Guillermo Arriaga

LECTURAS | Adelanto de Extrañas, la nueva novela de Guillermo Arriaga

Extrañas es una novela de formación con la que el autor se arriesga: sale de la Unidad Modelo y se adentra en una época y tierras ajenas a su literatura reciente. Todo ello con las huellas claras de sus otras novelas que permitirán a sus lectores reconocer el territorio Arriaga.

Ciudad de México, 1 de marzo (MaremotoM).- Con una pluma distinta, con temas diferentes, vuelve Guillermo Arriaga a sorprender el mundo de la novela. Se trata de Extrañas (Alfaguara), que trata sobre la medicina, la oposición entre ciencia y religión y los límites entre lo humano y lo inhumano en una época en la que empezó a forjarse el mundo tal como lo conocemos.

Inglaterra, 1781. Ha llegado el día en que el joven William Burton debe recorrer las tierras de su familia, reconocerlas y aprender su manejo. Él es el primogénito y, como tal, debe ir ocupando su lugar, pero algo inesperado le obligará a repensar su destino. Entrando en lo profundo de las aldeas, en los corrales, se percata de la presencia de seres extraños que nunca creyó que pudieran existir. Seres deformes, sin capacidad de comunicarse (o eso parece), viviendo con los animales, como animales, expuestos a la intemperie. ¿Son seres humanos? Nunca le habían hablado sobre estos engendros y nadie, al parecer, quiere hacerlo ahora. Solo su tutor, Matthew, el mismo que lo inspira y siempre le fomenta la curiosidad por el conocimiento científico. Este decide llevarlo a su grupo de discusión y presentarle a «Los Racionales»: médicos, botánicos, naturalistas, geógrafos… dispuestos siempre a indagar, a través del pensamiento científico (aunque sin dejar de lado la reflexión teológica), sobre los más diversos temas. Es ahí donde conocerá a Ryan, quien se convertirá en otro tutor, y hasta en una suerte de hermano para él. De todo ello nacerá su vocación por la medicina y el inicio de su camino de aprendizaje sobre la vida, aunque también provocará el alejamiento definitivo de su familia.

Extrañas es una novela de formación con la que el autor se arriesga: sale de la Unidad Modelo y se adentra en una época y tierras ajenas a su literatura reciente. Todo ello con las huellas claras de sus otras novelas que permitirán a sus lectores reconocer el territorio Arriaga.

Guillermo Arriaga
Editó Alfaguara. Foto: Cortesía

Adelanto de Extrañas, de Guillermo Arriaga, con autorización de Alfaguara

Conservo claros los recuerdos de esa mañana como si recién acabasen de suceder y no varios años atrás, ese día mi madre ordenó a las criadas vestirme de negro, en cuanto amaneció mi padre me pidió acompañarlos, en el camino descubrí hacia dónde nos dirigíamos, al lugar prohibido, aquél donde ni yo ni mis hermanos, ni ninguno de los sirvientes, estábamos autorizados a ir: al cementerio del castillo, por boca de las cocineras y de las ayas había escuchado relatos estremecedores sobre fantasmas, sobre seres infernales con dientecillos filosos aguardando entre las tumbas, sobre fuegos fatuos en cuyas flamas se dibujaban los rostros de quienes se hallaban ahí enterrados, cuando se lo comenté a mi madre me regañó, «por eso no es bueno convivir con la servidumbre, te llena la cabeza de tonterías, en ese lugar descansan tus antepasados, debes venerarlo», lo acontecido esa mañana, a mis ocho años, aún hoy me causa angustia, fui a solas con mis padres, tomamos la senda hacia la colina, el silencio sólo era roto por el ruido del viento al rasgar los matojos, entre la niebla aparecieron las tumbas, deseé coger la mano de mi madre para sentirme protegido, fiel a su costumbre o más bien a la costumbre heredada desde tiempos inmemoriales, no me tocó ni una sola vez, hacerlo era signo de debilidad y nosotros pertenecíamos a una casta fuerte y dominante, avanzamos entre las sepulturas, en las lápidas venían labrados con cincel, en letras góticas, los nombres y las fechas de nacimiento y de muerte de quienes se hallaban allí enterrados, arribamos a un solar delimitado por una barda, mi padre abrió una pesada reja de hierro, «aquí reposan quienes han gobernado nuestra dinastía, sólo ellos y nadie más», dijo y apuntó hacia una losa carcomida, «acércate», ordenó, «ésta es la tumba de quien empezó nuestra estirpe», en la piedra se distinguían apenas la B, la R y la T de nuestro apellido, «Burton» y una fecha, 971, bajo dos metros de tierra se encontraba mi sanguinario ancestro, el guerrero fundador de un dominio extendido por siglos, recorrimos sepulcro por sepulcro, en cada uno mi padre me explicaba quiénes habían sido los hombres ahí sepultados, todos ellos patriarcas, primogénitos como lo era yo, al extremo del panteón nos detuvimos frente a dos profundas fosas, mi padre señaló una de ellas, «en ésa seré enterrado», se me encogió el estómago, no imaginaba la vida sin él, aún era joven y fuerte, luego indicó hacia el obscuro hoyo contiguo, «y ahí tú serás enterrado», de golpe me enfrenté a la ferocidad de mi propia muerte, apenas me desembarazaba de mi niñez y mis padres ya me confrontaban con mi fin, por años me acosó la imagen de esa boca desdentada y bruna donde mis despojos serían devorados para acompañar a perpetuidad a los demás legatarios de nuestro linaje, fue una vana angustia, al final esa huesa no terminó reservada para mí. El castillo, nuestro castillo, si a ese cascote de roca y de musgo era posible denominarlo como tal, se ubicaba en medio de una llanura, lo erigieron mis antepasados nueve siglos atrás, cuando éstos eran territorios tribales en vías de convertirse en naciones, la mayor parte del año la bruma cubría estas comarcas lúgubres y entre la niebla el castillo parecía un barco encallado, de esa construcción derruida mi familia logró rescatar trece habitaciones, las unía un largo corredor de techos caliginosos y húmedos con algunos muros derrumbados por entre los cuales penetraban la nieve y la lluvia, las paredes del salón principal las adornaban cuadros donde se relataban pasajes de nuestra casta, de niño me aterraba aquél en donde sendos mastines se alimentaban con trozos de cuerpos humanos, pies, brazos, piernas, restos de enemigos arrojados a canes descendientes de los traídos a estas tierras por las legiones romanas, quien pintó la obra hizo notar la fiereza de estos perros, los ojos desorbitados mientras engullían manos o deglutían entrañas, mas no todos los lienzos versaban sobre sangre y destrucción, había también retratos de mis ascendientes con un aura benévola, mentira, en la mayoría de ellos no había ni bondad ni munificencia, si algo caracterizó a mi antigua progenie fue la codicia, la venganza y la apropiación violenta de tierras, de almas y de cuerpos, barbaridad matizada hoy por los buenos modales y la falsa cortesía, desde niño fui educado en el «nosotros» versus «ellos», el «nosotros» denotaba pertenencia a un ambiguo clan unificado por la vaga noción de la sangre en común sólo abierto a miembros ajenos con el afán de no degenerar la descendencia por vínculos de parentesco y quienes, claro está, debían provenir de alcurnias tan poderosas como la nuestra, mi familia gozaba de una fortuna descomunal, ni siquiera un ejército de tenedores de libros podría calcular el monto ni tampoco topógrafos delimitar la extensión de nuestras propiedades, mi padre se rehusó a construir un castillo más confortable o más lujoso, el nuestro no era sólo una edificación sino un símbolo, mantener en pie ese morro ruinoso coadyuvaba a fabular la leyenda de nuestra prosapia, la de descender de indómitos combatientes tocados por la gracia de Dios, para someter a los pobladores bajo nuestra égida los alimentábamos con esa bazofia, anteponíamos la divinidad como justificante de nuestra privilegiada posición y escudábamos nuestros abusos en la «voluntad del Señor», quienes se rebelaron contra nosotros sufrieron represalias, ya no fue necesario descuartizarlos y lanzar los pedazos a los mastines, bastaba con quitarles los medios de subsistencia y enviarlos al destierro para empujarlos a la mendicidad y al deshonor, éramos sucesores de una cultura edificada a lo largo de siglos, como primogénito me veía obligado a preservar esos códigos impuestos de generación en generación, decepcionar a mi padre significaba decepcionar la silenciosa mirada de mis antepasados, mi presente fue esculpido en batallas míticas, en territorios arrebatados a sangre y fuego, en decapitaciones, en lodo, en caballos, en lanzas, en matrimonios arreglados, en pactos obscuros, no había nacido aún y ya pendían sobre mí expectativas, vigilancia, recelo, como hijo primogénito no sólo recibiría el título de conde, heredaría también la propiedad de miles de acres, la posesión de minas carboníferas, de cientos de cabezas de ganado vacuno, de cerdos y de ovejas, regiría la vida de decenas de habitantes, mis padres me enseñaron a fingir simpatía por nuestros campesinos y trabajadores, a pronunciar palabras pomposas para impresionarlos, a regalarles unos cuantos peniques en Navidad, a acariciar la cabeza llena de liendres de sus vástagos, a halagar la belleza de sus rubicundas y cariadas hijas para pasar entre ellos como un magnánimo señor, como parte de mi formación, al cumplir los quince años, mi padre me obligó a visitar todas las aldeas de Evergreen, «necesitas ser conocido desde ahora para ser respetado, no requerirás bajar de la carroza, bastará detenerte unos minutos frente a sus casas y saludarlos desde las ventanillas, te escoltarán los jinetes, estarán pendientes de ti para evitarte desaguisados», de ese fardo de responsabilidades quedaban exentos mis hermanos menores, Frank, Stewart y Lloyd, ellos recibirían monedas, joyas, quizás un pedazo de tierra, no gobernarían, pero serían más libres, como con seguridad lo fueron los no primogénitos de nuestros antecesores, mis hermanas, Louise, Helen y las gemelas Ethel y Daisy, igual heredarían fortuna, pero serían, con o sin su aquiescencia, valiosas piezas de cambio, trocadas por más tierras, más poder, más caudales. A esa edad recorrer las interminables trochas de nuestros terrenos me resultó poco atractivo, por efectos prácticos partí de la casa de Calvert, nuestro mayordomo, una casa modesta, cómoda, luminosa, contraria a nuestro castillo, umbrío, lóbrego, con aire viciado, casi irrespirable, un despropósito vivir en una pocilga rocosa sólo por simbolizar señorío y legado, alguna vez pedí anuencia a mi madre para pernoctar en casa de uno de nuestros sirvientes, solía jugar por las tardes con su hijo, un muchachillo de mi edad, quien, con candidez, me invitó a dormir para despertarnos temprano e ir a cazar perdices apenas despuntar el alba, él moraba en los lindes de los barbechos donde abundaban las aves y nos pareció buena idea, mi madre enfureció, «¿quién te crees para degradarte al nivel de esa gentuza?, una cosa es permitirte convivir por momentos con ellos y otra muy distinta consentir la bajeza de acostarte donde duermen, aprende cuál es tu lugar y cuál es el suyo», mi madre, desafecta y distante, digna hija de estos parajes lluviosos y helados, mujeres como ella pululaban en la nobleza inglesa, parecían gestadas por el mismo molde, la ambición las rebasaba, las espoleaba el poder, la fastuosidad, la prerrogativa de dominar a los demás, la convicción de ser merecedoras de riquezas, de exigir trato servil, de defender los privilegios de su posición aun a costa de los suyos, por sugerencia de Peter, el administrador de la propiedad, inicié mis travesías en un carruaje cerrado para evitar salpicaduras al transitar por los barrizales, quienes viajaban en calesas o carretas quedaban con los vestidos manchados de lodo y eso diferenciaba a los de mi categoría del resto, nosotros debíamos siempre mantener los trajes inmaculados, el rostro y las manos limpias, la regla ordenaba sólo ensuciarnos en los campos de batalla, en las batidas de caza o cuando el honor personal de la familia estaba de por medio, salimos a la alborada seguidos por el contingente de escoltas, la niebla aún no levantaba y los caballos avanzaban casi a ciegas, a menudo se escuchaba el aleteo de patos espantados por nuestro paso, decenas de charcas se habían formado en las orillas del camino por las persistentes tormentas de dos semanas atrás y en éstas se congregaban parvadas de ánades, nos detuvimos en el primer caserío, el humo de las chimeneas se elevaba por encima de los techos, los aldeanos cocinaban el desayuno, uno de ellos se asomó al vernos llegar, apenas distinguió el emblema en las puertas de nuestro vehículo llamó a los demás, salieron varias familias, algunas jóvenes de mi edad llevaban críos entre los brazos, Peter me indicó no descender, se acercó a ellos para conversar, después de unos minutos regresó al carruaje junto con un hombrón robusto, de pelo rojo, ensortijado, inclinó la cabeza al verme, «mi señor, sea bienvenido, es un honor conocerle», tanta afectación en un labrador me incomodó, «buenos días», le respondí con sequedad, contó sobre sus labores, su grupo se encontraba a cargo de talar y conservar los bosques de la propiedad, la madera era un negocio secundario, aun así, redituable, el serrar árboles explicaba el físico musculoso de los hombres a mi rededor, un par de muchachas me miraban con coquetería y cuchicheaban entre ellas, serían ilusas si pensaban llamar mi atención, absurdo siquiera una breve charla con ellas, mi padre me había advertido desde niño nunca relacionarme con una campesina, «sólo te utilizará para preñarse, reclamará dinero y hasta títulos para su hijo, no te prestes a sus juegos», una de ellas se volvió a mirarme y luego de un rato bajó los ojos, sonrojada, era fea y carecía de varios dientes, no tardaría en ayuntar con uno de los suyos, embarazarse y dar a luz a otro leñador pelirrojo y anodino, continuamos la fatigosa peregrinación de villorrio en villorrio, el protocolo se repetía, Peter descendía del carruaje, anunciaba mi presencia a los trabajadores y uno de ellos, en representación de los demás, se acercaba a relatarme sobre sus tareas, la mayoría se portó sumisa y reverencial, sólo un par empezó a alegar sobre lo exiguo de los salarios, pero fueron atajados por Michael, el jefe de los escoltas, «el señor William viene a presentarse, no a recibir quejas», frente al amenazador grupo de jinetes, los tipos enmudecieron, «faltan tres aldeas más», dijo Peter, debió notar mi cara de fastidio, «con tu padre fue igual a tu edad, pero con el tiempo agradecerás cada minuto dedicado a este engorroso deber», Peter conocía como nadie los entresijos de la propiedad, había nacido en el seno de una familia de nuestros quinteros, hijo de padres ignaros, él solo se enseñó a leer y a escribir, su inteligencia natural y su astucia impresionaron a mi bisabuelo, lo contrató primero como caballerizo a cargo de los corceles más finos, un trabajo en suma exigente, para un noble ir montado sobre una bestia vigorosa, fornida, bien cuidada, era distintivo de señorío, Peter fue notable en su trabajo, poco a poco mi bisabuelo lo ascendió de puestos y al cumplir los veintisiete años lo elevó a administrador general de Evergreen, al tomar posesión mi abuelo lo reconfirmó en el cargo y mi padre hizo lo mismo, a sus ochenta y dos años Peter se mantenía atlético y activo y presumía saberse los nombres de cada morador de la propiedad, desde el niño recién nacido hasta la anciana más vieja.

En cuanto me vio entrar mi padre me ordenó alistarme para la cena, de tan exhausto yo deseaba apurar una hogaza de pan con queso e irme a acostar, pero ni siquiera lo insinué, las cenas formales en familia eran una tradición heredada desde hacía siglos y más valía presentarse con nuestras mejores prendas, en la mesa nadie podía hablar sin contar con su aval, él otorgaba la palabra y quien rompiera la regla era corregido con severidad, aun cuando Ethel y Daisy, mis hermanas pequeñas, sus obvias favoritas, con frecuencia trasgredían la norma, me presenté en el comedor cuando el resto de la familia ya se encontraba en sus lugares, «te perdonamos la tardanza», me reconvino mi madre, «pero ocupaste tiempo en exceso en lavarte y mudarte de vestidos», pedí disculpas y ocupé mi asiento, mi padre ordenó a Louise pronunciar la oración de gracias, ella era dulce y con un carácter reservado, dos años nos separaban y, de mis hermanos, era con quien más congeniaba, a ambos nos apasionaban los caballos y a menudo recorríamos juntos la propiedad, poseía un talento de excepción para el dibujo y con trazos de carboncillo podía retratar con fidelidad a una persona, al finalizar la oración mi padre se dirigió a mí, «cuéntanos tu experiencia de hoy», con mi mejor esgrima verbal traté de pintar como interesante el tedioso ir y venir entre los caseríos, «estos días los recordarás como los más importantes de tu educación, el contacto con la tierra y con nuestros trabajadores se convertirá en la herramienta más eficaz para poder imperar sobre la propiedad, atiende cada detalle, cada mirada, cada silencio, la verdad no la hallarás en sus palabras sino en el lenguaje de su cuerpo, es en lo no dicho, William, donde podrás percatarte si un labriego te será fiel», sentenció mi padre y me brindó un último consejo, «sé cuán entumido debiste sentir el trasero y las piernas durante el viaje», al escuchar «trasero» Ethel y Daisy soltaron una risilla, bastó una mirada suya para silenciarlas, «baja del carruaje de vez en cuando y agita los brazos para activar la circulación de la sangre», al retirarse mis padres soporté las bromas de Stewart, quien imitando movimientos de micos, meneaba los brazos de un lado a otro, «mira, William bajándose del carruaje», dijo burlón, las gemelas rieron de buena gana y hasta Frank, de talante retraído y taciturno, sonrió. Desperté aún aporreado por el viaje del día anterior, si por mí fuera me hubiese quedado en la cama, helaba y un viento frío se colaba por los resquicios de las ventanas, pero había convenido con Peter partir antes de la aurora, estaba lejos de saber cuánto se trastocaría mi vida esa mañana, visitamos dos caseríos, uno de ellos lo conocía bien por hallarse ahí la parroquia de Evergreen, ir a los servicios los domingos era imprescindible para la familia, sólo en ese día nos mezclábamos con gente del pueblo, por órdenes estrictas de mi padre ninguno de ellos estaba autorizado a dirigirnos la palabra, excepto el presbítero, con quien manteníamos una relación de conveniencia, no debíamos olvidar la coartada «divina», fuente de nuestro poder y nuestro rango, saludé a los trabajadores y a su prole, Peter me presentó como «nuestro futuro guía» y luego de una ristra de lisonjas nos dirigimos hacia uno de los puntos más remotos de la propiedad, uno desconocido para mí, conforme nos acercamos un olor acre y desagradable llegó a mi nariz, Peter notó mi disgusto, «en las cercanías se hallan las porquerizas y los establos, en un rato más te acostumbrarás al hedor y hasta puede llegar a agradarte», no se equivocó, una vez habituado a la fetidez le tomé cierto gusto, éste era el villorrio más poblado, numerosas personas rondaban por sus calles, Peter bajó del carruaje y saludó de nombre a varios, tres hombres se desprendieron del grupo y vinieron a presentarse conmigo, tal y como me lo sugirió mi padre observé su lenguaje corporal, éstos eran más francos y desenfadados, carecían de las miradas de soslayo de los habitantes de otras aldeas, eran más proclives a sonreír y se expresaron con entusiasmo de su faena como ordeñadores, nos despedimos de ellos y nos encaminamos hacia los corrales, pasamos a un lado de las porquerizas, los cerdos gruñían entre los lodazales y asomaban sus trompas entre los maderos para olfatearnos, nos seguimos de largo y arribamos a los establos, decenas de vacas Short Horn deambulaban por entre los cercados, a diferencia de las reses criadas para carne, dejadas a su libre albedrío para pastar, éstas eran alimentadas con heno en un entorno cerrado, la separación de razas para carne y para leche había sido propuesta por Peter a partir de los experimentos en cruzas de Robert Bakewell, el acreditado experto en producción animal, me apeé del carruaje cuidadoso de no ensuciar mis ropas y caminé hacia los rediles, al verme las reses se acercaron a olfatearme, apoyé la mano sobre los tablones y una estiró los belfos para investigar si en la palma llevaba un puñado de pastura, la mordisqueó con suavidad y al saberla vacía se alejó, mientras la observaba reunirse con el resto de la vacada distinguí a lo lejos una silueta blanquecina, agucé la mirada, era un cuerpo tirado en el frío lodo, pensé en un becerrillo recién nacido, pero la textura de la piel y el contorno no correspondían, «¿y eso?», pregunté y señalé el bulto, Peter echó un vistazo, «nada importante, William», trepé sobre los travesaños para tener una mejor perspectiva, distinguí contornos humanos, brazos, piernas, me volteé hacia Peter, «¿es una persona?», negó con la cabeza, «no, no lo es, vámonos, aún falta mucho por recorrer», giró y comenzó a enfilarse hacia nuestro vehículo, las vacas merodeaban alrededor del cuerpo y cuando las pezuñas de una res lo rozaron comenzó a sacudirse con movimientos desarticulados, salté las trancas para verlo más de cerca, Peter trató de atajarme, «te vas a manchar las ropas y tus padres nos llamarán la atención, por favor, sal de ahí», no le hice caso y continué hacia el ser yacente en el fango, con agilidad poco común para alguien de su edad Peter pegó un brinco para ir detrás de mí, me detuvo del codo, «William, regresa», me zafé de su agarre, «suéltame», le exigí, di un paso más hacia la figura, era un ser humano o al menos parecía uno, se hallaba desnudo, encadenado a un poste, sus manos se hallaban crispadas, su pecho contraído, la curvatura de su espalda como si fuera la de un perro flaco, en su piel transparente asomaban venas azuladas, al sentirme volteó hacia mí, tuve miedo, no sabía si podría morderme, retrocedí, «¿por cuáles razones está aquí?», interrogué a Peter, «a veces de mujeres de nuestros pueblos nacen estos engendros, no los dejamos morir por ignorar si hacerlo es o no pecado, el mismo párroco lo ignora y ante la duda, son criados entre las bestias», me horroricé, no sabía si ese ser pensaba, si manifestaba emociones, si poseía algún lenguaje, en un acto impulsivo me quité el abrigo y lo cubrí, «necesitamos sacarlo de aquí», decreté, Peter se rehusó, «a tu padre le gusta mantener esto así», me sorprendí de sus palabras, «¿mi padre está al tanto?», inquirí, «sí», respondió Peter, «y pronto entenderás los motivos, recoge tu abrigo y vámonos, con calma te explicaré en el camino», no pude quitar los ojos del miserable retorciéndose frente a mí, «¿cuántos años lleva aquí, encadenado?», interrogué, «muchos», añadió Peter, «¿cuántos son muchos?», pregunté, «desde niño», «esto es inhumano», repliqué, «son bestias», acotó, «de no serlo habría muerto de frío desde hace tiempo, una persona no habría aguantado esas condiciones», pregunté quién lo alimentaba, «a veces la familia, en otras los ordeñadores», comía pan, lonjas de jamón, algunas frutas, en un cazo le colocaban agua para beber, demandé liberarlo y traerlo con nosotros, «imposible, no tenemos la llave de los candados», explicó Peter, «consíganla», ordené, no había medio de hacerlo, los padres eran custodios de las llaves y Peter se negó a revelarme quiénes eran, se consideraba una vergüenza procrear esos seres aberrantes, por «respeto» no se revelaban sus nombres, la solución para las familias era evidente, criarlos en los establos, lejos de miradas indiscretas, si Dios decidía llevárselos o les permitía sobrevivir ésa era Su voluntad, me acuclillé para hablar con el muchacho, «¿estás bien?», le pregunté, me observó por unos instantes, «¿me entiendes?», sus ojos denotaron falta de comprensión, no hubo en él un gesto expresivo, un asentimiento, «pronto te voy a sacar de aquí», le prometí sin importar si podía entenderme o no, montamos en el carruaje, «vamos ahora a otras dos aldeas», me anunció Peter, no le presté atención, mi mente se hallaba en la imagen de ese niño o adolescente estremeciéndose entre las patas de las vacas, la suya era una lenta condena a muerte, una inmerecida prisión perpetua, ¿cuánta humanidad existía dentro de él?, ¿cuánto era capaz de percatarse de su situación?, miré por la ventanilla, el paisaje adquirió otro cariz, en las entrañas de la propiedad se disimulaba un secreto abominable y mezquino, ¿cómo digerir este espanto?, a lo lejos se vislumbró el siguiente caserío, asomé la cabeza por la ventanilla y le ordené al cochero parar, nos detuvimos a mitad del sendero, el grupo de jinetes comandado por Michael nos rodeó, el carruaje siempre debía ir protegido, «¿hay más engendros como ése en la propiedad?», confronté a Peter, «esas preguntas debes hacérselas a tu padre», respondió, «¿sí o no?», insistí, Peter tomó aire antes de contestarme, «algunos», confesó, «algunos» era una vaguedad inadmisible en Peter, «¿cuántos y en dónde?», lo presioné, intentó sortear mi pregunta, «es una práctica común en estas tierras, William, no hay cura y son una carga para sus familias, ni siquiera sabemos si en verdad son seres humanos, acepta esta realidad tal cual es», imposible tolerarlo, «pregunté cuántos y en dónde», Peter, siempre rápido en sus réplicas, dilató unos segundos, «son cinco, William, tres machos y dos hembras», clasificar su género como si fueran animales me irritó, «quiero ir a verlos», exigí, «no vale la pena», respondió, estaba corroído por la indignación y no me hallaba dispuesto a ceder, «seré el heredero de esta propiedad y quiero conocer todo cuanto aquí acontece», Peter recusó, «ya bastante difícil es para la comunidad lidiar con esto», él, la persona más anfibia en la propiedad, con un pie en «ellos» y otro en «nosotros», complicada su posición, proteger nuestros intereses a costa de los suyos, proteger a los suyos de nuestros intereses, le demandé ir a ver a los demás «engendros», aun mostrándose reacio, accedió, no sin antes advertirme, «tu padre sabrá de esto», descendió del carruaje a conferenciar con Michael y luego se acercó a darle órdenes al cochero, montó y cerró la portezuela, por la ventanilla logré ver a uno de los jinetes cabalgar en dirección del castillo, dimos vuelta hacia el sur y por un sendero nos adentramos en la parte más fértil de la propiedad, extensiones infinitas de tierra labrada se desplegaron frente a nosotros, entre el bagazo de los trigales se alimentaba una bandada de gansos, levantaron la cabeza al sentirnos y alzaron el vuelo, nos aproximamos a una aldea de unas treinta casas, en la entrada jugaba un grupo de niños, sus risas, su alegría, contrastaba con el obscuro secreto pronto a ser revelado, cruzamos el pueblo y avanzamos hacia unos patios destinados como gallineros, se hallaban cubiertos por lonas para evitar la entrada de aire frígido, las aves de corral tienden a padecer de infecciones pulmonares en los meses invernales, bastaba una gallina enferma para empezar un contagio letal, en diez días se diezmaba una parvada, peste le llamaban a esta infame epidemia, de niño atestigüé la muerte de cientos de gallos contaminados por el germen, de la noche a la mañana quedó un regadero de cuerpos, los trabajadores los recogieron y los incineraron en una gran hoguera, me impregné de la hediondez a plumas chamuscadas, un olor nauseabundo imposible de suprimir de la memoria, le tomé aversión a esas aves domésticas, me repelían sus crestas, sus patas rugosas, sus espolones antediluvianos, la perversa mirada de sus ojos fijos, por años la repulsión me impidió comer un ave de corral. Los patios se hallaban al final de la aldea donde habían sido los terrenos de una iglesia destruida, de ésta sólo quedaba en pie la fachada y lo demás eran piedras dispersas entre enredaderas y matorrales, según me contó Peter, se edificó en la misma época del castillo y fue arrasada por las múltiples incursiones de clanes enemigos, el portón, de gruesa madera y goznes de hierro oxidado, daba testimonio de estas batallas, en algunas de sus partes se veían aún maderos humeados y vestigios de hachazos, frente a la iglesia se hallaba una plazoleta confinada por una barbacana y a los patios los circundaba un muro alto de piedra, dentro habían construido los gallineros, la pura idea de entrar me provocó arcadas, tanto me repugnaban esas aves, pero la indignación por descubrir a otro de esos muchachos condenados a vivir como bestias, o quizá, una insana curiosidad, me llevó a reprimir mi asco y decidirme a entrar, Peter abrió la puerta y me cedió el paso, me detuve en seco cuando vi el oleaje de plumas pardas frente a mí, el sordo cacareo de las gallinas me aturdió, no desfallecí para no verme débil frente a los demás, Peter me guio hacia la parte trasera de la galería, ahí, entre cagarrutas, al lado de una hornilla, se encontraba desnuda una niña regordeta de ojos rasgados atada de un pie a un poste, pliegues rollizos se pronunciaban en el vientre, sus enormes senos y sus piernas rechonchas llenas de estrías, al menos no estaba mal alimentada como el otro muchacho, varios pedazos de su mierda se encontraban a su alrededor, aparentaba trece años, al preguntarle a Peter afirmó rondaba los veinte, al reparar en nuestra presencia la mujer soltó un aullido y retrocedió hasta donde alcanzaba la cuerda, di dos pasos hacia ella y volvió a bramar, sus gritos excitaron a las gallinas, el cacareo subió de volumen hasta extremos insoportables, empecé a temblar, una quemazón de ácido subió por mi esófago, la muchacha se pegó al poste observándonos con terror, traté de calmarla hablándole, pero suscité en ella otro ataque de chillidos, pregunté a Peter las razones de su conducta, «ha sido siempre así, una fierecilla indomable», tiempo después supe la verdadera razón, en ella los jóvenes de la comunidad desfogaban sus ansias sexuales, por las noches, inflamados por un par de tarros de cerveza, ingresaban en grupo a los patios y tres o cuatro de ellos la montaban hasta vaciar sus ganas, le tapaban la boca para acallarla y así evitar el alboroto de las aves, habían convertido en su meretriz a esa pobre «fierecilla indomable», di vuelta y, a punto de enloquecer, salí tan rápido como me fue posible, trepé en el carruaje, lívido, me dejé caer sobre el asiento, deseé ir directo a la parroquia y preguntarle al diácono las razones de Dios para permitir, no sólo la existencia de seres como ella, sino también la degradación de la cual eran sujetos, demandé a Peter volver a casa, no me interesaba, en lo absoluto, continuar con las visitas de cortesía en los villorrios restantes.

Al volver al castillo, Calvert me aguardaba en la entrada, «el patrono lo espera en el salón», me avisó apenas me apeé, me pidió mi abrigo sucio para lavarlo, «no puede presentarse así con él», advirtió, me dirigí a buscar a mi padre con la certeza de una reprimenda, lo hallé sentado en una butaca en la esquina del recinto, su lugar preferido desde donde abarcaba el área completa, en cuanto me vio señaló un sillón a su lado, «siéntate», además de amarlo le temía, en su semblante se dibujaba un permanente gesto airado, me contempló por unos segundos y apuntó hacia una botella de escocés sobre la mesa contigua, «sírvete», ordenó, escancié un poco en el vaso, «me enteré de tu ofuscación con los engendros», me dijo sin preámbulos, apuré el whisky de lapo y sentí el ardor en mi garganta, necesitaba de sus bondades para poseer el valor de confrontarlo, «te entiendo», continuó, «a tu edad también me conturbé al verlos, pero comprendí lo irremediable de la situación», el efecto del escocés me animó a argüirle, «¿no hay lugares especiales o refugios para gente como ellos?», mi padre negó con la cabeza, «los refugios se hallan en las grandes ciudades, Londres, Manchester, Glasgow, traté de ingresar a tres de ellos en una institución en Manchester, pero no los aceptaron ni aun donándoles buenos montos, sólo atienden a sordos, ciegos, lisiados, a aquéllos capaces de aprender labores para mantenerse a sí mismos, además, después de cierto tiempo, a esa caterva de tullidos la botan a la calle, como provocan repulsa, nadie les da trabajo, terminan como mendigos, infestados de pulgas y de chinches, peleando por comida con las ratas en los basureros, esos “refugios” sólo sirven para purgar sentimientos de culpa de los parientes o para liberarlos de la carga de su cuidado», agitó el whisky en el vaso, le dio un pequeño sorbo y prosiguió, «nada se puede hacer con esos fenómenos, son incapaces de comunicarse, no razonan, no sienten, su intelecto es cercano al de los animales, acaso propiciarles la muerte sería lo más indicado, pero ninguno de nosotros se atreve a tentar la cólera de Dios», estiró el brazo, tomó la botella y vertió más whisky en mi vaso, «te hará bien, el alcohol ayuda a curar los sobresaltos», lo mío no había sido un sobresalto, sino un estrépito, bebí un trago y lo dejé reposar en mi boca, el sabor meloso y afrutado disipó un poco la fetidez del gallinero, el escocés era elaborado en exclusiva para nuestra familia por destiladores de Dufftown, mi padre exigía al menos un añejo de veinte años, éste, por su cuerpo y sabor, debía ser de los más añosos, lo cual resaltaba lo especial de la ocasión, «hijo, cede en tu propósito de ver al resto de los engendros, los cuales, por cierto, son tres más de cuantos te mencionó Peter, presenciaste a los más semejantes a un ser humano, los otros son pavorosos, uno de ellos, por infortunio, fue mordisqueado por los cerdos cuando niño, resaltando aún más su deformidad, carece de una mano y de ambos pies, además de un cuerpo grotesco, sus ojos son dos bolas grises, los otros engendros son de similar fealdad, espantajos repugnantes, no te impliques más en el asunto, no podrás hacer nada y te flagelará la impotencia como me ha flagelado a mí», era justa su inquietud, si dos de esos individuos se habían apoderado de mi mente, los otros tres o cuatro o diez la consumirían entera. Decretó clausurar para mí los sitios donde moraban los engendros, instruyó a sus subordinados sobre la prohibición y el cumplimiento de la orden quedó en manos de Peter, pasaron casi dos años sin saber de ellos y aun cuando quise dar por zanjado el tema, nunca me abandonó, por algún motivo, la experiencia con los engendros germinó en mí un insólito sentimiento de simpatía por los demás, en adelante ya no me impacienté al reunirme con los pobladores y procuré escucharlos atento, día a día resonaba en mí el consejo paterno, «examina su lenguaje corporal, ahí se encuentra la clave de su carácter», con el tiempo empecé a desarrollar la habilidad de traducir las contradicciones entre sus frases y sus posturas, un gesto hosco no siempre significaba molestia, así como una sonrisa no representaba alegría, llegué a aplicar el método con mis hermanos, el más complejo de descifrar era Frank, su talante retraído, de una timidez severa, lo hacía impenetrable, lo comprobé cuando le pedí acompañarme a uno de mis viajes, hablaba muy poco y jamás vio a los ojos a ninguno de los trabajadores, si para mí había sido fastidioso ir de aldea en aldea y entablar conversaciones superfluas, para él fue un suplicio, no soportó y al medio día imploró regresar a la casa, con Stewart y Lloyd sucedió lo contrario, a la mañana siguiente los convidé a acompañarme, tomaron el viaje como pretexto para un jolgorio, durante el recorrido no dejaron de bromear distrayéndome de las explicaciones de Peter, si Frank se hundía abismado en su asiento en el carruaje, ellos eran una tarabilla multiplicada, a decir verdad prefería el desparpajo de estos dos a la tibia pasividad de Frank, quien parecía al margen de la vida, para mis padres mi educación primaba, los preceptores más avezados me impartían clases a solas cuando a mis hermanos los instruían en grupo, se me ilustró en una variedad de rubros, matemáticas, latín, agricultura, mi padre se oponía a mandarme a la universidad, lugar donde tanto profesores como compañeros de clase podían inocularme «malas ideas», «no es bueno juntarse con gente diferente a nosotros, pueden juzgarnos por nuestro estilo de vida o ilusionarnos a resolver situaciones irremediables», los profesores elegidos por mis padres provenían de la región, ellos tampoco habían concurrido a la universidad y, como yo, habían sido instruidos en sus domicilios, eran cultos y versados, no sólo abrevaban del conocimiento académico sino también de la sapiencia adquirida por el trabajo en el campo, la religión, por supuesto, era una materia indefectible, tres veces a la semana venía al castillo Johann, un teólogo holandés experto en la Biblia, su inglés era precario, pero lo compensaba con su pasión para exponer cuestiones éticas o para recitar parábolas cristianas, mientras discurría sobre el sermón de la montaña lo aticé con mi duda más acuciante, «un ser incompleto, carente de forma, sin capacidad de expresarse, nacido de mujer, ¿puede considerarse humano?», me miró confundido, «no te entiendo», describí los adefesios y detallé sus terribles características, no vaciló en su respuesta, «son animales, William, espantajos los llamamos en mi país y aun bestias, se les debe brindar caridad cristiana», narré las horrendas condiciones en las cuales los mantenían, no le pareció una práctica deplorable, «debemos procurarles atenciones como se las prestaríamos a un gato o a un perro, animales cercanos a nosotros, no te preocupes por ellos», terminé por admitir la noción de «espantajos», seres vacíos de emociones o de raciocinio humanos, seguiría pensando igual si no hubiese sido por Matthew Rockwell, el profesor encargado de enseñarme la cura de enfermedades del ganado vacuno, de veintiocho años, era el más joven de mis preceptores, le apasionaba la ciencia, pero creía limitado el conocimiento humano frente a los grandes enigmas, consideraba a Dios como la causa primera, el Alfa y Omega, el Verbo, creer en Él no impedía a los hombres realizar un intento, la mayor de las veces fútil, por desentrañar las incógnitas de la vida, a Johann por el contrario la ciencia le parecía un acto de soberbia, una petulante suplantación de la voluntad divina, Matthew estimaba la ciencia como un complemento de la teología, «si Dios nos otorgó discernimiento y juicio, espera de nosotros iniciativa y audacia, nos hizo a su imagen y semejanza para obligarnos a parecernos cada vez más a Él», si Johann era animoso, Matthew era un torbellino, su curiosidad, su energía, su fervor por estudiar la vida en cada una de sus variedades, eran contagiosos, procuraba aprenderse los nombres de todos los animales, de todos los insectos y de todas las plantas, tanto en su denominación común como en latín, se definía a sí mismo como un «naturalista» y Linneo era su modelo a seguir, a su lado recorría la campiña a caballo mientras me explicaba las virtudes minerales de tal o cual pasto o los ciclos de reproducción de diversas especies, a pesar de su juventud era viudo, su mujer había muerto de una dolencia desconocida, lo cual lo llevó a interesarse aún más por la ciencia, «vencer las enfermedades es el mejor homenaje a Dios», Johann estaba en desacuerdo, se inclinaba por aplicar paliativos a los enfermos graves, no buscar su cura, «Dios es quien debe decidir», sentenciaba, en uno de nuestros paseos le pregunté a Matthew su opinión sobre los engendros, se volvió a verme, azorado, «¿cuáles engendros?», le conté sobre los «espantajos» criados entre bestias, «¿quién los obliga a vivir así?», inquirió, «es una práctica común en la zona», respondí, «no pueden hacer eso, es una barbaridad», protestó, «no piensan ni poseen sentimientos como nosotros», afirmé, refrendando lo dicho por Johann, «¿y cómo lo saben?», preguntó, «no pueden comunicarse, no nos entienden», contesté, «ello no los invalida como seres humanos», replicó, «debe existir algún derrotero para rehabilitarlos», después de verlos desnudos entre el lodo, con miradas ariscas, dudaba de cualquier posibilidad de devolverles una traza de humanidad, «nunca has visto a uno», espeté, «quiero conocerlos», pidió, le manifesté cuán duro era confrontarlos y de la prohibición explícita de mi padre para ir a verlos, no se inmutó, «organízalo para mañana a las seis, vendré preparado para lo peor», me quedé preocupado, no sólo requería mentirle a Calvert y a Peter, debía padecer de nuevo el dolor de encarar a los engendros, ordené a Calvert preparar el carruaje a temprana hora, inquirió sobre mi destino, mi padre exigía a la servidumbre no atender nuestras solicitudes sin motivos claros, no consentía el uso superfluo de los recursos de la propiedad, revelarle mis planes de ir a los corrales o a los gallineros le causaría suspicacia y avisaría a mi padre, era necesario esconder mis propósitos, «voy a los establos, el profesor Matthew desea instruirme sobre infecciones en las ubres», por suerte no sospechó, «mañana a las seis estará listo el carruaje». Matthew se presentó cuando los gallos comenzaban a cantar, el viento helado calaba y la lluvia persistente lo había empapado, Calvert tomó las riendas de su aterido caballo y mandó llevarlo a las caballerizas a secarlo, ordenó a Anna, el ama de llaves, traerle al invitado una muda de ropa, en el castillo se contaba con un variado ajuar dispuesto para contingencias como ésta, protegidos por la escolta nos dirigimos hacia los establos, unas leguas más allá se encontraba el laberinto de ese Minotauro enclenque y exangüe, el carruaje se detuvo frente a la tranquera de los corrales, asomé la cabeza por la ventanilla y sentí náuseas, allá, en medio de las vacas, se hallaba la némesis de lo humano, Matthew pareció contagiarse de mi nerviosismo, se apoyó del estribo y brincó hacia el terreno lodoso sin importarle manchar sus botines, yo descendí precavido, atento al fango resbaladizo, abrimos las trancas e ingresamos, las vacas se abrieron a nuestro paso mientras nos observaban con cautela, «¿dónde está?», preguntó, señalé hacia donde lo había visto la primera vez, obstruido por decenas de reses apiñadas a nuestro alrededor, Matthew marchó con fingida determinación delante de mí, avanzaba con rapidez cuando de pronto se detuvo en seco, contempló hacia abajo y lívido señaló con el dedo índice, «¿eso es?», caminé dos pasos hasta llegar a su lado, cerré los ojos antes de contemplarlo y cuando los abrí mi vida cambió para siempre, vi en ese cuerpo contrahecho a un ser humano sin terminar, un ser suspendido en una etapa embrionaria, lejos de turbarme me acuclillé para inspeccionarlo, en sus pupilas encontré un brillo, un primer puente para comunicarme con él, Matthew, aún sin reponerse, me jaló del hombro para alejarme, «puede hacerte daño», advirtió, imposible, no había en ese ser un solo músculo para tensar, era una masa espirante, inocua, desdentada, continuamos mirándonos a los ojos, ¿había en su atisbo un ruego o sólo era un cuenco vacío donde rebotaba la luz del amanecer?, le formulé una pregunta absurda, «¿estás bien?», la criatura no respondió, era evidente su desconocimiento del lenguaje, Matthew me tomó del codo, «de verdad puede atacarte», me incorporé, «¿es un animal o una persona?», le pregunté como si sus estudios caseros fueran suficiente para responder a una interrogante más allá de la ciencia y de la teología, «no lo sé», respondió con sinceridad, «nunca he visto algo tan espantoso, parece un demontre del Apocalipsis, quisiera traer a un dibujante a retratarlo y luego consultar a algunos de mis colegas, con seguridad en coloquio podremos hallar una explicación», ésa era una tarea imposible de cumplir, los familiares de los engendros se ofenderían de saberlos objeto de curiosidad malsana, «no», respondí tajante, «guarda en tu memoria sus características y detállaselas a alguien hábil en el dibujo», Matthew se inclinó hacia el engendro para examinarlo, al sentir su cercanía el avechucho se volteó hacia nosotros, sus ojos traslúcidos se clavaron en los nuestros, se arrastró sobre sus garras disformes y profirió un áspero sonido, Matthew tropezó al intentar alejarse de él, «cuidado» gritó mientras caía de culada, me mantuve firme, sin temerle, el engendro abrió la boca de par en par, sus labios se notaban resecos, sus ojos hundidos, jadeaba como había visto jadear a animales cuando están sedientos, emitió una especie de maullido, lo cual desató un ataque de pánico en Matthew, «es un ser sobrenatural», advirtió, me avergoncé de él, tan inmerso en la ciencia y ahora temeroso de un espantajo no mayor a un duende, «quiere agua», afirmé, señalé una pila al fondo de los corrales, «trae una poca en ese balde», Matthew retrocedió de espaldas sin quitarle la vista a la criatura, «¿tienes sed?», le pregunté, el engendro siguió sin responder, necedad la mía de querer arrancarle palabras a quien se hallaba vedado de ellas, en su rostro se delineaban facciones humanas, pero su corporalidad lo remitía a la carcasa de animales muertos, eran legítimos los reconcomios de Matthew, esa criatura podía poseer una naturaleza maligna, así habían pintado a los demonios desde épocas remotas, seres con aura de cadáveres, rastreros, de miradas felonas, mas éste a mis pies carecía de la vileza de esos retratos, parecía un náufrago resecado por el sol, retornó mi preceptor con la palangana repleta de agua, derramándola por culpa de su andar tembleque, colocó el cubo a dos pasos de nosotros, humedecí mi pañuelo en el balde y exprimí unas gotas sobre la boca abierta del engendro o ¿debería llamarlo hocico?, desplegó los belfos y relamió el líquido, daba la impresión de un aguilucho alimentado por sus padres, repetí la maniobra cinco o seis veces vertiendo cada vez más agua sobre su oquedad de polluelo, el espantajo bebió hasta las últimas gotas, saciado se recostó sobre el fango y me dirigió una mirada y, por fin, pude vislumbrar en él un dejo de catadura humana, antes de partir alcé la mano y lo bendije en voz alta.

Durante días fui consumido por la figura lagañosa y escuálida del muchacho, me pesaba el maltrato al cual era sometido y me prometí ayudar por siempre a seres en su circunstancia, resolví ir a verlo de nuevo para conjurar la obsesión por él, como era difícil escaparme de la vigilancia de Peter y de Calvert, pretexté un paseo a caballo, me esperancé en la reserva de quienes me custodiaran, impensable salir sin escoltas, a mi padre le preocupaba la posibilidad de un atentado contra nosotros, «nunca se sabe cuándo pueden surgir los rencores o la codicia de la gente», invité a Louise a venir conmigo, ella no haría preguntas de más y su compañía era una coartada ideal, informé a Calvert de nuestra excursión y solicitó nuestra ruta, inventé explorar zonas propicias para la futura temporada de caza de perdices, nos asignó cuatro guardias, tipos a quienes apenas conocía, monté a Sam, mi potro favorito y Louise a Kay, su yegua predilecta, como norma los escoltas no podían dirigirnos la palabra si nosotros no lo hacíamos primero, debían mantenerse en silencio y a la distancia, sin estorbar, no estaban obligados a relatarles a Peter o a Michael los pormenores de nuestras correrías, a menos de ser interrogados al respecto, atravesamos varias praderas, docenas de perdices levantaron vuelo a nuestro paso, campear adelante por ese sitio aseguraba una caza venturosa, Louise galopaba para espantarlas y en uno de sus giros casi atrapa una al vuelo, alegraba verla tan vital, tan diestra sobre la cabalgadura, después de un par de horas tomamos un momento para darle reposo a nuestras bestias, bajo la mirada alerta de nuestros guardias nos sentamos sobre la hierba a conversar, Louise pronto empezaría a frecuentar fiestas para conocer a candidatos a marido entre los hijos de familias nobles, ella no quería marcharse de la propiedad, disfrutaba de los extensos campos y manifestó añorarme si al casarse se mudaba a un sitio lejano, prometí donarle una extensa parcela en la finca cuando yo tomara posesión, donde ella podría vivir con su esposo e hijos, «no nos separaremos», le aseguré, nos propusimos continuar con el paseo, ella se disponía a montar a Kay cuando la detuve del hombro, «necesito pedirte un favor y te pido no me interrogues al respecto», ella me miró con curiosidad, «sí, dime», respondió, «requiero ir a solas a ver un asunto y no quisiera a los guardias inmiscuidos en esto», dejarla a solas con hombres, aun siendo nuestros custodios, era impropio, su honor de dama quedaba en peligro y mi petición era riesgosa, «necesito ir a una aldea lejos de aquí, tú me esperarás en el poblado mientras ya resuelvo una cuestión, nadie puede saber de esto», Louise accedió con una sonrisa a medias, nos dirigimos a los corrales, en las proximidades comenzó a percibirse el hedor de las porquerizas, Louise hizo un gesto de disgusto, «huele espantoso», se quejó, «después de un rato te acostumbrarás», le dije, tampoco ella había venido hasta estos parajes y le animó conocer nuevos rumbos, entramos a la calle principal bajo la mirada intrusa de los pobladores, no era común para ellos ver a los hijos de los patronos recorrer el caserío, al final de la calle le pedí esperar, «vuelvo en unos minutos», le dije y sin avisar a los jinetes arranqué a los establos, los escoltas se miraron unos a otros, confundidos, dos de ellos, uno larguirucho, de nariz pronunciada y otro regordete, de baja estatura, resolvieron seguirme, arribé a los corrales, amarré las riendas de Sam a uno de los postes y entré por el portón sin esperar el arribo de mis guardias, decidido caminé entre las vacas hacia donde se hallaba el muchacho, el día era soleado y su piel pálida refulgía entre el lodo, me aproximé con pasos firmes y al verme sucedió lo inesperado, como si me hubiese reconocido sonrió, su reacción me consternó y apenas atiné a pronunciar un «hola» él sonrió aún más, me acuclillé para quedar a su altura, «¿cómo estás?», le pregunté a sabiendas de su nula comprensión, su respuesta fue otra sonrisa, tuve ganas de abrazarlo, de pedirle perdón por el humillante trato al cual había sido sometido a lo largo de su vida, había sonreído y eso lo tornó más humano, de nuevo lo noté sediento, fui por un cubo de agua y le di de beber humedeciendo un paño, tragó cuanta agua vertí sobre su boca, al terminar otra vez volvió a sonreír, una sonrisa inocente, cálida, acaricié su frente y le quité un poco de lodo de la nariz, «prometo ayudarte», le dije y me incorporé, a unos metros descubrí al jinete flaco mirándonos con una expresión demudada, sin decirle nada crucé frente a él y marché rumbo a mi caballo, sentí una bola espesa en la garganta, como si un absceso creciera dentro de mí infectando mi espíritu, sí, debía ayudarlo, a como diera lugar y no sólo a él, sino a todos quienes en su condición habitaran la propiedad, el trote de vuelta me pareció largo y tortuoso, Louise y yo no hablamos durante el camino, abstraídos, estuve tentado a contarle sobre los engendros, sobre el obscuro secreto escondido entre bestias, la fístula de la propiedad, me mantuve callado, ignoraba cómo respondería frente a tan brutal evidencia, nos apeamos de nuestros caballos y le entregué las bridas al caballerizo, antes de retirarse Louise se volvió hacia mí, «me duele no saberme amiga tuya para conocer tus “cuestiones”, cuando yo te comparto todo lo mío», se alejó sin dar oportunidad de explicarme, me disponía a alcanzarla cuando uno de los jinetes desmontó deprisa y se me acercó, «perdone, señor», me giré hacia él, era el tipo flaco y alto, pensé me comunicaría algo grave, sólo así se justificaba el dirigirme la palabra, «sí, dime», le respondí, se tomó un momento antes de hablar, se notaba tenso, «quería agradecerle…», musitó, y de nuevo hizo otra pausa, parecía costarle trabajo encontrar las palabras adecuadas, tomó valor y continuó, «agradecerle el trato dispensado a mi primo», «¿cuál primo?», el joven contestó mirando hacia el suelo, «el muchacho en el establo es hijo de una hermana de mi madre», explicó, «¿cómo se llama?», le pregunté, «no tiene nombre, señor, según indicó el párroco a los animales no se les bautiza», respondió, «cuando nació mis tíos no supieron cómo atenderlo, yo era muy niño en ese entonces, pero recuerdo el sigilo y el miedo de la familia, mi tío no soportó más y lo llevó a vivir al establo, sus hermanos son quienes le procuran alimento y agua», sentí la pústula dentro de mi garganta al borde de reventar, le pedí guardara reserva sobre mi visita, «mi compañero y yo no diremos nada», aseveró, le di las buenas noches y me retiré a mis aposentos, a mitad de camino recordé no haberle preguntado su nombre, cuando volví a buscarlo ya no se encontraba en las caballerizas, por la noche otra vez me barrió el oleaje de imágenes, no me quedaba duda, un alma habitaba en el engendro, me había sonreído y esa sonrisa me carcomía, ¿quiénes nos sentíamos para darle semejante trato?, ¿bajo cuál justificación los hombres éramos capaces de tal atrocidad? Busqué a Louise a la mañana siguiente, al principio se negó a hablar conmigo, pero ante mi insistencia aceptó escucharme, «hermana, dudé en contarte lo acontecido ayer por ser un hecho doloroso, es un cruel secreto de los pobladores, pero encubierto por nuestro padre», expliqué, «pensé en un amorío clandestino y me sentí relegada, por lo visto es un tema serio y te pido disculpas por mi ligereza», dijo, le pedí discreción absoluta, «nadie puede saberlo», advertí, «cuenta con mi silencio», respondió, le relaté de los engendros y de la situación espantosa en la cual eran mantenidos, «¿cómo mi padre puede consentirlo?», preguntó incrédula, «es complejo, ni siquiera la Iglesia ni la ciencia saben cómo abordarlos, nuestro padre se encuentra tan abatido como nosotros pero, frente a la falta de soluciones, se ha rendido», ella se negó a aceptarlo, «debemos hacer algo por ellos, sacarlos de ahí», propuso, ingenua, «no, no podemos actuar sin el consentimiento de sus padres», no los había visto aún y ya se atormentaba por su suerte, «Dios nos va a castigar si no los ayudamos», cándida su postura cuando el párroco mismo avalaba el trato de bestias, «puedes ayudar ahora mismo», dije, ella se volvió a verme, perpleja, «¿cómo?», inquirió, «Matthew, mi preceptor, pertenece a un grupo de científicos, si llevamos dibujos de estos seres podrán discutir entre ellos y proponer una solución, quizá no la definitiva, pero será un paso hacia delante, si te los describo, ¿podrás retratarlos?», de inmediato Louise accedió, en su habitación, a solas los dos, puntualicé sus físicos, ella me escuchaba concentrada mientras en el pliego trazaba sus fisonomías, rebusqué en mi cerebro la imagen de la muchacha, le conté sobre los ojos rasgados, las carnes blanquecinas y fofas, el rostro redondo, la lengua gorda y a menudo fuera de la boca y de los gestos aterrados al aproximarnos a ella, Louise se detenía espeluznada por los detalles, «no puedo seguir con esto», yo la incitaba a continuar, «necesitamos sus retratos, sólo así podremos auxiliarlos», volvía al papel, las manos manchadas de carbón, la expresión compungida, «no puede ser, no puede ser», se lamentaba y rompía los bosquejos, desconsolada, pero se reponía para seguir con el trabajo, luego de innumerables intentos terminó y me mostró los dibujos, quedé sorprendido, los había plasmado tal cual, con sensibilidad captó sutilezas, como la mirada feroz de la muchacha entre las gallinas o el espinazo saliente del otro, eran cuadros pavorosos, Louise los había ilustrado como si en verdad hubiese sido testigo de esa barbarie, sin duda era material de primera calidad para presentarlo en la sesión con los colegas de Matthew, ni ella ni yo mencionaríamos jamás el tema con nadie y bajo ninguna circunstancia yo revelaría quién había sido la autora de los dibujos, nuestra furtiva alianza nos unió aún más y la fraternidad se consolidó. A los dos días regresó Matthew a darme clase, al final, con extrema cautela, le mostré los dibujos, los contempló azorado, «es exacto al muchacho, serán de gran utilidad», con antelación había avisado a los miembros del grupo de una próxima tertulia para discutir «casos asombrosos y terríficos», según me reveló se veían el primer lunes de cada mes, había entre ellos médicos, naturalistas, botánicos, farmacéuticos, anatomistas y albéitares, como él mismo, el grupo lo componían quince integrantes, la mayoría no rebasaba los treinta y cinco años de edad, además de ingleses había un escocés, un irlandés, un par de galeses y hasta un alemán morador en estos parajes por estar matrimoniado con una mujer de un pueblo cercano, se llamaban a sí mismos Los Racionales y su lema era «Dios, Luz, Ciencia», podía sospecharse cercanía a los masones, pero estaban lejos de ello, centraban su interés en el debate científico siempre y cuando las inferencias no contradijeran a las Sagradas Escrituras, para ellos la Biblia era un sumario de sabiduría y la ciencia sólo debía agregar una mejor comprensión de ésta mas nunca cuestionarla, cada descubrimiento: un nuevo músculo, un hueso ignoto o la desaparición de una estrella en el firmamento, venía a confirmar los designios de la inteligencia suprema de Dios, la ciencia no debía disputar los teoremas divinos sino, con el uso de la razón, comprender cada uno de los metódicos actos de Dios, según confesó Matthew nadie en el grupo había confrontado «espantajos» y se hallaban deseosos de conocer su situación, consentí deliberaran en torno a ellos bajo el juramento de no revelar una sola palabra a individuos ajenos a su cofradía, Matthew me invitó a la tertulia «científica» con sede en casa del hijo de un prestigiado farmacéutico, no conocía a ninguno de los socios, pero ellos bien sabían quién era yo, me recibieron con afabilidad y hasta efusivos, después de los saludos pasamos a un salón donde los sillones se hallaban dispuestos en círculo para facilitar el diálogo, a mí me cedieron el lugar de honor, una poltrona junto a la chimenea, al inicio de la sesión Matthew sacó los retratos de la carpeta y alzándolos a la altura de la cabeza los mostró a los demás, algunos exclamaron con asombro, otros se mantuvieron pávidos, «¿son bocetos para gárgolas?», preguntó Robin, un galés fabricante de gafas, «no, son seres nacidos de vientre de mujer, pero ignoramos cuál es su naturaleza y si pertenecen o no al género de lo humano», respondió Matthew, Robin lo miró con gesto estupefacto, «¿procreado con semilla de hombre?», indagó, «así es, son hijos de hombre y mujer», se hizo un silencio en la sala, Mark, primo de Matthew, también albéitar, pidió permiso para hablar, Matthew le cedió la palabra, se tomó un largo tiempo, carraspeó y con notoria torpeza comenzó a articular una tesis, «sabía de seres como ésos, confieso nunca haber visto uno, pero un par de mis preceptores me los describieron, según mi entender son engendrados por…», dijo e hizo una larga pausa, se le notaba dificultad para continuar, «ruego disculpen mi atrevimiento, no quisiera ofender la sensibilidad de ninguno de los aquí presentes, pero estos seres…», de nuevo se detuvo, los demás lo miraron con impaciencia, «no nos ofenderás si tu postura está sustentada en una base científica», señalé, «lo está», se apresuró a responder, «siento una enorme vergüenza al hablar de estas particularidades, estos individuos, o como quieran llamarlos, son procreados cuando los padres practican coito por el ano, la ascorosa práctica de la sodomía contamina el semen con excremento y por lo tanto se gestan estos atroces seres, no en balde la Biblia considera la sodomía como pecado capital», dijo con voz trémula, «la escasa educación de los campesinos y su falta de valores los lleva a estas mañas, por ello estos deformes sólo nacen en familias de bajos estratos», su postura sonaba convincente, maguer extravagante, en la nobleza también se habían visto tipos de gran fealdad, de mandíbulas prominentes y algunas taras debidas al ayuntamiento entre consanguíneos, Patrick, un pelirrojo avecindado en una pequeña aldea en la frontera con Escocia, expuso otra teoría, «esto debe suceder por una degeneración provocada por la falta de nutrimentos adecuados, esta gente se alimenta mal y es propensa al consumo exagerado de bebidas embriagadoras, los seres procreados por estos individuos mal alimentados no llegan a desarrollarse lo suficiente dentro de la matriz para alcanzar el grado de humanos», esta última consideración mereció una airada respuesta de Günther, el colega alemán y el más apegado a los preceptos religiosos, «Dios no permitiría un yerro de ese tamaño», objetó, «la mala alimentación no debe ser causante de tal descarrío, he visto a ciervas dar a luz a cervatillos sanos después de sequías feroces o hambrunas prolongadas, en las rúas de Berlín o de Londres he visto perros callejeros comer sobras, beber agua de charcos inmundos, flacos y casi al borde de la inanición y jamás los he visto dar a luz a cachorros deformes y contrahechos como los engendros retratados en esos dibujos, me suena más a una lección de Dios para dar ejemplo de cuán atroces pueden ser las desviaciones sexuales, yo coincido con Mark, esos seres son gestados en la inmundicia y por tanto merecen nacer así», quien refutó ahora fue Conan, un vendedor de ungüentos caseros, «¿y cuál culpa deben pagar ellos por los pecados de los padres?», dijo, «purgan un castigo sin merecerlo, Dios debería ser en extremo perverso para permitir algo tan terrible», Matthew intervino, «ignoramos si cuentan con conciencia, a mi juicio, después de haber visto uno de cerca, carecen de ésta y por tanto se hallan privados de intelecto para percatarse de sus graves deficiencias, sin duda es un castigo a los padres por sus actos impuros y debe abrumarlos el remordimiento por dar a luz a tan despreciables seres», la postura de Matthew me desconcertó, no lo imaginaba tan apegado a posturas religiosas y tan severo para juzgar los actos de otros, la polémica alcanzó su nivel más acre cuando Jeremy expuso su tesis sin importarle la presencia de Ryan, un mocetón de gran altura a quien, según me reveló Matthew, lo expatriaron de su pueblo natal en Irlanda por empreñar a una muchacha y resistirse al matrimonio con ella, «esas anomalías suceden sólo en razas débiles o blandas como la irlandesa, la negra o la judía, los padres de esos míseros seres, puedo apostarlo con la más absoluta convicción, descienden de razas mezcladas con pueblos orientales, razón por la cual la muchacha, si se le puede llamar así a ese monstruo, posee ojos rasgados y el rostro redondo semejante al de los niños chinos, el otro es como un perro sarnoso y macilento, la impureza de su ascendencia es la causante de tales deformidades», a Ryan le caló la majadería de Jeremy, los ingleses consideraban a los irlandeses como un pueblo perezoso, necio, de miras cortas, pero dichas afrentas, proferidas por un compañero, lo espolearon, «podemos ir afuera a dilucidar si los irlandeses somos una raza débil», a decir verdad Jeremy no tendría ni la menor oportunidad en una pelea frente al forzudo, sus puños eran del tamaño de una bala de cañón y su cuello, hinchado de venas, parecía el de un bisonte, «no lo tomes personal», añadió Jeremy con parsimonia, «es mi pensar y de ti espero una disertación seria para contradecirlo, no una bravata de taberna», podía no estar de acuerdo con Jeremy, sin embargo, en algo tenía razón, la muchacha lucía rasgos chinescos y éstos podían provenir de algún antepasado de esos lares, «no creo en razas inferiores ni superiores, cada una posee virtudes y defectos», terció Matthew en un intento por conciliar, Jeremy rebatió, «me remito a los hechos, mientras Inglaterra es una potencia mundial, Irlanda es apenas un territorio provinciano sin riquezas de ningún tipo ni pensadores de altos vuelos, los judíos parasitan a las sociedades donde se establecen y su desmesurada ambición los convierte en viles usureros, buitres detrás del dinero bien habido, de los negros, ni hablar, están por siempre condenados a vivir como bestias, sin capacidad intelectual y destinados a trabajos manuales, son raleas agrestes, vulgares, con escasos méritos, no digo esto con ánimo de provocar, a mí me parecen verdades incontrovertibles», Ryan se acomodó en su asiento y brindó una respuesta brillante, «la historia nunca es del todo acabada, se halla en perpetuo movimiento, culturas antaño poderosas quedan a merced de contradicciones inherentes a su propia conformación y acaban devorándose a sí mismas, basta revisar los “hechos”, como bien lo propones, mientras Inglaterra era un territorio habitado por bárbaros, Egipto fue cuna de formidables cotas de intelecto humano, he tenido la inmensa fortuna de visitar ese país, los aquí presentes se maravillarían frente a las magnas construcciones, ante el arte sin par conseguido por, y aquí desbarataré tu frágil tesis, Jeremy, una sociedad de negros, quizás en cien años Inglaterra sea de nuevo una nación de salvajes chapoteando en lodo e Irlanda se convierta en faro de ciencia, conocimiento y poder, con la historia nunca se sabe y no olvides, querido amigo, Cristo era el rey de los judíos, no escupas hacia arriba, el gargajo puede estallar en tu cara», nunca imaginé al irlandés con complexión de herrero arrollar con tal habilidad las especulaciones de Jeremy, estaba en lo cierto, la historia es materia irresoluta capaz de dar vaivenes inesperados y no podía achacarse a una raza o una nación virtudes o defectos permanentes, Ryan se levantó y señaló los retratos colocados sobre el atril, «debemos hacernos varias preguntas al respecto, ¿nacen así o algo en su crecimiento los tuerce hacia la deformidad?, ¿algún bicho en la sangre de la madre inducirá estas rarezas?, las emociones vividas por la madre durante el embarazo, ¿pueden provocar la segregación de substancias dañinas para el feto?, ¿habrá alguna variante correlativa entre la duración del parto y la mengua subseqüente del bebé?, ¿las alteraciones surgen de la misma causa o cada una responde a problemas distintos?, ¿tendrán pensamientos racionales, pero son incapaces de expresarlos?, ¿podrán, con la debida estimulación, superar su dialecto de simios y ser capaces de elaborar un lenguaje comprensible?», con el índice recorrió la curvatura de la espalda del muchacho, «si lo observan bien, se encuentra encogido, como si las articulaciones y los músculos fueran estrechados por una fuerza desconocida, la suya es una posición fetal, indicativa de falta de completo desarrollo, no pudo, por así decirlo, terminar su maduración dentro del vientre», las interrogantes formuladas por el irlandés me parecieron acertadas y suscitaron una fogosa discusión, cada uno arguyó sus puntos de vista y no se llegó a conclusiones pero, como bien anotó Matthew al término de la reunión, «la verdadera ciencia se origina en las preguntas», los participantes se despidieron de mí con gentileza y prometieron invitarme a otras de sus tertulias, Matthew me tomó del brazo para conducirme por la vereda más seca, pues llovía y deseaba evitarme los caminos anegados, monté en el asiento de mi carruaje y di la orden de partir, al avanzar unos metros descubrí a Ryan esperando cruzar la calzada, pedí al cochero detenerse, «¿te llevo?», le pregunté, «no, gracias, me hace bien el ejercicio», insistí, anochecía y la lluvia continuaba pertinaz, pero se rehusó, «no quisiera dar molestias», mi interés era egoísta, me había impresionado su retórica y deseaba conocerlo más, «por favor, permíteme llevarte a tu domicilio», el macizo irlandés por fin consintió, le dio instrucciones al cochero de cómo llegar al pueblo de Shields donde moraba y subió al carruaje, sin cortapisas pregunté de dónde derivaba su interés por la ciencia, cuál era su ocupación y las razones de su estadía en la comarca, Ryan respondió sin ambages, procedía de una familia de ovejeros, bastante acomodada, dueña de grandes extensiones de tierra en la región central de Irlanda, desde pequeño trabajó en el negocio familiar y le maravillaron las cuestiones referentes a la anatomía de los animales, él ayudaba en los partos de las ovejas y practicó varias cesáreas por el mal acomodo de los fetos, también era responsable de desollar y trozar los corderos, «desde niño me fascinó ver las entrañas de los animales, entender cómo la vida se desarrollaba en ese cúmulo de sangre, vísceras y músculos», lo envidié, por prejuicios mi familia nos impedía cualquier trabajo manual o a la intemperie, ello significaba degradarse a la altura de los peones, lo nuestro era gobernar, no manosear animales o ensuciarnos con excremento, a mí me habría encantado explorar las entrañas de un animal, su interés por la albeitería, continuó relatándome, lo llevó a estudiar medicina, «en los poblados vi morir a niños por enfermedades, a mi parecer, curables y me parecía injusta su temprana partida, los conocimientos adquiridos por tantos años de trabajo con animales bien podría aplicarlos al alivio de seres humanos, mis padres me animaron a seguir por ese camino y contrataron preceptores instruidos en las ciencias naturales, luego estudié un año de medicina en el Colegio de la Trinidad, en Dublín, pero surgió un acontecimiento imprevisto y de un día para otro me vi en la necesidad de irme», por boca de Matthew me enteré del problema en el cual se había embrollado, pero Ryan, con una honestidad inusual, me confesó la real razón, «me achacaron la preñez de una muchacha a quien apenas conocía, sí, era muy hermosa y hubiese sido una acertada elección para esposa, pero no fui yo quien la preñó, de serlo habría asumido como hombre mi compromiso y me habría casado con ella, por diversas razones terminé aceptando la responsabilidad, pero me negué al matrimonio, no sería yo padre de mi propio hermano», al principio me confundieron sus palabras, poco a poco se asentó en mí la inicua verdad, fue su padre quien fecundó a la muchacha y el hijo se echó la culpa para no arruinar la reputación de la familia, al negarse Ryan al casamiento, el padre de la muchacha lo amenazó de muerte, razón por la cual hubo de huir, molesto con su progenitor abordó un barco sin revelar a nadie hacia dónde iba, fugitivo, se estableció en Shields sin llevar consigo ningún peculio, como consecuencia su meta de convertirse en médico se fue por la borda, sabedor de las artes de la crianza de ovejas se forjó cierta reputación como albéitar, sus ingresos eran muy modestos y sólo le alcanzaba para alquilar un espacio en un granero, donde entre sacos de cereales y pajares se había construido un hogar, a pesar de ser un irlandés pobre y sin relaciones entre la comunidad ingresó al grupo de Los Racionales gracias a su erudición en materia científica, le ofrecí trabajo como preceptor, convencido de cuánto me ilustrarían sus saberes, «sólo soy un ovejero», respondió con humildad, «y tienes en Matthew a un maestro con sapiencias superiores a las mías», «no deseo reemplazarlo, él no sólo es un maestro para mí sino también un amigo, anhelo expandir mis horizontes y tú bien podrías ayudarme en ello», aclaré, «lo pensaré», me dijo y se apeó. En el desayuno les hablé a mis padres de Ryan como un maestro recomendado por Matthew para ahondar en el manejo del pastoreo de praderas pues era considerado un experto en el tema por los años dedicados a la granja familiar, a mi padre le pareció una buena idea y accedió a contratarlo, redacté una carta para Ryan y la envié con el cochero, en la misiva le especifiqué cuánto se le pagaría por las clases impartidas, lo cual rebasaba por mucho sus ganancias como albéitar, «deseo abrevar de tu erudición y de tu pensamiento crítico, empecemos cuanto antes, mañana mismo si es posible, lunes, martes y jueves, a partir de las diez tengo espacios libres, espero ansioso tu respuesta, William», a mediodía volvió el cochero con su respuesta por escrito, «acepto, tu ofrecimiento es en suma generoso, pero por encima del dinero me motiva tu entusiasmo y tus deseos de aprender, mañana llegaré a las diez de la mañana, gracias, Ryan», al día siguiente llegó puntual y lo más sorprendente, había cabalgado las cuatro leguas desde el granero hasta el castillo, no se le notaba extenuado, al contrario, pareciese llegado de un breve paseo por la campiña, su vestimenta era poco apropiada para apersonarse en el castillo, el terno descosido, raída la tela en la zona de los codos, el pantalón con desgarrones y los botines al borde de desbaratarse, le llamé a Anna y le pedí consiguiera ropajes a la medida de mi nuevo preceptor, afán complejo de resolver por la dimensión de sus espaldas y de su elevada estatura, «desde hace muchos años no recibimos huéspedes de tal tamaño, desde tu bisabuelo no se han visto aquí personas de esa anchura», mi bisabuelo paterno, el gran patriarca, era una mole de músculos y se rumoraba medía cerca de siete pies, uno de sus ojos era color gris y el otro verde, lo cual favorecía su aura legendaria, «veremos si podemos ajustar un viejo traje suyo», Anna se retiró y con una seña le indiqué a Ryan el sillón donde solían sentarse mis preceptores, él apuntó a otro, «¿podemos ir allá?, necesito la mesa para la clase», accedí curioso por saber hacia dónde dirigiría su instrucción, en cuanto nos sentamos sacó de su bolso un tablero y lo colocó encima de la mesa, «¿sabes jugar ajedrez?», asentí, parte importante de la educación de los jóvenes nobles consistía en aprenderlo, ejercicio necesario para fraguar tácticas, Ryan acomodó las piezas sobre el tablero, él con las blancas, yo con las negras, «el ajedrez es fundamental para entender la ciencia», afirmó, «nos obliga a cuestionar cada decisión», comenzó con una salida desconocida para mí, peón cuatro de la torre del rey, una jugada novedosa, mi instructor me había enseñado a dominar el centro, por lo cual sin variaciones debía empezar con peón cuatro del rey o peón cuatro de la dama, para luego reforzar la posición con los caballos, o bien protegiéndolos con tres peón del alfil de la reina o del rey, su lance me desconcertó, continué con el criterio aprendido y abrí con peón cuatro del rey, él siguió con peón cuatro de la torre de la dama, una apuesta aún más arriesgada, jugaba en los extremos del tablero sin interesarle apropiarse del centro, respondí con caballo tres del alfil del rey, Ryan sonrió, «el ajedrez revela la personalidad de quien lo juega, o peor aún, los vicios aprendidos», la confusión provocada por su bizarro comienzo me desconcentró al punto de ser masacrado sin piedad, pedí la revancha, nadie me había vencido así y menos con una táctica tan poco convencional, «más tarde», respondió Ryan, «por ahora analicemos la enseñanza de esta partida», a continuación desentrañó cada uno de mis conceptos sobre el ajedrez y al hacerlo hizo un paralelismo con la ciencia, «acostumbramos a ver el mundo desde una determinada perspectiva y en la mayoría de las veces esa perspectiva es el principal obstáculo para resolver un problema, tú jugaste con un planteamiento conservador y sabía cuán primordial era para ti hacerme intransitable el centro del tablero, pero te forcé a abrirte a los extremos y caíste en mi trampa, el científico debe pensar fuera del centro, cuestionar cada conocimiento, sobre todo aquellos cuyas bases creemos más sólidas, podrá parecerte absurdo, pero para alcanzar respuestas inteligentes debemos formularnos preguntas estúpidas», sentenció y con el dedo mostró los escaques de las orillas del tablero, «la ciencia obliga a mirar hacia donde nunca imaginamos, en esta partida te empujé a voltear hacia una parte del tablero poco contemplada, tu cerebro, ofuscado, no logró ajustarse, seguiste machacando con tu sistema y al final te ahogaste con el amontonamiento de piezas en el centro, el análisis crítico exige repensar, innovar, jamás dar algo por hecho», su lógica me sorprendió, ¿cómo un ovejero irlandés contaba con tal capacidad intelectual?, una hora de clase con él y ya había revolucionado mi manera de deliberar, cuestionó mi furor por los «engendros», «¿te provocan curiosidad, compasión, horror?», inquirió, «no lo sé», respondí, «Matthew me contó cuánto arriesgaste para llevarlo a conocer al muchacho a los corrales y para ir a la reunión de Los Racionales, alguna emoción poderosa despiertan en ti para meterte en tantos líos», no se equivocaba, estaba trastornado con ellos, aun cuando quisiera sacarlos de mi cabeza volvían una y otra vez a mí, «indaga dentro de ti cuáles resortes disparan esa fijación y úsalos para cuestionar quién eres y hacia dónde te diriges», me dio una tarea, discurrir cuatro combinaciones de salidas en el ajedrez con diez movimientos posibles para cada una de ellas y advirtió, «en el ajedrez ensaya lo inesperado, sigue tu instinto», antes de partir Calvert llegó con el traje confeccionado por el sastre para Ryan, no entendió el motivo por el cual se le ofrecía y el mayordomo hubo de explicarle las reglas de cortesía de la casa, el irlandés lo recibió sin saber cómo proceder, «es un obsequio, profesor, y si nos hace favor de ponérselo para indicarle al sastre los ajustes requeridos», Ryan entró a una habitación a probárselo y salió vestido con éste, «me queda a la perfección», explicó con una sonrisa y ataviado con su nuevo traje, montó su caballo y emprendió el camino de regreso.

 

Me retiré a mis apartamientos, saqué el tablero de ajedrez y lo coloqué sobre mi pequeña mesa de trabajo, un mueble antiquísimo sobre el cual alguna vez, aseguraba la leyenda, había comido el mismo rey Arturo, mi juego de ajedrez también gozaba de un origen mirífico, las piezas talladas en marfil y el tablero de alabastro blanco y negro los había labrado un artesano florentín para Leonardo da Vinci, cada pieza era un placer al tacto, podía pasar horas recorriendo con los dedos la lisura de sus formas, en especial los caballos y los alfiles, forjados con evidente cuidado por el anónimo artífice, medité sobre las distintas posibilidades de abrir el juego, mientras más profundizaba en los sesenta y cuatro escaques del tablero más me maravillaba de las miles de opciones, cada decisión abría una gama de flancos y me afligía cederle el centro a mi rival, «no pienses como militar», me había indicado Ryan, «piensa como poeta, las grandes batallas, como Troya o Jericó, fueron ganadas por quienes procedieron con una aproximación creativa, no por quienes obedecieron los cánones, la ciencia debe ser cercana a la poesía, no al imperturbable orden», aborrecía la probabilidad de ser derrotado por mis yerros y no por los aciertos del contrario, me enseñaron a ser cauteloso, a atraer al enemigo a la trampa, Ryan me animaba a la aventura, a ser yo quien arriesgara y no el otro, «en el fondo no se trata de ganar o perder, sino de descubrir», luego de horas con la vista clavada en las piezas decidí darle vuelta al tablero y contemplarlo desde una perspectiva lateral, parecía una estratagema boba, al fin y al cabo son los mismos cuadros vistos desde otro ángulo, pero bastó esa simple acción para destrabarme, infinidad de jugadas se generaron en mi cabeza, peón cuatro del caballo de la reina, peón tres del alfil del rey, incluso llegué a pensar en el rey como arma de ataque, algo prohibido por mis instructores quienes consideraban sacrílego desplazarlo de su casilla e indicaban sólo moverlo para enrocar, una tras otra se sucedieron las jugadas, mientras las anotaba manaron en mi cabeza imágenes de los engendros y con ellas una cascada de palabras inconexas: corazón, calor, ruido, viento, sol, dolor, expresión, humanidad, auxilio, el ejercicio condujo a interrogarme, ¿quién era yo?, ¿de verdad anhelaba el destino al cual se me reservó?, los engendros me habían perturbado, no por ser quienes eran sino quien era yo frente a ellos, esa clave partió en dos el candado de mis certezas, descubrí cuán exhausto me hallaba por el desapego, la formalidad, el lenguaje pulcro, los artificiosos modales, lo exquisito, la división entre «ellos» y «nosotros», la bambolla, el boato, el borbotón de palabras continuó imparable, luz, río, huesos, ojos, miradas, tomé la péñola y garrapateé las palabras en el mismo pliego donde antes había anotado mis jugadas de ajedrez, un caos sin sentido y a la vez liberador, la tarea no resultó inocua, iluminó las cavernas más obscuras de mi carácter, no estaba a gusto conmigo mismo ni con mi futuro deparado, me pregunté si valdría la pena comentar con Ryan mis desvaríos y mostrarle el mapa borrajeado donde garabateé jugadas y palabras y si ello no le provocaría burlas e ironías, desestimé mis hesitaciones, al fin y al cabo, ese desorden mental él lo alentó. Cegado como estaba con los espantajos resolví volver con la muchacha de los patios, era una atracción inevitable, poderosa, quizá como sucedió con el engendro de los establos podría comunicarme con ella, me bastaba una sonrisa, un gesto, pretexté un paseo y le pedí a Calvert ser acompañado por los mismos jinetes de la vez anterior, «¡ah!, Colton y Sean», dijo, «¿cuál es cada quién?», inquirí, «Colton, el bajito regordete, Sean, el alto y flaco», Calvert insistió en cuatro guardias, decliné con la excusa de una corta travesía, «está bien, pero no te alejes en demasía del castillo», en las caballerizas avisé a Sean sobre el auténtico destino de nuestro viaje y le demandé reserva tanto a él como a Colton, «nadie sabrá adónde vamos, señor», aseguró, cabalgamos hacia el sitio, nos detuvimos frente a la barbacana de la plazoleta a la entrada de los patios y sujetamos los caballos a los amarraderos, escuchar el mero cacareo de las gallinas me provocó angustia, penetramos el ondulado mar de plumas y patas, otra vez me aterró cruzar entre ellas, Colton avanzó al frente, espantándolas, las aves abrieron paso, llegamos hasta la prisionera desnuda y atada, sus piernas bañadas en excremento de gallinas y con huellas de mordidas de ratas, no aulló al vernos ni intentó huir, permaneció pasmada viendo al vacío, en sus senos se advertían marcas de mordiscos con forma de dentadura humana, «hola», la saludé, se mantuvo silente, «hola», repetí, no se movió un ápice reconcentrada en un punto indefinido, me volví hacia mis guardias, habían retrocedido, en sus rostros se reflejaba un gesto de horror, ¿cómo temer a un ser indefenso y maniatado?, me acerqué a ella y al hacerlo mi rodilla rozó su cadera, brincó para alejarse y pegó un alarido de bestia herida, caí de espaldas y asustadas las gallinas comenzaron a revolotear, la muchacha pataleó en un infructuoso esfuerzo por apartarse de mí, luego me miró amenazante y me gruñó, comprendí el pavor de Sean y Colton, reculé sin quitarle los ojos de encima, «tranquila, no te voy a hacer nada», su expresión se ensombreció y me mostró los dientes, con lentitud me aparté de ella y di vuelta para salir del gallinero, apenas traspasé la puerta me detuve a tomar aire, el encuentro con la muchacha y el aleteo de las aves me provocaron una sensación de pánico, me costó recuperar el aliento, me recargué en un poste y Colton se me acercó, «señor, ¿me permite?», «dime», le contesté, asombrado por su falta de respeto a la norma, «esa muchacha es un peligro, no vale la pena mantenerla con vida, sería bueno adelantar su fin», su rudeza me pareció fuera de lugar, «quizá nosotros seamos el peligro para ella», le respondí, cortante, «como quiera, señor, sólo piénselo», dijo y se alejó hacia los caballos, durante la cena procuré disimular mi agitación, por fortuna Ethel y Daisy no cesaron de hablar de los cachorros de nuestra perra, nacidos un par de días antes, su locuacidad distrajo a mis padres, evitándome la obligación de dar cuentas de las actividades del día, Frank en su enajenamiento perenne ni las volteó a ver, Helen parecía atenta a las gemelas, pero en su mirada se apreciaba fastidio, Stewart y Lloyd mostraban interés dado su gran amor por la perra, Louise debió notar mi desazón y me observaba, preocupada, el relato de las niñas condujo a incómodas preguntas sobre la procreación y para sortearlas mis padres nos mandaron a dormir, «¿volviste con el muchacho de los establos?», inquirió Louise camino a nuestros aposentos, «no, con la muchacha de los gallineros», aclaré, «la próxima vez voy contigo», pidió, «no, verla te jalaría a un pozo muy obscuro, no encontrarás la salida», ella iluminó mi rostro con la lámpara, «quizá podamos hallarla juntos, no menosprecies mis capacidades», dijo y giró rumbo a su habitación. Por la mañana me impartió clase Johann, como si hubiese leído en mí la necesidad de una parábola bíblica para confortarme, narró la historia de Jonás y la ballena, Dios envía a Jonás a la ciudad de Nínive a predicar su palabra, Jonás, sin ánimo de hacerlo, se desvía y huye en un barco hacia otro lugar, su acción provoca la ira del Supremo, los marineros no entienden la razón de una súbita tormenta, las gigantescas y furiosas olas auguran una muerte segura, Jonás sabedor de ser él quien causó la cólera del Altísimo decide arrojarse al mar para salvar la vida de los demás, Dios manda una ballena y ésta lo devora para mantenerlo vivo dentro de su estómago, tres días después lo arroja en las playas contiguas a Nínive, Jonás agradece a Jehová por perdonarlo y cumple con pregonar la palabra divina en la ciudad elegida, «Dios nos ama», concluyó Johann, «si por acaso tomas una mala decisión y te alejas de Él, siempre tendrás la oportunidad de arrepentirte y volver a Su seno donde te recibirá con Su amor infinito y Su misericordia, en cambio, si persistes en apartarte, tientas Su poder y Su furia celestial», sus palabras me dieron valor para tomar riesgos, en caso de fallar Dios alumbraría mi ruta de vuelta, «hace tanto tiempo no prestabas tanta atención», dijo al notarme interesado, «se percibe tu madurez, ya en unos meses cumplirás dieciocho años, edad perfecta para pensar en un futuro matrimonio», no contemplaba casarme todavía empero mis padres no cesaban de lanzarme insinuaciones, «las muchachas casaderas no estarán libres cuando tú quieras», advertía mi madre, las hijas de los amigos y de los conocidos de mis padres, cada una de ellas de abolengo y apegadas a las convenciones aristocráticas, me daban pereza, eran anodinas, de charla insulsa y me cansaba su excesivo afán por el arreglo, con excepción de Mary, una hermosa trigueña de ojos verdes, nieta de un marqués alemán residente en Inglaterra, ella era dueña de una inteligencia aguda, de porte sobrio y poco afectado, le gustaba leer y en una confesión indiscreta me reveló su pasión por escribir poemas, actividad desalentada por su padre, «déjate de tonterías y concéntrate en hallar un buen partido», Mary hubiese sido mi cónyuge ideal, pero enfermó de tisis y para cuidar de sus debilitados pulmones sus padres la llevaron a vivir al sur de Italia, donde el aire marino y cálido le brindaría cierto alivio, no volví a saber de ella sino hasta algunos meses después de su partida cuando me anunciaron su muerte acaecida en el poblado de Riaci, en la costa calabresa, había experimentado intensos sentimientos por ella, con ventura correspondidos pues reciprocamos cartas en las cuales cada uno relató las emociones suscitadas por el otro, Mary se convirtió en mi referente, en comparación con ella las demás muchachas me parecían aburridas y sosas, «dedicaré mis próximos meses a elegir a alguna joven», le dije a Johann para zafarme de sus insinuaciones, «con certeza tus padres optarán por la muchacha adecuada para ti, lo de compartir gustos en realidad no importa, valen los nexos entre las familias y doblar los caudales», en boca de un teólogo la recomendación sonaba hipócrita, casarse para incrementar el poder de las familias y olvidarse de si los implicados en el matrimonio congeniaban o no, terminó la clase y a continuación, con contento y nerviosismo, me apresté a recibir a Ryan, sobre la mesa acomodé mi juego de ajedrez y al llegar mi preceptor se reveló sorprendido, «me entusiasma tu disposición», dijo, «espero con fervor tus propuestas», se sentó frente a mí y ponderó la belleza del tablero de alabastro y las piezas de marfil, le conté la historia de Da Vinci y del anónimo artesano florentín, «laudable trabajo, a la altura del genio», pronunció con entusiasmo, «ahora expón tus jugadas», moví las piezas acorde a mis notas de la tarde anterior, Ryan las analizó sin perder detalle, «valiente», pronunció, el adjetivo me llenó de orgullo, se volvió a mirarme con gesto áspero, «antes de henchirte de ti mismo, enséñame cuánto más traes», ejecuté otra salida, aún más arriesgada y continué con el desarrollo de las jugadas, «vaya, lo hiciste mejor de lo esperado, no te creí con la audacia necesaria para romper paradigmas, pero debes aprender una regla básica, la confianza excesiva es ponzoña para el pensamiento crítico, debes cuestionar hasta tu misma existencia», sus palabras me causaron mella y me hicieron formular una pregunta cuya mera enunciación debía de ser pecado, «¿cuestionar, incluso, la existencia de Dios?», apenas lo dije quise retractarme, Ryan me miró serio, pero no noté en su rostro un intento de reproche, «vivimos rodeados de atrocidades, piensa en el engendro, un cadejo de huesos y carnes, vale preguntarse si Dios lo permitió o hasta si lo propició, un sacerdote me dijo, “quien no se enoja con Dios, quien no llega a dudar de su existencia, no merece Su amor, Dios no está para ser adorado por el simple hecho de serlo, se llega a Él por lo profundo de Su obra”, y a tu pregunta te respondo, sí, debemos cuestionar hasta si existe», sentenció, «¿no es ello una herejía?», lo interrogué, «no lo es para nosotros», su respuesta abrió un nuevo «nosotros» en mi vida, la pertenencia a una tribu única y distinta: la de los pensadores críticos, le conté sobre la anárquica ebullición de palabras mientras ejecutaba las partidas, «el lenguaje es una faca filosa capaz de rebanar la realidad para asomarnos al fondo de las cosas, lee en voz alta y de improviso, pon una palabra tras otra hasta hallar su significado oculto», las leí al azar, «huesos, sangre, corazón, humanidad, compasivo», de pronto ese fárrago cobró sentido, «deseo ser médico y curar los males de estos seres», dije por impulso, como si un relámpago hubiese descascarado un anhelo íntimo y reprimido, me quedé atónito como si la respuesta la hubiese pronunciado otro ajeno a mí, Ryan sonrió, «lo tuyo es un arrebato, en un par de días te olvidarás de ello», me sentí traicionado, de él esperaba aliento, no había pensado antes, ni un solo minuto, en el deseo de convertirme en médico, sin embargo ahora pulsaba como la única opción para mi vida futura, «lo mío no es un capricho, esta determinación se cocinó dentro de mí durante dos años de zozobras, ya no puedo negar cuanto es evidente», Ryan se mantuvo escéptico, «no será fácil», arguyó, «no he sabido de un solo noble exitoso en su intento por cambiar, de modo radical, su destino, sopesa con calma y reconsidera tu decisión», había en él una legítima inquietud por mi ventura, él había sufrido un violento golpe de timón y su vida se torció hacia un rumbo imprevisto, sabía de las consecuencias y quería evitármelas, no tomé a mal sus consejos y lo despedí con agradecimiento. Me encerré en mi cuarto a meditarlo, ¿de verdad se hallaba en mí un maderaje sólido para embarcarme en un lance de consecuencias inesperadas?, ¿poseía los arrestos para adentrarme en el laberinto de esos cuerpos deformes?, ¿tendría las agallas para confrontar a mis padres?, y si la medicina no me cautivaba y acabara por repelerme, ¿habría vuelta atrás?, las preguntas se agolpaban una tras otra, pero mientras más acerbas eran más se avecinaba una resolución, bien lo había dicho Ryan, el lenguaje rebana la realidad para revelarnos el fondo de las cosas, la respuesta llegó pronta y cristalina, sería médico, no le daría más vueltas al asunto, desenterraría por fin el callado germen de mi rebeldía, así llevara en sí visos de catástrofe no pensaba asumir ni un minuto más un designio impuesto, por primera vez pude ver en el espejo a mi verdadero yo y no aquél construido por obra de mi linaje, me senté frente al tablero de ajedrez, debían brotar más interrogantes y por tanto más respuestas, lo analicé desde diversas perspectivas, ya no me bastó observarlo de lado, lo hice desde arriba y en diagonal, quien lo inventó diseñó un artificio avieso, si bien el rey es la pieza más importante y su capitulación significa la derrota total, es la reina la más movible, la más agresiva, la dominante, la dama como la gran táctica, la demoledora, aquélla cuyas acciones determinan los caminos más mortíferos, me pregunté si, siguiendo la filosofía del ajedrez, convenía más dialogar antes con mi madre y ver si se convertía en intercesora con mi padre o en enemiga de mis objetivos, durante infructuosos días intenté hablar con ella, mas fue inasequible, día y noche se encontraba o rodeada por mis hermanos o por la servidumbre, una mañana por fin pude hallarla a solas, la intercepté en el corredor, «necesito hablar contigo», dije, «¿acerca de?», inquirió, «¿podemos hablarlo en el salón?», le pedí, «si es algo serio no soy la persona indicada, para eso está tu padre», advirtió, «eres la indicada», señalé, «y te he elegido a ti para desahogar mis desvelos», «si es para quejarte de algo no tengo tiempo, posees la edad suficiente para afrontar tus problemas y no me interesa saberte sin temple», se disponía a partir, pero me interpuse en su camino, «deseo ser médico», aseveré, me miró con la frialdad reservada sólo a la servidumbre más impertinente, «¿médico?», preguntó en voz alta como si deseara ser escuchada por todo el castillo y repitió «¿médico?», asentí, «los médicos son criados, gente menor a nuestra disposición, sirvientes mejor pagados y sólo un poco más instruidos, ¿eso deseas ser?, ¿un lacayo llamado a deshoras para atender partos o sofocos de ancianos?, ¿quieres dedicar años de estudio sólo para aplicar compresas, dar sugerencias ridículas, suministrar brebajes inservibles?, aire puro, trabajo y sentido común bastan, no te conviertas en uno de esos inútiles disfrazados de erudición», no me arredré, «en nuestra propiedad languidecen infelices seres, hijos de padre y madre, tratados como animales, no duermo pensando en ellos y en la medicina se pueden hallar soluciones para evitar su sufrimiento», mi madre sonrió con un gesto despectivo, «¿cuál de tus preceptores te convenció de tal estupidez?», preguntó con sorna, alguno de ellos sería culpado, no sólo lo despedirían, lo expulsarían de la comarca y su prestigio, enlodado, «ninguno, de hecho, ellos mismos me han tratado de convencer de lo contrario», aclaré, «¿de cuál prerrogativa gozan para ser ellos quienes escuchen primero tus necedades?», me arrepentí de no hablar antes con mi padre, ella resultó más intolerante y rígida, ahora mi propósito naufragaba, «no se te ocurra mencionar esto a tu padre si no deseas ser desterrado para siempre de la familia, no soportaré a un afeminado dormir bajo el mismo techo ni permitiré malos ejemplos para el resto de mis hijos, retírate a tu habitación, no te presentes a la cena y nunca más vuelvas a mencionar este nefando tema», dijo, prosiguió por los ruinosos pasillos y se perdió entre las sombras, su dureza era sólo un caparazón detrás del cual se traslucía el más honesto de los amores, una leona pegando de zarpazos a su cría para rectificar lo errado de su proceder, su respuesta, concluyente y virulenta, me sacudió, quizá no se equivocaba, los médicos eran sólo una variante sofisticada de servidumbre cuyos remedios resultaban, por lo general, infructíferos, pero al menos su labor conllevaba hidalguía y devoción por ayudar a otros, ¿dónde prevalecía más dignidad, en la aristocracia o en la medicina?, ¿quiénes merecían más honores, los caballeros andantes o los médicos rurales?, los primeros construyen naciones, los segundos velan por la salud de los pueblos, ¿pueden existir naciones sin pueblos vigorosos?, decidí no ausentarme de la cena, le demostraría a mi madre cuán resuelto me hallaba, no ahogaría la justeza de mi petición sólo por temor a sus gatuperios, en mi defensa invocaría la sensibilidad de mi padre frente a la suerte de los engendros y su legítima congoja por ellos, en ese punto débil requería concentrarme, me presenté a la mesa, al verme mi madre lució una expresión de enfado y mi padre ostentó un gesto severo, me senté en mi sitio, como era costumbre, las gemelas, sin recato alguno, comenzaron su guirigay, se atropellaban una a la otra para contar sus trivialidades infantiles, a mí me convino, distrajeron a mis padres y me permitieron calmar mi nerviosidad, aceché el instante preciso para exponer mi plan a mi padre, sólo presentaría a grandes rasgos mis intenciones para así compelerlo a reunirse más tarde conmigo en el salón, la algazara de las gemelas disminuyó cuando fue servido el plato principal y vi mi oportunidad, «padre, disculpa interrumpir tus alimentos, pero necesito hablar con ustedes de un asunto perentorio», mi madre me clavó la mirada con ánimo de callarme, «sí, lo sé», dijo mi padre, «ya tu madre me comentó al respecto y la mesa no parece lugar para discutirlo», hice caso omiso y comencé a narrar, con el mismo tono didáctico de Johann, la historia de Jonás y la ballena, mis hermanos me escucharon atentos, sobre todo Louise, quien, sabedora de los secretos, me observaba interesada, rematé mi relato con «todos poseemos el derecho de ir hacia otra dirección y si no es la correcta, volver sobre nuestros pasos y ser aceptados de vuelta por aquellos quienes nos quieren, como Dios admitió a Jonás», no hubo en los ojos de mi padre ni un fulgor de comprensión y sí un gesto gélido, bien lo exponía Shakespeare, de los lazos de sangre brotan las inquinas más feroces y un padre o una madre decepcionados pueden matar en vida al ser más querido y borrarlo como si nunca hubiese existido, al terminar la cena mis padres se incorporaron y sin dar las buenas noches se retiraron, mi garganta quedó atenazada por el presentimiento de un desastre irrevocable, con pesadumbre me despedí de mis hermanos quienes intuyeron también una calamitosa situación y me dirigí a mi apartamiento, Louise me alcanzó, «¿estás bien?», inquirió alarmada, «sí, muy bien», le contesté, pero mi rostro debió expresar lo contrario, «¿es parte del secreto?», preguntó, no me atreví a mentirle, a ella, mi cómplice, «sí, hermana, y de otros, de los cuales en su momento te enterarás», ella se mostró angustiada, «por favor explícame cuanto sucede», suplicó, «no ahora, necesito ordenar mis pensamientos, te prometo revelarte cada detalle cuando sea oportuno», la tomé de las manos, «estaré bien, no te preocupes», poco convencida se encaminó hacia su recámara, antes de entrar me volteó a ver, le sonreí y cerró la puerta.

La discordia con mis padres me causó insomnio, no se sabía, en la historia de nuestro linaje, del abandono de un sucesor de sus obligaciones para tomar otro camino, era inconcebible renunciar al poder, a la vastedad de la fortuna y de las propiedades, había cometido un error al plantear mis aspiraciones, mas no por ello podían juzgarme, ambicionar ser médico no era un dislate, si hubiese una profesión bendecida por Cristo debía ser ésa, dedicada a servir y a sanar, temprano por la mañana tocaron a mi puerta, al abrirla me encontré con Anna, quien en tono grave me pidió acompañarla al salón, «su padre lo espera», dijo, sentí estremecimientos, nunca antes la solicitud de verlo me había causado tal angustia, con un gesto de mi brazo apunté hacia el pasillo, «vamos», dije resuelto, una espesa neblina había penetrado en el corredor por entre los huecos de las paredes, el manto blanquecino parecía anticipar un lóbrego encuentro, entré al salón y para mi estupor mi padre me aguardaba junto con Matthew y Ryan, los tres serios, en silencio, cuando Ryan intentó ponerse de pie para saludarme mi padre lo detuvo del antebrazo, los años de mandar y dictar órdenes le otorgaban un aire augusto, era patente cuánto amedrentaba a mis preceptores, «siéntate», ordenó y señaló, no uno de los mullidos sillones a su lado, sino un modesto banco de madera, mi degradación iniciaba con ese pequeño acto, me vi en un dilema, obedecer a mi padre y con mansedumbre sentarme en el modesto banco o arrellanarme en el sillón contiguo al suyo y así mostrarle fortaleza de carácter, sin titubear me dirigí al sillón y me senté, mi padre me clavó la mirada, amenazante, había retado su autoridad frente a extraños y eso era imperdonable, también sería vergonzoso someterme justo frente a quienes me enseñaron a ser crítico y rebelde, «invité a tus amigos», dijo mi padre con tono despectivo, como si fueran mis iguales y no mis maestros, «para saber cuántas futilidades rondan por tu cabeza», lo mío podría ser un desbarro, un error grave, jamás una frivolidad, «no puedes juzgar a la ligera, la compasión es una de las virtudes cristianas más loadas», alegué, mi padre continuó como si yo no hubiese pronunciado una sola palabra, «la ciencia, y por ende la medicina, son sólo una pantomima para deslumbrar a incautos y, te lo digo de una vez, ningún esfuerzo mejorará la salud y la condición de esos desventurados engendros, por años lo intenté, traje a médicos y a albéitares, ninguno supo la causa de su aberración y menos los métodos para curarla, sólo alguien lleno de petulancia, como tú, cree poder solucionar su grave estado», dijo y con un gesto de su mano abarcó el salón, «mira este lugar, medita por un instante el privilegio de quién eres, el orgullo de representar a una dinastía de guerreros y de edificadores de esta nación, respeto tu apetito por encontrar tus propias sendas, los primogénitos de esta familia, incluido yo, en algún momento nos planteamos ir en otro sentido, pero tarde o temprano la sensatez impera y uno corrige el rumbo, guardo esperanza sobre ti y ansío el apremio de tus profesores para hacerte rectificar», ceder no sólo me achicaría frente a Matthew y Ryan sino con el juez más severo, yo mismo, no podría vivir con la sensación de derrota, «mi empeño puede parecerte un arranque impulsivo, pero fue obra de una epifanía a la cual no pude darle la espalda, no culpes a mis maestros, ellos se limitaron a enseñarme a pensar y a mostrarme los alcances del análisis crítico, no asumas animadversión contra ellos, eso demeritaría mi voluntad y me convertiría en mero títere de otros, esta decisión fue sólo mía, no menosprecio el futuro previsto para mí, pero como Jonás tengo derecho a buscar otros rumbos y volver a casa si me he equivocado», creí conmoverlo o al menos incitarlo a contemplar mi punto de vista, «la vida», prosiguió mi padre, «te asignó una responsabilidad magna, no canceles tu futuro por ese oficio de charlatanes», no veía en él voluntad de conceder, la tradición pesaba y no admitía quebranto, mi padre se levantó y fue a traer una garrafa de whisky, esta vez no seleccionó un añejo, sirvió en cuatro vasos, «hace frío, necesitamos calentarnos», dijo, lo interpreté como una tregua para aligerar el encuentro, agitó el líquido ambarino y paladeó el trago, vi en su relajación una oportunidad para presentar mis propuestas, «la ciencia fue oficio de charlatanes cuando aún no se desprendía de su hálito de hechicería, pero ha avanzado mucho, por ejemplo, gracias a las tesis de Bakewell hemos creado cruzas de ganado para carne y para leche, esto, has de reconocerlo, ha beneficiado nuestros caudales, igual sucede con la medicina, año a año se acrecientan sus logros», Matthew y Ryan nos observaban en silencio sin tocar sus vasos, mi padre se notaba tranquilo, «estudia aquí en casa cuanto desees, este par de amigos puede traer gente docta en el asunto, consentiré, aun contra mi renuencia, atiendas a cuanto engendro more en la propiedad, será un pasatiempo, no una profesión, y cuando llegue el momento, no más de tres años, dejarás de lado cualquier actividad relacionada y te concentrarás en la posición destinada para ti», no, no podía aceptar su oferta, yo aspiraba a otros vuelos, «padre, mi ambición es ingresar a la universidad, codearme con los nombres más ilustres en el campo médico, aprender de ellos en las aulas de mayor prestigio, convivir con alumnos hambrientos, como yo, de sapiencia, disecar cuerpos bajo la guía de expertos para descubrir sus más recónditos secretos», mi padre revolvió de nuevo su bebida, olió su aroma y bebió con calma su contenido, «¿deseas ir a la universidad a contaminarte de ideas, no sólo peregrinas sino también perversas?», inquirió apretando la mandíbula, «la universidad es un centro de pensamiento, de diálogo, de encuentro de posiciones diversas, de donde pueden surgir decenas de malas ideas, pero basta una buena para cambiar la substancia de las cosas», le dije, mi padre miró a mis preceptores, «¿ustedes le metieron eso en la cabeza?», Matthew se apresuró a negarlo, «no, mi señor, no creo en el valor de la universidad, deprava mentes jóvenes», me repelió su medrosa respuesta, lo tomaba por un hombre de firmes creencias, no un cobarde acomodaticio, «¿y tú?», cuestionó a Ryan, «tuve la fortuna de asistir durante un año al Colegio de la Trinidad y puedo asegurar cuánto enriquece la universidad la vida de un joven, un país donde no se ventilan las ideas, donde no se expresa el conocimiento, donde los jóvenes no se abren al mundo, se convierte en un territorio yermo y rancio», sentenció, la expresión de mi padre se endureció, destellaron sus ojos, «permíteme, padre, asistir a la universidad por un lustro, consumar los requisitos para recibirme como médico, ejercer la profesión por doce años y a los treinta y cinco años de edad, volver a casa, prometo cumplir con cada una de mis obligaciones y educar a mi primogénito con tu mismo fervor, ésta me parece una propuesta razonable, padre, y espero tu beneplácito», su rostro se tornó más áspero, en su boca se dibujó una mueca de desprecio, «mi querido hijo, me has desilusionado, a partir de este momento te relevo de tus compromisos y derogo tus privilegios, da por perdido tu acceso a nuestros bienes, a nuestras posesiones y a nuestra familia, a partir de mañana tu hermano Frank te substituirá, no te abandonaré a tu suerte, recibirás a perpetuidad una mesada, suficiente para vivir con desahogo y hasta con suntuosidad, el resto de tus años, Frank estará obligado a cumplir con este acuerdo y estos dos caballeros son testigos de mis palabras, no podrás volver jamás a estas tierras ni comunicarte con miembro alguno de la familia, hacerlo romperá este pacto, si cualquiera de tus hermanos o de tus hermanas responde a una de tus misivas será por igual expulsado, en el momento oportuno ellos serán avisados de tu destierro, deberás residir al menos a tres leguas de distancia de la propiedad, si rompes con esta regla me encargaré de dejarte en la miseria, partirás antes del amanecer

Guillermo Arriaga (Ciudad de México, 1958) ha publicado las novelas Escuadrón Guillotina (1991), Un dulce olor a muerte (1994), El búfalo de la noche (1999), El Salvaje (2016), Premio Mazatlán de Literatura 2017, seleccionada en varios países como una de las mejores novelas del año, y Salvar el fuego, Premio Alfaguara de novela 2020, y la colección de cuentos Retorno 201 (2006). Su obra ha sido traducida a veinte idiomas. Es autor de las películas Amores perros, 21 gramos, Babel, por la que fue nominado al Oscar, al Globo de Oro y al Premio Bafta al mejor guión original, y Los tres entierros de Melquiades Estrada, que recibió el premio al mejor escritor en el Festival de Cannes 2005. En 2008 presentó The Burning Plain, su ópera prima como director. Produjo y coescribió la historia de Desde allá, primera película iberoamericana en ganar el León de Oro en el Festival de Venecia. Recientemente, Arriaga fue elegido por un panel internacional como uno de los cien mejores escritores de cine de la historia.

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