Martín Caparrós

LECTURAS | Antes que nada, de Martín Caparrós

Cada libro de Martín Caparrós es una aventura por el que asirse a un grado de afición a la palabra y al decir –una cosa cada vez más en desuso– con dibujos en la pared, como para que quede el testimonio en el tiempo. El hambre es su gran legado, creo.

Ciudad de México, 20 de octubre (MaremotoM).- “Yo decidí escribirlo de todas maneras, sin saber si sería póstumo o no, porque tenía ganas y lo dejé un tiempo reposar y el invierno pasado lo leí, vi que era interesante ese doble recorrido, por mi vida y por mi enfermedad, pero lo que me hizo decidirme a publicarlo fue que se lo di a leer a Marta y ella estuvo de acuerdo y que empecé a tener síntomas en los brazos, de manera que iba a salir del armario quisiera o no quisiera. Ya no podría seguir diciendo que no tenía diagnóstico, que era algo desconocido que sólo me afectaba las piernas”. Así lo dijo el escritor argentino Martín Caparrós a su colega el español Jorge Carrión, para La Vanguardia.

Anunciaba así su enfermedad, la ELA, esclerosis lateral amiotrófica, una dolencia neurodegenerativa que afecta las neuronas motoras del cerebro, tronco cerebral y médula espinal. También promovía su nuevo libro, que sale por Random House, Antes que nada, de la que publicamos hoy un adelanto y que podríamos denominar como sus memorias.

MARTÍN CAPARROS, EL ESCRIBIENTE

La noticia es tristísima. Mucho le debemos a Martín Caparrós, entre ellas haber escrito uno de los libros fundamentales del siglo XXI, al menos en nuestro universo latinoamericano es El hambre, de Martín Caparrós: “Conocemos el hambre, estamos acostumbrados al hambre: sentimos hambre dos, tres veces al día. No hay nada más frecuente, más constante, más presente en nuestras vidas que el hambre —y, al mismo tiempo, para la mayoría de nosotros, nada más lejos que el hambre verdadero”.

Cada libro de Martín Caparrós es una aventura por el que asirse a un grado de afición a la palabra y al decir –una cosa cada vez más en desuso– con dibujos en la pared, como para que quede el testimonio en el tiempo. El hambre es su gran legado, creo.

A veces me da risa pensar si muchas de las cosas que Martín escribe no las dice frente al espejo o las graba para hacérselas oír. Caparrós escribe como conversa. Claro, como conversa él, no otro. Uno estaría todo el tiempo escuchando hasta que los oídos se les taponen y vendría una tragedia humana que nos dejaría sordos o nos pulverizaríamos al compás de una explosión que nos devendría estáticos y tiesos.

Claro, esa palabra es la que vale para mí. Esa palabra que me cansa de tanto escuchar. Esa palabra que me sacude por no estar de acuerdo. Esa palabra que a veces me da sonrisa porque sí, efectivamente, la podría haber escrito yo.

Todo escritor es uno mismo. El escritor que nos gusta, que nos conmueve, al que vemos como una prosecución de nuestras reflexiones, es un hermano mellizo que anda por el mundo diciendo cosas que podríamos decir nosotros.

No es un narcisismo galopante, ni siquiera tiene que ver con el complejo frente al otro, al talentoso: toda literatura que nos produce un accidente interior tiene esa savia de que la hemos completado con la lectura.

Leo uno de los libros de Caparrós: Ahorita. Apuntes sobre el fin de la era de fuego. Se trata de una serie de artículos que por un lado certifican que no existe el ahora, sólo existe el ahorita (y los mexicanos, por supuesto, como tantas otras cosas, lo saben bien) y por el otro lado comprueban esa maravilla de andar escribiendo.

Me acuerdo con el libro del vértigo de las cosas que tenemos, lo pensaba el otro día cuando perdí –por no sé cuánta vez– el paraguas, creyendo que para irme de mi casa, mudándome –o, Dios no lo quiera, muriéndome– una persona tendría que estar mínimamente una semana (los siete días de cada una y con muchas horas por jornada) eliminando las cosas que tengo. En esta habitación, tengo pocos libros y pocos discos, porque precisamente el año pasado decidí que tenía que estar más liviana. Pero hay miles de cosas, desde el Buda desnudo al que a veces le acaricio la cabeza para que venga más dinero, hasta la guitarra de juguete en una repisa, una araña de metal, un puerquito rosado vacío… Así podría enumerar cientos, miles, de cosas.

¿Por qué tengo un DVD, un blu ray, una cosa para ver VHS, si cuando tengo tiempo sólo veo Netflix y Amazon?

Volvamos a Caparrós y al hambre y también a la prestancia del chef Anthony Bourdain (1956-2018). Mientras realizaba una investigación sobre el hambre en el mundo, también hacía un libro sobre comidas: Entre dientes. También, en Níger sufrió una extraña enfermedad que lo dejó en los huesos.

“Me gustó mucho el primer libro de Bourdain, Kitchen Confidential, porque produjo como una especie de fenómeno cultural al cambiar la idea de lo que pasa adentro de una cocina. Antes de ese libro pensábamos en la cocina como un sitio de trabajo, de producción, más o menos organizada, pero a partir de Bourdain empezamos a pensar en la cocina como en lugar lleno de cuchilleros drogados dispuestos a matarse los unos a los otros, mientras que por algún azar de la naturaleza salen platos cocinados rumbo a la mesa del comensal de turno”, dice Martín.

“La comida es uno de los ejes alrededor de los cuales puedes organizar tu vida. Uno sabe que va a comer más o menos dos veces en el día y eso va a amojonando tus días, ¿no? ¿Dónde voy a comer? ¿Qué? ¿Con quién?  Y lo interesante es haber hecho de una necesidad un placer. Tenemos que comer obligadamente, pero revestimos el acto de comer con un montón de cosas que convierte ese acto en deseable en ciertas sociedades occidentales y ricas. Conozco muchos lugares, donde comer no tiene nada que ver ni con el placer ni con la variedad, que son como los dos ejes que le damos ahora a la comida. En esos lugares las personas comen más o menos lo mismo cuando pueden, para alimentarse y reproducir sus energías, no para darse gusto”.

“¿Qué se hace con 1000 millones de personas que padecen hambre en el mundo? Yo mismo me lo pregunto, que viajo por todos lados y como muy rico, ¿qué hacer? Es mucha gente a la que le falta lo mínimo esencial y sin embargo hemos conseguido armarnos unas vidas que están ajenas a ese problema”.

Su investigación lo ha encontrado muchas veces al borde de la derrota y no le avergüenza confesar que estaba metido en uno de los trabajos más difíciles de su vida.

Martín Caparrós
Martín Caparrós. Foto: Cortesía / Casa de América

Tanto andar por el mundo, tanto contar historias duras, no lo han hecho cínico. “Si fuera así, no andaría un año recorriendo esos sitios tremendos, estaría en mi casa, cómodo y abrigado”, afirma.

“Mi padre Carlos había mandado a hacer una tarima. Mi padre quiso que no hubiera aparato: faltaba la música, soldados, los consejeros; ni sus animalitos tenían cerca. Sobre la tarima estaba solo, desnudo en todas partes y había decidido hablar bajito. No necesitaba que lo oyera nadie: hablaba para el Perro y otros dioses, con todos por testigos. Decía las palabras de a una: después de cada, una ola se hacía entre los hombres y mujeres que se repetían la palabra de adelante atrás. Las cabezas se daban vuelta una tras otras: como un viento. Las cabezas volvían y se preparaban para el siguiente chicotazo. Las palabras llegaban al fondo parecidas”.

Andar disfrazado como el Perro, empardado, mordiendo las patas de perros más chicos y obedientes, es como quisiera que nos alcanzara el fin del mundo. Así, como La historia, de Martín Caparrós, que desde que lo conozco, hace ya mucho tiempo, trabaja todo el día sin parar y este, su libro, su único libro, vendió apenas 2000 copias en el 2000, cuando todo parecía que se iba a acabar y cuando él tiene 60 –impresionante dice, impresionante, digo yo- se editó.

Es un libro con tapa dura, donde hay una guerra: “Hay una guerra, pero al viajero no le hablarán de ella. Sabrá de ella porque verá las cicatrices indeseadas, porque oirá que tropas van de una a otra frontera, porque le llegarán los cuchicheos. Escuchará, quizá, la palabra “barbudos”, algún canto exaltad, el llanto de una muerte y una expresión de desaliento. Pero, si comete la torpeza de preguntar por ella, lo mirarán como si no existiera. Y alguien, quizá, le diga que muchas cosas han cambiado y deberían entender que ahora, en la ciudad, la muerte es un camino apetecido”.

Hablar de los libros que uno se llevaría a una isla desierta, como si existiera esa isla y como si al llegar no tuviéramos más que libros y discos y nada de soledad.

Pienso en “Muchacha Punk”, elegido entre los mejores cuentos argentinos que Rodolfo Fogwill escribió durante una noche despierto con cocaína. Pienso en El palacio de la luna, de Paul Auster, que terminó casi también en una noche. En Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. ¿Y La historia? ¿Llevaré a la isla desierta este tratado sobre mi origen, mi origen falso, pero nunca más testimonial y cierto, que La historia?

Martín Caparrós
Tanto andar por el mundo, tanto contar historias duras, no lo han hecho cínico Foto: Cortesía

¿Cómo habrá escrito La historia Martín Caparrós?

De día a día, sin descanso, boquiabierto, espeluznado, tratando de arrebatar del pasado y del futuro algo que lo ayude a entender el presente.

Dice el periódico El País, que “el atributo de este hombre es la escritura” y yo pienso que además de un elogio es también hacer centro en el defecto, en eso que le falta y de una manera, en esta dimensión, tratará de alcanzar con las palabras, que a veces quedan tan frágiles para definir un momento.

Dice también El País que finalmente “el atributo de este hombre es la desnudez”. Como cuando se enfrenta a una mujer en La historia: “Yo no había tenido comercio con mujeres: sin contar, por supuesto, a mi madre. Podría haberlo tenido muchas veces; pero con mis compañeros de juegos, mis servidoras y mis animales me alcanzaba bien. Así que cuando entré en la estancia y la vi, abierta, ofrecida, con los brazos abiertos como quien agarra la Ciudad y las Tierras, me bailaron los dientes un momento y después, pistón y piernas firmes, me lancé hasta su cuerpo como el anta: callado. El choque fue grandioso”.

Como un choque grandioso, la historia del hombre y la mujer, a veces creo que no es tan grandioso, pero es sin duda un acontecimiento bestial, animal y en el medio algo sensible como esa mirada que Martín Caparrós lanza cuando no comprende las cosas. Y en La historia se comprende poco, nada. Se pregunta a lo sumo: “El discurso del soberano 19 siguió así todavía algunos párrafos. Debía ser el momento de cada soberano –y supongo que por eso lo hacían durar-: ese lapso, breve, en que su tiempo estaba casi declarado, pero nadie lo sabía; en que todos suponían algo a partir de palabras pocos claras; en que su tiempo se multiplicaba al infinito por los errores de comprensión, las interpretaciones de cada súbdito”.

Martín Caparrós no es súbdito. Aunque no entendamos demasiado las cosas, estará con los dientes apretados, diciendo palabras poco claras a la hora del final, cuando ya nada sirva para salvarnos de la vida.

Sabemos que la vida no nos pertenece, pero algo, como una ilusión, nos permiten estos textos, de 1022 páginas, que llevaremos en papeles rotos a nuestro descanso.

“Pude escaparme cuando clareaban las primeras luces. Habíamos comido cada cual lo suyo y los salvajes habían bebido cantidades de un líquido pastoso, blanquecino, que parecía simiente de hombre viejo” y poder decir: “Soy sólo un instrumento”. Eso redime.

Para Martín Caparrós, el periodismo no constituye un oficio en extinción y el género de la crónica es “el periodismo que sí dice yo, porque la objetividad es estructuralmente imposible”.

Martín Caparrós
La crónica no es sinónimo de mejor escritura, es sinónimo de ambición de mejor escritura Foto: Cortesía

“La crónica no es sinónimo de mejor escritura, es sinónimo de ambición de mejor escritura. A algunos, por supuesto, les sale mejor y a otros peor. No hay nada garantizado”, afirma.

“Estoy bastante en contra de la pirámide invertida que se enseña a todos los chicos en las escuelas de periodismo. Esa forma de escribir pensando que no te van a leer, eso de poner todo en las primeras cinco líneas porque supones que luego no te van a seguir leyendo, es tristísimo. Esta idea de no poner cosas porque el lector supuestamente no lo va a entender o no hacer textos largos porque el lector no va a llegar hasta ahí. Ese es el primer uso del lector que me incomoda. Siempre digo que escribo como si el lector que se va a encontrar con mi texto fuera la persona más inteligente del mundo y que me resultará difícil contentarlo. En la otra idea en la que empecé a pensar hace un tiempo es en escribir contra el público. Solía decirse que el periodismo consiste en contar algo que alguien no quiere que se sepa y últimamente creo que el periodismo es contar algo que nadie quiere saber. Hemos entrado en la lógica del rating en los medios escritos, gracias a Internet y entonces muchos editores saben inmediatamente lo que el público favorece y lo que no y tratan de darle más de eso para conseguir más clics. Ahora en general lo que el público favorece es basura y eso nos lleva a escribir y publicar más basura, creando un círculo vicioso del que resulta muy difícil salir. Entonces me parece que hay que escribir contra esa demanda del público. Lo más leído de los medios siempre es penoso: tetonas millonarias, los romances de las actrices, por eso decía que el periodismo es contar algo que nadie quiere saber”.

Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) se licenció en historia en París, vivió en Madrid, Nueva York y Barcelona, hizo –y sigue haciendo– periodismo en gráfica, radio y televisión, dirigió revistas de libros y revistas de cocina, tradujo a Voltaire, a Shakespeare y a Quevedo, recibió la beca Guggenheim, los premios Planeta y Herralde de novela, los premios Tiziano Terzani y Caballero Bonald de ensayo, los premios Rey de España, Moors Cabot y Ortega y Gasset de periodismo. Ha publicado más de treinta libros en más de treinta países. Muchos de ellos serán reeditados en la Biblioteca Martín Caparrós, que Random House lanzó en 2020 –y donde ya aparecieron las novelas Sinfín y Un día en la vida de Dios y el ensayo Ñamérica.

Martín Caparrós
Editó Random House. Foto: Cortesía

Antes que nada, de Martín Caparrós, editado por Random House

Me dijeron que me voy a morir. Es tonto: no debería necesitar que me lo digan. Pero una cosa es saber que te vas a morir alguna vez —empeñarte en olvidar que te vas a morir alguna vez— y otra muy otra que te digan que hay un plazo y ni siquiera es largo.

El proceso lo fue: durante meses, médicos agotaron sus variadas ignorancias buscando explicaciones que fallaban. Todo había empezado con una tonta caída en bicicleta —y fue en París, para que significara un poco más, agosto de 2021. Desde ese golpe, el dedo gordo de mi pie derecho no seguía mis órdenes. Entonces fui a ver a un traumatólogo que me dijo que me había seccionado un tendón y que debía operar. Yo pensé que no valía la pena: podía vivir con el dedo gordo de mi pie derecho levemente rebelde. Después, poco a poco, fui notando que mis piernas se cansaban pronto.Mi síntoma era simple: piernas débiles, reacias a sostenerme como siempre. Fui a ver a un médico, después otro y otro; los cinco o seis se enredaron en las explicaciones menos graves. Preferían, se ve, la compasión a la verdad: que si era el efecto secundario de un remedio, que si una vértebra estrechada, que si el eco de algún tumor menor, que si los músculos tenían no sé qué, los nervios no sé cuánto.Fue un camino insidioso y variopinto: sus momentos de pesimismo siempre aminorados por las distintas formas de esperanza, por las nuevas ideas de causas que podrían tratarse, por las expectativas de una solución. Hasta el final hubo ilusiones de esas: la penúltima, aquella punción de mi líquido bulbo-raquídeo para ver si tenía no sé qué anticuerpos. No los tenía, como no había tenido un estrechamiento suficiente, ningún tumor en ningún sitio, nada grave en mis músculos. Así que al fin tuvieron que rendirse a la evidencia: estaba condenado.

(Después pensé que si se hubieran atrevido a buscar este mal desde el principio lo habrían encontrado mucho más rápido y habrían podido intervenir bastante antes; los redime que no haya intervención posible.)

Es raro que te digan que estás condenado. Quizá fue menos raro porque fueron diciéndomelo, sin querer, de a poco: cada vez que una hipótesis benévola fallaba, la más brutal crecía otro tanto. Pero siempre quedaba la posibilidad de la siguiente, de otra, de alguna que no fuera esa. Hasta que no: hasta ese día en que te dicen claramente mire, lo que usted tiene es tal. Lo siento tanto.

(Yo lo temía desde el principio. Desde el principio imaginaba que tenía lo que tenía pero lo descartaba con esos argumentos lógicos: no seas idiota, siempre pensando lo peor, dejate de dramas baratos. No seas hipocondríaco o hiperkinético o neoestagirita; no seas pelotudo. Siempre encontraba una forma de desechar eso que, entonces, no era más que un miedo sin respaldo.)

Y todo, al fin y al cabo, se resuelve en un momento de una simpleza abrumadora: un hombre joven detrás de un escritorio, su casaquita blanca, su mascarilla puesta, su voz de circunstancias. Un momento casi banal: un hombre amable en una charla muy amable, que ni siquiera resultó dramática. Me lo dijo, dijo que no, que no tenía ninguna cura y lo sentía, que era mejor que me viera un especialista en esas cosas, me derivó a uno de ellos, me despidió con un resto de afecto. Acababa de decirme lo peor que había oído en mi vida y no sabía qué hacer con eso: él sí sabía —pasar al siguiente—; yo era el que no. Yo era el que sigue sin saber.

(Yo soy el que sabe que no puede hacer nada —y que no puede no hacer nada. Yo soy el que no soy, al menos el que era. Yo soy el condenado.)

Es un momento tan extraño: de pronto te dicen lo que toda tu vida temiste oír, lo que te imaginaste a otros escuchando, lo que confiabas en no escuchar jamás. Y no suenan trompetas ni tambores ni te caés redondo ni súbitamente se te revelan los destinos del cosmos. No pasa nada: solo te dicen que te vas a morir mal mucho antes que lo que habrías querido —mucho antes que lo que podías esperar. Y no sabés qué hacer con eso. El hormigueo, el nudo en la garganta, el peso en el cerebro. No sé qué hacer con eso.

Desde entonces tomo cada mañana un antidepresivo —«para no obsesionarte», me dijo aquel médico y otra vez fracasó. Y tomo algunos ansiolíticos, siempre dentro de un orden, y trato de no hablar del tema. Hago todo lo posible por no hablar del tema: no quiero convertirme en ay pobre qué mala suerte tuvo; ay qué pena qué mal lo debe estar pasando. No quiero convertirme en ese héroe de la época: la víctima. No quiero que me traten como un héroe victorioso: para bien y para mal, un condenado. No quiero esa deferencia melancólica. No quiero que los que me quieren me vean con tristeza. No quiero que al verme vean al muerto. Mientras siga vivo quiero seguir vivo.

A veces, claro, me da un escalofrío. «A veces» es un eufemismo: cuando me pienso muerto o brutalmente postrado me da un escalofrío. Estoy aprendiendo a reconocer esos escalofríos como los momentos de verdad —y a tratar de evitarlos. La verdad es la enemiga, pura crueldad innecesaria. ¿Para qué sirve saber verdades brutas cuando no hay modo de cambiarlas?

Y esta estúpida urgencia —esta obviedad— que ahora me dio de escribir unas «memorias».

Nunca creí que valiera la pena escribir sobre mí. ¿Por qué ahora sí? O, al menos: ¿por qué ahora sí lo hago? Supongo que la llegada de la muerte justifica muchas cosas. ¿Se justifica que la llegada de la muerte justifique muchas cosas? ¿O los buenos son los que hacen ante la muerte lo mismo que hicieron cuando podían creer que no existía? ¿O los buenos son los que pueden seguir creyendo que no existe hasta el momento en que sin dudas? ¿O esos son los locos, los estúpidos?

Solo tendría que escribir preguntas.

(Soy, sabemos, una caricatura: decido volcarme a mi pasado cuando me dicen que no tengo futuro —y que mi presente, cada uno de mis presentes, va a ser bastante insoportable.)

Pero igual: por qué, para qué. ¿Para qué escribe alguien sus historias? ¿Cómo lo justifica ante otros, cómo ante sí mismo? Para empezar, escribir unas memorias supone una soberbia extraordinaria, una memez extrema: suponer que hay personas que querrán saber lo que uno recuerda sobre uno. O que, en el peor de los casos, uno logrará algo en la estructura o la escritura de ese texto que las atraiga más allá de las banalidades de la historia. Aunque, al buscar esa justificación, esté cayendo de nuevo en la misma vieja trampa: pensar lo que escribo en función de quien podría, eventualmente, llegar a leerlo. Pensarme como alguien que propone algo, no como alguien que hace lo que puede, lo que cree querer, lo que consigue.

Es, supongo, el peor de los errores que quien escribe puede cometer. Y yo, que me he pasado dos o tres vidas denunciándolo, no estoy nada seguro de no haberlo cometido muchas veces. Pero ahora creo que no: sé que no me queda mucho que escribir —de varias maneras: porque ya he escrito demasiado, porque no tengo tanto tiempo. Y como no me queda mucho —por escribir— me dieron ganas de recorrer ciertos pasajes de mi vida. Recuperarla, digamos, revisitarla, revisarla. No para que nadie lo haga después; porque yo quiero hacerlo. Si algún otro lo hace será su decisión; yo ya no estaré allí para hacer como que me hago cargo.

Así que podríamos desechar la primera cuestión: no escribo esto para nadie, solo para mí. Me quedaba por decidir si lo iba a publicar o dejarlo para cuando ya no decidiera nada; he decidido publicarlo antes porque por qué no y hay cosas que es mejor hacer en vida. Pero, de cualquier modo, lo escribo porque quiero dar esa vuelta, revivir ciertos recodos del camino, intentar, incluso, entender ciertos puntos. Con eso, a esta altura, me alcanza y me sobra.

(Será, digamos, para mí y si acaso, con miedo, para los cinco o seis que realmente quiero.)

Lo curioso es la idea de «memoria». ¿Qué es la memoria, qué cuernos son unas memorias? Notable que un plural cambie tanto el sentido: si la memoria es la capacidad de cada persona de recordar momentos, hechos, frases, ideas, sensaciones, unas memorias son ese relato en que una persona decide recrear algunos de esos momentos, hechos, frases, ideas, sensaciones: un artefacto, un artilugio para producir de sí misma una versión que por alguna razón consiga complacerla —porque se ve mejor, tanto peor, inteligente, dramática, exitosa, afanosamente fracasada, envidiable, misteriosa, trágica. La memoria es el espacio donde se almacena lo que supuestamente fue; unas memorias son el recurso para montar con todo eso —y mucho más o, habitualmente, mucho menos— un personaje interesante.

¿Unas memorias deberían ser el intento de recordar todo lo que uno ha tratado de olvidar a lo largo de su vida? ¿O, en cambio, la tentativa de juntar todo lo que uno había jurado recordar? ¿O una sabia mezcla de ambos elementos? ¿Y, en tal caso, cómo se mide la sabiduría de las proporciones?

(Para empezar, ¿habrá un número más o menos constante? ¿Cuántas imágenes, escenas, canciones, cifras, caras, personas recordará normalmente una persona? ¿Existe una normalidad para el recuerdo? Funes, claro, pero ¿del otro lado la cantidad es más o menos fija? Últimamente —desde que escribo esto— se me aparecen tantos lugares —escenarios— donde pasaron cosas completamente irrelevantes. Entonces hoy, por ejemplo, recordé un momento de mis quince años en que me asomé a una peluquería en el pasaje Barolo, un momento de mis cincuentas en que la enfermera de un dentista no me abría la puerta en la avenida Córdoba, uno de mis veinte en que unas carrozas pasaban tirando caramelos en una noche de Colonia, Alemania, un partido de pelota hacia mis treinta con mi tío Nicolás en el frontón de Torrecaballeros —y así de seguido. ¿Es infinito incontenible interminable? ¿O el monto de imágenes que podría recordar está tasado de antemano? ¿Dónde están, todas ellas, que vienen como desde ninguna parte?)

Como siempre, él lo dijo mejor, él encontró la forma: «Tan compleja es la realidad, tan fragmentaria y tan simplificada la historia, que un observador omnisciente podría redactar un número indefinido, y casi infinito, de biografías de un hombre, que destacan hechos independientes y de las que tendríamos que leer muchas antes de comprender que el protagonista es el mismo. Simplifiquemos desaforadamente una vida: imaginemos que la integran trece mil hechos. Una de las hipotéticas biografías registraría la serie 11, 22, 33…; otra, la serie 9, 13, 17, 21..; otra, la serie 3, 12, 21, 30, 39… No es inconcebible una historia de los sueños de un hombre; otra, de los órganos de su cuerpo; otra, de las falacias cometidas por él; otra, de todos los momentos en que se imaginó las pirámides; otra, de su comercio con la noche y con las auroras. Lo anterior puede parecer meramente quimérico; desgraciadamente, no lo es. Nadie se resigna a escribir la biografía literaria de un escritor, la biografía militar de un soldado; todos prefieren la biografía genealógica, la biografía económica, la biografía psiquiátrica, la biografía quirúrgica, la biografía tipográfica», escribió Borges en un prólogo al Vathek de William Beckford.

Así que en algún momento pensé que quizá valiera la pena construir unas memorias a la manera crónica: reporteando, entrevistando a personas —parientes, amigos, enemigos, viejos conocidos— que pudieran contarme historias de mi vida, y trabajar con eso, amalgamarlo en un relato. Entonces recordé la cantidad de veces que he escuchado a personas contando situaciones que me involucraban y que no recordaba en absoluto; cuántas, incluso, que sabía que no podían ser ciertas. Así que no. No digo que mis recuerdos sean precisos; digo que son míos, y que cada cual se arma los recuerdos que quiere. Eso es, supongo, una memoria, e incluso unas memorias.

Y, de todos modos, no sé para qué sirven. A veces creo que para crear un relato tolerable, amable de uno mismo, para creer que uno ha sido en el pasado lo que no consigue ser en el presente, lo que no puede proyectar en el futuro. A veces me resulta difícil no creer que es puro narcisismo trasnochado, perdida la esperanza.

Y no querría y me digo que no es mi caso —aunque es probable que lo sea. Pero me digo que lo que quiero es dejar un boceto del mundo donde estuve; es verdad y es, por supuesto, mentira cochina: no estoy haciendo una historia de la humanidad en las últimas décadas, estoy usando esa historia para ponerme en el medio de la escena y contarme como si importara. Aceptarán —supongo, aceptarán— que a mí pueda importarme; hablarles —como lo estoy haciendo— a «ustedes» es otra forma de desmentir lo que acabo de decir o de decirles. Para eso, también, sirven las memorias.

Pero escribir unas memorias es como inocularte —con perdón— un virus autoinmune: cuanto más te metés en ellas más te parece que tiene sentido hacerlas, este no-tema se constituye más y más en tema —no temas, anatema.

Y la pregunta, que siempre es la misma:

¿qué importa contar de una vida?

O, dicho en serio:

¿una vida, qué carajo sería?

EL ORIGEN

 

Nací, y solo por nacer me perdí tantas vidas. ¿Por qué cuernos fue en Buenos Aires a mediados del siglo XX y no en Florencia en el XIV o en Shanghai a fin del XXII o en una tribu de zulúes victoriosos? ¿Por qué fui hijo de mi padre y de mi madre? ¿Por qué soy el que soy, si hubiera podido ser todos esos que nunca? ¿Por qué soy uno solo?

En 1957 el mundo era, como siempre, un lugar tan extraño: un escenario de tubos fluorescentes y lamparitas tenues, de sombreros todavía y matrimonios, de pobres como ratas y optimismos extremos y África colonial y unos pocos televisores blanco y negro. En 1957 se murió, pobre, la perrita Laika y nací yo.

La perrita Laika fue el primer ser terrestre que salió al espacio: lo lanzaron los soviéticos rusos el 3 de noviembre en un cohete llamado Sputnik y llegó a ponerse en órbita alrededor de la Tierra. La perrita pesaba cinco kilos y la habían cazado en una calle de Moscú: los científicos alegaron que un perro de la calle —rusa— estaría habituado a casi todo, que sabría soportar lo insoportable. Pero aun así no duró mucho: al cabo de tres o cuatro horas se murió de calor. Los soviéticos rusos no lo dijeron: tardaron seis días en anunciar su muerte —y dijeron que había vivido esa semana. Muerta, en cualquier caso, siguió girando alrededor del mundo: 2.570 veces durante varios meses más. Solo cuarenta años después, cuando los rusos ya no eran soviéticos, se supo que los que la mandaron ya sabían que estaba condenada: que no tenían manera de traerla de vuelta. La mentira, en cualquier caso, había funcionado, como funcionaban entonces —y siempre— tantas otras: en aquellos días del ’57 el mundo lloró por la perrita Laika, y yo lloré también, supongo, por si acaso.

Yo, entonces, tenía 158 días de vida, un poco más de cinco meses: imagino que lloraría con frecuencia. Ahora, pese a todo, me reconforta imaginar que algunas de esas lágrimas se sumaron a tantas otras en la pena por la perrita Laika. Nada une tanto como llorar juntos.

Yo recién empezaba a formar parte.

Mis padres deben haber llorado, también, por la perrita Laika. Aunque no lo sepa a ciencia cierta, es muy probable: los dos eran, entonces, militantes de ese Partido Comunista argentino que apoyaba todo lo que hacían los rusos soviéticos y, calculo, especialmente ese lanzamiento que ponía al falso socialismo por delante del verdadero capitalismo en esa carrera armamentista disimulada que era, en esos días, la competencia por escapar del mundo y entrar en el espacio.

Mis padres eran comunistas. O, por lo menos, en ese momento eran comunistas. Mi padre, Antonio, tenía veintinueve años cuando se transformó en mi padre. Un hijo no ha sido nada antes de ser un hijo; un padre, en cambio, una madre, fueron mucho hasta que cambian tanto cuando se vuelven padre o madre.

Como había nacido en Madrid en 1928, mi padre Antonio había sido niño en la Guerra Civil, conocido hambres y bombardeos aéreos y, entre tantas, la muerte de su perro: el mastín de la casa se perdió cuando una bomba le cayó demasiado cerca. Mi padre Antonio tenía ocho o nueve años y sí sé que lloró por su perro: se acordaba de él, se llamaba Caireles. Desde entonces, los cristales que cuelgan de las arañas luminosas siempre fueron para mí una explosión, un perro muerto.

(¿Cómo se van armando, en la memoria, los recuerdos tristes? ¿Por qué algunos que no deberían serlo aparecen pesados de bruma y otros que sí, relucen? Las razones suelen ser confusas, las consecuencias, claras: es muy raro que un recuerdo triste se vuelva uno feliz, pero no viceversa.)

Mi padre Antonio llegó a la Argentina con sus padres cuando tenía veinte años: un muchacho. Era flaco, un punto acongojado, cierta belleza melancólica, los ojos verdes y ese acento perdidamente madrileño. Muchas veces intenté imaginar sus años anteriores, españoles: la vida del hijo de un preso, un derrotado, en esos días de posguerra en que la venganza y el hambre cobraron tantas víctimas, esos días en que todo era gris por la gracia de Dios. Madrid era la muerte; sus padres lo mandaron, para que comiera más seguido, a vivir con un tío rico en Almería. Allí pasó dos o tres años, a sus catorce o quince: el tedio provinciano, el colegio de curas, la adolescencia tan piadosamente reprimida. Hasta que mis abuelos Antonio y Sagrario entendieron que las democracias triunfantes en la guerra mundial aceptaban la dictadura de Franco, y que debían huir. Mi abuela Sagrario, hija y hermana de militares victoriosos, podía viajar legal; mi abuelo Antonio tenía que escaparse.

Empezó a buscar formas de salir de España: Sagrario y los niños podrían irse legalmente pero él no. Así que primero imaginó —y preparó— el viejo truco de sumarse a una procesión de encapuchados que marcharían desde la Seo de Urgell, en pleno Pirineo, a algún rincón de Andorra; desde allí podría pasar a Francia y después a Venezuela, donde alguien le había hablado de un empleo y un gobierno que era amable con los exiliados españoles. Pero algo no funcionó en el plan, y lo dejó. Entonces se fue hasta Gran Canaria; allí, nunca sabremos cómo, conoció a un patrón de pesca que también quería huir. Junto con otros quince o veinte hombres emprendieron el cruce del océano en una barca de diez metros de eslora. La travesía fue larga y peligrosa; cuando por fin, tras la debida tempestad, encallaron en el puerto militar de Güiria, en la desembocadura del Orinoco, en el mismo lugar donde Cristóbal Colón llegó al continente por primera vez, los metieron presos: el gobierno amable había sido derrocado unos días antes. Mi abuelo Antonio dijo que era médico: lo pusieron a cargo de esa guarnición perdida en la selva. Tras meses de servicios gratuitos lo dejaron seguir a Caracas; allí, el amigo español que lo había convocado le habló de un conocido y un trabajo en Argentina. Antonio intentó reunir sus recuerdos sobre ese fin del mundo —y recordó dos o tres tangos cantados con acento aragonés o sevillano. No era mucho, pero tampoco tenía más opciones. El resultado fue que mi vida se hizo posible por ese cambio de destino: la Argentina, de pronto y de repente.

Meses después mi padre Antonio llegó con su hermana, su madre y su gato en un barco elegante: ellos podían. Mi abuelo Antonio llegó poco después, desde Caracas. En esos días, en Buenos Aires, el acento español todavía era cosa de almaceneros y porteras pero, para unos pocos, era el de García Lorca, Machado, Hernández y otros ilustres derrotados muertos. Me imagino que aquel muchacho jovencito y perdido lo usaría para ser diferente, interesante, apetecible de algún modo. En todo caso empezó la facultad de Medicina —sería, como su padre, médico— y se mezcló con esos estudiantes comunistas que peleaban contra el autoritarismo peronista, contra ese general que había alabado a Mussolini y ayudado a Franco. Allí, poco después, conocería a mi madre.

Mi madre Martha era chiquita. Había nacido en 1936 y cuando entró a la facultad de Medicina tenía dieciséis años, o quién sabe quince. Era flaca, pecosa, bonita sin melancolías, quizás un poco tímida, la segunda hija de un judío polaco que había llegado poco antes y de una argentina —la única argentina—, hija de un judío ucraniano que había llegado a principios de siglo: mis abuelos Vicente y Rosita. Mi madre Martha era despierta, inteligente: tanto, que entró en la facultad demasiado temprano; tanto, que cayó fácil en la trampa del gallego doliente.

Pero no sé cómo se conocieron, cómo se cortejaron, quién buscó a quién, quién se hizo el más difícil: es curioso lo poco que sabemos, en general, sobre esas escaramuzas sin las cuales no seríamos nada. Sé, sí, que se casaron en 1956: la foto lo demuestra. Mi padre Antonio llevaba un traje que le quedaba un poco grande; mi madre Martha, un vestido floreado de verano y zapatos sin tacos. Los dos parecían razonablemente contentos: mi madre no había cumplido veinte años.

(Y, sospecho, temía que el gallego se fuera. El gallego —en Argentina llamaban gallego a todos los españoles— ya estaba a punto de recibirse de médico y se había hecho —en la facultad, en el partido— fama de muy inteligente. Leía y leía, retenía lo que leía, tomaba anfetaminas para leer más, solía ser brillante y quería serlo y hacer algo importante con su vida —la revolución, supongo, para empezar, y después todo el resto. Y eso lo volvía distraído, disperso, inapetente, incapaz quizá de querer a la niña judía como la niña habría querido. En cualquier caso dicen que, asustada, ella le hizo un hijo: lo buscó, parece, como la forma más eficaz de retenerlo. Yo soy —yo fui— la forma poco eficaz de retenerlo.)

Tampoco solemos saber mucho sobre el polvo que nos hizo. Es curioso —¿alarmante?—: el momento decisivo de nuestras vidas, el momento sin el cual nuestras vidas no existirían, les sucedió a otros y no sabemos nada o casi nada. Ni queremos saber, en general. Yo recién ahora, a mis 66, me puse a hacer la cuenta obvia: debo haber sido concebido alrededor del 1 de septiembre de 1956, cuando el invierno se iba deshilachando en Buenos Aires, cuando los recién casados estrenaban la casa que les habían comprado mis abuelos paternos —un departamento de piso siete y tres ambientes en la calle Cochabamba, ya Constitución, un barrio modesto pero no muy lejos del centro, sus grandes ventanas, su cocina minúscula—, cuando solo habían pasado once años desde el final de la Segunda Guerra, cuando Marruecos y Túnez acababan de independizarse de Francia, cuando el futuro rey ex rey de España acababa de asesinar a su hermano de un escopetazo, cuando Estados Unidos acababa de reventar su primera bomba H en un islote llamado Bikini, cuando los militares argentinos acababan de fusilar a varios insurrectos peronistas, cuando Elvis Presley acababa de romper todos los récords de audiencia en la televisión, cuando una empresa francesa llamada Teflon acababa de inventar una sartén que no se pegaba, cuando los tanques rusos acababan de ocupar Hungría, cuando un equipo de una empresa americana llamada International Business Machines acababa de inventar una cosa llamada hard disk o, después, disco duro, cuando Antonio Di Benedetto publicaba una novela —Zama— que nadie leyó entonces y Ian Flemming una —Diamonds are forever— que todos vieron en el cine, cuando Marilyn Monroe se casó con Arthur Miller, cuando Fidel Castro, Ernesto Guevara y unos cuantos más estaban por desembarcar en Cuba, cuando en Edina, Minesota, se abría el primer mall cerrado y climatizado del mundo, el Southdale Shopping Center. Muchos hombres, entonces, usaban sombrero. En medio de todo eso mi madre Martha y mi padre Antonio se echaron un polvo alguna noche. Quizá lo harían muchas noches, quizá no. Quizá fue un gesto casi rutinario, quizá no. Quizás él estaba arriba, quizás ella, quizá ninguno de los dos. Insisto: qué raro no saber nada sobre eso. Pero tampoco estoy seguro de quererlo.

(Tanto, que recién ahora, mientras escribo estas líneas, caigo en la cuenta de lo obvio que nunca había pensado: lo que importa no es el 1 de septiembre, que había tomado como referencia, sino el 31 de agosto. Nací justo nueve meses después del día en que mi madre Martha, tan chiquita, cumplió veinte años. Soy, entiendo —ya era hora—, el festejo de sus veinte años. Y me enternece y me impresiona: una chica de rulos y pecas que querría ser médica y celebra sus veinte años cogiendo con su señor marido, un muchacho flaquito y desterrado que querría ser médico. Y que quizás haya pensado que la manera de consolidar su matrimonio vacilante fuese tener un hijo o quizá no, puro festejo de la carne.)

Durante su embarazo, me contaron, mi madre Martha tomaba una solución de fósforo con no sé qué más porque se suponía que eso me iba a hacer inteligente. Mi destino estaba manifiesto: en otros ámbitos se incuban otros valores; en el mío, estaba claro que era ese. Yo debía ser inteligente —significara lo que significara.

Yo debía ser inteligente.

Nací, en cualquier caso. Mis padres se transformaron en mis padres, yo no me transformé en nada porque no había sido nada todavía. Me sorprende, al intentar volver a recorrer el socorrido recorrido, mi ignorancia completa: no sé —nadie sabe, supongo— qué hizo cuando nació, cómo lo hizo; cómo es ese momento en que, de pronto, aparece la luz. Dar a luz —esa expresión que parece tan repipi— es de una precisión deslumbrante: post tenebras lux, un bichito que ha vivido en las sombras se encuentra con la claridad. Pero nos han hecho —nos hicimos— cerebros extraños: repletos de memorias que no empiezan a acumularse hasta que empezamos a ser capaces de contarlas. Otro argumento en contra de los recuerdos: si necesitan las palabras para ser, no deben ser fiables. Si precisan relato, ¿cómo pensar que son más que relatos?

Nací, no supe nada, no sé cómo lo hice. Muchos años después, en el único libro que escribí, contaría ese misterio:

«La mujer se acordaba de todo. Se imponía a los resoplos y a los gritos y contaba el trayecto. Contaba que al principio, en el recinto, el vaivén suave. Iba y venía y pensaba que iba a poder acostumbrarse: intentaba acostumbrarse y no quería saber que una costumbre es un renunciamiento. Después contaba que no, que en el recinto no había espacio para la costumbre. El recinto estaba lleno: aterrador, porque todo su lugar estaba lleno y las paredes avanzaban. Se le venían encima: el aire era de agua. Ella no se veía. Se achiquitaba lo posible y esperaba el avance: las paredes eran rojas con cráteres enanos, erosiones: como gastadas por el uso. De las paredes colgaban hilos rojos.

Hilos rojos se le mezclaban con los ojos, las orejas, dentro de las narices: los hilos palpitaban también con las paredes, avanzaban. Dijo que sabía: era como vivir adentro de un pedazo de carne mascado sin descanso. Pero entonces no sabía. Llevaba todo su tiempo presa entre las paredes y le crecía la maldad: tenía que escaparse. La maldad le había crecido tanto.

Tenía que escaparse. Más adelante, un conducto era de paredes rojas más oscuras: sórdido. El aire acuoso le acariciaba las orejas, le sonaba a tambor en cada oreja. El olor era ensordecedor: un olor a matanza, a vieja carne. Los olores son siempre lo que queda. Empezó a moverse.

Las paredes se le pegoteaban más y más en los ojos, se le hundían en los ojos: se iban y volvían. La maldad le había crecido tanto que mordía lo que hubiera con la boca sin dientes. Golpeaba con las piernas algo blando y las piernas se le reblandecían: el cuerpo se le confundía con las paredes rojas. Se meneaba, reptaba, arrastraba de a poco hacia el conducto más oscuro. Cada vez eran días. Cada impulso eran días y escuchaba a lo lejos las voces de las bestias: lejos. Todo venía de demasiado lejos. Vio un destello.

Ya no podía usar las manos: las manos eran parte de las paredes rojas. Las paredes rojas eran casi marrones y su odio era más y más rojo: cólera blandengue. El mundo era blandengue, pegoteado adentro de los ojos. Dio un manotazo terrible sin las manos, vio otra vez el destello, arrimó la cabeza y escuchó a las bestias. Creyó que alguna vez, quizá, saldría.

Se cagaba. Las paredes estaban más marrones y le ceñían como un espanto la cabeza. Como un destello, vio un ariete rosita en el fondo del túnel que abría como un destello, ahí en el fondo: estaba lejos. El olor era un gusto. Los ojos un repollo. Algo la sacudía todavía más que las paredes, sacudía las paredes, despendolaba el mundo; los gritos de las bestias estaban cada vez más cerca: estaba yendo hacia los gritos de las bestias. Que bufaban, resoplaban, hundían los tambores. Por un momento ya no tuvo cólera: fue pánico. Otra vez vio el ariete rosita y unos dedos le agarraban la cabeza, tiraban, empujaban, le cerraban el mundo en la cabeza.

La luz cambió de pronto: se hizo blanca, contaba la partera. Contaba que la luz de pronto se hizo blanca y ella gritó más fuerte que las bestias. Ella contó su grito: yo gritaba. Ella contaba cómo había nacido.

Yo nacía y ella le contaba a mi madre lo que estaba haciendo. Las parteras recuerdan: son por eso.

Las parteras recuerdan: es su arte. Desde chicas empiezan y cada vez recuerdan más. De vez en cuando tienen una iluminación, visitas: como si un pedacito de su trayecto se les apareciera de pronto, y así completan de a poco el recorrido con pelos y señales. Lo saben y son capaces de contarlo: recuerdan.

Deben recordar: así pueden ir explicándole a la madre lo que hace y ella aprende a pujar, gritar, soplar, sangrar cuando se debe.»

Así, tan eventual, un parto y las parteras y nacer en La historia. Y después, por supuesto, están Lawrence Sterne y el Tristram Shandy, y la ignorancia más supina y la aceptación de esa ignorancia. ¿Qué forma de la inteligencia más o menos artificial o artificiosa conseguirá reconstruirlo, saber qué siente el casi casi cuando atraviesa esas tremendas galerías y se le hace la luz, lo dan a luz?

Así que así: nací.

Y nací en Argentina, Buenos Aires.

(En esos días la Argentina todavía era un país que creía en sí mismo, en su futuro. Que suponía, si acaso, que el hecho de que no brillara tanto como debía se debía a los malos gobernantes, pero que la base estaba y que pronto volveríamos a ser lo que unos años antes nos habíamos creído: una de las economías más ricas del mundo. La Argentina tenía, todavía, el mayor consumo de carne por persona —cien kilos de vaca cada cual cada año— y esa famosa idea del ascenso social. Argentina era entonces, todavía, un apéndice perdido de Europa Occidental: sus diferencias con el resto de América Latina seguían siendo brutales. Su producto bruto por habitante, su cantidad de diarios y vías férreas, el sistema estatal de salud, la educación de sus chicos y chicas, sus carreteras y cloacas, los libros y su circulación, la ciencia, todo era entonces muy distinto de los países circundantes. Y tantos argentinos no se sentían «latinoamericanos» o, si acaso, algunos lo intentaban: cierta izquierda, sin demasiado éxito, con el mismo movimiento que hacían esos mismos burgueses cuando querían asimilarse a los obreros. Eran tiempos —ya casi nadie lo recuerda— en que los obreros habían sido ungidos por una de las ideologías dominantes como los salvadores, los constructores de ese mundo nuevo, más o menos perfecto, que ya estaba llegando. Ser obrero era, para la izquierda, formar parte de la clase elegida. Y los que no lo eran se rendían a su predestinación, los respetaban, se llenaban de culpa por mantener sus costumbres burguesas.

Pero, más allá de esos detalles globales, la Argentina: un país que creía mucho en sí mismo, que se creía mucho, un país muy creído. Odiado, por lo tanto, detestado por sus vecinos y cercanos, envidiado por sus vecinos y cercanos, enarbolado por sus propios: ser argentinos era, creo, en esos días, una especie de orgullo.)

Y nací en la Argentina. Tantas veces tantas personas se han sorprendido de haber nacido en tal o cual lugar, en tal o cual momento. Yo también, cada tanto, pero es rara esa tendencia a suponer que uno podría haber sido uno naciendo en otro tiempo y espacio, de otros padres, en otra cultura. Por decirlo con voz de Perogrullo: yo solo soy yo porque nací en 1957, en Argentina, de un padre español y una madre judía.

Más de una vez he dicho, como un tonto: si ustedes, franquistas, no hubieran encarcelado y después echado a mi abuelo en los cuarentas yo habría nacido aquí, en España. La necedad es obvia: ¿quién habría nacido aquí, entonces? El hijo de mi padre con qué madre, ¿quién? Uno es apenas uno, yo soy apenas yo, por un delicadísimo equilibrio de miles de elementos, uno que podría haberse roto de tantos modos y maneras. Uno es apenas uno: cada quien es un milagro o un azar, un choque de partículas en la cámara de Wilson, una absoluta tontería.

Y entonces fui bebé.

Qué extraño, ser bebé.

¿Cómo es ser un bebé?

¿En qué piensa, qué quiere, qué teme, qué precisa un bebé?

A veces creo que si tuviera que elegir una sola etapa de mi vida para revivir, reviviría exactamente esa, entre los pocos meses y los pocos años pero con conciencia: la posibilidad de saber, de recordar, de comprender.

Y de nuevo la queja: ¿cómo se nos pudo ocurrir hacernos de esta manera en que recordamos tantas cosas pero no las que nos construyeron?

Y, repetida, la ignorancia: ¿cómo será ser un bebé? ¿Qué tipo de ideas tendremos entonces, más allá de las sensaciones que podemos imaginar —hambre, sueño, placer, necesidades, delicia, dolorcitos? ¿Qué haremos todo ese tiempo que nos pasamos panza arriba en una cuna, en qué pensaremos —si la palabra pensar se nos aplica—, qué imaginaremos —si la palabra imaginar—, cómo leeremos lo que vemos a nuestro alrededor? ¿Querremos de verdad expresar cosas y no sabremos cómo? ¿O nos importará tres carajos esa idea de «hacernos entender», fuera de las necesidades más primarias?

(A veces pienso que un bebé es un ente magnífico, soberbio, que no cree que necesite el mundo derredor, que solo lo precisa para tener su comida y su calor pero que para conseguirlos le basta con reclamar a gritos, y que recién con el tiempo, poco a poco, se resigna a la comunicación, ve que vive en medio de demasiados otros, que es una parte ínfima de un lodo muy confuso: que deja de ser él para ser uno y se resigna a intentar la interacción, las formas de relacionarse. Debe ser tan triste.)

Me gustaría, entonces, saber contarlo, pero unas memorias tienen que ser, de alguna forma, verosímiles: forma parte de las convenciones del género. No importa que no sean verdaderas —todos sabemos que la memoria, más que nada, falsea, re-produce— pero sí que lo puedan parecer. Y los recuerdos de un bebé son una falacia obvia, así que las memorias de las personas empiezan, con suerte, a sus cuatro, cinco años. Que es cuando, supuestamente, empieza su memoria.

Qué pena no saber cómo se me ocurrió que quería hablar.

II

Entonces el mundo era tan rudamente bipolar: aquella famosa Guerra Fría. Había comunistas y anticomunistas, rusos y norteamericanos, y decenas de países que se alineaban con el uno o el otro y hacían del planeta un escenario en blanco y negro. Aquello sí que era una grieta. Con sus movidas, por supuesto, sus deslices: ese día, por ejemplo, los guerrilleros de Castro, Guevara y compañía entraron en La Habana y se hicieron con el poder en Cuba. Todavía no hablaban de revolución; proclamaban limpieza y democracia —y empezaron a matar a los esbirros de la antigua dictadura y empezaron a construir la nueva pero en nombre del pueblo, la igualdad, la solidaridad, la libertad y otras plumitas del futuro. Era difícil, entonces, no quererlos: unos jóvenes desarrapados pero cultos, inteligentes pero audaces, sonrientes y barbudos que acababan de desbancar a un tirano sanguinario y prometían las mejores cosas. Camisas verde oliva, boinas, armas; aquella campaña militar había durado menos de tres años y se convirtió en un modelo para tantos: tantos lo intentaron, nadie lo volvería a conseguir —pero, entonces, nadie lo sabía. Los veinte años siguientes, en Ñamérica, fueron el resultado de esa entrada de esos muchachos en La Habana, el día en que empezaba 1959.

Y yo, en esos días, ya era un bebé hecho y derecho: año y medio, dos años, un ente caminante y balbuciente, sospecho que iracundo —no veo por qué no lo sería todavía—, coronado por un casquete de pelo lacio rubio. Mi pelo blanquecino no tenía sentido: ni mi madre Martha ni mi padre Antonio lo habían tenido, o por lo menos nunca tanto. Así que mi padre Antonio, quizá para tranquilizarse, empezó a reírse de esa melena inesperada llamándome morocho —argentinismo por moreno—: creo que mi padre intentaba, como siempre intentamos los migrantes, acriollar nuestro lenguaje, acercarlo al lugar al que nos hemos acercado, aún guardando —en su caso, y en el mío décadas más tarde— nuestro acento primero. Tardé muchos años —y mucho destierro— en entender que mi padre también había sido, durante tanto, un desterrado: uno que hablaba con el titubeo del migrante, donde uno tiene una palabra en la punta de la lengua pero debe guardársela y escupir otra, donde se vive entre lo natural y el deber ser, donde se elige entre uno y otro en proporciones tornadizas, según las circunstancias. A mí me pasa —y creo que le pasaba a él— que en los momentos de insultar en serio abandono la máscara y grito en argentino; él insultaba en español muy coño. Y tardé en entender que un desterrado es, también, uno que hizo unos chicos que no serían de su mismo país, que no hablarían en realidad su lengua: unos que tendrían, con él, diferencias potentes. Es tonto: tuve que partirme mucho para entender que él vivió partido tanto tiempo.

Morocho, me decía, en todo caso, y de ahí morochito, mopochito, mopito: todo terminó en Mopi. Desde entonces —desde antes de saberlo y entenderlo— mi verdadero nombre se hizo Mopi. Me bautizaron Antonio —por mi padre Antonio— y Martín —no por mi madre Martha, dice ella—, pero nunca me llamaron ni lo uno ni lo otro; siempre, hasta que me hice adulto, Mopi. Y ahora, todavía, la familia, la gente de esa época.

(Pero los más me llaman Martín, por supuesto. Si yo, siendo bebé, no hubiera sido un bebé, probablemente me habría negado a ser llamado Mopi. El problema, ahora, es que no sé si soy Martín o Mopi. Según con quién, para qué, de qué manera: no me gusta que me llamen Mopi los que no me conocen de esos primeros años y me gusta que me llamen Mopi los que sí me conocen de esos primeros años y sé que para la mayoría soy Martín, pero me suena raro. Así que envidio —siempre envidio— a las personas que tienen un nombre, saben cómo se llaman, no vacilan. Yo firmo mis mensajes, mis cartas, mis cositas «m.»; no es por pereza: es porque así puedo ser cualquiera de los dos. En general, en mi vida, suelo creer que puedo ser cualquiera de los dos —pero sospecho que no es cierto. Al fin y al cabo, si debo confesarlo, creo que cuando me llaman Martín llaman a un señor que conozco de cerca, con el que he hecho muchas cosas en mi vida, que me resulta íntimo. En cambio cuando —los de antes— me llaman Mopi, me llaman a mí.)

Y entonces la aventura, digamos, de empezar a caminar, de tratar de hacer algo que nunca antes hiciste. Ahora que ya casi no puedo la valoro distinto, trato de imaginarla, de saber qué pensaría mientras daba esos pasos que eran, cada uno, una incursión en el abismo. ¿Por qué alguien que ha vivido cómodo, tranquilo, panza arriba, de pronto decide tomar ese riesgo espantoso de elevarse, tratar de sostenerse erguido sobre sus propias piernas y, en un momento de una audacia extrema, poner una delante de la otra para ver si consigue moverse —y, por supuesto, caerse de narices o de culo? ¿Por qué, digamos, no nos quedamos sentaditos, acostados, chupando y pataleando y esperando que llegue la comida? ¿Cómo consigue la madre naturaleza, so forma de genética, que seamos tan estúpidos?

¿Es eso lo que llamamos ambición?

¿El intestino de tanto instinto tonto?

Pero no lo sé, no lo recuerdo, no conozco a nadie que lo recuerde y me lo pueda contar y me sirva, al menos, para extrapolarlo, inventarme una hazaña o una tontería. En esos años, entonces, no pasó gran cosa que recuerde, nada que recuerde. Sé, sí, que me dieron los nombres.

Y un osito: tiempo más tarde, mi oso de peluche empezaría a llamarse Gurubito. Es un dato, supongo, que se llamara Gurubito.

Muy pronto, poco después de cumplir dos años, me institucionalizaron. En esos días no era lo habitual pero mis padres creían, creo, en ciertas instituciones: en que los chicos debían socializar, socializarse, toda esa cosa tan sesentas, así que me mandaron al jardín de infantes. La expresión «jardín de infantes» es curiosa. Por lo que sé es bastante argentina: no se usa en otros sitios. Y, en la Argentina, la palabra «infantes» no se usa en ninguna otra expresión que no sea militar, del tipo infantes de marina, o arcaica castellana, como aquellos infantes de Carrión. Y la palabra jardín da una idea bucólica y naturista, un espacio verde bien ordenado y limitado donde florecen las simientes que alguien enterró. Ni jardín ni infantes, entonces, pero yo no tenía tres años cuando empecé a ir a uno de ellos, de inspiración obviamente comunista, que se llamaba Arco Iris tanto antes de que el arcoíris se volviera un símbolo y era el destino manifiesto de muchos hijos de intelectuales de la izquierda porteña de esos días. Se puede decir que en Arco Iris empecé a entender —a saber— qué tipo de instituciones me tocarían en los lustros siguientes: me marcó el camino.

En Arco Iris los más chiquitos formamos una clase nueva, que no estaba prevista: la inauguramos. Así que tuvieron que buscarnos un nombre, y fue pollitos. La imagen todavía me persigue: bolitas amarillas picoteando un patio que se decía jardín, bichos recién salidos de los huevos, desorden esencial, manada mínima. Yo fui pollito, entonces, después patito, después conejo y por fin barrilete —pero eso, claro, pasó tanto después, como dos o tres años.

(El jardín era, entonces, una novedad: había muy pocos, el estado no tenía, era la respuesta progre —en una época donde «progre» no existía— a ese nuevo orden en que cada vez más mujeres trabajaban y no podían quedarse en casa a cuidar a sus hijos ni querían dejarlos todo el día con la empleada, arcaísmo sin vueltas. El jardín, en cambio, era un producto de la modernidad de aquellos tiempos: un lugar para mezclarse, cantar canciones, dibujar, subir por unas redes, caer por toboganes, hundirse en areneros, convertirse en personas poco a poco. El jardín era tan moderno que mi maestra de patitos, una chica de 20 o 21 que se llamaba Norma Arrostito, fue, pocos años después, fundadora de los Montoneros y, quince más tarde, asesinada en la Escuela de Mecánica de la Armada argentina, el matadero más cruel de nuestra historia.)

No sé cómo sería ir al jardín; supongo que me gustaría. Tampoco sé cómo sería ser yo: supongo que todavía no podía pensar en esas cosas. No sé cuándo es que alguien empieza a entender que es él y a imaginarse que podría ser otro —que podría, si acaso, haber sido otro—: cuándo descubre que ser él es una contingencia y que cuánto le gustaría modificarla a veces y que no sabe —tampoco sabe— cómo hacerlo, hasta que empieza a entender, décadas después, que no hay manera. Pero sospecho que un chico no lo sabe: que aprende primero que ser él no es la única forma de ser y, poco a poco, muy despacio, que para él ser él será la única forma.

No sé, decía, cómo sería ser yo ni siquiera en lo superficial: por supuesto, no me acuerdo de mí, pero tampoco tengo tantas fotos. Eran tiempos de muchas menos fotos: las hacían, con frecuencia, los fotógrafos en sus estudios o sus plazas y las personas normales no solían tener un aparato. Ahora la foto es una forma de saludo, abrazo de los tímidos: un gesto que importa más por él que por lo que produce. La foto dejó de ser la fabricación de un trozo de memoria para pasar a ser un momento común, un ritual compartido —que se agota en sí mismo. Se hacen miles de fotos, muy pocos miran las fotos que hacen todo el tiempo —pero se hacen.

Entonces no se hacían. Existía, incluso, una profesión muy menor —unos años después fue mi primera— que consistía en sacar fotos de los cumpleaños y otras fiestas rituales. Venía un joven —casi siempre era un joven— con una cámara un poco gorda y un flash de lamparitas y hacía las fotos que después vendería a los festejantes: blanco y negro, 18 x 24 centímetros, el borde del papel con filigranas. De uno de esos tengo, todavía, la imagen de un chico cumpliendo tres con el flequillo muy derecho, un moñito de lana roja sobre camisa blanca, los pantalones cortos, los zapatitos con sus medias blancas, que llora porque alguien está cortando su torta que tenía la forma de un camión: un camión que una mano, de pronto, rebanaba.

Tengo otra, sin embargo, que me gusta: mi madre Martha y yo, más pequeñitos, ella sus 21, yo mi uno: gordito, tan rubito, en sus brazos jugando los dos con un objeto no identificado. Y nada más.

Las imágenes eran, entonces, formas fugitivas.

III

Ya pasó, ya pasó: quiero creer que me lo decía mi madre cuando me lastimaba o me asustaba. Y es cierto que ya pasó pero quisiera, ya que estamos, recordarlo.

Mi primer recuerdo propio debe ser del año siguiente, cuando cumplí o estaba por cumplir mis cuatro. No es preciso pero sí insistente, lo recuerdo muy bien y bien confuso: yo en mi cama en el departamento de la calle Cochabamba porque me habían operado. No recuerdo la clínica ni la operación ni ninguna otra cosa: solo esa imagen, en la cama, con el ruido de la heladera revestida en madera —que, supongo, no debía caber en la cocina— a mis espaldas. Y la compensación: como me habían sacado las amígdalas podía comer todo el helado que quisiera. Es curioso que mi primer recuerdo sea eso: un posoperatorio, los efectos de la cirugía o medicina, la idea de la reparación: si te hacemos sufrir te damos algo para compensarlo.

O, dicho de otra manera: que el mundo debería tener cierto equilibrio. O, incluso: podía tener cierto equilibrio.

O, por fin: que sufrir era un modo de conseguir las cosas.

(El helado de dulce de leche, ciertos helados de dulce de leche. El uno para el otro: inventaron el dulce de leche para hacerlo helado, el helado para hacerlo de dulce de leche. Pocas veces hubo encuentro más perfecto; pocas, tantas evocaciones. La patria, ay, si la hay, es un helado de dulce de leche.)

No recuerdo, faltaba más, cómo era entonces: yo, entonces. ¿Qué pensaría, esperaría, disfrutaría, temería? ¿Me gustaría comer, me reiría, me daría miedo la oscuridad, dormirme? No lo sé, todavía: sigo siendo una incógnita para mí mismo ahora. Pero empiezan a aparecer recuerdos sueltos, imágenes, momentos.

Esos días en que aprendí a leer.

¿Por qué leer, por ejemplo, y no dibujar o cantar o soplar una flauta? ¿Qué determinó lo que después determinaría todo el resto?

Es raro ignorar tanto.

A ese respecto: me pregunto cómo sería, también, mi relación con mis padres. Me pregunto, en realidad, si un chico de tres o cuatro años puede tener ideas más o menos definidas sobre sus padres, odiar algo de ellos, temerlos, ir armando esos prejuicios que después definirán sus relaciones. O si todo es mucho más silvestre, todavía. Me gustaría saberlo pero no, tampoco.

Y entonces nos mudamos. Se ve que mi padre Antonio ganaba bien su vida y pudo comprar nuestro primer departamento. No estaba mal: tres dormitorios no muy grandes, living-comedor, cocina y cuarto de servicio en Arenales entre Malabia —ahora República Árabe Unida— y Canning —ahora Scalabrini Ortiz—, a media cuadra del Jardín Botánico: un barrio considerado apetecible y un lugar que me permitiría hacer de ese Jardín mi patio, los juegos en sus juegos y el descampado al fondo, la morera, donde los chicos del barrio —de un barrio que no se pensaba como un barrio— jugábamos al fútbol. Esa fue, supongo, la sanción geográfica de nuestro ingreso en la clase media alta educada de esos tiempos. Mis padres habían dejado definitivamente de ser unos estudiantes comunistas para pasar a ser unos profesionales comunistas —aunque mi madre Martha todavía no había terminado la carrera.

(Todas las viviendas de aquella clase media tenían su «cuarto de servicio». Muy pocas, entre aquellas familias, no tenían una «chica cama adentro»: una mujer del interior que vivía en la misma casa y la cuidaba, la limpiaba, cocinaba, hacía las compras, se ocupaba de los chicos —y se eclipsaba en su pequeña pieza para no imponer su presencia a sus patrones. Algunas tenían chicos, pero debían dejarlos en algún otro lado, con alguna pariente. Salían de franco los jueves por la tarde y los domingos todo el día; el resto del tiempo estaban ahí desde que se despertaban hasta que se acostaban, disponibles, usables, perfectamente sometidas. Julia era amable, boliviana, bajita, un diente de oro y unos ojos muy negros y comía, por supuesto, en la cocina. Nosotros le pedíamos las cosas por favor, porque éramos personas con conciencia.)

Aquel año tuve, también, mi breve lapso chico rico: el primero que recuerdo. Mi abuelo Vicente comerciaba. Nunca estaba claro qué, «hacía negocios» y en general no parecían muy buenos. Mi abuela Rosita, sin embargo, que había terminado su carrera de Farmacia en los años veinte, cuando las mujeres no solían estudiar, nunca había trabajado: lo había dejado para casarse y ocuparse de su casa y sus hijos. Así que la familia Rosenberg siempre había vivido de los negocios de mi abuelo Vicente, irregulares: mi abuelo Vicente tenía ínfulas de rico —o culpas de sobreviviente— y, cuando hacía un buen negocio, necesitaba gastarse todo lo más rápido posible.

(Sobre esas culpas hay dos libros: el mío, Los abuelos, y el de mi primo Santiago Amigorena, Le ghetto intérieur. Los dos cuentan su desesperación, su amargura de no saber qué estaba pasando con su madre y sus hermanos en Varsovia ocupada por los alemanes, y cómo su zozobra se fundió en silencio y vivió tanto tiempo sin hablar —y después supo que su hermano había muerto en la resistencia y su madre en Treblinka.

Y una historia que encontré muchos años después, sobre poderes y derrotas: que Berl, el hermano mayor de mi abuelo Vicente, médico, trabajó en aquel hospital del gueto de Varsovia. El hospital recibía, cada día, cientos o miles de desnutridos graves: los alemanes no dejaban entrar alimentos en el corral judío. Entonces aquellos médicos probaron todo tipo de tratamientos, de remedios, y llegaron a una conclusión triste: que la única medicina eficaz contra el hambre es la comida. No había: los pacientes se morían de a muchos. Desolados, aquellos médicos decidieron que, ya que tenían sobre el hambre una casuística cuantiosa, iban a aprovecharla para estudiar a fondo sus síntomas y su evolución. Sabían que morirían allí, así que no lo hacían para ellos ni para sus pacientes: lo hicieron para vaya a saber quién en el futuro, para esa cosa tan distante que podemos llamar humanidad. Esos hombres y mujeres condenados trabajaron y estudiaron todo lo que pudieron y consiguieron contrabandear fuera del gueto un material riquísimo, tan útil, que otros alguna vez podrían aprovechar. Pocos relatos me emocionaron más: no se me ocurre ningún modo mejor de definir la generosidad.)

No sé qué eran sus negocios: sé que, antes de que yo naciera, mi abuelo Vicente había tenido una mueblería —influencia de su suegro, ucraniano, mueblero, mi bisabuelo «abuelo Zeide», que después vivió hasta sus ciento siete años— pero entonces ya no la tenía. Se contaba que en algún momento quiso comprar como chatarra un submarino alemán de la Segunda Guerra —una venganza muy oblicua—, pero es probable que eso tampoco funcionara. Esta vez, en todo caso, había hecho un buen negocio e invitó a sus dos hijas, sus dos yernos y su único nieto —yo— al mejor hotel de Punta del Este.

Punta del Este era, entonces, un páramo con un gran hotel con su casino y una punta rocosa con un puerto y algunos restoranes y residencias y negocios, chalets desperdigados en las dunas: todavía no era aspiracional, solo sofisticado. Y allí fuimos, al hotel San Rafael, y mi abuelo Vicente se gastó en esos días de lujo todo lo que no perdió en esas noches de casino y yo recuerdo —siempre he recordado— una vez que me mandaron solo al centro a encontrarme con mi abuela Rosita: me pusieron en el asiento trasero de uno de esos coches americanos de seis metros de largo, esos que tenían aletas como cohetes, cromados infinitos; nunca me había sentido tan poderoso, tan perdido.

(Mi abuelo Zeide —mi abuelo abuelo— era un señor milenario que, dicen, me llevaba a la plaza Lavalle cuando era muy chiquito pero yo lo recuerdo a mis siete u ocho ya en la cama, ya a sus ciento y algo, hablando en iddish y comiendo anchoas, una especie de calavera con la barba crecida. Había llegado a Buenos Aires en 1905, tras unos pogroms en su Rusia natal: entonces ya tenía cuarenta y cinco años, y después viviría otros 60 en Argentina. Dos vidas, una rusa en el siglo XIX, otra argentina en el XX —y contaban que había emigrado porque, cuando su padre rabino y viudo lo mandó a buscar a su nueva mujer en su carreta, en algún momento del largo camino por la nieve se dio cuenta de que la señora se le había congelado y que, temiendo la cólera paterna, huyó lo más lejos posible, Sudamérica. La historia es perfectamente inverosímil, así que puede que sea cierta.)

Ahora busco detalles sobre aquel año 1961, que nadie recuerda particularmente —y veo que hay bastantes. China se moría de hambre —35 millones de muertos— pero no se sabía, más y más países africanos terminaban con la ocupación francesa e inglesa, Kuwait también se liberaba del imperio británico, en Orly se inauguraba el aeropuerto más moderno del mundo, el soviético ruso Yuri Gagarin se convertía en el primer hombre en el espacio, mercenarios apoyados por el gobierno del joven presidente John Fitzgerald Kennedy invadían Cuba y fracasaban, su ejército mandaba primeras tropas a Vietnam, en Liverpool se estrenaban The Beatles y en Hollywood Desayuno en Tiffany’s y West Side Story, en Bogotá se publicaba la mejor novela del colombiano García Márquez, en Berlín se levantaba un muro, Adolf Eichmann era juzgado y condenado a muerte en Jerusalem. También se morían Wittgenstein, Schrödinger, Hemingway, Trujillo —asesinado—, Lumumba —asesinado—, Jung, Céline, Cendrars, Franz Fanon, Dashiell Hammett, Gary Cooper, y nacían Barack Obama, Carl Lewis, Diana Spencer, Manu Chao, Nadia Comaneci; poco antes había nacido Maradona.

Son tonterías, referencias. Pero me pregunto cómo imaginar ahora un solo año en que se murieran Céline, Hemingway, Hammett, Wittgenstein, Jung, Schrödinger. ¿No hablaríamos del apocalipsis?

(¿O nuestro apocalipsis es que esa mortandad

fulgurante ya no sería posible?)

Yo, por supuesto, no me enteré de nada.

LA ENFERMEDAD 2

Esto es un chiste malo. Esto es lo único radicalmente verdadero que me pasó en la vida —y parece mentira. Radicalmente verdadero significa: que no acepta ninguna solución, ninguna intervención, que sucede más allá de cualquier intento o intención, que me lleva sin duda a lo más cierto.

Y de verdad parece un chiste malo: como si en cualquier momento fueran a decirme ah, te lo creíste. Qué tonto, ¿de verdad te lo creíste? ¿Cómo vas a creerte esa burrada?

Pero no: tan espantosamente cierto.

Es ensordecedor,

apabullante.

Y vivo sordo, apabullado, y sin embargo esos momentos leves en que pienso en cualquier otra cosa: más que los que habría imaginado. Cuando escribo una columna, un par de páginas de mi novela, estas palabras; cuando Marta me besa y nos besamos; cuando charlo con Juan o con algún amigo o me distraigo con alguna serie. Casi que me sorprende que la muerte no me ocupe todo el tiempo.

(Todo se trata de que no me ocupe todo el tiempo;

todo, de hacerme el tonto cuanto pueda.)

Nunca fui una persona aprensiva, temerosa. No porque fuera valiente —«arrojado» sería más oportuno— sino por puro cálculo: siempre pensé que era más barato darse un golpe cada tanto que arruinarse la vida temiendo los golpes. A veces no lo lograba; muchas sí. Así que traté —con mayor o menor éxito— de despreocuparme: de hacer las cosas, más allá o más acá de sus posibles riesgos. Hasta que, la enfermedad mediante, cada paso se me volvió un susto, una zozobra, la posibilidad de derrumbarme. Caminar, lo más primario, empezó a darme mucho miedo.

Un momento de intensidad extrema: me siento caer, me agarro de una saliente en la pared con la punta de los dedos, mi cuerpo se arquea y no se tiene, solo me sostienen esos dedos que se pelan y se van deslizando. Sé que sería mucho más fácil dejarme caer. Tengo la tentación de dejarme caer. Pero sé que, entonces, no sabría cómo volver a levantarme.

Un paso, cuando los daba:

nadar contra el naufragio.

Ya no camino: mis piernas no lo logran. Eso es malo pero no es lo que importa: su debilidad es un signo de que todo yo se está debilitando. Todo yo soy un signo de que yo es una palabra que pronto será de los demás.

Y dedico una parte excesiva de mi tiempo a acechar esos signos, a tratar de confirmar que mi brazo izquierdo no me duele más que ayer, que mi garganta tiene flemas pero siempre las tuvo, que el mal avanza pero quizá no avanza tanto. Porque, de alguna forma, subsiste la esperanza: basada, por supuesto, en la ignorancia.

La clave es la ignorancia, tan útil, tan gauchita. De esta enfermedad nadie sabe nada consistente: no saben por qué empieza, no saben cómo se desarrolla, no saben —faltaba más— cómo curarla. Solo suponen cómo retrasarla —unos meses, con suerte algunos años— y esa es la medicina que te ofrecen: retardarla quizás y ayudarte a malmorir con ella. Pero en esa misma ignorancia está, decía, la esperanza: lo que saben sobre el desarrollo de la enfermedad es, como casi todo lo que saben, estadística. Que habitualmente los enfermos viven entre tres y cinco años, saben, pero saben que algunos viven dos y otros diez —y ahí aparece la esperanza: ¿por qué no ser de los de diez, por qué no hacer más todavía? Si nadie sabe, de todos modos, lo que pasa.

¿Por qué no aprovecharme, una vez más, de la ignorancia?

Si pudiera de verdad ser ese que va ignorando más y más y más, cada vez más hasta volverse toda la ignorancia. Si pudiera de verdad ser ese que no quiere saber. Si pudiera al fin, por fin, ser otro.

Pero es así: lo que te permite tolerar —soportar— la enfermedad extrema es la esperanza; alguna forma de esperanza, de alguna solución, de alguna cura. Cuando te dicen que no hay, hay que inventarlas: en eso estoy, inventando esperanzas que no resisten el menor análisis. Me he vuelto un artesano aventajado de esperanzas falsas.

Hay quienes dicen que la esperanza siempre es falsa: chotacabras, chichipíos arrechos, entonces habría que discutir qué es verdadero. Y trato tanto de ignorar: intento con mis fuerzas menguadas ignorar. No es fácil: ignorar es un esfuerzo extremo.

La ignorancia es tan útil: parece inverosímil que esta molestia de mis piernas se vaya transformando en una invalidez completa, en una fuga de mi cuerpo de mi cuerpo. Tan raro imaginar que estas causas producirán esos efectos. Me duelen las piernas, no me sostienen, no puedo caminar, vivo en silla de ruedas. Es feo, pero no intolerable. Parece delirante saber —¿saber?— que en un tiempo no demasiado largo ya no podré mover los brazos ni seguramente hablar ni, supongo, tragar. Que no voy a poder tomar este mate ni fumarme aquella shisha ni comer un sanguchito; que no voy a poder escribir y, al final, tampoco respirar. Parece un cuento —y eso, supongo, me asalta con frecuencia: la sensación de que es un gran error, confusión justo a punto de aclararse.

Y, aun así, se trata de hacer todo lo posible: sigo esperando el resultado de un análisis genético que podría salvarme. Al menos un poquito: si se encontrara una mutación en un gen tal —que solo aparece en un pequeño porcentaje de los casos— habría una terapia. Ya llevo varios meses en la espera y el resultado no aparece. Reclamo, por supuesto, pero también prefiero que no llegue: que no rompa esta modesta espera.

(Es probable que la tardanza complique el éxito del supuesto tratamiento, si lo hubiera. Pero creo que igual salgo ganando al mantener esa llamita en las tinieblas.)

Como si hubiera dos procesos todo el tiempo: uno, en el que a veces estoy molesto, incómodo, dolorido y otras no, me siento más o menos tranquilo. Y después está el otro, el que no tiene arreglo: el que sigue avanzando pase lo que pase, haga lo que haga. El que hace que esos momentos de —relativo— bienestar se disuelvan tan rápido en el aire: en cuanto lo recuerdo.

Y a veces la lujuria —digo la lujuria, lujuria, la lujuria— de llenar de aire mis pulmones, sabiendo que más o menos pronto no va a ser tan fácil y después, más o menos pronto, va a ser una tarea abrumadora, puro anhelo.

Y la pelea por no ceder al desconsuelo más extremo, la tristeza absoluta. Sé que no podía pasarme nada mucho peor; sé que si no quiero empeorarlo más aun debo intentar vivir este tiempito, sea el que sea, lo mejor posible.

Posible es la palabra, le mot d’ordre. Posible es la frontera.

(Por ahora me acostumbré a moverme en este engendro: la llamo silla porque llamarla silla de ruedas es demasiado brusco; a veces no me entienden. Y la silla sigue teniendo ruedas. También la llamo —mejor, porque lo es— mi silla eléctrica.)

Y que si hay algo que nunca quise tener por mí mismo es compasión: me parece blandengue, pegajoso, triste. Espero resistir también ahora, cuando las razones podrían parecer tanto más evidentes.

Posible es imposible.

No me gusta que me ayuden, necesito que me ayuden. Soy, al fin y al cabo, un tarado que se pasó la vida tratando de ser extremadamente independiente, de poder hacer casi todo por sí solo —vivir, trabajar, mantenerme, soportarme— y que ahora necesita que le alcancen el vaso con agua —porque todavía puede tomar agua.

Le pedí a Marta que armáramos un código: que me ayude solo cuando se lo pido. Así, supongo, no soy esa amenaza permanente, todo el tiempo a punto de caer, que precisa su atención constante, esa ruina que acabaría de derrumbarse si ella no la parara. Que no esté siempre con los brazos estirados como para atajarme. No me hagas caso; cuando te necesite te lo digo, le dije y no siempre nos sale.

(Son, en cualquier caso, maneras tontas de conservar los últimos jirones de autonomía, de muy pequeña independencia. De no ser solo víctima, de engañarme todavía cada tanto.)

Entonces intento sin gran éxito recordar lo distinta, lo feliz que era mi vida cuando no estaba condenado. Estoy seguro de que lo era, pero no lo consigo. ¿Cómo podía no ser maravillosa mi vida cuando era, todavía, sano, móvil, entero? Si todavía a veces la disfruto, ¿cómo podía no disfrutarla entonces todo el tiempo?

¿Por qué coño la felicidad se empeña en ser tan retroactiva?

Siempre creí que vivía bien, que le sacaba a la vida todo lo que podía. Pero ahora, desde la enfermedad, cuando la enfermedad se empeña en enclavarse, me pregunto por qué no entendía el privilegio de poder hacer esas cositas que ahora ya no puedo: caminar, abrazar, pretender, pensar en el futuro.

La conclusión más obvia es que uno solo puede valorar en serio lo que pierde y que los más afortunados son los que pierden algo que podrán recuperar. Esos son los que, al fin, saben.

Otra vez: no entiendo cómo antes no era muy feliz. Enormemente feliz. Despiadadamente feliz. Feliz, feliz, sin más palabras.

Que inútiles estos esfuerzos por recordar «como era antes». Antes, cuando la vida parecía normal y era, en cambio, esa explosión extraordinaria imperceptible. Qué inútiles estas memorias en que me levanto de la cama a las tres o a las cuatro y voy a la cocina para buscar un chocolate. Qué humillantes esas distracciones en que pienso que alguna vez volveré a hacerlo.

Hay tantos sitios donde no puedo ir y los extraño. Extraño la rotonda donde hay que dar la vuelta con la moto cuando llegás al puertito de Patmos. Pienso —me duele— que ya no la veré. Y entonces me pregunto qué es verla: ¿pasar por la rotonda en una moto y decirse ah, ya estoy de vuelta acá? ¿Es eso lo que me da tanta nostalgia?

El que no se deprime es porque no quiere.

Y vivo más o menos triste, si triste es tener en los ojos ese peso, en la boca ese rictus, el íntimo cuchillo en la garganta. Vivo lo peor que podía haber temido, la tragedia más trágica y me pesa, por supuesto me pesa, pero también me sorprende que no me pese más: que pueda, por ejemplo, escribir todo esto. También, al mismo tiempo, por momentos sospecho que morirse es de una banalidad casi humillante, como una distracción, un momento de ahogo.

Por momentos temo mucho que no.

LEER Y ESCRIBIR

 

I

Confieso que he leído —diría el otro.

Nunca lo había pensado así, pero quizás eso es lo bueno de estos balances bobos: la posibilidad de llegar, tan cerca de la conclusión, a ciertas conclusiones. Hacerse un panorama general. Nunca lo había pensado así: es probable que nada haya hecho, en mi vida, tanto como leer. Quizá dormir, ese momento de no ser. Pero mientras sí soy, calculo o creo que leo, digamos, unas diez horas cada día. Entre los diarios de la primera mañana, los mails y apuntes y los artículos que reviso y que preparo en la segunda y, ya por la tarde, esas horas de escribir lo que estoy escribiendo —que es leer realmente. Y todo el tiempo, en cualquier momento —en el baño, en la cama justo antes de dormirme, en la comida cuando como solo, en el sillón del tedio posprandial, en los buses y los aviones y los metros y los desayunos de los hoteles y las salas de espera de los médicos— la lectura. No se me ocurre ninguna otra actividad que haya hecho tanto, que haga tanto. Si algo hice en mi vida fue leer.

(Buscarle algún sentido a esos dibujos. Esperar que su silencio me hable, que me diga eso que guardan para mí.)

Quizá por eso tenía tanto apuro: se ve que quería hacerlo. Aprendí solo: entre las primeras imágenes que recuerdo se cuela un gran cartel callejero que miro desde el asiento trasero del auto de mis padres y trato de leerlo, les pregunto por una letra que no entendí o si lo que he leído es lo que dice. El coche debía ser el citroën dos caballos que compraron primero: en esos días, incluso para un médico ya relativamente exitoso como empezaba a ser mi padre Antonio, acceder a un coche era un cambio sustantivo, un ascenso evidente. En esos días mi padre compartía una clínica psiquiátrica con un par de colegas, mi madre estaba terminando los estudios que mi nacimiento y el de mi hermano habían interrumpido —y yo, visiblemente, intentaba leer.

Sé —supongo— que aprendí así, mirando los carteles de la calle, las tapas de los diarios en mi casa, preguntando. Hacia los cuatro o cuatro y medio leía y escribía: nada me fue más fácil, nada me importó tanto. Pero no tengo registro de esos principios ni mucho de esos años: deben haber sido más o menos tranquilos, imagino. Más jardín de infantes, más areneros y cantos y cuentitos, todo eso que se va acumulando sin que sepamos cómo, y nos va armando. Somos, al fin y al cabo, el resultado de un proceso ignoto.

(Pero que un día podremos releer y tratar de escribir, inventarlo bajo el pretexto del recuerdo)

Desde entonces, mi relación con el mundo está hecha de palabras dibujadas. No solo que lo piense con palabras —eso se llamaría escribir— sino que lo percibo a través de sus palabras, lo entiendo o no lo entiendo gracias a sus palabras, sigo sus palabras. Lo leo, de formas tan variadas.

Nada nos parece más natural que un mundo descripto por un conjunto de veintitantos signos. Y, sin embargo, hace cien años, cuatro de cada cinco personas no los conocían: no leían, no escribían. Esa forma, que ahora nos resulta tan banal como comer o conversar, no existía para la mayoría. Y los signos que llevaban palabras —los nombres de las calles, los negocios, los diarios, los contratos, los libros, los misales— estaban reservados a los otros. No sé si alguna forma de aprehender y de ordenar el mundo creció tanto en tan poco tiempo.

(Alguna forma de igualdad, en ese tiempo.)

Para mí, en cualquier caso, siempre fue la única. Yo leo —y por eso, a veces, escribo. Pero leo, sobre todo.

(Escribir, está claro, es leer descuidado.)

A veces me aburría. Me recuerdo vagamente diciendo meaburro meaburro meaburro con el tono más aburrido que podía lograr a mis cinco o seis años. Mi padre Antonio se permitía incluso un chiste malo a mi costa: ¿Sabes cuál es el animal al que hay que entretener para que no cambie de sexo? El burro, para que no sea burra —¿o será para que no se aburra? Hasta que terminé de entender que la lectura podía llevarme a cualquier parte y nunca más tuve miedo de aburrirme: en el peor —en el mejor— de los casos, siempre podía leer algo. De pronto me sentí autónomo, autosuficiente, todopoderoso: los libros me ofrecieron eso, que no siempre fue bueno.

Había empezado a leer y leía, leía sin parar. Creo que todo lo demás, en esos días, era contingente, casi una molestia. Tenía cinco o seis años y leía sin parar. Entonces sí, leer era estar en otra parte, ser otro, vivir vidas lejanas. En esos días, cuando leía las aventuras de Sandokán en la Malasia me subía a esos veleros frágiles, peleaba contra maharajás que cabalgaban elefantes, comía perro en fondas de Malaca. Leer era vivir, entonces.

(Escribir, está claro, es leer descuidado. No seguir al pie de la letra cada letra, permitirles que se vayan ordenando de otros modos. Escribir es romper lo que está dado.)

En 1962 yo ya tenía un hermano y un recuerdo. Mi hermano Gonzalo nació en febrero: dejé de tener un cuarto para mí solo o unos padres para mí solo pero no parece que me haya afectado demasiado; quién sabe. Y un recuerdo: cuando él nació, mis padres —para que no creyera que perder es pura pérdida, otra vez el helado— me regalaron una cámara de fotos. Era una carcasa de plástico negro que se llamaba Agfa Gevaert, usaba rollos gordos de 12 fotos cada uno. Hay objetos que te marcan y construyen.

(No hay bien que por mal no venga, parecía ser la idea: un sistema de compensaciones que se me instaló. Después, durante todo el resto de mi vida, debí buscar, para cada revés, algo que lo contrapesara: no siempre lo encontraba, por supuesto.)

Hacer fotos. En una época en que los chicos no teníamos ningún acceso a ninguna tecnología, no manejábamos ningún aparato —apenas, si acaso, podíamos prender o apagar la luz si nos dejaban—, apretar un botón y hacer un clic y que ese gesto se transformase en un papel con una imagen blanco y negro que, semanas más tarde, mi madre Martha me traería de la farmacia o el laboratorio, era sublime.

(No recuerdo juguetes. Me imagino que tendría juguetes, pero no los recuerdo. Un camión rojo de plástico o goma, pesado, con volquete y un nombre que quizá fuera Duravit. Unos ladrillitos de plástico que se encastraban los unos en los otros para dejarte armar una casa muy precaria, mis ladrillos. Quizás algunas piezas de madera, pero no estoy seguro; quizás algunos soldaditos, pero tampoco. Casi no recuerdo juguetes. Es un lugar común, pero aun así: la cantidad de juguetes que tenían los chicos de entonces podía ser —en circunstancias parecidas— 50 o 100 veces menos que la que tienen los de ahora. Lo cual podría darme bruta envidia si no fuera por el argumento que me salva: nos obligaba a imaginar. No nos daban todo imaginado. Aunque quién sabe: para eso, claro, eran los libros.

Y en cambio, según me contaron muchos años más tarde, tenía preocupaciones infrecuentes en un chico de cinco con miedo de dormirse con la luz apagada que necesitaba una lamparita en un rincón o una encendida en el pasillo, y que, justo antes de ese momento horrible en que su madre apagaba y se iba, intentaba retenerla con preguntas:

—Ma, ¿cuál es la diferencia entre socialismo y comunismo?

Nadie es más o menos que su tiempo y su entorno.)

Empezaba a ser yo.

¿Cómo sabe alguien cuándo empieza?

¿Se puede decir —o pensar— que alguien empieza?

En esos días también me hice de Boca. O sea: empecé a «ser de Boca». Lo conté, décadas después, en la primera página de un libro que se llama Boquita: «No recuerdo muchos recuerdos anteriores. En diciembre de 1962 mi abuela Rosita me había llevado a pasar unos días en Mar del Plata: un hotelito en Playa Grande. En su baño compartido encontré un diario: yo estaba aprendiendo y leía todo lo que se me cruzaba. No sé si ese diario sería del día o de una semana antes; sí que, mientras me demoraba sobre el inodoro, leí el relato emocionado de cómo un tal Antonio Roma atajaba el penal que le pateaba un tal Delem y le daba a un equipo que se llamaba Boca Juniors la chance de salir campeón. Yo debía saber lo que quería decir campeón —porque fue en ese momento, de puro triunfalista, cuando decidí que iba a hacerme de ese cuadro.

En esos días los equipos eran instituciones sólidas: Roma Silvero y Marzolini, Simeone Rattin y Silveyra fueron un mantra que susurré en tantos recreos. En esos recreos descubrí que ser de Boca era algo que podía compartir con otros —que me hacía cómplice de otros chicos, que nos daba una causa común— pero que algunos de mis mejores amigos se transformaban de tanto en tanto en enemigos porque eran de ese equipo que se llamaba River. En esos recreos descubrí que uno se hacía de un equipo: no es poca cosa, hacerse. Y que, ya hecho, uno no era hincha de un equipo: uno era de un equipo. No es poca cosa, ser».

Ser de Boca fue uno de mis rasgos de identidad más decisivos durante varios años. Aunque, entonces, eso no suponía casi nunca «ver» a Boca. Ser y ver eran tan diferentes: durante décadas, los seguidores de un equipo de fútbol lo seguíamos a través del relato de otros. Los que iban a la cancha eran una pequeña minoría. No había, por supuesto, todavía, fútbol en la televisión, y la gran mayoría canalizaba su «ser de» escuchando cómo te lo contaban en la radio o leyendo cómo te lo contaban en los diarios. Millones eran fanáticos de algo que solo conocían por interpósitas personas —y palabras. Yo también. Mi padre Antonio todavía no nos llevaba a la cancha y yo, si acaso, miraba en el diario si «mi equipo» ganaba o perdía y, algún domingo por la tarde, raro, empezaba a escucharlo en radio Mitre, Bernardino Veiga.

Pero —ya queda dicho— leía. Leía y leía, leía sin parar. Creo que todo lo demás, en esos días, era contingente, casi una molestia. Tenía seis años y leía sin parar. Hubo, entonces, un episodio que me entregó a mi historia.

MIS MUERTES

1963

La primera vez pudo haber sido —la primera última vez pudo haber sido— en esos giros y giros y más giros, el horror de ese coche que gira, que salta y se desliza y se deshace, víctima desbocada del azar, la lluvia, ese momento en que entendés que ya no sos lo que eras sino quién sabe qué, hoja en el viento, pelusas en el aire, gota en un estanque: nada. El coche daba vueltas y vueltas en el campo, vueltas y más vueltas en sí mismo, retumbaban los gritos y grititos y mi madre y mi padre, yo tenía seis años y leía: en el asiento delantero de ese coche que daba vueltas y más vueltas como un trompo idiota, yo leía, trataba de leer, intentaba leer mi Sandokán de la Malasia. El coche al fin paró: seguíamos vivos. Salimos, chapoteamos, nos abrazamos incrédulos, lloramos; mi libro había volado, lo encontré en el barro. Mi libro, puro barro, era la historia.

De esa mañana saqué un mito: mi iniciación a la lectura, mi opción por la lectura. Si leer te distrae tan cerca de la muerte, pensé mucho después, leer vale la pena. Ahora, cerca, escribo. Y otras veces me pregunté si entonces el azar y los giros me mataban, a quién habrían matado. Yo, seis años, yo ¿me hubiera muerto? ¿O se habría muerto un chico que recuerdo vagamente, la posibilidad de tantos yo que ninguno es real, ninguno verdadero?

Uno que no era yo se habría matado, uno que nunca sabría quién se moría entonces, uno que no sabía que se moría, uno que no sabía qué se moría, uno que no era yo porque yo no habría existido nunca. Por eso es que lo llaman accidente, por eso es que lo olvido. Por eso, sobre todo, lo recuerdo. (Pero falló y seguí unos años más hasta que la siguiente.)

II

Con perdón: uno tiene sobre sí mismo mitos. Las formas en que se piensa cuando nadie lo ve, nadie lo escucha. Las formas en que se piensa cuando está solo de verdad.

Aquel libro, el que salió volando, también era de la Colección Robin Hood: tapas duras amarillas con un dibujo como de historieta, contratapa con una lista de otros títulos, páginas de un papel basto, de un papel oscuro, impresión más o menos. La Colección Robin Hood había empezado unos veinte años antes y ya tenía docenas de títulos, pero yo me empecinaba en los de Emilio Salgari y Julio Verne —que mi madre por supuesto me compraba feliz, como compraba, en su embarazo, aquella droga. Aquel libro que voló se llamaba A la conquista de un imperio, uno de Sandokán. Mompracem era, entonces, mi lugar en el mundo: me gustaban más que nada esos piratas audaces justicieros, la idea del marginal con poder que ayuda a los más impotentes. Sandokán, Kammamuri, Tremal-Naik y, sobre todo, el portugués Yáñez todavía dan vueltas en mi mente. Y los thugs y Mariana y el rajah de Sarawak y la Perla de Labuán y todos esos. Mi osito Gurubito, en esos días, pasó a apellidarse Yáñez. Para seguir ahí no tuvo más remedio que formar parte de mi mundo nuevo.

También me compraban otros libros para chicos: hacia mis cinco tenía el Lo sé todo —nombre sarcástico pensado sin sarcasmos, una enciclopedia en 12 tomos infantiles que incluían desde los mitos babilonios hasta la ciencia más moderna entonces— y unos volúmenes de Monteiro Lobato, un comunista brasilero, igualmente didácticos: Perucho y Naricita me enseñaban las cosas más diversas. Y había otros que también me gustaban, por supuesto, menos «apropiados»: ni sé cuántas veces leí Jack & Jill, una novela romántica de chicos de Louise May Alcott, que escribía para mujercitas, o las Aventuras de Marco Polo, o Tom Sawyer o Robinson Crusoe. Había, ya entonces, demasiados libros, y la única solución era enfermarse. Circulaba una ristra de trastornos —paperas, sarampión, rubeola, escarlatina— que todo chico debía tener y en general tenía. Se parecían: cinco o seis días acostados, algo de fiebre, no muchos dolores, galletitas de agua con jamón cocido, si acaso arroz, la gran chance de leer doce horas por día. Enfermarse era una fiesta, todavía.

(Y alguna vez habría que hacer una historia sobre el papel de la enfermedad en la formación de los escritores. Con frecuencia, los mejores son los que, chicos aún, tuvieron que pasarse mucho tiempo encerrados, mucho tiempo en la cama, y allí «no tuvieron más remedio» que leer.)

¿Qué habría sido mi vida sin leer?, me pregunté tantas veces y la respuesta es simple: no habría sido mi vida.

Leía durante las comidas familiares, mi madre se enojaba y lo impedía. Leía cuando me encerraba en el baño para que nadie me impidiera leer. Leía cuando se apagaban las luces de mi cuarto, a las 10 de la noche, con una linterna bajo la frazada. Leía, leía, leía —o, por lo menos, así lo recuerdo.

Y creo que nunca volví a leer con esa fruición, con ese gusto. Cuántas veces, años, décadas más tarde, traté de recuperar la sensación de aquellas lecturas. No quería leer como un escritor, arruinándome el puro placer con la búsqueda o detección de formas, modos y maneras; quería volver a leer con la inocencia de quien no hace ese trabajo —y de hecho durante unos años imaginé que mi forma de hacerlo era leer policiales, porque lo que escribía era tan distinto que no tenía nada que buscar en ellos, hasta que escribí uno y lo perdí. O intenté recuperarlo leyendo en francés o en inglés, pero el inglés nunca fue puro disfrute y el francés no me ofrece, en general, con perdón, grandes estímulos de Perec a esta parte —salvo los libros de mi primo Santiago. Y así: mis tentativas de volver a esa forma primera de leer casi siempre fracasaron; solo a veces, por lo que sea, me distraigo, me dejo llevar, me olvido de que yo también hago esas cosas —y me pierdo en un libro: pocas cosas me siguen dando tanto gusto.

Y me pregunto ahora si ese gusto por los libros era «puro» —o también incluía cierta voluntad de hacer lo que se esperaba de mí, ser educado, ser inteligente. Ojalá no, pero cómo saberlo. En todo caso eso —o quién sabe qué otra cosa— funcionaba: a menudo me decían qué inteligente que era. Entonces yo solía contestar algo que a primera vista parecía impertinente y, a segunda, más inteligente: ¿qué significa ser inteligente?, les preguntaba a los que acababan de alabarme, y creaba la confusión y creaba la confirmación: un truquito como cualquier otro. Me decían qué inteligente era y yo preguntaba qué es ser inteligente y eso les demostraba qué inteligente era. Pero al mismo tiempo dudaba, me preguntaba si sería cierto, creía que debía serlo, dudaba de nuevo. Me lo creía, creo, pero creía que nunca sería suficiente. Y me gustaban los juegos de preguntas y respuestas, los exámenes, todo tipo de pruebas: ¿cómo hace si no un chico para chequear que está cumpliendo con la misión que le encomendaron en la vida, ser «inteligente»?

Unos años después, ya en el colegio, leí que ser inteligente era ser capaz de «inter-legere», que podía significar elegir qué lecturas o ligar los distintos elementos de cualquier situación. Me gustó, me sirvió: desde entonces pensé que ser inteligente, si era algo, sería poder vincular ideas, cosas, historias que aparentemente no estaban conectadas, o no de esa manera. Un tipo inteligente, entonces, no sería un descubridor sino alguien capaz de crear relaciones entre esos elementos: sintetizar, pensar algo nuevo a partir de varias cosas viejas. La idea me convenía.

Años después, en medio de su separación casi violenta, mis padres me mandaron unos meses a un psicólogo. Fue mi única incursión y lo que más recuerdo es que me hicieron una larga batería de tests que incluía varios para determinar si era inteligente de verdad: aquello que entonces se llamaba IQ. Durante años no me quisieron decir el resultado.

Todo esto sucedía dentro de un marco general: el sistema escolar argentino. Ocho décadas antes, una generación de —autopercibidos— padres de la patria había decidido que la mejor manera de gobernar aquellas tierras demasiado extensas consistía en volverlas un país, hacer una unidad de tantas diferencias. Y que una enseñanza común podía servirles para eso y que era necesario educar a sus ciudadanos lo suficiente como para que aceptaran su gobierno: civlizarlos, lo llamaban en voz baja —o a los gritos. La escuela debía servir, también, para inventar argentinos: los hijos de esa gran masa de inmigrantes debían sentirse parte de lo mismo, saludar a la misma bandera, cantar los mismos himnos, vivar lo que vivían. La escuela pública fue clave para armar ese país. Y fue el pilar que consiguió que la Argentina tuviera, durante buena parte del siglo XX, una cultura bastante excepcional: no limitada, como en el resto de la región, a las clases más altas; difundida, variada. Sin ella no habría existido el tango ni cierto teatro ni buena parte de su literatura.

Para eso servían aquellos establecimientos modestos pero limpios, con sus maestras y maestros más o menos orgullosos de serlo, sus alumnos ansiosos y excitados, todos vestidos de guardapolvos blancos para marcar la igualdad —que por supuesto no existía pero, un rato, podía parecer. Guardapolvos sobre camisa con corbata y pantalones cortos, zapatos gastados con zoquetes que siempre se caían. Creo que soy de la última generación de niños en que el rito de pasaje a la etapa siguiente consistía en «ponerse los largos»: te sucedía, según los casos, entre los nueve y los doce años, digamos, por decir.

Lo que sí es cierto es que, en esos días, nueve de cada diez chicos argentinos nos educábamos en las escuelas públicas: el resto, ese décimo triste, eran los demasiado ricos o demasiado chupacirios o demasiado tontos como para no ir adonde íbamos todos. Yo creo que a mis padres nunca se les ocurrió no mandarme a la escuela pública; treinta años después, cuando mis amigos y yo éramos padres —y éramos, quizá, menos prósperos que los nuestros— muchos de nuestros hijos cayeron al privado. Pocos cambios argentinos fueron tan brutales.

Pero antes de escribir con una pluma y un tintero sobre un pupitre cojo que mi mamá me mima ya había escrito otras cosas. Quizá mi nombre con letras grandes en una hoja de dibujo; quizá mamá pero sin atribuirle amores absolutos. Y después seguramente mensajitos, muy breves cuentos, hasta llegar al primer grado de la escuela donde «mi mamá me ama» era la llave de toda la escritura, el nombre de la escuela y de la educación en esas pampas. Algo hay en una lengua —en unas sociedades— que pretende que todos sus chicos empiecen por expresar, antes que cualquier otra idea, ese amor maternal hecho de emes.

Mi escuela se llamaba República de Cuba: un edificio de ladrillo visto de los años cincuentas en un barrio que entonces se llamaba Palermo y era un reducto de clase media baja, casas bajas, árboles altos, calles empedradas, viejos almacenes, mucho mecánico y otros talleres y negocios menores: un barrio con mucho verde y pocas pretensiones. Mi escuela quedaba a más de quince cuadras de mi casa —que ya estaba en un barrio más creído— pero tenía cierto prestigio: era una de las pocas que habían empezado un «programa modelo» que incluía la «doble escolaridad», así que nos guardaban desde las 8.30 hasta las 17, nos daban de comer, decían que nos enseñaban cierto inglés, maestras y maestros se jactaban de ser buenos. La escuela, por supuesto, era puro varón, como se usaba entonces: es difícil pensar, a la distancia, lo absolutamente natural que resultaba la idea de no mezclar niños y niñas, la certeza de que tal mezcla era un peligro que no debíamos correr. O ni siquiera: que era algo que no se hacía ni tenía por qué.

(Un siglo antes solo varones —y no muchos— iban a la escuela. Cuando empezaron a incorporar mujeres, imagino, decidieron ponerlas en lugares protegidos, dirigidos a menudo por monjas y otros depredadores.)

Los maestros, en cambio, eran de los dos sexos que entonces se imponían pero estaban cuidadosamente divididos: hasta cuarto grado —hasta los alumnos de diez años— se ocupaban señoras; quinto, sexto y séptimo se ocupaban señores. Crecer era, sin duda, «hacerse hombre» y, para eso, los hombres eran la guía indudable: tener un maestro en vez de una maestra era empezar a salir de la órbita materna y meterse, de algún modo torcido, en la paterna.

Pero yo, entonces, recién entraba y tenía, por supuesto, una maestra. Al cabo de unos días de primero inferior —como entonces se llamaba al primer grado—, la señorita Emilia llamó a mi madre Martha para decirle que yo ya sabía todo lo que ella enseñaba —a leer y escribir, básicamente— y que convenía que me pasaran a primero superior —como entonces se llamaba el segundo. Yo no había cumplido seis años —la mayoría de mis compañeros sí— y si me pasaban a primero superior iba a estar con chicos de siete; mi madre, psi al fin, dijo que no, y la maestra tuvo que aceptarlo. Creo que aquel año me aburrí o, si acaso, aprendí a sentirme superior: yo ya sabía lo que los otros estaban aprendiendo. Pocas cosas podrían haberme perjudicado más, supongo. Con el tiempo creció y creció mi tentación de sospechar que ese fue el origen de mi supuesta suficiencia; yo nunca sentí que fuera suficiencia, pero que le encontrara un origen es un dato casi contradictorio.

(He dudado minutos buscando el sustantivo: ¿petulancia, vanidad, jactancia, inmodestia, presunción, pedantería, afectación, orgullo, necedad? Al fin me quedé con suficiencia, que debe ser, sin duda, el más modesto.)

Y fue, por fin, la maestra de primero superior, la señorita Zulema, la que me llenó de pajaritos la cabeza. Ella estaba tan convencida de que yo era alguien especial —especialmente inteligente, la palabra otra vez— que incluso alguna vez mi madre fue a pedirle que lo disimulara. Pero supongo que terminó de convencerme, para mi bien y mi desdicha. Y, desde entonces, una pregunta que me hice tantas veces y que hice tan pocas: ¿todos nos creemos alguien especial? ¿Todos encontramos algún recoveco en nuestras vidas que nos hace sentir mejor que muchos? Y, si no, ¿cómo es vivir sin eso?

(No es jactancia: es de verdad una pregunta. Es difícil saber cómo es uno; casi imposible saber cómo los otros).

Y, de todos modos, hay algo de la escritura que sí aprendí en la escuela, absolutamente inútil, tan perverso que me llena de un orgullo raro: sospecho que fui parte de la última camada de niños —argentinos, al menos— a los que obligaron a escribir con una pluma y un tintero, igual que don Miguel o don Francisco.

El otro orgullo de la escuela pública argentina era la mezcla. Hay lugares comunes que son lugares bobos. Pero algunos son ciertos y era cierto que en una escuela como esa el niño de casa culta medio rica se encontraba con chicos en cuyas casas nunca había habido un libro, y otros que sí y otros que tampoco, y las clases y las ideas y las experiencias se mezclaban. Eso, supongo, es lo que más radicalmente perdió la Argentina —y también, en alguna medida, tantos otros países—: los espacios donde los diferentes se encontraban. Las últimas décadas han sido, en tantos ámbitos, de tantas maneras, las de la cuidadosa construcción de la segregación: que cada clase tenga sus espacios donde pueda no mezclarse con las otras o no pueda mezclarse con las otras. En aquellas escuelas lo hacíamos, sin duda, y ni siquiera sabíamos que lo hacíamos: era normal, así vivíamos.

Las jerarquías —que las había— eran distintas: los que mejor jugaban al fútbol en el patio del recreo, los que sacaban mejores y peores notas —no estaba claro qué cotizaba más—, los que atraían las iras o los elogios de la señorita —tampoco estaba claro—: esas eran las diferencias que sí creaban grupos, banditas, banderías, tan fluidas que podían cambiar varias veces por semana. Y también víctimas: como todo grupo que se precie, cada grado de la escuela necesitaba construirse cada tanto un enemigo o una víctima. A mí me tocó en segundo grado —que después se llamaría tercero.

(Aparecían las canciones de María Elena Walsh, que fueron mis primeras: «El reino del revés», «Manuelita», «La vacuna lunalunalú» y todas las demás. El milagro tan pocas veces conseguido: que unas canciones dejen de tener autor, se nos vuelvan comunes. Mi madre Martha me llevaba a escucharla: recuerdo esos estrenos en el teatro San Martín, empezando lo que no se termina. Y cuando, tantos años después, María Elena y yo nos hicimos un poquito amigos y me invitó varias veces a tomar el té y conversábamos —y yo estaba tan emocionado. Lennon o Cohen me habrían impresionado mucho menos.)

Mi maestra de segundo grado tenía el pelo teñido y algún diente de oro y era, creo, infeliz. Yo, no mi maestra de segundo grado, aunque no tenía el pelo teñido. Mi pelo había dejado de ser rubio y virado al castaño y lo usaba más o menos corto: en esos días no se podía ir a la escuela con el pelo largo. Pero mi infelicidad no tenía que ver con mi pelo sino con mi cabeza.

El problema, por una vez, fue su exterior: aquel invierno mis compañeros de grado, mis supuestos amigos y compinches, me habían elegido para burlarse de mí burlándose de ella, so pretexto de que era demasiado grande. Quizá lo fuera; me resulta difícil tener, a la distancia, una noción precisa. Los recuerdos, en cambio, sí lo son: diez o veinte chicos, sus delantales blancos, sus caras desfiguradas por el grito, alrededor de mí chillándome o cantándome que era un cabezón, cabezón, mariquita terremoto —¿mariquita terremoto?— y otras lindezas semejantes. Yo sé que no sabía qué hacer: fue la primera vez que recuerdo haber sentido esa impotencia. Cuando les contestaba les mostraba que me estaban afectando, redoblaban las burlas y los gritos; cuando trataba de ignorarlos se envalentonaban, redoblaban las burlas y los gritos. A veces terminaba llorando de rabia; decía, para justificarme, que era una injusticia. Que cada cual es como es, que nadie es mejor que nadie, tonterías. Es fácil camuflar el dolor hablando de valores —pero realmente no sabía qué hacer. Recuerdo que el principio de cada recreo —el momento de las rondas y las burlas— era una zozobra, que me ilusionaba con que se distrajeran, que a veces se distraían pero a veces no, que odiaba a mi cabeza más que a mis compañeros, que me lo había creído. El recuerdo es confuso: chicos bailándome alrededor, gritándome, riéndose: mis amigos. Ahora creo que lo llaman bullying; entonces no lo llamaban de ninguna manera. Sé que pasé unos meses de tristeza y rabia, sé que mi madre Martha fue a hablar con la maestra, sé que ella le dijo que no podía hacer mucho, sé que las burlas siguieron hasta que se aburrieron y se buscaron otro.

Lo que no creo haber pensado, en esos meses, fue por qué lo hacían. Supongo que habrá un punto de azar: cada grupo debe dotarse, en cada momento, de un enemigo o víctima que le sirva para cohesionarse, para sentirse fuerte. Solemos pensar que eso del enemigo como condición para la unión interna es un invento de los famosos «populismos»; es más viejo que andar a pie, todos los grupos lo han practicado siempre, y sobre todo grupos tan despiadados como una banda de chicos de ocho o nueve años. Pero supongo también —visto desde ahora— que yo debía irritarlos: que esa supuesta superioridad educativa, esa estupidez de tratar de demostrar que ya sabía lo que nos enseñaban o que, si no, lo podía aprender en un momento, debía ser bastante insoportable. Ahora lo entiendo —creo entenderlo— porque aquella fue la primera vez pero, por supuesto, no la última.

Aunque me siga arrepintiendo en cada una.

¿Qué hacer cuando uno cree que sabe más? ¿Se calla para no irritar —y se vuelve displicente, desdeñoso? ¿Intenta hablar con una apariencia de humildad que no siempre funciona? ¿Se equivoca a propósito? ¿Se caga en todo eso y dice soy así, se joden —aunque no soy así para joderlos?

(Yo era, después de todo, el hijo de una madre que había tomado aquella droga.)

Además, no creo que me sintiera «superior». Tenía muy buenas notas, era bueno para las materias que no fueran dibujo; no creo que me jactara —mucho— de eso. Y no era bueno jugando al fútbol, por ejemplo, que era un valor mucho más indiscutible, indiscutido. Ser bueno en las materias siempre llevaba un tufo de «chupamedias» —el que se quiere acomodar con la maestra, complacer al poder. Ser bueno al fútbol, en cambio, o incluso en la clase de gimnasia, era un valor universal.

Yo —queda dicho— no lo era. Tampoco era especialmente malo: uno del montón. No sé si fue por eso que decidí, ese año o quién sabe el siguiente, organizar nuestros partidos: quizá fuera la forma de no quedarme afuera, de hacerme necesario en algo donde no lo lograba. Ahora, a la distancia, supongo que fue interesante, insoportable comprobarlo: por más que lo quería, por más que me esforzaba, no podía conseguirlo. En eso sin duda era mediocre.

Jugábamos contra otros grados —muy pocas veces contra otras escuelas— en un rincón de los parques de Palermo frente a un gran monumento «de los españoles», al costado de la embajada norteamericana. Era un foso que, los sábados temprano, solía estar vacío, y allá íbamos. Mi trabajo de organizador consistía en llamar, los viernes a la noche, uno por uno a todos mis compañeros de pelota para recordarles la hora y el lugar —que siempre eran los mismos—, confirmar sus presencias: los iba tachando en una lista. Visto ahora no me parece necesario; no sé por qué razón lo era pero sé que lo era. Y hacía, a veces, contribuciones que nadie me pedía: como cuando me tomé el subte hasta la estación de Tribunales, donde había un señor que fabricaba sellos de goma, y encargué uno con el nombre que, inconsulto, le había plantado a nuestro equipo: Club Atlético Real Palermo —donde Real era una reminiscencia del madridismo supuesto de mi padre Antonio, y el resto pura fórmula.

En la escuela República de Cuba celebrábamos a la República de Cuba en unos años en que la República de Cuba era el espantapájaros de todos los demás gobiernos latinoamericanos. Era exótico.

(Leo exótico y me sorprende, por primera vez, lo parecida que es a tóxico. No quiero sacar ninguna conclusión apresurada.)

Así que cantábamos, cada 20 de mayo, día de su independencia, su himno belicoso: «Al ataque corred bayameses / que la patria os contempla orgullosa. / No temáis una muerte gloriosa / que morir por la patria es vivir». Cinco días después cantábamos el nuestro, donde jurábamos con gloria morir. La idea de la muerte por la patria es central en todos nuestros himnos: la idea de la violencia es central en todos nuestros himnos, nuestras canciones más sagradas.

Y después se sorprendían, no entendían.

III

Cabezón, traga y patadura. Visto así, desde aquí, yo era un desastre. Visto desde entonces no siempre me lo parecía. Y tenía algunos amigos. Los dos que más lo eran eran —debo decirlo— parecidos a mí: la diversidad también tenía sus límites. Dani era hijo de un empresario judío y comunista, hermano menor de dos estudiantes comunistas, hijo de familia más o menos rica que vivía en una torre moderna de Belgrano —y había afiliado al partido a la mucama. Dani era muy canchero y su hermano Carlos era más canchero todavía y su abuela tenía un cajón lleno de bocaditos Cabsha, chocolate con dulce de leche. Martín en cambio no era pretencioso. (Martín, estaba claro, era él; yo era Mopi, no nos confundíamos.) Sus padres eran arquitectos, judíos de izquierda pero no comunistas, y su casa quedaba en el camino que yo recorría para ir desde la escuela hasta la mía, así que muchas veces a la salida caminábamos juntos hasta ahí; entonces yo subía un rato o seguía viaje. Caminábamos solos: teníamos siete, ocho años y a nadie se le ocurría que no pudiéramos andar por la ciudad tranquilos, cruzar las calles, tomar un colectivo.

De la escuela volvía aquella tarde, viernes por la tarde. Los viernes no volvía a mi casa sino a la de mis abuelos Rosenberg, barrio de Tribunales. Yo quería a mis abuelos Rosenberg: mi abuela Rosita me quería, me malcriaba, era su primer nieto y se notaba; mi abuelo Vicente era amable conmigo y sé que me quería —aunque no recuerdo ninguna charla con él, ningún momento particular con él. Pero, retrospectivamente, sé que sí porque todos los viernes durante varios años ella y él me llevaron al cine: caminábamos desde su departamento en la calle Paraná y Tucumán —o después desde su departamento en la calle Uruguay y Córdoba— hasta la calle Lavalle, a pocas cuadras, donde entonces se acumulaba la mitad de los cines de la capital. Y sé que me querían porque me dejaban elegir la película; tanto que sé, recuerdo, que en esos años fuimos media docena de veces a ver La novicia rebelde —The sound of music—, con Julie Andrews, que volvía a emocionarme cada vez, y, sobre todo, quizás una decena la película que más marcó mi vida: La vuelta al mundo en 80 días, una adaptación del libro de Julio Verne con David Niven —el perfecto caballero inglés— como Phileas Fogg y Cantinflas —el perfecto monito sudaca— como Passepartout.

Nunca la volví a ver. Querría, no lo hice; quizás ahora lo haga. Pero sé que fue decisiva: me gustaba tanto esa historia de viajes disparatados, lugares imposibles —que, supongo, intenté mimar el resto de mi vida. Aun así, creo que leí La vuelta al mundo más veces que la vi en el cine. El problema, es cierto, era que en esas lecturas Phileas Fogg ya era inevitablemente David Niven, Passepartout, Cantinflas, y me molestaba: yo prefería que esos amigos tuvieran la cara y la pinta que yo quería que tuvieran, no la que unos actores les habían impuesto. Pero me gustaría entender por qué los chicos tenemos esa compulsión a la repetición que, más grandes, perdemos: que te cuenten siempre el mismo cuento, ver esa película que ya viste tanto. Como si tuviéramos que aferrarnos a lo que ya sabemos, como si no tuviéramos confianza en lo desconocido justo en ese momento en que casi todo lo es.

Después del cine mis abuelos me llevaban a tomar un helado: Tiki Moka, unos americanos espumosos plásticos, de máquinas que parecían entonces un prodigio de la técnica moderna; era, pobres, lo que yo les pedía.

(Ir al cine era un lujo extraordinario: en aquel mundo no había nada comparable. Salir a la calle, hacer la cola, sentarse en butacas confortables, mirar esos colores de 20 o 30 metros, oír ese sonido que vibraba. La televisión, entonces, medía quizá 20 o 30 centímetros en diagonal y en blanco y negro, y tenía cuatro canales rebosantes de tedio. Mis padres, henchidos de sacrosanta desconfianza izquierdista, me dejaban mirarla una hora por día: yo podía elegir cuál, siempre que no interfiriera con el resto de mis actividades —el baño, la cena, las frustradas clases de guitarra—, pero el límite era estricto. Miraba, creo, programas de concursos, sobre todo de preguntas y respuestas. El cine era otra cosa.)

Fue uno de esos viernes de abuelos que el mundo entró en mi vida. O, por decirlo menos dramático: la primera vez, en mi recuerdo, que me sacudió algo que había pasado en el mundo, un acontecimiento. Era la primavera del ’63, yo ya había cumplido seis años y esa tarde en la escuela noté algo: en algún momento una maestra de otro grado entró en el nuestro y le dijo a la nuestra algo que la dejó turbada. Hablaron un momento, la intrusa se fue, siguió la clase. Solo después, cuando llegué a lo de mis abuelos, entendí: allí, sobre la alfombra, mi tía Viqui, su hija menor, que acababa de cumplir dieciocho años, leía en La Razón, el diario serio de la tarde, la noticia del asesinato de John Fitzgerald Kennedy. Ella y sus padres, mis abuelos, parecían conmocionados: sus caras imitaban a las de las maestras y ahí entendí lo que ellas se habían dicho —aunque seguía sin entender por qué esa noticia producía esas caras. Me explicaron: que alguien había matado al tipo más poderoso de la Tierra y que eso era impactante; yo puse cara de claro por supuesto qué cagada.

(Pero creo que sí entendí, aquella tarde, que lo que pasaba en otros lados, lo que salía en los diarios, podía tener impactos fuertes en los humores de los que me rodeaban —y creo que fue un descubrimiento. Si eso era así, quizá pensé, tengo que enterarme de esas cosas. O quizá no lo pensé; me parece, pero no estoy seguro. Cómo saber, una vez más, lo que pensaba ese niñato; cómo luchar contra la tentación de recrearlo.)

Al día siguiente, en cualquier caso, iba en el tranvía con mi abuela Rosita —¿me llevaría de vuelta a casa?— y vi, en un mástil del gran teatro Colón, una bandera argentina muy caída. Le pregunté qué habría pasado y ella me explicó que eso era «una bandera a media asta» que quería decir que la Argentina estaba triste por la muerte de Kennedy: que era como si llorara. A mí me pareció raro que un país se hubiera puesto triste —y, quizá, que lo expresara de ese modo. Las banderas, había aprendido, no estaban hechas para andar llorando.

Y en esos días, poco después de ese despliegue de la muerte, conocí a una mujer, mi primera. Que, por supuesto, tenía seis o siete años, como yo. Fue un azar, como se debe: mis padres psicoanalistas me habían llevado a un congreso de psicoanalistas en una especie de hotel sindical de bungalows en medio de la nada en Río Tercero, Córdoba, y la hija de otros psicoanalistas y yo decidimos que seríamos novios. Éramos, es obvio, muy chiquitos: la palabra novio no tenía mucho sentido para mí, pero ella insistió y yo quería darle el gusto —quizás, entonces, ser novios era eso. Creo que nuestro noviazgo se basaba en la posesión común de dos gatitos que habíamos encontrado. Los recuerdo mal; sé que uno era casi pelirrojo y que los dos se lanzaban intrépidos a través del pasto alto que rodeaba aquellas casas. No sé quién tuvo la idea pero sospecho que fui yo: los gatitos exploradores se llamaron Livingstone y Stanley. Quizá debería ver, también en eso, una señal. Aquella vez mi padre Antonio me preguntó por qué le habíamos puesto esos nombres a los gatos.

—Porque cuando sea grande quiero ser explorador.

—Ojalá puedas.

Me dijo, pero nunca sabré qué habrá entendido por explorador —o qué quise decirle.

No me acuerdo mucho de mis padres esos días. Mi padre Antonio estaba poco en casa: atendía a sus pacientes hasta bastante tarde, enseñaba en la universidad, debía tener sus militancias y vaya a saber qué: lo veía salteado. Mi madre Martha acababa de recibirse y empezaba a trabajar —un servicio de psiquiatría infantil de un hospital, algunas otras cosas— pero estaba más. Era linda, muy joven —los veintisiete o veintiocho—, charlábamos, me daba gustos y me gustaba estar con ella. No me acuerdo de verlos mucho juntos; debían estarlo, me imagino, o no. Solo recuerdo los domingos a la mañana cuando me iba a su cama, donde leían los diarios, y les robaba una revista que venía con El Mundo: se llamaba Tía Vicenta, la dirigía un tal Landrú y era un tipo de humor basado en la sátira de distintos sectores sociales: los mersas, los bienudos, lo que «estaba in» y lo que «estaba out». Había listas de palabras que era mersa decir —rojo por colorado, película por cinta, cabello por pelo— y las conductas, los gestos, los lugares; quizás alguna vez le hice algún caso. Creo que mucha gente le hizo mucho —y para mí, fue una primera incursión en el mundo de la desigualdad, la potencia de las clases sociales, las diferencias culturales, esas cosas.

Todo era, de algún modo, un chiste.

Y la primera vez que vi pasar la historia en carne y hueso no llegué a darme cuenta. Fue, es verdad, un paso leve. Era el verano del ’65 y gobernaba Arturo Illia, un radical tranquilo, cuya hija acababa de casarse con un abogado, Gustavo Soler, que había sido compañero de pensión de mi padre en sus tiempos de estudiantes: dos españoles recién exiliados, dos militantes más o menos rojos. Diez años después, Soler era el yerno del presidente y a veces invitaba a sus viejos amigos a comer un asado a la residencia de Olivos. A mí me gustaba la pileta, enorme, reluciente de azulejos blancos: me pasaba horas en ella, los mayores charlaban y bebían; el presidente, a veces, se sumaba. Pero ese domingo no apareció. Cuando nos íbamos lo vi caminando lento por el parque: tenía las manos juntas a la espalda, la espalda curvada, una cara de tristeza que me entristeció. Muchos años después supe que ese domingo había perdido —contra el peronismo— unas elecciones legislativas que al final le costaron el gobierno. De ahí su cara: yo había visto la historia y, por supuesto, no la reconocí. Tenía siete años.

Y en algún momento cumplí ocho. Los cumpleaños, entonces, se celebraban con esas fiestas infantiles donde a veces había un payaso o un mago y cada invitado traía su regalo: los cumpleaños eran la ansiedad de crecer y la espera del regalo. Recuerdo, entre tantos que no, uno de ese año: no sé qué compañero de la escuela me trajo un «simple». Los simples eran disquitos —«vinilos»— de 15 centímetros de diámetro y 45 revoluciones por minuto, tres minutos de canción de cada lado; este tenía de un lado «Nowhere Man» y del otro «Michelle», dos canciones de ese grupo que yo todavía no conocía y que se llamaba, según decía aquel simple, The Beatles. No entendía lo que cantaban, por supuesto, pero eso no fue óbice; en dos días empecé a tararearlo y nunca más paré.

(The Beatles: tantas, tantas. Quizás «A day in the life» más que ninguna, pero tampoco es justo: toda su producción es un milagro. Y una síntesis de los sesentas y cierta idea de la revolución: la historia de unos muchachos que en menos de diez años pasaron de «Love me do» a «Number Nine», consagración de la vanguardia.)

Pero aquel invierno, cuando era el cabezón, el mariquita terremoto, escribí mis primeros «poemas». No quisiera sacar de esa coincidencia ninguna conclusión apresurada, la sombra de una causa.

No sé si esa costumbre sigue: entonces, las fiestas nacionales se celebraban en cada escuela con un «acto» donde cada grado presentaba pequeñas puestas en escena o recitados alusivos: la Revolución de Mayo, la Independencia, San Martín, Sarmiento, el Día de la Madre, el Día de la Bandera. En cada obrita participaban unos pocos alumnos; a mí a veces me tocaba, a veces no —y cuando no, me carcomía la envidia. En los recitados —de poemas alusivos— la cantidad de participantes era aún menor, menores las posibilidades. Yo venía de varias exclusiones cuando se me ocurrió una forma de asegurarme la inclusión, y se la propuse a mi amigo Martín: que escribiéramos nuestros propios poemas. Así la maestra no tendría más remedio que elegirnos a nosotros para recitarlos: la participación estaba asegurada.

Pusimos manos a la obra. El primero que hicimos festejaba el Día de la Madre y en mi memoria tan dudosa empezaba diciendo «Mamita, mamita, / vida nos has dado, / y de ello al lado / cariño y amor: / el amor eterno / que nos une a ti…». Nótese, entre otras cosas, el uso del ti —que debíamos haber tomado de los poemas que habitualmente se decían— y la cursilería profunda del concepto. ¿Qué entendería un chico de ocho años cuando decía «amor eterno»? ¿Qué, cuando hablaba de ese don de la vida?

Menos preguntó, creo, nuestra maestra, y nos mandó al escenario tan henchida de orgullo. El público era, por supuesto, mayoritariamente madres —y nuestras palabras suscitaron ojitos, embelesos, alguna lágrima, un torrente de aplausos. Fue, cabe decirlo, un éxito. Escribir, me pareció ese día, tenía ventajas evidentes.

Quiero creer que no es por eso.

Pero cómo saberlo.

LA ENFERMEDAD 3

Cuando recuerdo momentos de mi vida recuerdo a alguien tan distinto —uno que caminaba, que imaginaba sus futuros, que seguía— que me parece que mintiera: que me jactara de algo inverosímil.

Yo, frente a mí, resulto inverosímil.

¿Quién, entonces?

Y para colmo ahora he descubierto, con sorpresa, con un poco de susto, que es muy común que las personas que se mueren hayan estado vivas poco antes.

¿No hay algo idiota, extraordinariamente estúpido en que los hombres tengamos tanta conciencia de nuestra muerte y ninguna de nuestro nacimiento? Que no sepamos absolutamente nada de ese momento casi perfecto, donde todo es potencia, todo novedad —y en cambio tanto del momento en que los últimos restos de esa potencia se consumen.

¿O nos daría mucho miedo?

¿Pena, nostalgia, enojo,

la conciencia de tanta posibilidad despilfarrada?

Pero también sospecho, con sorpresa, con un poco de alivio, que la muerte, tan larga, es muy corta para tanta alharaca.

Y me sorprende la idea, que ahora me repica, de que morirse no es tan grave: es acabarse, nada más, es nada más —y por lo tanto no tiene forma de ser un sufrimiento. El sufrimiento, por supuesto, es previo: la perspectiva de dejar de ser, la certeza de desaparecer.

La noche de los tiempos.

Me pasé toda la vida preocupado por no perder el tiempo, aterrado por la idea de perder el tiempo, tan consciente de que el tiempo se acaba. Pero era una idea a largo plazo, sin plazo fijo: el tiempo alguna vez se acaba. Y ahora el plazo se concreta y no sé qué hacer. ¿Aprovechar? ¿Cómo es aprovechar el poco tiempo? ¿O solo queda sufrir porque es tan poco, tan tan poco?

El tiempo, ahora, está conchudo como nunca.

Porque sabemos que me voy a morir pronto —igual que todos ustedes. La diferencia está en cuánto será pronto. Todo el truco está en poder pensar ese pronto como un tiempo indefinido, casi inimaginable: quién sabe, veinte o treinta años… Cuando te delimitan ese pronto, cae la ficha y es una piedra que llamamos losa. Aunque también podes hacerte el tonto: ¿Dos años? Uy, pasan tantas cosas en dos años.

A veces pienso que todo consiste en separar esa ruina que seré dentro de unos meses, unos años, de este que soy ahora. Es una idea; probablemente sea una tontería.

Y mientras tanto, sin dejar de lado esos engaños, sentir cómo tu cuerpo se te escapa, se te va deshaciendo, cómo tu cuerpo se te vuelve en contra y te amenaza y te destruye. Cómo tu cuerpo es lo que siempre fue, solo que ya sin disimulos.

Ahora vivir no es fácil. Ponerme los pantalones, por ejemplo, o cebarme un mate o acomodarme en la cama son maniobras que exigen reflexión, preparación y un cuidado extremo para realizarlas —y a veces lo consigo y otras no, pido ayuda. Esa es la madre de las diferencias: tantas cosas que hacía sin pensar que las hacía, ahora requieren planificación, una estrategia: ¿será mejor agarrarme de esa mesa o de ese picaporte? ¿Ya tengo lista la camiseta para mañana, que no podré ir a buscar hasta el armario? Y, peor: la cantidad de cosas que las personas —que yo mismo— he hecho sin pensar que las hacía y que ahora se vuelven imposibles. O pensar en todas esas cosas que ya no voy a hacer, lugares donde no voy a ir, ser un baldado.

Y esto no es nada. (Esto es lo que será, dentro de poco, el recuerdo de tiempos más felices.)

Si por lo menos se frenara, aún por unos días. Si pudiera saber —saber seguro— que este gesto que acabo de hacer podré hacerlo mañana. la madre de las diferencias: tantas cosas que hacía sin pensar.

Esta certeza huérfana de que cada día es, en principio, el mejor que voy a vivir. Que nada puede mejorar, que todo irá empeorando: la ciencia me lo anuncia. Que es pura degradación, decadencia tozuda, que mañana voy a estar peor, y peor pasado. La conciencia de que no hay vuelta atrás, ni esperanza de ninguna vuelta atrás. Eso es lo raro de esta enfermedad: que te deja claro desde el principio que lo único que se puede negociar —esperar, intentar influir, rogar a nadie— es su velocidad.

Que esta mierda de hoy es lo mejor que voy a tener nunca.

(El último día del resto de mi vida)

Mi cuerpo quiere mostrarme cómo sería mi vida si no tuviera un cuerpo: me lo saca, me lo va sustrayendo.

Mis piernas han decidido invertir su rol histórico: ya no me llevan, tengo que llevarlas.

Quizá tengan razón, pero las odio.

Aprendo la paciencia, que nunca fue mi fuerte. Ahora sé que cuando no consigo cambiarme de silla o levantar la toalla, insistir solo lo empeora; que tengo que parar, cerrar los ojos, pensar en nada o en la desgracia o en la cena de esta noche y esperar que las fuerzas se repongan. Entonces, tras los minutos de paciencia, mis músculos avaros me permiten hacerlo —muchas veces. Y algunas me pregunto, incluso, cómo habría sido mi vida si hubiera descubierto este modelo hace cincuenta años.

A veces, muy pocas veces, creo, uno aprende cosas sobre uno que jamás habría sospechado.

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