Un thriller que nos conduce por los rincones más oscuros de la psique humana y de una sociedad impregnada de violencia.
Ciudad de México, 7 de enero (MaremotoM).-Corre el año 1977 y Hannnah y Wes Jarrett, un respetable hombre de negocios y miembro de una de las familias más poderosas de Detroit, viven felices junto a sus hijos de cinco y ocho años en su casa de las afueras. Ismelda, su criada, hace que en el hogar todo sea más llevadero. Pero su vida y la de sus vecinos se ve sacudida por la presencia en la ciudad de un asesino al que los medios han apodado Babysitter: ya ha raptado y torturado a seis niños y ha dejado sus cuerpos en la carretera en posturas llamativas, como si durmieran. En una fiesta filantrópica de la familia Jarrett, Hannah conoce al señor R., un hombre extraño y oscuramente carismático con el que inicia una peligrosa aventura. Mientras tanto, el esquivo asesino en serie, que parece formar parte de la élite de Detroit, sigue acumulando víctimas y llevando a la desesperación a la ciudad.
Babysitter es una exploración psicológica de los rincones más oscuros de la psique humana y una crítica demoledora del racismo, la violencia sexual, la homofobia y la misoginia.

Fragmento de Babysitter, de Joyce Carol Oates, con autorización de Alfaguara
No molestar
En el piso sesenta y uno de la torre del hotel, él la espera.
No tiene un nombre con probabilidades de ser verdadero. Hay muy pocas cosas en él con probabilidades de ser verdaderas. Ella no necesita saber más: él.
Es la única ocupante del ascensor, un cubículo de vidrio impecable que se eleva rápida y silenciosamente por el atrio como si se adentrase en el vacío.
Abajo, el concurrido vestíbulo del hotel desaparece. A los lados, plantas abiertas y barandillas vuelan hacia abajo.
Una nueva e impecable manera de «elevarse», tan diferente a los ascensores grandes, lentos y voluminosos de su infancia.
En aquellos, a menudo había ascensoristas uniformados que llevaban guantes. En estos, tú te haces de ascensorista.
En el cubículo se ha quedado rezagado un leve aroma, ¿de puro?
Es diciembre de 1977. Aún no está prohibido fumar en las zonas comunes de hoteles privados.
Siente una oleada de vértigo, angustia. El humo del puro tan débil como el recuerdo. Cierra los ojos para recomponerse.
El impecable bolso de cuero italiano no lo lleva colgado de la muñeca derecha, como de costumbre, sino bajo el brazo derecho, bien agarrado con la mano izquierda, ya que pesa más de lo habitual.
Aun así, lo lleva de tal modo que deja ver el reluciente emblema metálico: PRADA.
Por instinto, de manera inconsciente, un gesto de vanidad incluso ese día: PRADA.
¿Es el último día de su vida o es el último día de una vida?
Ha memorizado el número, por supuesto: 6183.
Como si lo llevase tatuado en la muñeca. Como si, para él, fuera una propiedad.
Propiedad. Condena. Ella no es poeta ni una persona diestra o que se encuentre cómoda con las palabras, pero estas le parecen tranquilizadoras igual que traen paz a los muertos las piedras frías y lisas que se les colocan sobre los ojos.
La habitación de él. En realidad, es una suite, dos estancias espaciosas con vistas al río Detroit, donde se aloja cuando visita la ciudad.
Aunque es posible que tenga diferentes habitaciones para diferentes visitas. Ella no lo sabrá, nunca le ha hecho ese tipo de confidencias.
El cubículo se detiene en la planta sesenta y uno con un siseo y una sacudida moderada, las puertas se abren. No tiene más opción que salir. Algo se ha decidido, no hay más opción.
Se aferra al bolso que lleva bajo el brazo. ¿No tiene más opción?
Se pregunta ¿si la estará esperando, junto al ascensor? ¿Con ganas de que llegue?
No ve a nadie. Ninguna figura humana en ninguna dirección.
Aún puedes dar media vuelta.
Si te vas ahora, nadie va a enterarse.
Delante de la hilera de ascensores, una pared acristalada que deja ver la ribera y el río, un fiero sol blanco. Abajo, una vista en escorzo de Woodward Avenue; a lo lejos, tráfico que no se oye.
El porqué no está claro. Por qué ha venido, arriesgando tanto.
Nunca preguntes por qué. El desafío es la ejecución: el cómo.
Camina por un pasillo sin ventanas siguiendo el número ascendente de habitaciones: 6133, 6149, 6160… Los números aumentan tan despacio que siente una oleada de alivio, nunca llegará al 6183.
A los pies, una mullida moqueta de felpa, tan rosada como el interior de unos pulmones. El extremo más alejado del pasillo se ha disuelto. Puertas cerradas al horizonte que reducen su tamaño a medida que se acercan al infinito.
No hay razón para que se acerque a la 6183 por el simple hecho de que la persona que la espera allí dentro la haya llamado; si lo desea, puede dar media vuelta.
… como si nunca hubieras estado aquí.
Como si nunca hubieras salido de casa.
¿Quién se va a enterar? Nadie.
Pero no da media vuelta. Se siente atraída hacia delante de manera inexorable.
Si moras en un acertijo, la única forma de resolverlo es llegar hasta el final.
Igual que el cubículo de vidrio impecable había subido veloz y sin vacilar hasta la planta sesenta y uno, así camina ella hacia la suite.
Un débil aroma a puro en el pelo, en la nariz, que frunce con náuseas tan remotas como si fueran meramente residuales, recuerdos.
¿Qué lleva puesto? Un atuendo que ha elegido con esmero: el lino blanco es siempre discreto; una camisa de seda, un pañuelo de seda roja de Dior que le alegra el cuello.
Tacones altos tan elegantes como poco prácticos, unos Saint Laurent de cuero fino y suave que se hunden en la moqueta. Si de repente tiene que dar media vuelta y correr, correr para salvarse, se lo impedirán los zapatos, que le vienen muy justos, y la moqueta.
Uno de esos sueños en los que vuelve a ser una niña. Corre y corre. Los pies se le hunden en algo que parece arena, que parece blando, y no lo es.
Sin avanzar. Cada vez que corre.
Cada vez, él se cierne sobre ella, a su espalda. Las manos fuertes de papá amenazan con agarrarla, levantarla por las costillas…
La propiedad de un hombre, una condena.
Los números de las habitaciones se aceleran. Es un hecho vital al que nunca nos llegamos a acostumbrar del todo, cómo «el afuera» se mueve a la velocidad que le corresponde, ajeno a nuestros deseos «de dentro».
Al acercarse a la 6183, se echa a temblar. Siempre lo mismo, ya ha pasado por esto, la sensación vibrante de un vehículo que va demasiado rápido, peligrosamente rápido, bajo una lluvia cegadora, atravesando charcos hondos que se levantan como olas y que arrollan el parabrisas.
La nuca apoyada sobre una mesa muy fría de acero inoxidable, con un sumidero justo debajo. Abre los ojos de par en par, ciegos. Solo cuando tienes los ojos ciegos lo ves todo.
Sin embargo, sigue adelante. Con sus tacones de Saint Laurent sigue siendo diciembre de 1977, aún no ha entrado en la habitación por última vez, está decidida a llegar al final del acertijo.
En la placa de latón del marco de la puerta pone 6183, siempre ha sido la 6183.
El cartel colgando del pomo, con letras plateadas de caligrafía sobre un fondo negro satinado; el mismo cartel de aviso:
¡INTIMIDAD, POR FAVOR!
NO MOLESTAR
Soy
Soy una mujer bella, tengo derecho a que me quieran.
Soy una mujer deseable, tengo derecho a desear.
Cuando morimos
Cuando morimos, nuestros cuerpos (hermosos) (desnudos) se convirtieron en materia inerte.
Cuando morimos, nuestros últimos y ahogados gritos se quedaron atrapados en la garganta.
(Se diría que, si te hubieses tendido a nuestro lado a la hora de la muerte y hubieras pegado la oreja a la garganta, y si hubieses sido digno de ello, habrías oído un débil eco de ese grito final).
Cuando morimos, nuestro tormento terminó. Pues la misericordia nos aguarda a todos y a todas.
Cuando morimos, ninguno de los que nos engendrasteis estabais cerca, ni mucho menos.
Cuando morimos, lo hicimos a solas, con terror. Porque no estabais cerca, ni mucho menos.
Cuando morimos, planteaos por qué tuvisteis hijos si no nos queréis.
Planteáoslo.
Pero cuando morimos, nuestros cuerpos fueron preparados con amor para la muerte como ninguno de vosotros lo hubiera hecho.
Cuando morimos, bañaron nuestros cuerpos con cuidado, se limpió hasta el menor rastro de suciedad de cada recoveco de la piel y de debajo de las uñas (rotas) de los dedos, se cortaron las uñas con tijeritas de cutículas, redondeadas e igualadas; igual que se nos lavó el pelo con un champú suave, se nos peinó con la raya en medio de tal manera que sugería que quien fuera que nos hubiese aseado con ternura post mortem no nos había conocido «en vida».
Cuando nuestros cuerpos estuvieron limpios y tan puros como nuestras almas, se nos «inmortalizó» con amor: se nos fotografió.
Allá donde el ojo humano nos traicionaría y nos olvidaría pronto, el Ojo de la Cámara nos haría inmortales.
Tras días de cautiverio (el que menos, tres días; el que más, once), los cuerpos fueron transportados desde el lugar donde se nos retuvo junto al lago del norte, entre pinares, para que quedaran expuestos en lugares públicos del condado de Oakland (Míchigan).
Tres en la nieve. Dos, cuando llegó la temporada en que la nieve ya se había fundido, en el suelo, sobre toallas de rizo blanco.
De nuevo, en nuestro «lugar de reposo» se nos fotografió: una manera (tierna) de decir adiós.
Sin fijarse mucho, se podría pensar que éramos muñecas grandes o maniquíes infantiles que yacían en el suelo, muy quietos.
Teníamos los brazos cruzados sobre el pecho, las piernas cruzadas por los tobillos, como habría cruzado las piernas un ángel, en señal de modestia.
Los ojos cerrados, por fin en paz, en la paz que «sobrepasa a todo entendimiento».
(Un pulgar pasa suave, pero con fuerza sobre los párpados; varias veces antes de que queden cerrados).
Se diría que a menos que te tumbases cerca de nosotros, no verías la ligadura que nos rodeaba el cuello, ensangrentada de lo apretada que estaba.
La ropa había sido lavada e incluso (y aquí viene la sorpresa) planchada, pulcramente doblada y colocada junto a nuestro pequeño y aún desnudo cuerpo como si quien había perpetrado esos actos hubiera tenido intención de ser magnánimo, de no quedarse con nada que no fuera suyo.
Como no os preocupasteis de nosotros y no nos merecíais, os fuimos arrebatados y, más tarde, nuestros cuerpos «fueron devueltos»; actos tan minuciosamente ejecutados que el perpetrador nunca sería capturado ni llegaríais a ponerle más que el absurdo apodo que se inventó el reportero de un periódico en busca de notoriedad: ¡«Babysitter»!
Cuando morimos, nuestros (hermosos, desnudos) cuerpos dejaron de avanzar en el tiempo; nunca envejecerán como el vuestro. El mayor siempre tendrá trece; la más joven, diez.
Y siempre perteneceremos a quien nos quiso tanto que no pudo soportar semejante amor, como una avalancha o una riada abrumadora y asfixiante. Y nuestra gratitud se expandirá hasta el infinito por que a través de ese amor él haya hecho que pasemos de ser niños y niñas sin importancia —por los que nadie se preocupaba demasiado, a los que nadie lloró demasiado— a ser suyos.
Solo esta vez
—Buenas, señora, bienvenida al Renaissance Grand.
Sonrisa de oreja a oreja mientras la «señora» entra en el opulento hotel de setenta plantas. Un botones uniformado, tez color arenisca, dentadura excepcionalmente blanca al ver a la mujer (blanca) bien vestida.
Reconoce a Hannah, aunque no por el nombre: esposa de un hombre rico de una de las zonas residenciales (blancas) o huésped del hotel.
(El mismo botones que echaría de allí a la gentuza, a cualquier mendigo-sintecho que no fuese blanco de Detroit, un indeseable en el Renaissance Grand o en cualquier lugar en las inmediaciones).
Cortés, Hannah le da las gracias al hombre uniformado sin mirarlo, no suele mirar a los ojos a la gente de uniforme, espera no ver con el rabillo del ojo que la deslumbrante sonrisa se desvanece en cuanto ella se adelanta, espera no sentir el desprecio del botones, su desdén. Porque seguro que se lo está imaginando, seguro que se equivoca.
Nunca analices demasiado el motivo de una sonrisa.
Y: Nunca te des la vuelta para ver adónde ha ido una sonrisa.
El padre de Hannah siempre había sido un bromista con aforismos para cada situación, era su Joker Daddy. Aunque nunca sabías si se suponía que tenías que reírte o estremecerte.
Y cuídate bien de dónde sonríes.
Por lo que ni siquiera se vuelve a echar una mirada furtiva mientras avanza por el pasillo de boutiques bien iluminadas y sus elegantes tacones golpetean nítidamente el suelo de mármol, tuerce una esquina, ascensor, sube hasta un inmenso vestíbulo de hotel: un atrio amplio y abierto que se eleva hasta donde alcanza la mirada sin techo a la vista, si es que lo hay, pues es posible que el Renaissance Grand se disuelva en el siempre cambiante cielo de Detroit, que oscila de un azul rotundo e intenso a uno más onírico y vaporoso, asediado por los nubarrones de tormenta que se congregan sobre los Grandes Lagos como infinitos pensamientos amenazadores… Una música de arpa flota por el espacio diáfano, una escurridiza melodía irlandesa que tiembla justo antes de ser reconocible. Terrazas con blancos lirios de Pascua y su olor dulzón, penetrante, tulipanes rojo arteria, jacintos azules. A mediodía, el vestíbulo está moderadamente concurrido. Huéspedes con tarjetas identificativas, una convención de programadores informáticos, otra de estilistas. Murmullos como los de un público durante un descanso. Subtonos de algo palpitante que bombea como un corazón artificial. Hasta el aire mismo relumbra, ciega. Una mujer bonita con ropa bonita está tan acostumbrada a ser vista que tiene impedida la capacidad de ver.
Salvo que hoy Hannah no quiere que la vean. No quiere que la reconozcan. Gafas de sol oscuras de marca le tapan buena parte de su rostro perfecto.
La perfección bien vale ese precio. Cualquier precio.
Lo jura.
Infiel a su marido y a sus hijos. No pasará una segunda vez.
Por supuesto: nadie lo sabrá. Solo ella y él.
Atraviesa las lentas puertas giratorias del hotel Renaissance Grand, que se mueven por voluntad propia y apremian a la mujer hacia su destino. Un vasto mecanismo que se puso en movimiento muchos milenios atrás, no tiene más opción que obedecer.
Se acerca al conserje. Se humedece los labios para pronunciar las palabras ensayadas:
—¿Disculpe? Debe de haber un mensaje para «M. N.»…
El conserje le dirige una mirada inexpresiva, perpleja. Hannah ha de repetir su petición con voz más firme.
—… «M. N.», un mensaje…
Habla con aplomo. Hete aquí una mujer segura de que algo muy especial la aguarda, solo tiene que formular las palabras adecuadas.
¡Emocionante para una persona tan poco acostumbrada a los subterfugios! El plan de Y. K. es dejarle una nota al conserje que no vaya exactamente dirigida a ella, es decir a «H. J.», sino a (la ficticia) «M. N.».
El apellido «Jarrett» es conocido en algunos círculos de Detroit: fortunas empresariales, filantropía. La familia de su marido, residente de la acomodada zona de Grosse Pointe. No es probable, pero aun así cabe la posibilidad, muy real, de que el conserje reconozca el apellido; para una mujer adúltera, la discreción es algo recomendable.
Desde que le dio la llave de su vehículo al aparcacoches del hotel, interpreta un papel que no es el suyo, iniciales que no son las suyas y un guion que no es el suyo; pero solo esta vez. Se dice a sí misma.
¿Tú de quién eres? Hannah se muere de ganas de saberlo.
Había esperado que el conserje le diese un sobre cerrado, pero, para su sorpresa, posiblemente para atormentarla, solo hay una hoja de papel del hotel doblada con prisas.
«M. N.» garabateado con lápiz en el reverso y, en el interior, solo el número 6183.
En ese instante entiende que está cometiendo un error tan grave como (posiblemente) irrevocable que generará ondas expansivas, temblores y estremecimientos durante el resto de su vida y (solo posiblemente) de la vida de su familia, aunque con voz firme y enérgica le da las gracias al conserje como si esa nota tan escueta fuera justo lo que esperaba.
—¡Gracias a usted, señora!
Da media vuelta, herida. ¡Otro «señora»!
Hannah Jarrett no tiene esa imagen de sí misma. Esa manera de dirigirse a ella es una señal de respeto, pero apunta a una anticuada figura de señorona casada con posición, una figura de mediana edad bien asentada en la que ha desaparecido toda expectativa romántica/deseo sexual; no a ella.
La palabra «señora» no sugiere la fresca asimetría de una melena brillante y cortada con tijera, el estilismo elegante de un abrigo de cachemira negro, zapatos de cuero de buena factura.
La palabra «señora» no sugiere que la sangre le fluye con fuerza, caliente, furiosa y palpitante.
Se aleja del mostrador del vestíbulo decidida a no revelar expectativas insatisfechas. Vuelve a revisar la nota para ver si ha pasado algo por alto. Pero no: ni saludos para ella, ni palabras de cariño, ni siquiera instrucciones, solo la rotundidad del número de la suite, la única información que necesita por el momento.
Al hombre que espera a Hannah sesenta pisos más arriba no le preocupa (de forma evidente) que el conserje pueda leer el mensaje (privado) y que sepa justo lo que significa. Pero, por supuesto, no hay «mensaje privado».
Arruga la nota con la mano enguantada. No, no está dolida.
Aquí, algo tan trivial como los sentimientos personales no son relevantes.
—¿Señora? Los ascensores están a la derecha.
(¿Cómo sabe el conserje que quiere tomar el ascensor? Siente que se sonroja, indignada).
Pero se ha recuperado, está bien. Igual que los niños se recuperan de una llorera repentina, espasmos de emoción desaforada que los abruman, aunque pasan rápido.
No es un pecado, no es (ni siquiera) un error. Una aventura.
¿Quién soy? M. N. Solo esta vez.
Los zapatos de tacón golpetean el suelo de mármol con elegancia mientras cruza el vestíbulo para llegar a una hilera de ascensores de vidrio impecable, como cápsulas espaciales.
Música irlandesa de arpa; le retumba en la cabeza. Pero ¿dónde está el arpista?
Repara en una silueta que se mueve de manera vaporosa y onírica a su lado, como un espectro, incorpórea —un reflejo en una hilera de estrechos espejos verticales incrustados en una pared de mosaico—, que sigue su paso.
Hasta que se desvanece.
El calendario
¡Vida de zona residencial acomodada en Far Hills (Míchigan)!: la tiranía del calendario.
Mañanas y tardes entre semana. Compromisos.
Dentista, ortodoncista. Pediatra, ginecóloga, dermatólogo, terapeuta. Yoga, peluquería, gimnasio, clínica estética. Foro de relaciones comunitarias, tarde de padres y profesorado, referéndum en la biblioteca pública. Almuerzos con amigas: en el club de campo de Far Hills, el club de golf de Bloomfield Hills, en la Red Fox Inn, en el Marriott de Far Hills. Reuniones: Sociedad Histórica de Far Hills, Asociación de la Biblioteca Pública de Far Hills, Amigos del Instituto de Artes de Detroit.
De hecho, esta primavera a Hannah la han invitado a ser coorganizadora de la gala benéfica anual del prestigioso Instituto de Artes de Detroit, la primera vez que le han concedido semejante honor, agradecidísima, aunque no es tan ingenua como para no adivinar que esa distinción va de la mano de una cuantiosa donación de la empresa de inversiones de la que Wes Jarrett es socio.
Ahora me reconocerán. Verán que soy una más.
Vida de zona residencial: una colmena (zumbona, que emana calor).
La vida familiar: una pequeña y petulante colmena dentro de otra.
En esa, Hannah se sabe segura. Se ha definido: esposa, madre. Tiene seguridad y alimento. Ha dejado de pensar cómo, por qué es la persona que es. Su «identidad de colmena» es segura.
Fuera de la colmena, le interesan pocas cosas. Indiferente a las «noticias» que no afecten a la «identidad de colmena».
Echa un vistazo rápido al periódico de Detroit, indiferente ante la mayoría de las noticias nacionales, ante todas las internacionales. Noticias de delitos en barriadas del centro: no. Apenas hay noticias. Aumento de robos en las urbanizaciones pudientes del norte de la ciudad; problemas medioambientales relacionados con un vertedero «tóxico» no muy lejos de Far Hills; delitos turbios etiquetados como «domésticos», esos captan la atención de Hannah, pero de manera fugaz. (¡«Violencia doméstica»! Las mujeres que se casan con maltratadores, las mujeres que no tienen el valor de dejarlos, son insensatas, débiles; cuesta empatizar con ellas). Las noticias más terroríficas, las que más la perturban, son las que tienen que ver con un «secuestrador de niños en serie, asesino de niños, un pedófilo asesino» que hay en el condado de Oakland desde febrero de 1976. Enseguida aparta la mirada de esos titulares.
Está segura, protegida. Y sus hijos.
Ninguno de los secuestros ha sido en Far Hills. Ninguna de las criaturas secuestradas era de su entorno o del de sus amistades.
En su vida no hay espacio para lo inesperado.
Cada día es un rectángulo en un calendario. Un espacio en blanco que hay que llenar. Cada espacio, una ventana enrejada: levanta la hoja tanto como puedas y apoya la cara contra los barrotes, respira el aire fresco, débil por el anhelo, agárrate fuerte, esos barrotes te confinan, pero también te protegen, qué placer sacudirlos con todas tus fuerzas sabiendo que son irrompibles.
Ese día del calendario, 8 de abril de 1977, se ha quedado vacío. En una semana ajetreada, el viernes ha quedado en blanco.
¿Será sospechoso?, se pregunta Hannah.
No se atreve a marcar el 8 de abril en el calendario. Ni siquiera con un código.
No porque tenga miedo de que Wes vea una anotación misteriosa y empiece a sospechar: nada menos probable que que Wes escrute su calendario, igual que tampoco rebuscaría en sus cajones, en sus armarios. Su marido es una persona recta y escrupulosa que respeta la intimidad de su mujer igual que él espera que ella respete la suya; si Wes le ha sido infiel, una posibilidad que se ha permitido imaginar como para inmunizarse frente a ella, no sería tan descuidado como para permitir que Hannah se enterase: eso sí que habría sido cruel, más que la propia infidelidad. (Así piensa ella).
Lo que está en riesgo es su orgullo, su autoestima, por eso sí que teme.
Si al final él no se reúne con ella. Si… no sucede nada.
Lo que más la afecta es la humillación. El rechazo.
Por eso, mejor dejar la fecha en blanco.
Incluso después de que él la llamase, los contornos del encuentro son vagos. ¿Se verán para tomar algo en su hotel? ¿O… en otro lugar?
Como si él estuviera poniéndole un obstáculo (deliberado) en el camino al pedirle que pida señas al recepcionista al llegar.
Por qué, se preguntará Hannah.
Cuáles son sus motivos, se preguntará siempre.
Le dice a Ismelda que estará fuera «casi todo el día».
Así sugiere que no se va lejos, que estará por la zona, comida con las amigas en el club de campo de Far Hills, quizá una visita a una amiga en el hospital de Beaumont, puede que una incursión rápida al centro comercial de Gateway, debería de estar de vuelta en casa a eso de las cinco y media, lo que significa que hoy Ismelda tendrá que recoger a Conor y a Katya del colegio.
Normalmente es Hannah quien recoge a los niños. Le parece importante: los lleva en coche por la mañana y va a por ellos por la tarde casi todos los días.
Hannah le explica ese cambio en la agenda con detalle para que no pueda haber malentendidos con la criada filipina, a la que a veces le cuesta entender el inglés.
Hoy, esta tarde: los niños, la escuela. ¿Sí?
Con gravedad, Ismelda asiente. «Sí, doña Hannah».
No le dice nada sobre ir al centro. Ni una sola palabra sobre que se va al centro.
Ir al centro de Detroit: todo un viaje. Una peregrinación.
Veinticinco kilómetros rumbo sureste por la atronadora autovía, no es un trayecto que haga porque sí una esposa y madre de Far Hills.
Sonríe para sí, asombrada de sí misma.
Por qué lo hace, Hannah no se lo pregunta. El cómo es el desafío.
VIERNES SANTO DE 1977, DETROIT (MÍCHIGAN).
Frío de finales de invierno, el sol destella como cimitarras en el río; Hannah va en coche al lugar donde la ha citado. Las rachas de viento soplan desde la costa canadiense.
Va en su coche, regalo de su marido: un reluciente Buick Riviera blanco.
En el horizonte, a kilómetros de distancia, su destino relumbra ante ella como un espejismo.
Hotel Renaissance Grand, Woodward Avenue 1, Detroit.
Setenta plantas, el edificio más alto de Míchigan.
Veinticinco kilómetros desde su casa de Far Hills.
Veinticinco kilómetros desde sus hijos, su vida. De lo que ha sido su vida.
Él la miró, le tocó la muñeca. Entre ellos pasó algo como una especie de corriente eléctrica, un chispazo sexual.
No esperes que te halague. En tu vida todo ha sido una farsa, hipocresía; las mentiras que te has contado… acaban ahora.
No pronunció esas palabras en voz alta. Sin embargo, ella las oyó.
Solo le tocó la muñeca, quizá solo se la rodeó con esos dedos suyos, fuertes y poco cuidadosos. Pero aun así sintió el chispazo, como una caricia grosera, en la boca del estómago.
No te hagas la sorprendida. Chorradas.
No es habitual que Hannah Jarrett conduzca por la I-75: autovía John C. Lodge. Dirección sur hacia las grandes fauces de Detroit.
A esas horas, cerca del mediodía, ¿cuál sería el motivo? Intenta pensar excusas plausibles, los pensamientos desaparecen como mariposas en el viento, las alas rotas.
Desde que ha dejado atrás la casa de piedra colonial de Cradle Rock Road, Far Hills, hace media hora, el cielo envuelto en bruma se ha despejado rápidamente. Ahora, un cielo azul cobalto azotado por el viento tan insondable y resistente como el estaño pintado, tan resplandeciente que le dolerían los ojos si no llevase unas gafas de sol (de diseño).
En un viaje a la ciudad, sería Wes quien iría al volante. Por seguridad, Wes llevaría el Pontiac Grand Safari familiar, que es el suyo.
En Far Hills, Hannah conduce con confianza, pero la confianza se evapora enseguida en la interestatal. Moteros con heráldico cuero negro, caras jóvenes y toscas escondidas tras cristales tintados la adelantan con insolencia por la derecha, ya que ella va despacio, se le cruzan por delante con ensordecedores rugidos y soltando humo venenoso por el tubo de escape.
¡Viento! Fuertes rachas que llegan desde Ontario se retuercen y se acaracolan como grandes serpientes invisibles.
De niña, había visto serpientes de viento avanzar a toda velocidad por campo abierto en dirección al coche de su padre, en movimiento, con intención de echarlo de la carretera. Pues él solía enfadarse al volante; la madre de Hannah, muy quieta en el asiento del copiloto.
Las serpientes de viento iban a castigar. Hannah cerraba los ojos con fuerza, pero era inevitable ver.
Se atormentaba con esas visiones, sabiendo que no eran reales. Aun así, tenían el poder de atemorizarla.
Ahora, de adulta, la lucha es no ver lo que no hay.
Aun así, existe la amenaza más que real del castigo.
Se cree que los vientos huracanados han sido los responsables de tres accidentes de tráfico recientes en la autovía John C. Lodge.
Los camiones se ciernen sobre el Buick Riviera, peligrosamente cerca. Abandonar su territorio en las afueras la ha llevado a un lugar hostil donde la reconocen y la detestan: una conductora, una conductora blanca, coche caro, una afrenta para los conductores varones. En cuanto un camión traqueteante la adelanta, ya ve otro pegado por el retrovisor.
Cuando parece que ya no pueden pegarse más al culo de su Buick, cambian de carril para adelantarla. No lo hacen rápido, sino con una lentitud atroz, como un estrangulador asfixiaría a su víctima, tomándose su tiempo.
Un rostro furioso, un rostro emborronando en la cabina que lleva detrás, una mueca burlona.
La parienta de un rico. Una ricachona de mierda.
Esos desconocidos no quieren hacerle daño, se dice a sí misma. No tienen nada personal en su contra, no la conocen.
El destino de la adúltera. Su castigo incluso antes de haber cometido el pecado.
¡Pecado! No te des tantos aires.
Él se reiría si supiera en qué está pensando.
Hannah casi espera que Y. K. se ría; desdeñará sus miedos. Esos momentos en la vida de una mujer, tan en carne viva como una herida abierta, en los que la esperanza es consolarse con la risa despreocupada de un hombre.
¿Por qué piensas que algo de lo que hagamos juntos importa? Da lo mismo.
No será un desastre, salvo (posiblemente) para ti.
Es su amigo. Es un aliado. Eso quedó claro desde el principio.
El modo en que se conocieron, pura casualidad. Se calaron a la primera.
Entre la festiva cacofonía de un evento social, sintió que sus dedos le rozaban la muñeca. Como si estuviera bajo el agua y un pez depredador pasase junto a ella.
¡Epa! ¿Te conozco?
¿Tú de quién eres?
Fue maleducado, pero muy divertido. No está claro por qué Hannah se ríe, pero el recuerdo es delicioso.
Nada delicioso, pero es secreto, subrepticio.
Si tiene un accidente en este momento y lugar tan inoportunos, en dirección al sur por la I-75, hacia Detroit y sin excusa alguna, si muere enmarañada en el reluciente Buick blanco, los que la conocen o dirán que la conocían exclamarán: «¡Pero qué hacía Hannah Jarrett yendo a Detroit! ¿Por qué sola? En su calendario no hay nada que lo explique…».
Ismelda se quedaría anonadada, pasmada. La señora Jarrett se había cuidado mucho de que quedase claro que no iba a estar muy lejos de casa.
Y Wes: asombrado. Se sentiría traicionado, humillado. Tan seguro de que conoce a su mujer, igual que (según piensa) conoce a sus hijos, tanto como el contenido de sus bolsillos y sin mucho más misterio.
… que tuviese una vida (secreta), una vida (ilícita).
… una vida que él desconocía.
Sería su primera vez: adulterio.
Once años de matrimonio. Una pequeña eternidad. Pero sea lo que sea que suceda hoy o no llegue a suceder, estará «fuera del tiempo». No afectará al «tiempo del matrimonio».
Coincide que es el viernes previo a la Pascua: Viernes Santo.
Una simple casualidad. Azar. Que él esté en Detroit esta semana.
La culpa le roza el alma como un vestido de tela basta que irrita una piel muy sensible.
Al entrar en la ciudad, ha descendido a un nuevo terreno. Barrios residenciales de pequeñas casas de madera en terrenitos modestos, unifamiliares, edificios de viviendas y comercios que han sufrido las inclemencias del tiempo, paredes con grafitis. En la cuneta, vidrios rotos, tapacubos y guardabarros herrumbrados, jirones de neumáticos.
Desde Far Hills hasta la extensa ciudad de Detroit, el descenso hacia el sur ha sido gradual: su destino, el hotel de lujo a los pies de Woodward Avenue, junto al río Detroit; la linde entre Estados Unidos y Ontario (Canadá).
Se asombra: se va a ver con un hombre allí, con un desconocido que le ha dicho que lo llame Y. K., en el Renaissance Grand.
Sus instrucciones, Hannah las seguirá.
Todo mientras se consuela. Pues claro que no llegaré hasta el final, cómo podría.
Esa voz de Leslie Caron de sinceridad entrecortada, arrepentimiento.
Lo siento, no me puedo quedar mucho. Tendré que irme a eso de las…
Como una actriz, controlará la escena. Determinará de antemano cómo va a desarrollarse.
… tengo que estar en casa sobre las cinco y media.
¡Cómo la mirará cuando le diga eso! El deseo en el rostro de ese hombre… Le resulta enormemente excitante.
Estará dolido, piensa ella. Por un momento, se regodea en esa certeza.
Pero puede que esté descontento de un modo que a ella no le resulte halagador. También cabe esa posibilidad.
Que se ría en su cara, que le dé con la puerta en las narices.
No, estará dolido. Eso piensa ella.
La mujer, una mujer casada: que va a verlo.
Eso implica que tiene la libertad de irse si lo desea.
Mira, creo que no me puedo quedar. Creo que… Ha sido un malentendido.
Tiene que intentar explicarle que sí, que se siente atraída por él, pero ahora mismo su vida es demasiado complicada para meterse en cualquier tipo de…
¡El viento mece el coche! Se le eriza el vello de la nuca.
En la casa de Far Hills, a veces el viento silba por las chimeneas, hace que las ventanas traqueteen, suena como si alguien quisiera colarse en casa. Las ventoleras abren o cierran las puertas de golpe. ¡Ay, mami! ¡Mami!, grita Katya. ¡El fantasma!
¡No seas boba, tontorrona! No hay ningún fantasma.
Pero Hannah también lo oye. Oye algo.
Una no quiere pensar que puede que haya muerto alguien en una de esas casas tan antiguas. Puede que hayan muerto matrimonios.
Familias, rotas.
Pero Hannah oye a los niños reclamándola a gritos. El amor que siente hacia ellos le sobreviene como una oleada, la adoran tanto.
Su amante ya se ha reído de ella, es un poco estirada, un poco mojigata.
Bajo la ropa de diseño, la hembra angustiada.
Lo siento. Creo que no me puedo quedar. Hoy no. Hoy no es… No es un buen día.
Es mejor ser breve, misteriosa. Lo siento. Las circunstancias han cambiado, no me puedo quedar.
Y. K. está con otras mujeres, supone Hannah. Más experimentadas, que lo llevan con más soltura que ella.
Seguro que a algunas las conoce. Alguien lo tuvo que invitar a la velada benéfica. Pero él no se lo dirá, por supuesto.
Si no te importa que esté casada…
Se rio de ella, le gustó su franqueza. Hannah quiso pensar que lo había sorprendido.
Sin sospechar lo impropio de ella que era un comentario de ese tipo. Se había tomado una copa o dos. Había querido ser directa, sexualmente provocadora, haciéndole justicia al elegante crepé de China negro de Dior que se había comprado para esa noche; pero, para sus adentros, sonó descarnadamente triste.
Dejó sin verbalizar el miedo más profundo. Si no te importa que sea madre y esposa…
Un hombre que se ríe de las mujeres. Un hombre así es probable que sea de los que no aprecian el humor de las mujeres. Uno de esos que ve a través de las bromas. Desprecio masculino, como si arrancase un vestido recargado con volantes y dejara el cuerpo (desnudo) (femenino) temblando ante él.
¡Los niños! Si es un pecado, si existe la posibilidad de cometer un gran error, es por ellos.
Los ha llevado al colegio por la mañana. Eso tiene claro que lo va a hacer.
Dirán de Hannah: «Era una madre excelente, los niños la adoraban».
Pero enseguida captan cuando su atención no está del todo puesta en ellos. Por la mañana, inquietos, chinchosos, mientras ella solo oía a medias su cháchara. ¡Mami! ¡Ma-mi!
El reproche en la voz infantil, el corazón lacerado.
Necesitados, ansiosos por el amor de mamá. Insaciables, agotadores. Te preguntas si cualquier madre, cualquier pecho serviría para satisfacer el hambre de una criatura.
Y el hambre de un hombre: menos personal y particular que el de una mujer. La maldición femenina, tan necesitadas de amor.
La maldición femenina: implicarse emocionalmente, el sentimiento.
¡Mami, besito, besito! Mami, ¿dónde vas?
Pues lo notan: mami va a emprender un largo viaje, existe el riesgo de que no los vuelva a ver nunca.
Ya no es mami con el chaquetón de pana, sino con un abrigo de cachemira negro y suave que tiene una caída de pliegues holgados por las piernas. Ya no es mami con los zapatos de lona y cordones, tan cómodos como las pantuflas, sino con unos elegantes y nada prácticos stilettos de Saint Laurent.
Te apreciaría mucho como amigo. Alguien en quien…
No ha de parecer que le está rogando. Si le ruegas a un hombre, ya has perdido.
Cuánto estimaría a ese hombre que es unos pocos años mayor que Wes y mucho más interesante que su marido, ¡pero como amigo! En quien confiar y con quien poder hablar.
Porque no tiene a nadie. A nadie en su vida actual. Sus amigas de Far Hills no son íntimas, no hay nadie en quien pueda confiar que no vaya a hablar mal de ella.
Y Wes no es su amigo. Un marido no puede ser el amigo de su esposa.
Y tampoco le ha sido fiel. Está (casi) segura.
Mira, sabías a qué venías. A estar conmigo.
Un carajo eso de que tu marido tiene algo que ver con esto.
Ahora el descenso es más evidente: baja hacia el río.
Las salidas de la autovía desfilan a toda velocidad como en un sueño. Los nombres de las calles que suelen aparecer en las noticias de sucesos locales: John R., Cass, Vernor, Fort, Freud, Brush, Gratiot.
¡Por qué no ha salido antes de casa! Llegará tarde al hotel.
Su orgullo (femenino) por no haber salido antes. Incapaz de decidir qué ponerse. Cambiándose de ropa (otra vez). Una camisa de seda rosa palo, de manera impulsiva piensa: «¡Sí! Esta».
Y luego esos valiosos minutos perdidos mirando fijamente un reloj en el dormitorio, hipnotizada.
No debes dejarle adivinar las ganas que tienes. Lo hambrienta, lo anhelante que estás.
Ningún hombre desea a una mujer que lo desea. No en ese sentido.
Ningún hombre desea a una mujer que desea. Podría resumirse así.
Es la amarga lección que le ha enseñado su madre. Aunque quizá no con tantas palabras.
Ahora Hannah está al borde de un precipicio: tiene treinta y nueve años.
No es vieja. Entre su círculo de amistades de Far Hills.
Aun así, la deja un tanto sin aliento. Dentro de unos pocos meses será incluso mayor: cuarenta.
Qué extraño e inesperado, Hannah es bastante parecida a la persona que fue a los veintiséis, los diecinueve, los trece. Su yo niña. Abandonada. Quién es esa persona es algo que debe guardar en secreto ante los demás.
Esto le resulta nuevo, la obsesión con un desconocido. Su convicción de que, de alguna manera, no sabe cómo, le acabará quedando claro que Y. K. en realidad no es un desconocido.
Si una mujer no es deseada, no existe. Ayúdame a existir.
CENTRO CIUDAD
ÚLTIMA SALIDA ANTES DEL TÚNEL A CANADÁ
Por un segundo de pánico, Hannah lee otra cosa en esa señal crucial, la que ha estado esperando, luego se da cuenta de que esa es su salida.
Un alivio abandonar la atronadora autovía. Ha evitado una aparatosa colisión, una muerte instantánea.
Ahora, atascada en el tráfico, que avanza lento. Furgonetas de reparto, calles de una dirección. Un laberinto de calles de un solo sentido.
Las legendarias «barriadas del centro». Temidas por ciudadanos (blancos) (de zonas residenciales bien) que se ven obligados a atravesar esas manzanas para llegar a la Renaissance Plaza, junto al río.
Todo por él. Arriesgando tanto por él.
Un conductor impaciente que lleva detrás hace sonar el claxon. En Larned y en Fort los semáforos se han puesto en verde, Hannah no ha reaccionado lo bastante rápido.
Tuerce por Larned, enfila hacia el sur por una manzana lúgubre, abandonada y derrelicta. Piensa que se habrá equivocado, pero entonces ve, a unos cuatrocientos metros, el imponente Renaissance Grand.
Fascinantes hileras de ventanas que se elevan setenta plantas. Una suave explosión de luz cuando el velo de nubes se rasga.
Qué emoción estar aquí.
De su creciente ansiedad surge una repentina oleada de dicha.
De las ruinas del viejo Detroit, el nuevo.
Quedan muy pocos restos de la parte histórica, demolida tras las «revueltas» de julio de 1967, los enfrentamientos entre la población afroamericana y la policía, que acabaron con cuarenta y tres muertos y miles de heridos y arrestados. La familia de Wes había vivido en Detroit durante generaciones, en un barrio residencial exclusivo llamado Palmer Woods, ahora ya no, todos han abandonado la ciudad. Hannah ha visto fotografías de la urbe anteriores a 1967 que rápidamente se esfuman en un pasado color sepia.
La Renaissance Plaza es el «nuevo» Detroit: hoteles de lujo, espectaculares edificios de oficinas, bloques de viviendas de lujo, restaurantes y boutiques de nivel, prestigiosas instalaciones médicas (especialidad: cirugía plástica), un teatro/palacio de la música con capacidad para dos mil personas. Justo delante, al otro lado del río, el perfil puramente utilitario de la ciudad de Windsor (Ontario).
Remodelación de las barriadas del centro, gentrificación. Desarrollo corporativo con mentalidad cívica.
¡Esperanza para el futuro de Detroit!
Esperanza para la ciudad condenada.
Hannah sabe que Wes es uno de los inversores del proyecto de la Renaissance Plaza, pero no tiene una idea muy clara de cuánto dinero ha metido, o ni siquiera de quién es ese capital, si solo de él o de ambos.
El proyecto (se dice) acumula millones de dólares en deudas y aun así ha dado ciertos beneficios para los inversores. La vaguedad de «ciertos» beneficios seguro que es deliberada.
Solo se hace una idea difusa de lo que es estar en bancarrota. En términos personales, sí; en términos empresariales, no.
Su padre se declaró en bancarrota; de hecho, más de una vez. De niña, no se enteró de nada.
Wes parecía absorto explicándole la ley de bancarrota a su mujer. Pues todo es una cuestión de «leyes fiscales»: cuando se llega a ese punto, todo es cuestión de «abogados tributarios».
Sin embargo, las leyes que rigen el mercado inmobiliario difieren de las que regulan otro tipo de negocios. Es posible —¿probable?— que los inversores del proyecto de la Renaissance Plaza no paguen impuestos sobre la propiedad aunque los edificios se hayan construido en el terreno más caro del estado de Míchigan.
Hannah le expresó su desconcierto: ¿no deberían estar preocupados por perder el dinero que habían invertido? ¿No es un riesgo? Él le tocó la muñeca para tranquilizarla, como se haría con una niña inquieta. Le dijo, encogiéndose de hombros: «Si sabes lo que estás haciendo, no hay riesgos».
Ha llegado a su destino: una hermosa ciudad vallada dentro de una ciudad elevada tres metros sobre la calle.
Muros altos de hormigón liso, pocas entradas y ninguna fácilmente accesible para viandantes; de hecho, los peatones no parecen bienvenidos en esta parte de la ciudad. El tráfico que entra a la plaza se canaliza por entradas serpenteantes por donde avanzan lentamente taxis y limusinas, lanzaderas para el aeropuerto, vehículos privados; los guardias de seguridad y los aparcacoches uniformados comprueban sus datos y los saludan.
Enseguida se siente en casa. Un alivio dejar el Detroit a la altura de la calle y ascender a la ciudad vallada donde se la reconoce: esposa de un hombre rico (blanco).
El personal uniformado es una comodidad dentro de la ciudad vallada. Pues lo que se proporciona es seguridad: protección. Aparcacoches, porteros, botones, un coro de cálidos saludos para Hannah, aún en el reluciente Buick blanco: «¡Bienvenida al Renaissance Grand, señora!».
Se llevan su coche; agradecida, entrega las llaves. Aparcar es una tarea que no le gusta, igual que no le gusta llevarlo al taller o al lavadero, pasar la aspiradora en casa, limpiar pilas e inodoros; esas tareas recaen sobre personas que han recibido formación para ejecutarlas con destreza.
¿Cómo está usted hoy, señora?
¿Es la primera vez que nos honra con su visita, señora?
Hannah está muy bien, ¡gracias! Y no, no es su primera visita a la Renaissance Plaza.
Sonríe ante las frases de bienvenida, decidida a no ver que el personal uniformado la desprecia, por supuesto (se dice a sí misma) que no la desprecian justo a ella, la habrán confundido con otra mujer (rica) (blanca) que quizá se le parezca. De hecho, los trabajadores del hotel deberían estar agradecidos de que Hannah o cualquier otro visitante de la ciudad vallada en el corazón mismo de la ciudad maldita retrasen el día inevitable en el que el personal reciba la noticia de que el hotel de lujo se ha declarado en bancarrota.
Hasta ese momento, sonríe por igual a todas las personas con uniforme; cuando corresponde, les da propinas por igual.
Siempre lleva un fajo de billetes de cinco dólares en la cartera para repartir como si fueran bendiciones.
Aunque que le hablen todo el rato de usted y con el «señora» la molesta, francamente.
Cuando oye «señora», intenta sonreír con los dientes apretados.
Es imposible no pensar que la palabra es un reproche.
Esposa de un hombre rico (blanco): señora.
Coge el resguardo que le da el aparcacoches como si fuera la primera vez. Cuántas veces. El destello de la dentadura, una mirada fija a través de los agujeros de la máscara sonriente, claro que la llaman «señora», en otra vida le hubieran rajado el cuello, casi decapitando la cabeza rubia.
Esta vez lo has soportado. Todas las mentiras que hay por delante no las puedes evitar.
Muchas veces, de nuevo. Por primera vez.
Primer roce
El primer roce lo sintió como un accidente. Le gustaría pensar.
Los dedos de un desconocido rozándole la muñeca, reclamando su atención. Repentina, subrepticia, una clara emoción sexual.
Como bajo el agua, invisible. Solo sentida.
Un depredador buscando una presa, quizá. Un tiburón avanzando con destreza por aguas poco profundas.
Porque era una ocasión festiva, un evento con varios cientos de invitados en un enclave lujoso (salón de baile Riverview, hotel Renaissance Grand, Detroit), una gala benéfica anual (la March Madness) en beneficio del Instituto de Artes de Detroit, crónicamente infrafinanciado; por tanto, una especie de ambiente acuoso en el que las formas de vida nadan buscando con avidez otras formas de vida.
Sin pensar, se volvió para ver quién le había rozado la muñeca, esbozó una sonrisa alegre, radiante y ciega hacia el rostro de esa otra persona (un hombre alto, que se cernía sobre ella); la sonrisa de la mujer garantizaba que, en ese entorno, no podía meter la pata de manera irremediable, pues, al fin y al cabo, estaba en su medio; para entrar en el salón de baile de la gala March Madness había que tener entrada, cada una costaba seiscientos dólares; además, ella era una de las coorganizadoras de la velada; por eso, se volvió esperando ver un rostro familiar, pero no, no era un rostro familiar, sino el de un desconocido, unos ojos con párpados pesados, un arco ciliar prominente sobre los ojos, no era una cara bonita, no era una cara reconfortante, sino singular como si estuviera tallada en piedra, pero… ¿el hombre le sonreía?, ¿a ella? No iba bien vestido para la ocasión; no iba de esmoquin, sino con un traje de lana ligera de raya diplomática oscura, corbata de un material sedoso y argentado, camisa de lino blanca y gemelos de ónix. Una mata de pelo densa, como cuero curtido, negro, con vetas grises, repeinado hacia atrás y con entradas en las sienes. De cerca, los ojos eran de un negro reluciente, como canicas, la esclerótica llena de venitas muy finas; los párpados, pesados, parecían los de un halcón o un águila; aves de presa…
Para entonces los dedos ya se habían atrevido a rodearle la muñeca, a cogerla y agarrarla, como si realmente quisiera reconfortarla, tranquilizarla, y con firmeza, fuera del alcance de la vista de cualquiera que pudiese estar observándolos; al margen de lo que le estuviera diciendo a Hannah inclinándose como para hacerle una confidencia, gracioso, irónico, invitándola a reírse con él; ella, aún luciendo su sonrisa radiante y ciega, se esforzaba por oírlo, pero no oía nada, no con claridad, aunque sí se oía reír, con una especie de conmoción visceral, como si se hubiese liberado algo protoplásmico, bacteriano, en su torrente sanguíneo.
«¿Tú de quién eres?», recordaría que le preguntó, aunque no está del todo segura de si quizá le preguntó «¿tú quién eres» o incluso «¿qué eres?», posibilidades que le habían parecido divertidas, de lo más divertidas, aunque (tal vez) no eran divertidas, sino agresivas e insolentes y por la exigencia del momento quedaron temperadas por una única copa de vino blanco bebida demasiado deprisa, igual que por la emoción de la velada que había ayudado a preparar durante tantas semanas, esfuerzos por los que le darían las gracias en público desde el escenario y la invitarían a ponerse de pie con el resto de voluntarias para recibir un aplauso, a Hannah Jarrett la pilló por sorpresa oír su propia risa perpleja como el aleteo desaforado de un pajarillo de la pradera cuando alza el vuelo y se eleva aterrorizado hacia el aire y abandona el manto protector de las hierbas, desesperado por escapar de los cazadores y los perros de caza empecinados en matarlo.
Pero no. Era su amigo. Sería su amigo. De ella.
No se ríe de Hannah, sino que se muestra empático. Como si de verdad la conociera. En sus ademanes, una ternura coactiva como la que podría sentir un anciano hacia una criatura. Como si fueran viejos amigos que se encuentran por la más pura casualidad entre una ruidosa muchedumbre de desconocidos.
Amigos cuya conexión íntima se recupera de inmediato tras años de separación y que ha de guardarse en secreto ante los demás.
Podría haber sido una escena de una película en la que en el acto se establece una conexión íntima/erótica/fatídica por la manera en que la mujer sorprendida y el hombre que la ha sorprendido se miran: desequilibrio, fascinación e incomodidad por parte de ella; jactancia sexual, seguridad por parte de él.
Como en una película, había música de fondo, aristada, amortiguada: un quinteto de jazz tocando una melodía inidentificable, notas musicales como trizas reflectantes de vidrio cuyo efecto principal era hacer que la conversación —en el salón de baile de techos altos con su suelo pulido sin moqueta— fuese casi imposible.
A Hannah le resulta difícil saber lo que se le dice/pregunta.
Se oye a sí misma hablar con ligereza, radiante. Juguetona, caprichosa, ingeniosa, elusiva; aunque, como recordará después, le da su nombre, su identidad, con una suerte de orgullo o ingenua vanidad de esposa, el apellido del marido, al desconocido que la escucha con avidez; tampoco puede resistirse y se identifica como una de las «coorganizadoras» de la velada.
Él solo da iniciales: Y. K.
No le hace falta más información, por el momento.
Ella protestó, débilmente, entre risas: «Pero ¿por qué? ¿Aquí nadie sabe cómo te llamas?».
Aunque se dio cuenta de que a él no le gustaba que lo interrogasen. Uno de esos hombres que da información sobre sí mismo a regañadientes, a poquitos.
Y. K. puso de su parte: había venido a la gala porque alguien le había dado una entrada.
Pero también… le importaba el museo. Todos los museos. El arte.
Además, se alojaba en el hotel, su preferido de Detroit. En su suite de siempre en uno de los pisos superiores.
Iba a la ciudad con frecuencia por negocios. Se quedaba en el Renaissance Grand, que tenía helipuerto. Desde Detroit podía volar en helicóptero a East Lansing.
O bien el gobernador del estado podía volar hasta Detroit; a veces se veían para cenar, se conocían desde hacía mucho. Habían sido cadetes juntos en Colorado.
Hannah se preguntó qué significaba aquello; ¿cadetes, Colorado?
Más tarde, se dio cuenta de que Y. K. debió de referirse a la academia de las fuerzas aéreas de Colorado Springs.
Calculó que, si aquel hombre tenía cuarenta y pocos (como aparentaba), era probable que hubiera sido piloto en Vietnam.
Esa mirada absorta, una especie de distancia. La mirada de un piloto mientras calcula cuándo lanzar las bombas.
Embelesada, Hannah imaginó el cuerpo del hombre bajo su traje, surcado y repleto de cicatrices. Y unas manos de mujer leyéndoselas como si fueran braille. Los dedos extendidos agarrándolo por los costados, la espalda musculosa.
La visión le cayó encima. Y eso también, cinematográfico, como en un destello.
Aunque, qué curioso, no era tanto una visión como un recuerdo.
Mientras hablaban —intentaban hablar por encima del escándalo—, él le agarraba la muñeca, a la altura del muslo. Y presionaba contra la pierna de Hannah. Como si lo que decían las voces estuviese desencajado de esa extraña intimidad que se había establecido entre ellos, una intimidad que preludiaba y ocluía una conversación.
Esto es lo único que importa, esto es real.
No esperes que te halague.
En tu vida todo ha sido una farsa, hipocresía; las mentiras que te has contado… acaban ahora.
Solo hay una pregunta: ¿de qué soy capaz?
No pronunció esas palabras en voz alta. Sin embargo, Hannah las entendió perfectamente. Se le subieron los colores, acalorada, incómoda.
Estaba muy tiesa, erguida. ¡Qué placer ese aluvión de sangre en el corazón!
Parecía que estaban hablando de manera informal. Nada destacable en ese entorno. Tantas otras personas en ese espacio submarino. El escándalo era ensordecedor, pero las bocas se movían sin emitir sonidos. Las caras se retorcían, hacían muecas como si se ahogaran.
Hannah echó un vistazo en derredor, ¿alguien la reconocería? ¿La rescataría? Tenía muchos amigos presentes, había olvidado sus nombres. ¿Un marido?
Mirando en derredor, incapaz de detectar un rostro familiar. ¿Dónde está el marido?
En secreto, Y. K. siguió agarrándole la muñeca. Apretando con los nudillos contra su muslo.
Por lo que decía o dejaba entender, parecía que ese hombre tenía dinero. O era uno de esos que nadan en las veloces corrientes que genera el dinero. Hay una distinción entre hombre de negocios y alguien que hace negocios, quizá Y. K. era de esos últimos, escurridizo e indefinible. Hannah le preguntaría a Wes si lo conocía.
No, Hannah no le preguntaría a Wes si lo conocía. Era imposible que le sacara el tema sin sonrojarse y levantar sospechas.
Y. K. le estaba diciendo que podrían verse la próxima vez que estuviera en Detroit.
Tomar algo, aquí, en este hotel, ¿te gustaría? Hannah se rio con nerviosismo, alarmada por la pregunta, tan directa, pero (sin duda) una frase sin más, incluso inocente. Sin saber cómo responder, pero incapaz de decir que no.
¿Era una insinuación sexual? Estaba asombrada.
¿O no lo era? Mientras Y. K. parecía burlarse de su agobio preguntándole si había un número en el que pudiera contactar con ella, Hannah se quedó en blanco un instante bastante largo, como si el corazón hubiera dejado de latir y en ese momento el cerebro hubiera cesado en sus funciones, pero entonces, al segundo, volvió a recuperar el control; claro que recordaba su propio número de teléfono, el de casa, el de la familia, añadió, con un énfasis ingenuo.
—No está en el listín, es privado.
Aquello le pareció divertido a Y. K.
Se acercó y se rio pegado a su oreja:
—¡Hannah! Ningún número es «privado».
Ridiculizándola, pero pronunciando su nombre.
¡Hannah!, el sonido de su voz, perturbador, tan cerca de su oído.
Agresivamente familiar, íntimo. Pronunciado con un énfasis parejo en ambas sílabas para convertirlo en un dáctilo: «Han-nah». Como lo pronunciaría un extranjero, no un nativo.
Se reían juntos, animados. Los dos, quería pensar ella, se reían… encantados…
Pues eso haré. Te llamo.
Yo… No estoy segura…
Sí.
Estaba decidido. No había más que decir.
Por fin: se terminaba la hora del cóctel. Hannah estaba confusa del agotamiento; la conversación con Y. K. había sido tan intensa que ahora quería escaparse de él para pensar en él.
(¿Y dónde estaba Wes? Ni rastro).
(Sintió una puñalada de odio puro hacia él, el marido que se preocupaba tan poco por ella).
El quinteto de músicos negros había estado tocando clásicos de jazz a los que la muchedumbre (en su mayoría blanca) apenas había prestado atención, pero aun así habían tocado con mucho ánimo y energía y ahora acababan con un «Take the ‘A’ Train» tan potente que podría haber sido una ametralladora apuntando hacia los corazones del gentío ajeno a su música.
Se quedó mirando a Y. K., que se alejaba de ella sin mirar atrás. ¿Había anotado su número de teléfono? Creía que no.
En cuestión de segundos, parecía que la había olvidado.
En cuestión de segundos, sus ánimos quedaron hechos trizas.
En el mar de hombres de etiqueta, mujeres de mediana y avanzada edad con peinados de peluquería, vestidos de cóctel de colores alegres y zapatos de tacón fino, camareros uniformados con las bandejas en alto mientras se abren camino entre el gentío como esas figuras heráldicas de las tumbas egipcias, Y. K. se había esfumado.
Como gansos de cháchara, quinientos invitados avanzaban en dirección a las mesas que les habían asignado, adornadas con flores frescas y reproducciones de obras de arte clásicas, no todas del fondo del museo. Hannah clavó la mirada al frente, evitó a la gente que conocía o a la que supuso que podía conocer, siguió pegada a la pared del salón, por donde podía moverse sin impedimentos, como una persona que ha resultado herida, momentáneamente aturdida.
No me llamará nunca, claro que no.
No corro peligro; claro que no…
Los Jarrett habían pagado una mesa entera para ellos y ocho invitados, cinco mil dólares; el cuadro reproducido en la mesa era un panel de Los nenúfares de Monet.
Uno de los favoritos de Hannah, habría respondido, si le hubieran preguntado. Una de esas obras impresionistas de azul onírico que gozan de tanta popularidad entre los visitantes de los museos.
Arte que reconforta. Arte sin líneas o contornos marcados; arte sin sombras; arte que no refleja la vida, sino sus ondulaciones, sensaciones cromáticas relucientes como el papel pintado de seda más exquisito.
También una sensación acogedora en el opulento salón: paredes de un blanco afilado, filigranas doradas, resplandecientes lámparas de araña de latón y cristal. Por los conductos de ventilación salían continuas ráfagas de aire frío que le erizaban los pelos de la nuca, se sintió demasiado desnuda para estar en un lugar tan público.
Miró hacia arriba, incómoda. Como si solo estuviera el techo ornamental para tapar la vista del vasto espacio que había al otro lado.
Wes ya estaba sentado en la mesa junto al escenario. No era la Mesa 1, sino la Mesa 2, asientos distinguidos acordes al estatus de Hannah Jarrett.
En la silla que había al lado de Wes estaba su maletín, subrepticiamente abierto. Ajeno a los festejos, estaba echando un ojo a una carpeta, tomando notas con un bolígrafo. ¡Qué propio de él! ¡En esos momentos! Hannah sintió una punzada de irritación, dolor: estaba claro que a su marido le daba igual aquella velada que era tan importante para ella.
Tampoco la había echado de menos en los últimos cuarenta minutos o así. No se había dado cuenta de que había estado en compañía del hombre que se hacía llamar Y. K.
Entonces, pase lo que pase, merecido lo tiene.
Era habitual que Hannah y Wes fuesen cada uno por su lado en grandes eventos. Casi olvidaban la existencia del otro hasta que llegaba la moderada conmoción de (re)descubrirse cuando se acercaba el final de la velada: esposa, marido.
¿Se sentirían atraídos el uno por el otro ahora?, se preguntaba Hannah. Doce, o habían pasado trece años desde que se conocieron…
Wes había sido tan joven, había estado tan lleno de esperanzas. Aquel entusiasmo jovial, su idealismo; una pizca rebelde, decidido a abrirse paso sin ayuda de su padre y los Jarrett. A Hannah su idealismo la había animado a pensar que quizá, a su manera, también podría librarse de las garras de Joker Daddy.
Las cosas no habían salido exactamente así. La culpa no era de nadie, pero… no.
Consciente de lo que pensaba su mujer, Wes enseguida guardó la carpeta en el maletín y lo cerró, lo dejó en el suelo junto a su silla. La exagerada celeridad del movimiento la irritó: como si sugiriera que, al descubrir a su marido trabajando en ese lugar público, estaría disgustada con él, como una madre que regaña a un hijo.
Con falsa galantería, Wes se levantó para retirarle la silla, un gesto que se esperaba del marido.
Hannah ignoró su coqueteo con ironía y se rio alegremente:
—Hora de cenar, cielo.
—¡Justo!
—Parece que te has aburrido.
—¿Aburrido yo? Nunca.
Pero ¿por qué debería regañarlo por llevarse trabajo a la gala? ¿Por recluirse en un rincón, como si estuviera ocultándose del gentío? Wes era un adulto, podía comportarse como le viniera en gana.
Hannah reparó en que la tarjetita con su nombre estaba junto a la de Wes. Mala pata: por el bien de su marido, habría preferido a otra persona en esa silla con quien disfrutaría más conversando que con ella, a la que veía a diario.
En esas cenas de gala, sentía la presión de intentar retener la atención de Wes. A él le gustaba hablar de política; en la compañía adecuada, era agresivamente amable, belicoso; en esencia, la política le parecía una broma, igual que a su padre; un disparate al servicio de los negocios, por lo demás, de poca utilidad y nada de fiar.
—Tú sí que parece que te lo has estado pasando bien —dijo Wes—, reencontrándote con tus amistades, recibiendo felicitaciones.
—Yo no diría tanto, Wes. Eso de «recibiendo felicitaciones…».
—¡Anda ya! Te lo has ganado, ¡ese brillo en los ojos!
Hannah sonrió, insegura. ¿Se estaba metiendo con ella o era sincero? Con cada año de matrimonio, le costaba más distinguirlo.
Quiso pensar que igual lo había malinterpretado, que al fin y al cabo no le había sentado mal asistir a la gala en calidad de marido.
Para que la velada valiese la pena para él, Wes había insistido en que Hannah extendiera una invitación a una pareja a la que ella apenas conocía: un ejecutivo de primer nivel de General Motors y su esposa, residentes de la exclusiva zona de Bloomfield Hills.
Harold Rusch le sacaba por lo menos veinticinco años a Wes. Hannah suponía que tenían algún tipo de opaca relación de negocios; posiblemente, a través de sus respectivos padres.
Había llegado a entender que los intereses comerciales son una especie de telaraña gigante. Lo único es que dicha red no la controla una sola araña, sino una miríada, de diferentes tamaños y estaturas, cada una conectada estrechamente con las demás, aunque sean rivales e incluso enemigas; cada cual muy consciente de la presencia del resto, con la esperanza de sacar provecho o al menos evitar que otros la devoren o la destruyan. Así, Wes, una arañita en toda esa red, quería hacer contactos con Harold Rusch, una araña mucho más grande.
Hannah sonrió al pensarlo y le pareció desleal, una traición hacia su marido. Justo el pensamiento que podía compartir con él.
Si no su amante, él sería su alma gemela. La persona a la que le verbalizaría todas esas cosas que no se atrevía a decirle a nadie en su vida real.
¡Qué largo se haría el resto de la velada! Él no la estaba observando, estaba fuera de su campo de visión por completo.
Un ancho y lento río de lava al que no podían metérsele prisas. Pues era una gala benéfica: había que soportarla.
Cada mesa contaba con una decoración tan exuberante que los invitados tenían que hacer un esfuerzo para mirarse, apenas visibles tras los ambiciosos centros de mesa.
Había que gritar, era imposible oír nada entre el zumbido de voces. Hannah intentó conversar con Christina Rusch, que fue mínimamente educada con ella, como si hubiese olvidado, o hubiese decidido no darle importancia al hecho de que ella y su marido habían pagado las entradas de los Rusch; se sintió abatida, dolida, como una niña ante una negativa tan frontal de mostrarle agradecimiento.
Sus entradas les habían costado seiscientos dólares por cabeza. Hannah esperaba que el señor Rusch supiese que había sido cosa suya, que no habían sido gratuitas.
Era infantil sentirse así. Pero no podía evitarlo.
Solo cuando, por azar, la conversación derivó al tema de la zona norte de Míchigan y a las propiedades frente al lago, Christina Rusch mostró interés y empezó a escuchar y a participar; parecía que tenía recuerdos muy felices de los veranos que había pasado en una cabaña familiar de North Fox Island, en la península del norte; de la «primerísima vez» que se había quedado a pasar la noche en una cabaña en mitad del bosque, tan cerca del lago que oyó el chapaleo del agua toda la noche y se «mezcló con sus sueños…».
Qué extraño, pensó Hannah. Una mujer adulta, a sus sesenta y tantos, esposa de un multimillonario, nostálgica y compadeciéndose como si esa felicidad hubiese quedado ya lejos.
Aún seguía siendo una mujer de rompe y rasga, reparó Hannah con cierta envidia. No cabía duda de que su marido, el ejecutivo, se había casado con ella sobre todo por su belleza.
O por su dinero. O: ¿ambas cosas?
Era curioso cómo Christina Rusch caía en una especie de melancolía irritada cuando no estaba hablando o la conversación no la interpelaba. Como si las sombras de oscuros pensamientos le afloraran cuando no estaba distraída.
Se fijó en que la mujer iba vestida con ropa cara, con prendas que ella misma había visto en la sección de diseñadores de Neiman Marcus: un vestido de tubo de terciopelo burdeos que le llegaba casi por el tobillo con unas puntadas muy elaboradas en el busto. Su cara, blanca y tensa, no era ni vieja ni joven, el pelo teñido de un pelirrojo brillante podría haber sido una peluca de pelo humano. Parecía que cargaba con un gran lastre sobre sus finos y nada musculados hombros, sin que fuera nada justo.
Astuta, Hannah esperó a que hubiera un momento de calma en la conversación para poder dirigirse a ella directamente, se atrevió a preguntar por su familia, sus hijos, ¿tenía nietos? Los temas favoritos para las mujeres de la edad de Christina Rusch que no habían tenido vida profesional; pero Christina la miró con frialdad, le dijo que solo tenía un hijo vivo, que no era muy probable que fuera a casarse o a ser padre en un futuro próximo.
—Bernard tiene treinta y dos años y sigue «buscando».
Un hijo vivo. ¡Vaya comentario críptico!
La vehemencia de las palabras de Christina llevó a Hannah a suponer que estaban pensadas para atraer la atención de su marido a la par que para poner a su interlocutora en su sitio; pero Harold se estaba riendo de buena gana, ajeno a su agraviada esposa.
Sin saber qué contestar, pero sin querer que se notara que la había rechazado, Hannah le preguntó a qué se dedicaba su hijo y se topó con una respuesta gélida:
—Se lo acabo de decir… Bernard está «buscando».
—¡Mi esposa está siendo injusta! —intervino entonces Harold Rusch—. O no está bien informada, Bernard está absorto en su trabajo.
—Ah, ¿sí? —Christina Rusch soltó una risita afilada.
—No todo el mundo puede ser ingeniero, querida; no todo el mundo puede fabricar «vehículos de motor»… Bernard está estudiando para ser «fotoperiodista». Tiene la intención de viajar por el mundo y retratar «lugares conflictivos», «hambrunas», «sequías». Habrá visto esas fotografías en Life de niños nigerianos, refugiados… quizá para Naciones Unidas.
La presentación que hizo Rusch del hijo problemático ante una mesa de desconocidos pudo haberse calculado para atraer aprobación, admiración, aplauso, como al desvelar un reluciente vehículo último modelo.
Rusch era un hombre recio para quien podría haberse inventado específicamente el adjetivo «porcino», pero tenía unos ojos alerta y vivos que brillaban con una especie de júbilo agresivo. Hannah había oído rumores de que era un ejecutivo de General Motors, brillante pero despiadado, y al que no le temblaba la mano a la hora de despedir a departamentos enteros de la empresa y reemplazarlos por hombres con menos experiencia elegidos a dedo.
Como si en aquel matrimonio hubiera una cansina y vieja pelea en la que no estuviera por la labor de entrar, Christina ignoró a su marido.
Se extendió un silencio incómodo por la mesa. Luego, siendo como era un joven con dotes diplomáticas, Wes cambió de tema: el último escándalo en Lansing.
(Lansing, capital de Míchigan).
Hannah sonrió aliviada. ¡Qué listo era su marido!
No hacía falta escuchar lo que estaba diciendo. A Hannah le aburría la política, pero sobre todo la estatal.
Pues qué es la política sino negocios de tapadillo: comprar políticos cuyos votos serán esenciales para mantener vivo el perenne drama de que los impuestos a las empresas sean bajos, cada vez más bajos. El único político ajeno a la corrupción es aquel a quien aún no se ha tentado, eso lo sabía. O se lo habían dicho: ella sabía pocas cosas de primera mano.
Pensaba en el extraño ritual de semejantes ocasiones, lujosas galas benéficas donde reúnen a personas pudientes, sentadas en enormes mesas redondas nada prácticas y que intentan, entre un escándalo ensordecedor, encontrar temas sobre los que hablar.
Pero, en realidad, no hay nada. ¿Lo hay?
Nada que importe.
Salvo: ¿Tú de quién eres?
Salvo: ¡No hay números «privados»!
Se había estado riendo de Hannah. Bueno, sí: de su vida…
Ella era perfectamente consciente: su vida era ridícula.
Pero ¿la vida en sí misma, la vida, era ridícula? Quería pensar que no.
—¿Señora? —Un camarero se cierne sobre ella con una bandeja de plata.
—Gracias, no. Bueno, sí…
Ha estado mareando la comida por el plato. Comida que se ha enfriado rápido, no muy apetecible. Irónico que después de tantos meses de preparación y expectativas, sienta tan poco interés por la propia cena. El menú que junto con otras mujeres había debatido con el mismo ahínco que unos generales planeando una campaña militar: ceviche con ensalada de rúcula, lubina chilena o filet mignon, patatas fondant con romero, zanahorias en juliana, crème brûlée… La planificación había sido tan intensa y las emociones habían estado tan a flor de piel que habían ocasionado amargos disensos y habían aniquilado amistades en un abrir y cerrar de ojos. Acerbos rifirrafes que nunca se olvidarían o se perdonarían.
Una de las mujeres —una que le había caído bastante bien, y parecía que el sentimiento era mutuo— se había alterado bastante por el plato principal cuando ella sugirió la lubina chilena como alternativa al filete de siempre; más tarde, chocaron por las opciones para los postres…
Joker Daddy observaba con ironía: las mujeres se pelean por pequeñeces porque no hay nada grande por lo que puedan luchar.
A Hannah se le resbala el tenedor de entre los dedos y causa un estrépito al caer al suelo. Un camarero uniformado se apresura a recogerlo y cambiárselo.
—¡Lo siento! Gracias.
—Gracias a usted, señora.
Hannah tiene un velo en los ojos, no quiere ver si el joven camarero le ha puesto mala cara.
Él se ha ido del salón. No le ha apetecido quedarse.
¿Por qué no? Para oír cómo alababan a Hannah Jarrett frente a tan nutrida congregación…
Por fin, su esperadísimo momento de gloria mientras el maestro de ceremonias (de un jocoso insoportable) pronuncia su nombre desde el escenario con un esmero exagerado —«Han-nah Jar-rett»— y le pide que se ponga en pie para recibir su reconocimiento. Siente una ráfaga de aguda timidez, una profunda desesperación, se pone de pie, con la cabeza alta, sonrisa feliz, embriagada de felicidad, regocijándose en el momento, una mujer hermosa con un Dior negro de crepé de China comprado para la ocasión. Oleadas de aplausos cálidos y vigorosos y sinceros para «Hannah Jarrett» y el resto de las «fabulosas voluntarias» que han convertido «la gala de March Madness de este año en semejante éxito»; con un triunfo cohibido y mareante, siente un mar de ojos escorarse hacia ella, deseándole lo mejor, sin juzgarla con dureza (como haría ella consigo misma) o como haría el desconocido de párpados pesados, pues Hannah ha demostrado ser una más en ese lugar en la búsqueda de un objetivo común y esa gente se muestra misericordiosa con una de las suyas.
Y ahí está Wes Jarrett levantando una copa para brindar por su mujer, con una sonrisa de oreja a oreja como si…, joder, por estúpido que sea todo esto, es su marido y está feliz por ella.
—¡Gracias! Gracias… A todos…
Luego, de manera abrupta, se acaba el momento. El maestro de ceremonias sigue, acompañado de risas tras un comentario procaz que Hannah no ha llegado a oír.
Ella vuelve a sentarse, deshinchada. Mareada. Busca la copa de vino, un consuelo.
Tan decepcionada de que él no se haya quedado a aplaudirla junto con los demás. Que no haya visto quién es ella y no solo de quién es esposa. Hasta qué punto se la valora, al menos localmente, entre ese público de élite.
Soy una buena persona, me sacrifico por los demás, merezco ser feliz.
Fiebre
Aquella noche y las noches (y días) que siguieron, la fiebre se hizo fuerte.
Mirando sin ver nada, luz y ceguera en la oscuridad intentando recordar el color de los ojos de aquel hombre, tan oscuros, de una oscuridad brillante, oscuridad mediterránea. Una frialdad reptiliana que le dio escalofríos a la vez que la atrajo de forma irresistible.
Oyó de nuevo su nombre en la voz de él: «Han-nah».
No las palabras en sí, sino la entonación. Emanaba un profundo anhelo sexual, perturbador para ella.
Después de años de matrimonio, dos embarazos, partos, la carga y la distracción que suponen los niños pequeños, en cierto modo había perdido ese anhelo, que solo le volvía de manera ocasional, impredecible.
En la cama con Wes, a menudo demasiado cansada a la hora de dormir, igual que él, y distraída con facilidad… Hacer el amor le había llegado a parecer una preocupación de esos yoes más jóvenes que no habían tenido las responsabilidades que tenían ahora.
Versiones superficiales de ellos dos, sin hijos. ¡Qué iban a saber de las consecuencias del sexo! En medio de los terribles dolores del parto, recordó lo despreocupada que había sido, le pareció increíble en aquel momento.
Nada como la agonía para aniquilar hasta el recuerdo del placer.
Hannah nunca había sido un «ser sexual»; no por naturaleza. Lo que ansiaba era afecto, de cualquier fuente, masculina o femenina. Una pareja sexual, una amistad. El afecto le parecía menos perjudicial si se torcía.
En esencia, no había querido sentir; no con intensidad. Que un hombre pudiera entrar físicamente en su cuerpo le resultaba repugnante, si se paraba a pensarlo mucho; que pudiera transformarla mediante ese acto, hacer que ella misma sintiese muchísimo, dejarla debilitada, vulnerable.
Las sensaciones sexuales se rezagaban más tiempo en la mujer que en el hombre, suponía Hannah, atándola a él, una correa alrededor de su cuello. Empiezas con desafección, frialdad. Luego, una vez se enciende la llama, estás en las garras del hombre. Eso es debilidad, despreciable.
No hay palabra más despreciable: necesitada.
Recordaba a su padre apartándose los dedos de su madre del brazo, un gesto de desprecio supremo que hacía mientras se alejaba de ella, indiferente, aburrido.
En el rostro de la madre de Hannah, una belleza evanescente y aterrorizada. Amor, devoción, fidelidad al marido, siempre defendiéndolo ante los niños cuando surgían roces; había llegado a compadecerse de lo débil, vana, temblorosa y necesitada que estaba su madre, y también a temer el ejemplo que le daba.
Pues, al final, a la mujer le queda el sentimiento. En su ser físico, codificado en su carne, indefensa, afligida, la mujer seguirá albergando sentimientos por el hombre aunque él ya no los tenga.
Hannah temía que Wes hubiera dejado de sentir cosas por ella. Claro que era su marido, no era una persona rebelde o poco convencional; como todos los Jarrett, respetaba su rutina y confiaba en el bienestar de esta; se enorgullecía de la propiedad que había adquirido, con gastos considerables, cosa que incluía a su mujer y a sus hijos; suyos. Pero sus sentimientos se habían desvanecido con los años de intimidad de manera tan gradual que quizá no era ni consciente de la pérdida. Pero Hannah sí lo era.
Ahora Wes casi nunca hacía el amor con ella. A ella. Cuando lo hacían, Hannah sentía que él tenía la cabeza en otra parte.
No lo culpaba: el marido (aburrido). Que la daba por sentada, eso lo tenía claro, estaba resignada a entenderlo. Solo si se apartaba de su curso, como un conductor que se cambia de carril de forma atolondrada, Wes repararía en ella, pero sería un golpe.
Sin embargo, ahora se regocijaba en su propio secreto. Cómo él le había rodeado la muñeca con los dedos.
Qué descarado había sido al reclamarla así. No agarrándole la muñeca con suficiente fuerza como para dejarle marca, sino de forma más juguetona, provocativa. Como si le sugiriera lo que era capaz de hacer si él quería.
Aun así, Hannah imaginaba que, si se examinaba la muñeca con detenimiento, vería la leve marca de sus dedos sobre la piel.
Salón de baile vacío
Hoy, Viernes Santo de 1977. El salón de baile Riverview del Renaissance Grand, que Hannah recuerda ensordecedor y festivo, ahora desierto.
¡Qué vacío! Vasto y desangelado como un almacén, con un frío incómodo y olor a cera para suelos y productos químicos.
Las paredes color blanco amarfilado no son prístinas como parecían la velada de la March Madness. Los rodapiés, mugrientos y desgastados, con aire de decadencia general, aunque el hotel solo tiene un par de años. En los altos techos, los ornamentos dorados parecen baratos como el papel de aluminio. Las lámparas de araña que parecían hechas de bronce y cristal seguro que son de otros materiales.
Ya no están los hombres elegantes vestidos de etiqueta, ni las mujeres con despampanantes vestidos de cóctel y zapatos de tacón fino, ya no está la calidez zumbona de las voces, las risas. Ya no está el estridente quinteto de jazz ni las decoraciones de gala. Ya no están los camareros uniformados abriéndose camino como flechas entre hileras de asistentes, con la bandeja en el aire. El pequeño mar de mesas cubiertas con manteles de colores alegres, atestadas de arreglos florales y reproducciones de célebres obras de arte, desmantelado, meramente utilitario, todo apilado contra las paredes.
¿Tú de quién eres?
O había sido: ¿Tú quién eres?
Hannah está desorientada, confusa. No le parece posible que lo que le sucedió en ese amplio espacio sin alma pueda haber sucedido de verdad. Entre los olores de cera para suelos y productos químicos es como aspirar formol…
No había pensado que él la llamaría. No había pensado que, si la llamaba, ella accedería a verlo.
Nada ha sucedido como había previsto. Se ha adueñado de ella una extraña pasividad, como un narcótico. Si el salón de baile hubiese empezado a emanar aguas sucias, si una marea de porquería le hubiese llegado por los tobillos, las piernas, se habría quedado paralizada y no habría sido capaz de moverse para salvarse…
En el piso sesenta y uno del hotel, él la espera. Hannah ha cogido el ascensor hasta el entresuelo, para (volver a) ver el salón Riverview.
Intenta recordar: el espacio zumbando, lleno de vida, voces y risas, música. Un entorno acuático que se estremecía con apetito, un deseo descarnado y animal.
Recuerda entablar conversación forzadamente alegre con personas a las que apenas conocía, a quienes conocía por el apellido igual que ellos a ella, recuerda los gritos para hacerse oír por encima del barullo y el roce de unos dedos en la muñeca…
Según el calendario, ya hace más de dos semanas. Tan nítido en su recuerdo que podría haber sido ayer.
Esperando una llamada. Esperando como quien espera las noticias de una prueba médica. Diciéndose: «Pues claro que no estoy “esperando”».
Descolgó el teléfono con la expectativa de que fuera una llamada sin importancia, descolgó el teléfono sin prepararse para el golpe de su voz: «¿Hannah? Hola».
De la llamada, de las palabras que intercambiaron, apenas guarda recuerdo. Pero ahora ya es el día siguiente y ha vuelto al Renaissance Grand.
Viernes Santo. El único día del año en el que no se da la comunión en la Iglesia católica romana.
No hay comunión el Viernes Santo porque no puede haber consagración de la hostia en Viernes Santo.
No hay consagración de la hostia en Viernes Santo porque a Jesucristo lo clavaron en la cruz, todavía no se ha alzado del sepulcro ni lo han llevado inerte a darle sepultura para esperar su resurrección el Domingo de Pascua.
Viernes Santo, en la infancia, a menudo un día desapacible y lluvioso. Aguaceros fríos hilados con perdigones de nieve.
¡Ay, Hannah, si sonrieras, serías bonita! Por lo menos, inténtalo.
Los hacía caminar desde el aparcamiento que había detrás de la iglesia hasta la entrada delantera, hiciera el tiempo que hiciera. Chaparrones de aúpa, cellisca, granizo. Pues el padre de Hannah se negaba a dejar a sus pasajeros enfrente de la iglesia, como hacía el resto del mundo; había que evitar la tentación de «mimar» a los suyos.
En lo que menos creía Joker Daddy era en los «mimos». No tenía paciencia para la debilidad. La madre de Hannah se sentaba a su lado, en el asiento del copiloto, en silencio, sin protestar, cabeza gacha, como resignada.
No seáis ridículas. Tenéis dos piernas. Como todos. ¿Qué os pensáis que soy, un chófer?
Viernes Santo, no es día de holgazanear.
Hannah se lo grabó a fuego desde pequeña: nada de holgazanear.
Pero ahora han pasado muchos años. Una vida entera: Viernes Santo de 1977.
No hay conexión entre aquella antigua vida perdida de Hannah y la de ahora. Está segura.
Ahora se bate en retirada del salón Riverview, de su vacuidad, su vacío. Vanidad.
No hay nada más desolado que un gran salón de baile despojado de toda vida humana.
Porque ¿dónde está todo el mundo? ¿Estamos todos muertos?
Silencioso como una morgue. Puede que no sea un salón del hotel del complejo de la Renaissance Plaza, sino una morgue del hospital. Sin ventanas, ya que se encuentra en el subsuelo.
Un leve aroma de formol. Siente el golpe de una sensación ardiente que le sube por las fosas nasales y se le conecta al cerebro. Ha ido a verlo, como una idiota ha ido a verlo, la ha estrangulado con sus manos fuertes y desnudas, se ha deshecho de su cuerpo y ya ha olvidado su nombre. Ha sucedido como un fogonazo y ahora vuelve a suceder. Rápidamente, sale al pasillo y deja que la pesada puerta del salón se cierre tras ella.
—¿Señora? Disculpe, ¿puedo ayudarla en algo?
Una empleada vestida con elegancia repara en ella, ya de camino al ascensor, en el corredor que da al salón; Hannah parece haberse quedado paralizada, como si estuviera absorta en sus pensamientos o en alguna especie de trance; la trabajadora hace una pausa para dirigirse a ella con su voz entrenada estilo Renaissance Grand, una voz de solicitud amistosa, incluso cuando ella se despierta de su trance, avergonzada, y le asegura a la mujer:
—Gracias, pero no, no estoy perdida.
Perdida
En el piso sesenta y uno de la torre del hotel, él la espera.
Asciende a toda velocidad en la cápsula de vidrio impecable como una vasija propulsada hacia el espacio, y siente vértigo, cierra los ojos.
Un sonido siseante como una respiración profunda. Se ha precipitado al tiempo, se ha liberado de la gravedad, qué sensación más curiosa: caer hacia arriba.











