El ministro del Interior, Itamar Ben-Gvir, ha sostenido mensajes donde el exterminio del enemigo se presenta como forma legítima de justicia y las imágenes de maltrato contra prisioneros palestinos se han difundido sin reparo en plataformas oficiales. La idea de que la violencia institucional debe ser no solo ejercida, sino exhibida, ha adquirido un protagonismo inquietante.
Ciudad de México, 16 de noviembre (MaremotoM).- El siglo XXI prometía una humanidad más consciente, más conectada y más democrática. Sin embargo, los últimos años han mostrado una deriva inquietante: la celebración abierta de la crueldad, el aplauso a quienes ejercen violencia desde el poder, el respaldo masivo a narrativas que justifican el daño como método político. No se trata de un fenómeno aislado ni de episodios sueltos; es una transformación cultural que atraviesa parlamentos, redes sociales, campañas electorales y conflictos armados.
En Israel, mientras Gaza atraviesa una devastación humanitaria sin precedentes, sectores del Parlamento han celebrado públicamente a figuras acusadas de violaciones, convertidos en símbolos de una supuesta heroicidad nacional.

El ministro del Interior, Itamar Ben-Gvir, ha sostenido mensajes donde el exterminio del enemigo se presenta como forma legítima de justicia y las imágenes de maltrato contra prisioneros palestinos se han difundido sin reparo en plataformas oficiales. La idea de que la violencia institucional debe ser no solo ejercida, sino exhibida, ha adquirido un protagonismo inquietante.

Para el sociólogo de derechos humanos Michael Ignatieff, esta tendencia responde a un cambio profundo: “Los líderes autoritarios actuales no buscan justificarse. Buscan ser temidos. La crueldad se volvió performativa porque produce cohesión entre sus seguidores.”
La tesis se confirma en distintos escenarios internacionales, donde la humillación del adversario se convierte en capital político.
El Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en 2024, no cree que el reconocimiento de un Estado palestino ante la ONU que promueven países como Francia, Reino Unido y Canadá -y que ya han hecho otros como España- vaya a tener ningún efecto positivo en Gaza.
“No estoy contra nada que sirva de apoyo a la causa palestina, pero no creo que vaya a tener un efecto positivo, porque no hay un proceso de paz en marcha, lo que hay es una guerra y es una guerra a muerte”, dice en una entrevista con EFE.
“Las resoluciones de la ONU no van a cambiar nada. Me preocupa que sea un gesto ‘performativo’, un ritual vacío sin consecuencias”, añade el autor de ensayos políticos como El honor del guerrero y Fuego y cenizas o el libro de memorias El álbum ruso.

En Estados Unidos, Donald Trump ha cimentado su retorno con un discurso que glorifica la fuerza bruta y que promete “aplastar” opositores, reinstalar castigos extremos y utilizar mecanismos militares más allá de las fronteras estadounidenses.
Sus anuncios sobre Venezuela —presentados como esfuerzos contra el narcotráfico— generaron una ola de denuncias de organizaciones internacionales que señalan la ausencia de pruebas y el aumento del riesgo para la población civil. La narrativa del enemigo difuso permite justificar cualquier acción. Según la jurista Kimberlé Crenshaw, “lo peligroso no es solo lo que dicen, sino cuánta gente está dispuesta a celebrarlo”.
La normalización de la barbarie también avanza desde espacios menos visibles. El otorgamiento del Premio Nobel de la Paz a figuras que respaldan políticas intervencionistas cuestionadas ha desatado debates intensos sobre el desdibujamiento de los criterios éticos globales. El caso de María Corina Machado Parisca, que ha recibido muchas críticas, entre ellas las del Consejo Noruego de la Paz, que canceló su tradicional procesión con antorchas por el desacuerdo con la elección de la venezolana. El Consejo considera que sus métodos no son acordes con los valores de paz y diálogo que promueven.

En América Latina, las redes sociales amplifican estas dinámicas. Sectores que antes eran marginales ahora se organizan en masa, propagan discursos de odio y castigan cualquier gesto solidario como traición. La creciente aceptación pública de ideas violentas preocupa a investigadores de comunicación digital. El experto español Javier Borràs Arumí lo resume así: “Las redes no solo reflejan la polarización, la exacerban. Cuanto más extremo es un mensaje, más alcance obtiene. Eso transforma las reglas del juego democrático: la radicalidad se vuelve rentable”.

La votación masiva a favor de líderes que representan políticas regresivas o abiertamente dañinas es otra señal del fenómeno. Diversas investigaciones, entre ellas las del politólogo estadounidense Steven Levitsky, explican que las democracias se están erosionando no por golpes militares sino por elecciones. “Los ciudadanos están eligiendo proyectos que debilitan sus propias libertades. No por ignorancia, sino por miedo, por manipulación emocional y por la promesa de una identidad fuerte frente al caos.”
En este contexto, el relato de Benjamin Netanyahu sobre el odio “irracional” hacia Israel ignora que millones de voces en el mundo distinguen claramente entre un Estado y un gobierno, entre una población y sus dirigentes. La crítica internacional no se dirige a un pueblo, sino a decisiones políticas que han escalado la violencia hasta niveles insostenibles. El desplazamiento masivo, la destrucción de infraestructura civil, las corte internacionales investigando posibles crímenes: el escenario no admite lecturas simplistas.
El filósofo israelí Yuval Noah Harari lo definió recientemente: “No se odia a Israel. Se odia la crueldad. Quien la ejerce en nombre del país está destruyendo su futuro moral”. Sus palabras reflejan un sentimiento extendido entre sectores israelíes que se oponen a la ocupación y denuncian los abusos cometidos en su nombre.

La idea de que “la maldad es dueña del mundo” podría parecer excesiva, pero describe con precisión la percepción contemporánea: una época donde la violencia deja de ser clandestina para convertirse en espectáculo, donde la tortura se fotografía, donde los discursos supremacistas encuentran ovaciones y donde la impunidad ya no se oculta, sino que se presume.
Aun así, los especialistas insisten en que la historia no está escrita. La psicóloga política Ruth Ben-Ghiat, experta en autoritarismos, afirma que “lo más peligroso de estos tiempos no es el poder de los malos, sino la apatía de los demás. Los autoritarios ganan porque sus opositores se cansan, se dividen o se resignan”.

El desafío actual no es solo identificar a quienes celebran la crueldad, sino comprender por qué encuentran público, por qué ganan elecciones y por qué ocupan los primeros lugares de aprobación. El retroceso civilizatorio que parecía relegado al pasado reaparece con la misma fuerza: líderes que justifican la violencia, sociedades que votan contra sí mismas, naciones que renuncian a sus garantías democráticas en nombre de la seguridad o de la identidad.

El pensamiento crítico latinoamericano ha leído este nuevo mundo con alarma. El filósofo argentino Enrique Dussel, referente del pensamiento decolonial, advirtió antes de morir que la modernidad estaba entrando en una fase peligrosa donde “la vida humana deja de ser criterio ético y vuelve a imponerse la razón instrumental del poder”. Para Dussel, la lógica que hoy justifica invasiones, abusos y castigos colectivos tiene raíces históricas: “Cuando la dominación se normaliza, la crueldad se vuelve invisible. Y cuando se exhibe sin vergüenza, es señal de un sistema en decadencia moral”.
La mirada mexicana también aporta una lectura contundente. El antropólogo y ensayista Roger Bartra, estudioso de la política y la subjetividad contemporánea, describe el fenómeno como una “mutación emocional en la esfera pública”. Según Bartra, “los discursos autoritarios han aprendido a explotar el miedo y la frustración. Construyen identidades basadas en la amenaza y por eso la violencia se celebra: porque promete orden en tiempos de incertidumbre”. Para él, el ascenso de líderes que presumen actos crueles es síntoma de un encierro social: “La sociedad se está replegando en mitologías del enemigo. Y cuando eso sucede, el pensamiento crítico retrocede”.

La filósofa y activista argentina Rita Segato, una de las voces más influyentes de América Latina en temas de violencia y poder, sostiene que la época actual muestra “una glorificación del mandato de masculinidad violenta”, donde la crueldad deja de ser un acto excepcional y se convierte en demostración pública de autoridad. “Los Estados no solo ejercen violencia —advierte—, ahora la exhiben, porque la exhibición es parte del mensaje. El castigo se convierte en espectáculo pedagógico.” Para Segato, el peligro no está solo en los líderes, sino en los públicos que los celebran: “Cuando una sociedad aplaude la humillación de otro pueblo, está anunciando que también aceptará ser humillada”.

Desde México, la filósofa y socióloga Sayak Valencia, autora de Capitalismo gore, analiza la misma tendencia desde la economía política del horror. Valencia explica que muchos gobiernos y grupos de poder operan hoy bajo una lógica donde “la violencia ya no es un medio, sino un fin simbólico”, necesario para sostener estructuras de dominación. “La crueldad se volvió un lenguaje de gestión”, afirma. “En contextos de crisis, los liderazgos autoritarios utilizan el daño como herramienta de legitimación. Mostrar fuerza es más rentable que mostrar justicia.” Para Valencia, el auge de discursos que celebran el castigo —desde Israel hasta Estados Unidos, desde ciertos gobiernos latinoamericanos hasta partidos de ultraderecha europeos— responde a una maquinaria global donde el sufrimiento ajeno produce capital político.
La pregunta que atraviesa esta etapa no es por qué hay malos en el mundo; siempre los hubo. La pregunta es por qué hoy reciben aplausos y, sobre todo, qué significa para el futuro que la crueldad, antes clandestina, se haya convertido en virtud pública.











