Ciudad de México, 30 de abril (MaremotoM).- “Un avión sobrevuela unas nubes sepia. En unas gafas se refleja un barco pirata. Un hombre con un estuche de guitarra camina por una ruta que atraviesa un desierto. A los costados se ven ciudades. Algunos símbolos como la Estatua de la Libertad o el Estadio Azteca permiten distinguirlas. “Que no interrumpa lo cotidiano mis pensamientos”, canta el hombre con el estuche de la guitarra. ¿Qué puede ser lo cotidiano para alguien que ha hecho del cambio y el tirar todo para volver a empezar un modo de vida?
Las imágenes corresponden al video de “De todo el mundo”, el sencillo del álbum Las consecuencias de Bunbury editado en 2010. Fue la primera vez que me crucé con él. Mirando un viejo canal de música apareció el video y, de manera un poco irrespetuosa, pensé: “¿quién es este gallego que se hace el Calamaro?”.
Así lo evoca el periodista Juan Stanisci, para justificar su entrada a lo que él mismo llama “El universo Bunbury”.
Precisamente, de ese microcosmos que el músico ha construido junto a sus fas es que sale La Carta el nuevo libro de este zaragozano nacido en el 11 de agosto de 1967 y que durante el confinamiento de 2020 y 2021 Bunbury grabó dos discos, varios singles, hizo un recital por streaming que fue publicado como vinilo triple y publicó un libro de poesía. Este último parece ser el camino elegido para el futuro. Pintar y escribir poesía.

Claro que el experto en música Oscar Sarquiz Figueroa dice que “los términos fatuo, cursi, pedante y sobreactuado vienen a mente. Nunca me ha gustado nada – al grado de no programarle jamás – pero él se gusta a sí mismo en demasía. Lamento ser tan extremo y tajante, pero es lo que me suscita su dramatismo de poetastro maldititito”, dice.
“Híjole… ahí te va: Creo que Bunbury es un cantautor que encontró la manera de conectar con una generación que no tuvo cantautores de los tamaños de Bob Dylan. Definitivamente imita y replica comportamientos, fraseos y hasta “looks” de otros, pero al mismo tiempo ha encontrado una extraña originalidad que le ha sumado una legión muy fiel de seguidores. No conecto con él, aunque me gustaba en Héroes del Silencio porque su voz se diluía con la música del grupo de manera que no provocaba ese estridente protagonismo que caracteriza su trabajo solista”, afirma Arturo J.Flores, director de la revista Playboy, un gran crítico musical.

El crítico Mario Lafontaine piensa distinto y dice: “Es un artista indispensable para el rock en castellano, un referente obligado, me gusta muchísimo, he tenido el placer de entrevistarlo y han sido money’s inolvidables en mi trayectoria. Dios crea y uno recrea, todos tomamos influencias de otros para adueñarnos y crear escuela”.
“Pienso que es un tipo que supo crear muy bien un personaje de “cantautor/poeta maldito”, basándose en Jim Morrison, en Andrés Calamaro, en Leonard Cohen (pienso más en él que en Bob Dylan como referencia, pues él mismo ha dicho que cuando escuchó a Cohen quedó impactado). Pienso que sabe además usar muy bien el marketing que da estar diciendo que se retira cada tanto para al final volver siempre. Nunca me pareció un músico especialmente talentoso ni un letrista excepcional, reconozco que tiene un par de buenos discos (Pequeño cabaret ambulante –el vivo de Pequeño-, es uno, por ejemplo) pero creo que algo de lo que pasa con Bunbury es que no aguanta la madurez de sus escuchas, que no es de esos cantautores que te llevas de una época de tu vida a otras (como sí pasa con Cohen, con Dylan, e incluso con algunos españoles -desde los viejos: Joan Manuel Serrat, Luis Eduardo Aute, hasta más jóvenes: Santiago Auserón, Nacho Vegas y, por supuesto, Antonio Vega-. Creo que uno puede engancharse con Bunbury una vez en la vida: por la edad, por un desamor, por cualquier circunstancia, pero en cuanto esa experiencia o suceso se agote, se agota también las ganas de escucharlo o de volver a él. Eso para mí, sin duda, es justo lo que como músico no quieres que te pase y como fan, tampoco”, dice la crítica y periodista Michelle Solano.
“Creo que todos los artistas tienen influencias, Bunbury no es la excepción. En Héroes del silencio sus influencias eran el goth, sobre todo en los primeros discos. Luego como solista, quizo ser Bowie en Radical Sonora, pero de inmediato cambió al personaje de cantina, poeta maldito, que si bien sonaba un poco impostado, le funcionó. Más que a Calamaro, absorbió cosas de sus connacionales como Nacho Vegas y de músicos poetas como Cohen, Dylan y bohemios como José Alfredo Jiménez. Es un producto de sus influencias, no tan auténtico ni efectivo, pero sí diseñado para gustarle a quienes no pueden digerir a los otros. A mí me gustan los dos primeros de Héroes del silencio donde más bien querían ser The Cure y The Mission. Ya como solista se me hace demasiado efectista y sobrevalorado por cierto sector”.
“Cuando Enrique Bunbury lanzó Pequeño, lo recibí con mucho entusiasmo, fue un gesto aventurado, radical, rupturista, pero luego se decantó por lo que, intuyo, siempre ha sido su leit motiv: la fama, la notoriedad. Probablemente no haya nada de malo en “robar” de otros -vaya, es algo que incluso se ha validado en años recientes- y disco a disco ha buscado seguir en el gusto del público que como él, ha crecido en edad, al tiempo que busca llegar a audiencias más jóvenes. En suma, conforme pasan los años se acerca mas y más a un Raphael y se aleja más de Enrique Ortiz de Landázuri”, dice el crítico y periodista David Cortés.

Algo que bien podría cerrarse con una opinión de Humphrey Inzillo, ex editor de la Rolling Stone y actual de Brando: “Recibí con mucho asombro tu pedido, porque hace un par de días, tuve una conversación sobre Enrique Bunbury con un conductor de Uber. El tipo había tenido una disquería hasta fines de los 90 y me hablaba con devoción de la carrera solista del ex vocalista de Héroes del Silencio. Esa tarde, en la redacción, repasé algunas de sus canciones. Antes que nada, debería aclarar que ninguna de sus canciones forman parte de la banda sonora de mi vida. No es este un juicio de valor, es así como ha ocurrido (o no ha ocurrido) y punto. Sin embargo, Bunbury me parece un frontman increíble y admiro los riesgos que ha tomado en su carrera como solista. Especialmente con aquel disco Pequeño cabaret ambulante, de principios del nuevo milenio. Me parece saludable su búsqueda, que le escapa a los cánones del rock y con la que de algún modo se ha salido de su zona de confort. A pesar de todas sus influencias, Bunbury me parece un artista personal, que ha sabido tomar riesgos y escaparle a las fórmulas. Esas son dos virtudes que me provocan admiración y, definitivamente, el zaragozano cuenta con ellas. Así que, desde el sur, mis respetos para Enrique Bunbury”.
Ahora, producto de su narcisismo y de que todo lo que pasa en el mundo gira alrededor de él, dueño de ese Universo Bunbury del que hablaba Stanisci, ha sacado La carta (Liburuak), fruto de una primera esquela que el músico le envió a sus fans: “Quiero comenzar una conversación directa con vosotros, los seguidores de mi trabajo que tengáis interés y queráis hacerme preguntas sobre cualquier tema que consideréis, que no suela cubrirse ni preguntarse habitualmente en las entrevistas promocionales. Cualquier cuestión será bienvenida, sin más límite establecido que vuestro interés y propia curiosidad. Podéis incluir vuestro nombre y lugar de procedencia. Contestaré semanalmente a vuestras cuestiones. Podéis ser originales o, simplemente, preguntar por todo lo que siempre quisisteis saber y jamás tuvisteis la ocasión de preguntar”.











