Fito Páez

La obsesión al servicio de la pasión: Tremendo concierto de Fito Páez en el Auditorio Nacional

Al salir un poco atosigados y sorpresivos, mientras nos mirábamos tratando de decir lo impresionante que había sido, un chico pasó y dijo: ¡Vivan Los Piojos! Claro, todo eso lo hiciste, siendo argentino. Pavada de nacionalidad.

Ciudad de México, 23 de enero (MaremotoM).- Viene de una operación en las costillas. Todavía convaleciente. Tenía que cumplir no sólo con el monumental concierto en el Zócalo, sino también con la apuesta de OCESA, que hizo dos fechas en el Auditorio Nacional y otra en Guadalajara.

Claro, todo esto en un músico de 63 años, que bien podría haber venido a “cumplir”, a estar presente, a cantar unos cuantos temas de su autoría e igual se lo hubiéramos agradecido. Sin embargo, mucha gente sabe (yo lo sé, querido Fito, que te he entrevistado tantas veces, que has tenido gestos de cariño conmigo, como cuando me presentaste a la bellísima Cecilia Roth como si yo, una simple cronista de espectáculos, no la conociera) que eres la mar de obsesivo, que mides cada cosa que haces, que no quisiera estar cerca de ti cuando preparabas esta gira El amor después del amor, cuando elegías a cada uno de tus músicos (¿qué decir de tu orquesta? Desde la inolvidable Emme Vitale –hija de Verónica Condomí y Lito Vitale- hasta el bajista-jefe del sur de Rosario, Diego Olivero, ni hablar de la guitarra de Juani Agüero) y te enfrentabas a esta gira con el espíritu y por qué no el cuerpo que tenías en 1992, cuando se editó el disco.

Desde su lanzamiento El amor después del amor se convirtió en el disco larga duración más vendido en la historia de la Música Popular Argentina y está también entre los diez discos larga duración argentinos más vendidos en el mundo.

“Lo que puedo decir con respecto a eso es que soy un hombre muy afortunado. Ando por el mundo haciendo mi música, cuido de mis hijos, me considero un hombre de suerte. Estoy viviendo un momento dulce y como he pasado momentos muy bravos en mi vida, estoy disfrutando mucho este que me toca”, me habías contestado esta pregunta alguna vez y después del concierto de anoche, somos nosotros los que nos sentimos afortunados.

Fito Páez
La sección de vientos. Foto: Cortesía Ocesa

Este “momento dulce de tu vida” fue un poco singular al principio. No salías. Estaba con mi amigo Arturo y yo –que después de Cerati me tomo cualquier demora como una catástrofe- empecé a pensar que las costillas te dolían, que no había sido necesario agregar a una fecha, que estabas mal, pensaba en Martín y Margarita, tus hijos, que estaban en el backstage. ­–No va a salir, le dije a mi compañero de concierto. Pasadas las nueve de la noche escuchamos los primeros acordes de “El amor después del amor” y tú cantando desde adentro del escenario y a partir de ahí todo fue un vértigo fitopaezco demencial.

Páez nunca crea atmósferas, nunca se regocija con la nostalgia (aunque dijo algunas cosas acerca de lo fea que es la música que escuchamos ahora contra la que se escuchaba cuando él creció) y lo que pone como gran arma de ataque y de defensa es su estructura musical por donde no entra ninguna criatura extraña. Tanto así que cuando cantó “Sasha, Sissi y el círculo de baba”, uno podría haber pretendido la voz de Mon Laferte (con la que lo interpreta en uno de sus últimos discos), pero ni el talento de la amada chilena hubiera agregado algo. Fito es Fito ciento por ciento.

Fito Páez
Juan Absatz en los teclados. Foto: Cortesía OCESA

Los que leen esta columna dirán: siempre los conciertos de Fito son así. Nunca te vas con algo que te debe, tienes sus canciones durante varios días y eso es cierto y refleja a un músico de su enorme calidad.

“La verdad es que ni yo sé quién soy, pero quiero decir, en ese sentido hay una gran amplitud estética en la banda y podemos movernos con muchos repertorios diferentes y cuando jugamos con un género más preciso, como podría ser el rock en “Ciudad de pobres corazones”, que tiene que sonar potente y salvaje, así suena”, dijo una vez. Se refirió por cierto a la gran “amplitud estética” de una orquesta que suena como él quiere.

Si Emme, que es “la reina del concierto” (según Páez) funciona como una gran compañía, en la que nunca Fito deja de ser el protagonista, el saxofonista Alejo von der Pahlen da el ritmo elocuente y continuo en un grupo que se muestra tan sólido como las teclas, la voz y los coros de Juan Absatz. Claro que luce para afuera y para adentro ese tremendo baterista que es Gastón Baremberg y esa rara criatura que a veces le hace la réplica a Páez, Vandera, con voz, guitarra, teclados y coros.

Fito Páez
Ese tremendo baterista que es Gastón Baremberg. Foto: Cortesía OCESA

Ya hablamos del guitarrista Juani Agüero, un virtuoso del instrumento, con Ervin Stutz (trompeta y flugelhorn) y Santiago Benítez (trombón), que completan Sudestada Horns.

Cuando éramos adolescentes o casi jóvenes, Fito estrenó “11 y 6”. La escuchábamos por la radio y discutimos mucho en la casa de Rossana y Erick y estaba bien que expusieras ese drama juvenil en los temas. Eran discusiones ardientes, de militantes que queríamos cambiar el mundo y tú eras el centro de la discusión. Esa fue la única nostalgia que tuve, mientras cantabas “11 y 6”, hasta que una niña preciosa se me acercó a mi fila, me había escuchado decir que no eras el mejor cantante de nuestro rock y me dijo: no será el mejor cantante, pero es el mejor músico. Y sí. Sobre todo cuando hablaste de Luis Alberto Spinetta, al cantar “Pétalo de sal” o ese rock hasta morir de “Tráfico por Katmandú”, hasta que todos desfallecimos con los acordes de “Tumbas de la gloria”.

Fito Páez
La reina Emme Vitale. Foto: Cortesía OCESA

“Detrás del muro de los lamentos” y “Balada de Donna Helena” las escuché como si fuera la primera vez que las oía. Fueron momentos sublimes de la orquesta y de ti. “Al lado del camino” acarició nuestro costado adolescente y “Ciudad de pobres corazones”.

“Dar es dar”, “Cadáver exquisito”, “Dale Alegría a mi corazón” fueron el cierre para un concierto maravilloso: en la música, en las luces, en la puesta de escenario.

Al salir un poco atosigados y sorpresivos, mientras nos mirábamos tratando de decir lo impresionante que había sido, un chico pasó y dijo: ¡Vivan Los Piojos! Claro, todo eso lo hiciste, siendo argentino. Pavada de nacionalidad.

Comments are closed.