Fernando Aramburu

LECTURAS | El niño, de Fernando Aramburu

Un accidente real en el País Vasco de los años ochenta, la vida devastada de una familia. Una historia emocionante, adictiva y conmovedora, como solo Aramburu sabe contar.

Ciudad de México, 22 de abril (MaremotoM).- Nicasio, ya jubilado, acostumbra a subir los jueves al cementerio de Ortuella a visitar la tumba de su nieto. Es uno de los muchos niños fallecidos tras una explosión de gas en un colegio de aquella localidad, un accidente que sacudió al País Vasco y a toda España en 1980. Por las andanzas del abuelo, una figura que se agranda hasta hacerse inolvidable, por el testimonio de la madre muchos años después, por la crónica objetiva de lo que le ocurrió a la familia, descubriremos cómo aquella tragedia lacerante y devastadora les alteró, cómo sacó a relucir aspectos inesperados, cómo trastocó sus vidas. Con la maestría habitual de Aramburu, el lector se verá inmerso en una historia de emociones inesperadas, una exploración psicológica y literaria con afilado bisturí que nos mantiene pegados al devenir de los destinos de los protagonistas. Una novela que alberga una densidad emocional tan alta que exige una lectura atenta, hasta la última línea, para entender, comprender, emocionarnos con el destino de sus protagonistas.

Nueva entrega del extraordinario friso de “Gentes Vascas”, El niño es una historia desgarradora, inolvidable, un prodigio literario del mejor Aramburu. Por el tratamiento humanísimo de los protagonistas, y por los recursos literarios empleados, El niño vuelve a ser una novela memorable, llamada a convertirse en acontecimiento literario.

Fernando Aramburu
Editó Tusquets. Foto: Cortesía

Adelanto de El niño, de Fernando Aramburu, con autorización de Planeta

nicasio acostumbra subir los jueves al cementerio. ¿Por qué los jueves? Qué más da. Algún día tiene que ser. Un acontecimiento de extraordinaria gravedad ha de interponerse para que él desista de cumplir el rito. Da igual si es verano o invierno, si llueve o sopla un ventarrón, si él no se siente bien o el lumbago le vuelve a jugar una mala pasada. A veces lleva consigo el paraguas aunque no se aviste una nube en el cielo, pues le sirve de bastón y allá va él pasito a pasito carretera arriba, hablando por lo bajo y con su andar calmo y su respiración trabajosa de hombre al que le faltan dos años para septuagenario.

Le gustan los pájaros. Si por el trayecto avista alguno, en una rama, en un tejado, por el aire, se para a contemplarlo, a comprobar a qué especie pertenece y a ponerle nombre; aprovecha para descansar unos instantes y luego, satisfecho tras la breve observación, reanuda la marcha hasta el siguiente pájaro.

A decir verdad, lo de los pájaros va por días. Puede que el hombre camine tan embebido en sus cavilaciones y soliloquios que no preste atención a nada de cuanto ocurre a su alrededor.

En ocasiones (si bien cada vez menos; total, para qué), este o el otro vecino detiene el coche a su lado y le pregunta con la mejor de las intenciones si quie- re que lo acerque al cementerio o bien, en el trayecto de vuelta, a su barrio; pero él rara vez acepta el ofre- cimiento, ya que necesita y busca soledad, mucha so- ledad. ¡Pesados!, ¿no veis que quiero estar solo?

Prefiere los pájaros a las personas. He ahí una frase que él repite a menudo para sus adentros.

No puede descartarse que Nicasio, además de los jueves, suba otros días de la semana, domingos inclusive, a hacerle compañía al nieto. Por lo general, en tales casos, toma la decisión de forma repentina. Está escuchando la radio en el sillón de la sala (es un suponer), aburrido, soñoliento; le viene cuando menos se lo espera una acometida de nostalgia y dice: Voy a visitar al Nuco, nombre cariñoso con el que parientes y conocidos llamaban al niño desde los días de la cuna. Mariaje: Pero si hoy no es jueves. Y Nicasio responde que son cosas suyas y que nadie salvo él las puede entender.

Si pudiera, si lo dejaran, se instalaría junto a la tapia del cementerio en una tienda de campaña y no bajaría a Ortuella durante semanas, alimentándose de raíces y frutos silvestres y bebiendo agua de lluvia y gotas de rocío. Peor lo pasó en la guerra y después, en la época del hambre. Quien dice semanas, dice meses; quien dice meses, años, los que le queden por vivir. Lo tiene todo calculado. El problema es que Mariaje se opondría furiosamente a la idea y tampoco es cuestión de disgustarla. ¡La hija hace tanto por él!

segundos después, sobre las cimas de los montes de Triano, la aeronave se pierde en el interior de una nube. ¿Adónde irá? Se rumorea en el corro de los que están mirando que en el avión viajan cincuenta niños y que pilota una maestra, y que a su lado, de ayudante, va un maestro y que la cocinera del colegio deambula por el pasillo, entre los asientos, cumpliendo tareas de azafata. Atiende a los pequeños, les acaricia la cabeza, les canta canciones de cuando ella también era niña. Todos ellos están muertos. Por eso viajan inexpresivos y callados, los ojos abiertos, sin pestañear. A Nicasio lo sacan de quicio los comentarios de sus vecinos. Le parecen insensibles, superficiales, como de personas que no han sufrido ni la mitad que él. El coraje le quema por dentro; pero, por no discutir, se marcha a casa. Y sube las escaleras del edificio rezongando; eleva el tono de voz al entrar en el piso y se bebe dos vasos seguidos de un vino que guarda bajo el fregadero, en un viejo garrafón con envoltura de mimbre. Tan pronto como llega Mariaje de visita, enristra hacia ella y, agarrándola por los hombros, le asegura, y repite, y venga, y dale, que el niño no formaba parte del pasaje del avión. Él ha contado cuarenta y nueve caras infantiles, las ha estudiado una a una y ha leído y releído con atención el registro de pasajeros sin encontrar una sola prueba de que el Nuco hubiese subido a ese maldito aparato. Y añade: Hija, no hagas caso de los bulos de la gente. En este pueblo hay mucho charlatán y mucho mentiroso. El Nuco no ha emprendido ningún viaje sin retorno. Si alguien lo sabe a ciencia cierta, ese soy yo. Es tarde, dice la hija con la cabeza gacha, como si escudriñara la punta de sus zapatos. ¿Tarde? Pero si sólo pasan unos minutos de las doce de mediodía y aún no hemos comido. Créeme, padre, que para ti estas no son horas de permanecer despierto. ¿Cerrarás los oídos a las habladurías de la gente? Lo intentaré, pero no te garantizo nada.

de José Miguel, que en paz descanse, sólo puedo proporcionarle a usted detalles positivos y no porque pretenda idealizarlo. Dicho sea con el mayor de los respetos, mi marido no era un hombre idealizable. Imagino que para un libro como el que usted proyecta serían mil veces más interesantes un asesino, un maltratador, un asaltante de bancos; en fin, individuos cuyas fechorías produjesen curiosidad y un montón de episodios trepidantes o como quiera usted llamarlos.

Créame si le confieso que no soy la típica viuda que se pinta un pasado de color rosa y niega los sinsabores matrimoniales o los esconde en el recoveco más oscuro de su intimidad con la esperanza de olvidarlos. No tengo nada que olvidar. Nadie encontrará en mí un gramo de rencor, ni una pizca de amargura, en lo que se refiere a mi historia conyugal. Vaya usted, si no, a Baracaldo y pregúntele a mi amiga Garbiñe.

Pasados los años, compruebo que fui menos infeliz de lo que alguna vez llegué a pensar, a no ser que el tiempo y una desmemoria que se me haya colado a la chita callando en las neuronas me estén desordenando los hilos de la mente. Todo es posible. Mi proyecto de vida se rompió de la noche a la mañana por la razón que usted conoce y por otras razones que yo no sé si a usted le interesará conocer; pero yo no estoy rota, yo sigo en pie respirando y disfrutando con salud y tranquilidad de mi retiro, y todo esto no lo declaro por hacerme la dura ni la valiente. Si en mis peores horas no sucumbí a un trastorno depresivo fue gracias al afecto que se esforzó en procurarme mi marido, tan torpe, el pobre, en los asuntos sentimentales; a mi padre, por serlo y porque la necesidad que tenía de mí hizo que muchas veces me olvidase de mis penas o las postergara para otro momento y después para otro, y también, aunque ignoro hasta qué punto, al consuelo a rachas que durante una época me dio la religión.

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