No sabemos quién tiene razón —si es más valiente irse o quedarse— pero sí sabemos que la literatura existe para no dejar de preguntar.

Comments are closed.