Juan Gabriel Vásquez

JUAN GABRIEL VÁSQUEZ: LA IMAGINACIÓN CONTRA LA CRUELDAD Y EL REGRESO DE FELIZA

Con una novela que rehúye el expediente y apuesta por la verdad emocional y con una columna que recuerda que imaginar al otro es la primera forma de justicia, Juan Gabriel Vásquez enlaza dos frentes de una misma batalla literaria: contra el fanatismo y el olvido.

Ciudad de México, 17 de septiembre (MaremotoM).-  En su columna más reciente en El País, el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez rescató una anécdota que el israelí Amos Oz solía contar —transmitida por su amigo Sami Michael—: un taxista en Haifa sostiene que “hay que matar a todos los árabes” hasta que, llevado a imaginar las consecuencias concretas de su odio, se queda sin palabras. Vásquez relee esa escena como una prueba de que el fanatismo se resquebraja cuando se le exige imaginación y se pregunta si hoy, anestesiados por la repetición de la violencia, aún conservamos esa facultad de ponernos en el lugar del otro.

Ese mismo impulso —explorar la vida interior para comprender— guía su nueva novela, Los nombres de Feliza (Alfaguara).

“Feliza es una figura conocida, parte del mundo artístico colombiano, pero fuera de él me atrevo a decir que había desaparecido de nuestra memoria colectiva. Desde luego su vida sigue siendo o seguía siendo, hasta la publicación del libro, un profundo misterio. Era una de esas personas que en vida fueron mediáticas, vivieron una vida pública, en declaraciones, en entrevistas, tuvo una existencia en los medios de la época y de alguna manera su muerte, por razones que yo creo tienen que ver con la manera como se dio y con la figura que ella tenía en Colombia, al momento de su muerte pasó por una especie de purgatorio, de desaparición de la conciencia pública y con el tiempo fue recuperando un sitio en el mundo del arte, no en nuestra conciencia nacional, en la que no parece haber existido. Cuando yo vivía en París en los 90 me topé por accidente con una columna de opinión de Gabriel García Márquez que se había publicado originalmente poco después de la muerte de Feliza y que se reeditaba por esos días en una publicación especial que yo tenía conmigo, me encontré con esa columna que comenzaba diciendo la escultora colombiana Felisa Bursztyn murió de tristeza en un restaurante de París el viernes pasado y todavía hoy me sorprende mi propia sorpresa de no saber quién era Felisa Bursztyn. En aquel momento no sabías quién era”, cuenta el escritor a la periodista Ángels Barceló, cuando se presentó en España.

Juan Gabriel Vásquez
Editó Alfaguara. Foto: Cortesía

“Sin conocerla, sólo con esas tres palabras, murió de tristeza hace casi 30 años, 27 años, es una persona que va atravesando tu vida de alguna manera porque está constantemente presente”, agrega.

En entrevista con EFE en Ciudad de México, Vásquez definió el alcance del libro: “Para mí el novelista es un historiador de las emociones. Todo lo que se cuenta ocurrió, pero es ficción porque imagina el mundo interior, la conciencia, la psicología de una mujer que lleva 40 años muerta”.

Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) es autor de dos colecciones de relatos: Los amantes de Todos los Santos y Canciones para el incendio y de cinco novelas: Los informantesHistoria secreta de CostaguanaEl ruido de las cosas al caer (por la que ganó el Premio Alfaguara), Las reputaciones y La forma de las ruinas. Ha publicado también una breve biografía de Joseph Conrad, El hombre de ninguna parte y dos libros de ensayos literarios: El arte de la distorsión y Viajes con un mapa en blanco.

La mujer es Feliza Bursztyn (1933–1982), escultora bogotana de espíritu libre, pionera en la incorporación de chatarra, motores y desechos industriales a la escultura y figura central de la vanguardia colombiana de los sesenta y setenta. Murió en París en enero de 1982, la noche de una cena con amigos —entre ellos Gabriel García Márquez—.

En conversación pública con Àngels Barceló, el autor explicó que no quiso escribir “una biografía novelada”, sino habitar a Feliza:

“Es un intento por descubrir su realidad emocional. Inventar, en el sentido etimológico de invenire, para decir una verdad moral que los datos no alcanzan”.

“Tardé años porque necesitaba experiencia vital para entender su tristeza: dolor, fracaso, desarraigo, cosas que llegan con el tiempo”.

Vásquez siguió las huellas materiales de la artista —regresó a París, se inscribió en clases de escultura, visitó talleres— y sostuvo largas entrevistas con Pablo Leyva, marido de Bursztyn en el momento de su muerte. Le mostró el manuscrito: “Mi mayor ansiedad era que dijera ‘esto es mentira’. Me dijo: ‘así era Feliza’”.

Bienal Mario Vargas Llosa
El colombiano Juan Gabriel Vásquez ganó la Bienal de Vargas Llosa por su novela Volver la vista atrás. Foto. Cortesía

Feliza: resistencia, arte y país

La novela reconstruye a una mujer que desobedeció los mandatos: un primer marido que quiso impedirle ser artista; un medio cultural y una crítica que despreciaban como “poco femenino” su trabajo con sopletes y metales; un ambiente político (finales de los 70 e inicios de los 80) que la acosó por su cercanía a círculos de izquierda.

“Su vida fue una constante resistencia —dijo Vásquez—: contra el mundo artístico, el político y el familiar”. Arrestada sin cargos durante el gobierno de Julio César Turbay (1981), marchó al exilio. En la novela aparecen, como telón de fondo, Bogotá y París: ciudades-personaje atravesadas por violencia, exilio y efervescencia cultural.

Juan Gabriel Vásquez
“Su vida fue una constante resistencia —dijo Vásquez—: contra el mundo artístico, el político y el familiar”. Foto: Cortesía

El método Vásquez: entre la crónica y la ficción

Fiel a su “fanatismo realista”, el autor parte de reportería y la somete a la imaginación novelesca. El resultado no busca exhaustividad documental, sino orden narrativo y sentido emocional: “Hay cosas que una biografía no podría contar; la novela puede”, afirma.

Esa decisión conecta con la reflexión de su columna: recuperar la imaginación como herramienta cívica ante la crueldad del presente.

Más allá del enigma de su muerte, Los nombres de Feliza devuelve a Bursztyn a la conversación pública: “Feliza había desaparecido de la conciencia colectiva —dice Vásquez—. Estaban sus obras, no su vida. Una razón para escribir este libro es abrir un espacio donde siga existiendo: sus risas legendarias, su rebeldía, su decisión de dar forma a su vida en sus propios términos”.

Con una novela que rehúye el expediente y apuesta por la verdad emocional y con una columna que recuerda que imaginar al otro es la primera forma de justicia, Juan Gabriel Vásquez enlaza dos frentes de una misma batalla literaria: contra el fanatismo y el olvido.

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