Jack White

JACK WHITE VERSUS TRUMP: EL ROCK CONTRA EL MAL GUSTO DE LA CASA BLANCA

Un músico incómodo en tiempos de propaganda. Mientras el expresidente y sus aliados cultivan el espectáculo vacío y el kitsch político, el músico de Detroit apuesta por lo contrario: autenticidad, riesgo y una defensa del rock como espacio de resistencia cultural.

Ciudad de México, 22 de agosto (MaremotoM).- En los años en que Donald Trump convirtió la Casa Blanca en un escenario de mármol falso, banderas desproporcionadas y discursos inflamados de nacionalismo hueco, el contraste con Jack White no puede ser más revelador.

Mientras el expresidente y sus aliados cultivan el espectáculo vacío y el kitsch político, el músico de Detroit apuesta por lo contrario: autenticidad, riesgo y una defensa del rock como espacio de resistencia cultural.

Para los trumpistas, White es un artista “pequeño”, alguien al margen del mainstream que no merece entrar en su panteón de ídolos prefabricados. Sin embargo, No Name, su más reciente disco, demuestra que justamente allí —en los márgenes— es donde se mantiene viva la llama de un género que nunca aceptó su necrológica.

Todo comenzó cuando Jack White criticó ferozmente la nueva redecoración de la Casa Blanca, calificándola como una “vulgar, cubierta de pan de oro y gaudy, como el vestuario de un luchador profesional”.

La réplica fue tan dura como previsible: Steven Cheung, director de comunicaciones de la Casa Blanca, desestimó a White sin contemplaciones, tildándolo de “washed-up, has‑been loser” (un fracasado, perdedor pasado de moda) y aseguró que “ha estado haciéndose pasar por un verdadero artista”

NO NAME: UN GESTO DE INSUMISIÓN

En 2023, Jack White sorprendió al lanzar No Name sin estrategia de marketing convencional. Entregó vinilos blancos sin carátula ni lista de temas en sus propias disquerías de Nashville, Detroit y Londres. Luego instó a los primeros oyentes a piratearlo y compartirlo. Un gesto simple y radical: la música como bien común frente al consumo dirigido por algoritmos.

Musicalmente, el disco regresa a los orígenes de White: el blues sucio, el garage rock y la electricidad proto-punk de Detroit. Canciones como Old Scratch Blues y Underground desatan riffs monumentales, mientras Bless Yourself incendia los parlantes con un rap frenético: “Dios al comando / Dios bajo demanda / Si Dios está demasiado ocupado, me bendeciré a mí mismo”. No hay complacencia, no hay pacto con la industria: solo un artista en su estado más puro.

LA POLÍTICA DEL MAL GUSTO

El trumpismo ha hecho del mal gusto un emblema de poder. Los interiores dorados, las corbatas interminables, los jingles patrioteros: todo un repertorio visual y sonoro que reduce la cultura a propaganda. En esa lógica, el rock de Jack White no tiene lugar.

White, al contrario, propone otra estética: la del riesgo, la del ruido incómodo, la de un arte que no sirve para animar mítines sino para incomodar conciencias. Su gesto de entregar un disco sin nombre es la antítesis de la política del branding con la que Trump convirtió su apellido en mercancía. Donde el trumpismo ofrece espectáculo vacío, White ofrece electricidad genuina.

Jack White
Donde el trumpismo ofrece espectáculo vacío, White ofrece electricidad genuina. Foto: Cortesía

Nacido como John Anthony Gillis en Detroit en 1975, White creció en una familia numerosa y católica. Fue aprendiz de tapicero antes de fundar, junto a Meg White, The White Stripes, banda que a partir de 1997 revolucionó el rock con un minimalismo crudo. Con clásicos como Seven Nation Army, se volvió referente mundial.

Tras la separación del dúo, White formó The Raconteurs y The Dead Weather, además de consolidar una sólida carrera solista. Fundó el sello Third Man Records, con el que defendió el vinilo y la grabación analógica en plena era digital. Su trayectoria lo ha hecho merecedor de 12 premios Grammy y del reconocimiento como uno de los músicos más influyentes del siglo XXI.

En tiempos donde la política estadounidense ha intentado vaciar la cultura de sentido y convertirla en marketing electoral, Jack White recuerda que el rock puede ser todavía insumiso. Su música no es un adorno ni un producto de consumo rápido: es un llamado a recuperar lo genuino frente al espectáculo político.

Trump y sus aliados pueden tacharlo de artista menor, pero No Name suena a lo contrario: a un músico que, desde los márgenes, desafía la cultura del mal gusto que amenaza con convertirse en norma.

 

 

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