El testamento literario de Sam Shepard: una intensa, dolorosa y poética novela autobiográfica sobre la memoria y la decrepitud física.
Ciudad de México, 9 de enero (MaremotoM).- El testamento literario de Sam Shepard, escrito en sus últimos meses de vida, cuando una enfermedad degenerativa se iba apoderando de su cuerpo. Frente a esta situación, el escritor plantó cara, en un último gesto de resistencia a través de la escritura. El resultado fue esta novela breve, fragmentaria, elíptica, radical, enigmática y deslumbrante.
Alguien espía a alguien: observa al otro lado de la calle a un hombre que permanece sentado en una mecedora, habla solo y recibe atenciones de sus seres queridos. Alguien evoca recuerdos y narra historias: una extraña fiesta con camellos en pleno desierto de Arizona; el marido de una tía abuela al que le arrancaron una oreja de un mordisco; un embarcadero en la costa; un caballo al que disparan en plena carrera; una clínica en mitad del desierto rodeada de jardines con esculturas; la historia de los abuelos que se marcharon cuando la casa se les inundó; la historia de Pancho Villa cuando acabada la revolución lo asesinaron; un colchón en el suelo en el Lower East Side neoyorquino; Vietnam y el Watergate; la fuga de Alcatraz; un grupo de inmigrantes mexicanos que esperan trabajo en una esquina…
Territorios fronterizos, paisajes de la América profunda, zonas desérticas, playas de California y calles de Nueva York: el mapa o el puzle o el mosaico de una vida. Una obra de arrebatadora belleza, un poema de despedida en forma de novela.
Adelanto de Espía de la primera persona, de Sam Shepard, con autorización de Anagrama.

En memoria de Sam
A los hijos de Sam, Hannah, Walker y Jesse, les gustaría dejar constancia de su admiración por la vida y la obra de su padre y por el tremendo esfuerzo que hizo para acabar este libro.
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Lo observo desde la distancia. Es decir, lo observo desde el otro lado de la calle. Resulta difícil determinar su edad debido a los ventanales del porche cubierto. Debido a los estores. Purpúreo. Llanero solitario. Bandido enmascarado. No sé de qué se está protegiendo. Permanece encerrado tras los ventanales del porche, envuelto por el zumbido de los insectos y el piar de los pájaros y un montón de bichos propios del verano –mariposas, avispas, etc.– que revolotean en el exterior, pero a esta distancia es muy difícil determinar su edad. La gorra de béisbol, los tejanos sucios, la camiseta vieja. Hasta donde logro distinguir, está sentado en una mecedora. Una mecedora que parece sustraída de algún Cracker Barrel. De hecho, todavía tiene la cadena de seguridad rota alrededor de una pata. Desde la distancia a la que observo me parece roja, pero también podría ser negra, algunos de esos colores provienen de los Marines, otros del Ejército, otros de la Fuerza Aérea, en función de la profundidad del patriotismo de cada uno, y él se pasa el día meciéndose. Eso es todo. Contando historias de un tipo u otro, pequeñas historias. Historias de batallas. De vez en cuando aparece alguna persona y lo ve sentado en el porche en su mecedora, murmurando para sí mismo. Y se acerca y se sienta. Parecen conocerlo. Al principio parece que no, pero después resulta que sí. Uno de ellos tal vez sea su hijo. Alto y desgarbado. Otra acaso sea su hija. Otras dos podrían ser sus hermanas. Entran y salen de las profundidades de la casa, pero desde esta distancia resulta difícil dilucidar lo profunda que es la casa.
Los petirrojos pían su aprobación. Más o menos. Por algún motivo, aquí los petirrojos siempre están piando. Creo que básicamente porque protegen sus nidos. Protegen sus huevos azul claro. De los cuervos y los mirlos. Pájaros que se lanzan en picado. Pájaros amenazadores que indetentan robarles sus crías. Los pequeños petirrojos, con sus plumones colorados, pían como locos intentando ahuyentar a los cuervos. Esos pájaros enormes y malvados.











